ENTREGAN PREMIOS Y MENCIONES DEL CONCURSO IBEROAMERICANO DE CUENTO JULIO CORTÁZAR

 El Centro de Cultura Dulce María Loynaz fue sede de la entrega del premio del Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2007, obtenido esta vez por el escritor cubano Rogelio Riverón. Su cuento Los gatos de Estambul narra en un estilo hiperrealista el encuentro entre un escritor cubano y una traductora rusa en medio de la nieve de Estambul, esa ciudad que parece tener un numen mágico y algo siniestro, a la vez que un atractivo especial para los escritores cubanos, ya que también Alberto Garrandés la eligió como escenario de su cuento Algo de nieve en Estambul, y yo misma he tenido la tentación de trasladar allí la escenografía de algún relato que todavía no he escrito. ¿Alguien más se anima?

Los gatos de Estambul, si bien parece que va a desenvolverse como una exótica historia de amor y sexo, sorprende entrando de lleno en el fenómeno tristísimo de la prostitución rusa posterior a la caída del campo socialista, ese coloso con pies de barro que durante décadas tanta gente adoró. Como los cubanos rara vez salimos de la isla el fenómeno no ha sido para nosotros una vivencia cercana, pero para los pocos que tienen acceso a Internet —a mí me la presta un amigo del alma— no es del todo desconocida. He perdido la cuenta de las muchas, muchas veces que al navegar en la red me ha sorprendido desagradablemente la aparición de banners publicitando esta bella mercancía. “Me llamo Natasha. Soy rusa. Soy rubia de ojos azules y tengo 21 años…” anuncia un pie de foto bajo la imagen de una muchacha lindísima con un semblante absolutamente vacío de expresión.

Aunque la relación que tuvo Cuba con la Unión Soviética no tiene nada que ver con la que nos une a España, que por los siglos de los siglos seguirá siendo siempre la figura arquetípica de nuestra madre racial y cultural, no es menos cierto que el correr de los años ha demostrado cómo los cubanos (no sé nada al respecto sobre los rusos) han conservado un vínculo afectivo con la lejana nación eslava, una especie de sentimiento de nostalgia, más bien como la extraña imagen de un Paraíso justiciero jamás visto y del que continuamente te llegan noticias y fotografías, y donde sabes que algún amigo se casó y dejó descendencia. Los técnicos soviéticos que conocí y las mujeres rusas que aún viven entre nosotros nunca me sirvieron para hacerme una idea concreta de lo que pudo ser aquella creación geopolítica; y del realismo socialista en la literatura —tan odiado y renegado entre nosotros— guardo un recuerdo más bien agradable de dos o tres libros para adolescentes que me compraron mis papás en nuestras librerías. Imagino que nadie se atreverá a negar que los rusos son maestros de la novela histórica, están entre los más grandes músicos de la Humanidad , hicieron uno de los mejores cines y sus ballets son portentosos desde la época de los zares. Qué enorme pena todo lo demás…

Esta nostalgia, amarga como sucede inevitablemente cuando te han engañado largo tiempo sobre las virtudes falsas de alguna entelequia, está más que presente en Los gatos de Estambul, y ha hecho regresar a mi memoria muchas sensaciones y recuerdos. Es un cuento sólido y tiene una belleza ciertamente telúrica. Posee, además, la capacidad de remover las oscuras inquietudes que agitan a mucha gente que se pregunta qué pasará con los cubanos el día D. Creo que aunque no contenga ningún elemento fantástico, a Cortázar le hubiera gustado.

De mi propio cuento, El príncipe de los lirios (primera mención), por ética elemental no me corresponde decir nada. De los cuentos de los restantes escritores que obtuvieron menciones tampoco tengo noticias, pero pronto será publicado el volumen con todos ellos. El premio Cortázar de cuento recae, en ocasiones, sobre escritores verdaderamente relevantes, y pone de relieve carreras que prometen mucho, como esta vez ha sido el caso de Orlando Luis Pardo, de quien he leído su reciente libro de cuentos Mi nombre es William Saroyan, una obra original y fuerte. No sé por qué sospecho (mera sospecha nada más), que él será, cuando las aguas del tiempo depuren lo suficiente el panorama, la figura más importante de ese grupo que se hace llamar a sí mismo Generación Cero. Supongo —no es más que una idea algo peregrina que se me ha ocurrido— que se hacen llamar así para significar que antes de ellos no ha habido nadie en la literatura cubana y que de ellos deberá partir todo el numeral que venga a partir de ahora. Cosas veredes, Sancho, que harán hablar las piedras.

Y en cuanto a un poco de crónica social, que nunca se debe dejar de hacer cuando se escribe sobre estos eventos, pues asistieron algunas figuras insignia de la literatura que se está haciendo en la isla, algunos escritores importantes y personalidades de la cultura, un miembro de la embajada de Argentina y ningún ministro. Miguel Barnet, presidente honorario del evento, nunca llegó. Y que conste: no estaba lloviendo.

El Centro Loynaz, precioso como siempre, aunque el aura de Dulce María ya no lo imanta, o al menos no se la percibe con tanta fuerza como cuando recientemente fallecida se aparecía por los corredores pidiendo chocolatines a los visitantes. Hubo muchas flores y un par de jóvenes muy bellas —la pintora Duchi Man Valderá y la investigadora Cynthia Coto— que deslumbraron bastante a grandes y chicos. En cuanto a la poeta argentina Basilia Pastamatiú, una anfitriona encantadora, como siempre.

Fermín Gabor, te juro que no intento competir…

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Acerca de Gina Picart

Fui alumna y discípula de Beatriz Maggi en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Soy escritora, periodista, investigadora, crítica literaria y otras cosas, y ella me mostró el camino.
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