¿PERROS AUTÓCTONOS DE CUBA…?

Tengo varios amigos extranjeros que, aunque no se conocen entre sí, comparten su afición por los perritos cubanos, al punto de haber adoptado algunos de estos animalitos para llevarlos a sus países. Cuando les he preguntado por qué estos chuchos (curiosamente, satos) les despiertan tan gran entusiasmo, me responden invariablemente: “¡Es que los perritos cubanos son tan simpáticos!”. Si uno se pone a pensar que al menos dos de estas personas provienen de países como Inglaterra y Alemania, famosos por haber creado razas caninas hermosísimas, ultrafinas y codiciadas en todas partes, pues… la verdad, uno se siente un poco confundido, y automáticamente surge la pregunta: ¿será verdad que nuestros perritos tienen alguna característica especial?

La curiosidad me ha llevado a emprender una investigación sobre la historia de los perros en Cuba, cosa nada fácil en un país que ha debido prestar atención priorizada desde su fundación a cuestiones tan perentorias como los ataques piratas, los huracanes, las guerras de independencia…, y no se ha caracterizado por ser tierra productora de razas perrunas importantes y ni tan siquiera interesantes. Es cierto que tenemos clubes de perros donde premian a los ejemplares más hermosos y dos sociedades protectoras de animales, pero todavía no puede decirse que exista a la mano una bibliografía nutrida sobre el tema ni nada por el estilo.

Sin embargo, en el boletín No. 2 del año 2002, editado por el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad, encontré un trabajo sumamente interesante, firmado por Osvaldo Jiménez Vázquez y José Fernández Milera, que me ha aportado muy buenos datos sobre el origen de los perritos cubanos. No es una revista fácil de conseguir, así que tal vez el resumen que haré a continuación resulte de utilidad para quienes sientan curiosidad por los canes de esta isla.

Parece que el origen de los perros antillanos ya despertó la curiosidad de muchos especialistas desde hace tiempo. Restos de los ejemplares caninos más antiguos han sido localizados en los depósitos de Fell’s Cave, extremo meridional de Chile, y se les ha datado entre 6 500 y 8 500 de antigüedad. Como esta especie se encuentra en estado doméstico aún hoy entre las tribus aborígenes suramericanas contemporáneas, es de suponer que los primeros pobladores de las Antillas, si provenían de esas tierras debieron traer consigo los primeros especimenes del canis lupus familiaris o perrito doméstico. Solo que… al que sí está comprobado que trajeron consigo fue al archifamoso e intrigante perro mudo, del que tanto han hablado los cronistas de Indias y que mucho desconcertó a los primeros conquistadores.

Los primeros pobladores españoles de la isla de Cuba observaron similitudes y diferencias entre los perros de los aborígenes y las razas caninas europeas de la época. Este hecho pone sobre el tapete la cuestión de si existieron razas de perros autóctonas de Cuba, y se ha elaborado la teoría de que hubo al menos tres: la Cubacyon Transversidens, la Indocyon caribensis y una tercera correspondiente al Pleistoceno cubano. Las dos primeras han sido descritas a partir de restos óseos hallados en La Habana y Holguín. La tercera raza nunca ha sido descrita.

Hasta hoy pasa Cristóbal Colón por ser quien primero hace mención en su Diario de los perros que encontró en Cuba, a los que calificó como “mastines y blanchetes”. Un europeo conocía estas dos razas de perros y sabía que se diferenciaban claramente entre sí. Difícilmente un viajero como Colón, con tanto mundo andado, las habría confundido. El mastín es un perro “grueso y membrudo, con pecho ancho y robusto, patas recias y pelo largo algo lanoso, y el blanchete es pequeño como el faldero y de color blanco (los primeros ejemplares de esta raza fueron introducidos en Europa desde la isla de Malta)”. Al día siguiente de su desembarco en tierra cubana, Colón consigna en su diario que halló dos chozas que parecían de pescadores, y cuyos habitantes habían huido. En una encontró un perro “que nunca ladró”. También fray Bartolomé de las Casas, quien acompañó a Colón en su primer viaje, hace mención de estas bestias de cuatro pies “que no ladraban”. Al respecto, el padre Las Casas cuenta que los indios cazaban con aquellos perros unas aves que volaban muy bajo, casi a ras de suelo, a las que llamaban biayas. Según Las Casas, los indios llamaban en su lengua a los perros aon.

Gonzalo Fernández de Oviedo, otro cronista que desembarcó en Cuba poco después del Descubrimiento, dejó escrito que tanto en esta isla como en La Española había perros “de varios colores, algunos bedijudos, otros cedeños y rasos (…) y tenían mucho aire de lobillos”. Al parecer, Oviedo les encontraba semejanza a estos canes con lobos de poco tamaño o cachorros de lobo. Según su apreciación, los perros de Cuba tenían un pelaje más áspero que los europeos “e las orejas avivadas e a la alerta como las tienen los lobos”. Según él, los indígenas llamaban a sus perros alco, palabra que poco se parece a la mencionada por Las Casas. Durante su estancia en La Española, Oviedo observó que aquellos perros “en esta Isla e las otras islas eran todos mudos e aunque los apaleasen ni los matasen, no sabían ladrar; algunos gañen o gimen baxo cuando les hacen mal”. Este comentario me parece muy interesante, porque demuestra que los tales perros no eran mudos, pues podían gemir y emitir alguna clase de gruñido, y es muy llamativo que Oviedo utilice la expresión no sabían ladrar.

Lamentablemente, y aunque el dato es bastante macabro, lo cierto es que los compañeros de Colón, durante el segundo viaje del Almirante, se comieron a estos perros. El propio Oviedo asegura que los había en gran cantidad en el Nuevo Mundo y reconoce haber comido él mismo algunos de ellos “en la Gobernación de Nicaragua”. Hasta donde sé, no era hábito de los españoles, ni siquiera en la grave hambruna que generó en su tierra a los pícaros, comer carne de perro, así, que muy apurada debió de ser su situación cuando esto hicieron. O tal vez seguían el ejemplo de los propios aborígenes, pero tal información no la poseo en este momento.

También escribió Oviedo: “Perros gozques se halaron en a aquesta isla Española y en todas las otras islas que están en este Golfo (pobladas de Chriestanos), los cuales criabanlos indios en sus casas. Al presente no los hay…”. Y también él hace mención de la costumbre indígena de cazar en compañía de estos perros, cuyo trabajo consistía en tomar la pieza abatida por el cazador. Los gozques eran una raza de perros españoles de talla pequeña “muy ladradores, vivarachos y sensibles”. Oviedo asegura que los españoles trajeron perros en sus naos, y que una vez sueltos estos animales en tierra cubana “se han alzado y fecho salvajes e anidan en los montes e son muy dañosos”. ¿Serán estos, acaso, los antepasados genéticos legítimos del célebre perro jíbaro cubano, especie cuyos más característicos miembros difieren a simple vista de cualquier otro tipo de can conocido en la isla? Esto casi equivaldría a decir que los jíbaros más puros serían los perros más antiguos de nuestro país, pero ¿hasta qué punto podría probarse esto?

Oviedo compara los perros que poseían los indios caribes continentales y asegura que eran mucho más esquivos que los perros españoles, “y eran estos perros de todas aquellas colores que hay perros en España, algunos de una sola color e otros manchados de blanco e prieto e bermejo o barcino o de colores e pelo que suelen tener en Castilla”. Oviedo no dice nada sobre si existían perros jíbaros mudos en las Antillas.

Otro cronista, de apellido Bernáldez, que vino con Colón también en su segundo viaje a Cuba, cuenta cómo a la llegada de Colón a una de las islas mayores del Archipiélago de la Reina, encontraron el Almirante y sus hombres una gran aldea que los indios habían abandonado prestamente al descubrir la proximidad de los españoles. Estos encontraron allí numerosas tortugas y cuarenta perros de tamaño mediano “que no eran demasiado malos ni ladraban. Enterados de que los aborígenes los comían, los españoles imitaron el proceder por ser tan buena la carne de estos canes “como la de los cabritos de Castilla”.

El célebre cronista Pedro Mártir de Anglería, comparando a los perros indios con los europeos, aseguró que los primeros se diferenciaban notoriamente de los segundos “por su ayre brutísimo”, mientras Francisco Gómez de Gomara, otro español interesado en la observación de la flora y la fauna del Nuevo Mundo, describió a estos perros “con cabeza y aspecto de zorros”.

Colón mismo vio en Bahamas dos razas de perros que le parecieron muy diferenciadas entre sí y similares a los perros domésticos de Castilla.

Después de haber leído todo lo anterior, solo me queda claro que los perros criados por los indígenas no emitían los mismos sonidos que los perros que conocían los españoles, pero en general, todos compartían tantas similitudes como diferencias, por lo que no parece que los perros “mudos” hayan sido muy distintos de los que trajeron consigo los conquistadores en sus primeros viajes. Tal vez la mayor diferencia sea que los primeros fueran gratos al paladar.

¿Hubo o no hubo una raza de perros nativa de las Antillas, o por lo menos del Nuevo Mundo? Con humanos tan tragones que confesaron sin pudor haberse comido todos aquellos singulares y sabrosos cánidos, ya no es posible probarlo. Como quiera que haya sucedido, es bien posible que tanto algunos de los perros indígenas como de los venidos de España se hicieran montaraces y se cruzaran entre sí. Insisto en que los perros jíbaros cubanos tienen diferencias bien marcadas con los perros domésticos de la isla.

En 1840 el historiador Ramón de la Sagra parece haber aventurado la hipótesis de que Colón y los demás conquistadores tomaron por perros a los chacales del continente americano que, ya en la época en que llegaron los españoles, se hallaban en gran número en las Antillas y posiblemente habían sido domesticados. En tal caso el perro mudo antillano sería una variante doméstica del chacal americano o canis carnivorus, también nombrado por los naturalistas franceses renard gravier o zorro.

En 1851 apareció en Morón, Ciego de Ávila, un fragmento mandibular que el naturalista Poey clasificó como perteneciente a un mapache, con lo que pareció florecer entre los naturalistas la conclusión de que el famoso perro mudo de los cronistas era, en realidad, el simpático mapache. Pero algunos naturalistas adujeron que ningún español hubiera confundido un perro con un mapache. Al final se aceptó que solo un especialista muy experimentado podía distinguir los restos óseos de supuestos cánidos encontrados en los solares arqueológicos indígenas de los perros domésticos actuales.

El prestigioso naturalista cubano Carlos de la Torre, quien se encontraba en posesión de un cráneo atribuido a un perro originario de Cuba, opinaba que los perros mudos descritos por los conquistadores solo eran perros domésticos probablemente del mismo origen que los perros traídos por los primeros pobladores de América.

Una de las características de los restos óseos de perros hallados en Cuba es el carácter del tercer premolar superior implantado transversalmente, pero esa condición es compartida nada menos que por la muy ilustre raza perruna American Staffordshire terrier, mientras que la comparación entre algunos esqueletos de perros hallados en sitios arqueológicos de Santo Domingo han arrojado como resultado un ejemplar canino muy parecido a la raza llamada Techichi, oriunda de México.

En fecha tan cercana como 1986, Rivero de la Calle encuentra restos de un animal canino de gran tamaño al que asigna una antigüedad de 5 500 años, aunque vale advertir que esta datación no es considerada confiable debido al procedimiento comparativo que se usó para llevarla a cabo.

Me pregunto si entre tantas hipótesis, destinadas en su mayoría a demostrar la existencia de razas caninas oriundas de las Antillas, e incluso de Cuba, no habrá una puntita de chovinismo. Lo más probable, según las últimas conclusiones, alcanzadas luego de investigaciones realizadas con los métodos de datación más modernos, es que el famoso perro mudo que tanto intrigó a los cronistas fuera una variante de las razas domésticas existentes en el continente americano. De cualquier modo, parece evidente que existen ciertas características innegables en la morfología de la dentición de muchos restos óseos de perros hallados en solares antillanos, que hacen pensar o bien en mutaciones genéticas o en prácticas relacionadas con el trabajo de los perros cazadores, quienes no debían, al parecer, matar las presas en el momento de tomarlas entre sus fauces, sino entregarlas vivas a sus amos, quienes, para estos fines, practicarían el hábito de extraer algunos molares a la dentadura de sus perros cazadores.

Es interesante decir que los restos del perro mudo han sido encontrados en Cuba lo mismo en solares de comunidades agroalfareras que preagroalfareras. Es posible que desde tiempos remotos estos perros desempeñaran junto a los aborígenes funciones de cazadores, guardianes, mascotas y cualquier otra que desempeñan hoy los perros que conocemos. Que los indios cubanos se comieran a sus perros mudos es cosa que solo sabemos por los comentarios de los cronistas, quienes al mismo tiempo confiesan sin pudor haberse comido ellos mismos todos los perros mudos existentes en la isla de Cuba.

También se cree que los perros de los aborígenes tenían alguna función en los ritos funerarios, puesto que sus restos se han encontrado en enterramientos humanos y en representaciones pictográficas, especialmente en las cuevas de Borbón, en la provincia de San Cristóbal, República Dominicana, donde aparece una pareja de perros en el acto de copular, cuyas características físicas coinciden con las descritas por los cronistas. Especialmente el dato de las orejas erectas. Se sabe que también existió en el panteón de los aborígenes antillanos un dios perro llamado Optyel-Guaobirán, del que se dice que tenía cuatro pies a pesar de ser de madera, y en las noches escapaba de las casas y se lanzaba a la selva. También se han encontrado efigies suyas modeladas en arcilla, y los aborígenes usaban sus colmillos para ensartarlos en collares que usaban como adornos y amuletos.

Es interesante señalar que las características atribuidas por los cronistas de Indias a los perros de las Antillas y en especial a los cubanos —que nos permiten hoy imaginar aquellos ejemplares como unos animales de talla mediana, pelambre corta y de variados colores, cabeza alta y corta, orejas erectas (en alerta, como dijo Oviedo) y complexión robusta—, son comunes también a los perros de los indios de los bosques de Alaska, a los del sur de La Florida y a los del este de los estados centrales, raza a la que se denomina perro indio grande o común. Estos perros también carecían de la capacidad de ladrar, pero esta característica es compartida por otras razas caninas domesticadas por los pueblos salvajes de diferentes partes del planeta, así que no añade ningún dato determinante para una clasificación definitiva del perro antillano.

La arqueología moderna ha demostrado que todos los perros que poseían los amerindios derivaban de razas euroasiáticas y acompañaron al Hombre en sus migraciones a través del estrecho de Bering o de otro camino alternativo desde el Viejo al Nuevo mundo, hace ahora aproximadamente unos doce mil años, por lo que parece ser que todos los perros domésticos americanos y europeos pertenecen a una misma especie original. Los perros traídos por los aborígenes en su poblamiento de las Antillas habrían llegado a estas islas hace aproximadamente unos mil setecientos años.

Se cree que en algunos lugares animales como el mapache y algunas variedades de zorras asumieron el rol de los perros domésticos, en un proceso de domesticación por parte el ser humano.

Estos son, a grandes rasgos, los antecedentes de esos perritos cubanos tan simpáticos que con tanto entusiasmo se llevan a sus países los visitantes extranjeros. No olvidemos que aunque los españoles se hayan comido todos los perros mudos que había en Cuba a la llegada de Cristóbal Colón, la presencia del perro en el Nuevo Mundo es muy anterior al descubrimiento de Cuba, así que todos los canes de por estos lares son familia desde tiempos muy remotos. ¿Qué es lo que hace entonces tan “simpáticos” a los nacidos bajo nuestras palmas? Averíguelo. Por lo pronto yo solo puedo asegurar que mis dos perritos satos no son encontrados agradables, y menos aún simpáticos, por mis vecinos más cercanos cuando ladran de madrugada a la luna, los gatos o lo que sea que les parezca digno de desalojar de nuestro patio. No son mudos, pero eso sí, son listillos y tiernísimos. ¿Usted quiere llevárselos para su casa?

 

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6 respuestas a ¿PERROS AUTÓCTONOS DE CUBA…?

  1. Millie O\'Campo dijo:

    Me parecio super interesante su articulo. Que lastima me dio eso de que se los comieron, el hombre siempre atentando contra lo bueno y bello.En un futuro me encantaria ver fotos de vuestros perritos. MillieO, cubana en California

  2. Rubén dijo:

    Saludos compañero, soy mexicano, y pronto hare un viaje a Cuba, soy fanatico de los animales, soy arquitecto y veterinario frustrado, me gustan muchos los perros y quisiera saber como puedo ubicar al famosisimo perro cubano, el autoctono, por mas que busco no logro obtener alguna imagen de como es, me gustaria saber tambien si pudieras orientarme en como podria traerme uno para México. Espero no causarte alguna molestia. : )

    • ginapicart dijo:

      Espero que tu viaje te deje un recuerdo grato. Tengo entendido que en la actualidad el perro “cubano” por excelencia es el llamado bichón habanero. Si es autóctono yo nosé, pero es monísimo.

  3. mayara dijo:

    yo tengo un perrito cubano y bien cubano y realmente es super sensacional es el mejor perro del mundo……….

    • ginapicart dijo:

      Bueno, no me sorprende, porque dicen que los perritos se parecen a sus dueños, y si es un perrito cubano, pues tiene que parecerse a los cubanos aunque ahora sea tuyo. Es verdad que nuestros perros son especiales: graciosos,cariñosísimos, tiernísimos y muy ocurrentes. Yo conocí una salchicha que llegó a una casa, escogió una butaca y varias veces al día se subía, se acostaba con las patas al aire y empezaba a aullar para que alguien fuera a rascarle la barriguita. La familia optó por dejar esa butaca solo para la perrita y no permitían que nadie se sentara en ella. Y en mi casa, mis perritos siempre han mandado a las personas. Pero también tenemos perros espantosos: a algunos no les gustan los niños, y otros son asesinos temibles. Busca siempre perros satos cubanos, son los mejores compañeros y los más inteligentes y dedicados guardianes del hogar y de la familia. No sirven mucho contra ladrones porque son pequeños, pero avisan siempre y jamás dejan de oír un ruido.

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