Primera mención del Premio Julio Cortázar 2007 EL PRÍNCIPE DE LOS LIRIOS

 Gina Picart

El verano de 1924 conocí en Niza a Tamara Lempicka, una pintora polaca de moda entre la aristocracia de París. Yo había llegado de Cuba hacía una semana, y aquella mañana tomaba un aperitivo con Colette en un café de la costa, bajo uno de esos toldos rayados que protegen a los turistas del sol mediterráneo, mientras nos entreteníamos mirando las pequeñas figuras de los veraneantes que se desplazaban lánguidamente por el Paseo de los Ingleses. Jugábamos a reconocerlas, y a pesar de la distancia Colette logró identificar a Cocteau y a Radiguet por sus andares de bailarina, mientras yo adivinaba a las condesas de Polignac y Noailles por sus enormes sombreros ridículos. Más allá, el horizonte se confundía con las negras piedras lisas de la Bahía de los Ángeles.

Una mujer se acercó a nuestra mesa. Me llamó la atención su cara nórdica de pómulos anchísimos, y los ojos color jacinto con expresión de virgen pervertida. Un rostro deslumbrante en su descaro total, y sin embargo, amenazado por ese peculiar matiz de lejanía que se adivina tempranamente en aquellas personas a quienes el futuro depara la demencia. Vestía pantalón y casaca negros, camisa blanca y una ligera bufanda de seda sin anudar sobre la solapa. Se parecía a Jorge Sand y supuse que, como otras mujeres a quienes Colette ya me había presentado, esta habría sido también su amante. Besó a Colette en los labios con naturalidad y enseguida se sentó entre nosotras. Cruzó las piernas y con gesto graciosamente hombruno hizo una seña al mozo; cuando este aún se encontraba a unos metros de nuestra mesa, ella empezó a pedirle con voz ronca raviolis rellenos con pasta de aceituna y anchoas, y en un francés casi perfecto lo insultó por no tener vinos griegos. El mozo se alejó, lanzándole a Tamara de reojo una fugaz mirada despectiva.

La contemplé sin disimulo, fascinada por su aire soberbio e impúdico a la vez. Un golpe de viento agitó su cabello de un rubio muy pálido, con ese tono ceniciento que Dante atribuye a las alas de los ángeles. Ella sostuvo mi mirada con aplomo y percibí, agazapada en el fondo de sus pupilas, esa especie de pleamar subrepticia que fluye casi siempre de todos los que ejercen más de un sexo. Después de someterme a una valoración silenciosa nos invitó a ver los cuadros que estaba pintando en su casa de las afueras. Nos llevó en su espléndido Bugatti de un verde brillante. Conducía como loca, y a duras penas lográbamos sujetar entre carcajadas nuestros sombreros de paja y cintas que el aire se empeñaba en volar.

Tamara había alquilado una villa a unos kilómetros del pueblo, muy cerca de la costa; una auténtica masía mediterránea de paredes blancas y techumbre teñida de naranja por los últimos rayos del poniente. Resguardada de miradas curiosas por una enredadera de adelfas, su austera fachada ocultaba un interior decorado en sobrio estilo otomano. Las paredes encaladas hacían vibrar el color encendido de los divanes turcos, las alfombras persas y las espesas cortinas corridas sobre las ventanas. Varias mesitas bajas mostraban vajillas delicadas, y completaban el mobiliario tres enormes cofres tallados, de cerraduras curvas y aplicaciones de cuero lustrado, y un narguile de oro y plata. En cada rincón esbeltos pebeteros esparcían una tenue lumbre perfumada con aromas de sándalo y vainilla. Sobre la pared de fondo colgaba una reproducción del portulano de Piri Reis, y debajo, casi oculto en su hornacina, un viejo Corán con tapas de marfil y broches de metal deslustrado aparecía abierto en un sutra de poder. En otra habitación pequeña, silenciosos sobre sus caballetes, dos óleos inconclusos ofrecían a la vista el estilo Lempicka, mezcla de las tintas planas del art deco y las formas clásicas y sensuales del Renacimiento italiano. En uno de ellos, un hombre joven ofrecía al espectador su espalda prieta y desnuda mientras intentaba abrazar a una muchacha, también desnuda, que se encogía levemente ante la inminencia del contacto como quien teme la cercanía del dolor. Era un cuadro muy fuerte. Un sombrío erotismo manaba de él como el agua de un torrente febril.

Mientras lo contemplaba se me ocurrió que solo esta polaca, en quien yo adivinaba instintos desaforados, sería capaz de interpretar uno de mis deseos secretos: durante mi último viaje a España yo había hallado en una antigua villa romana un mosaico que cubría el piso de un jardín interior, y mostraba un banquete de amor donde ante una mesa servida con suntuosos manjares se reclinaban en dorada languidez un hermoso pastor y su pastora coronados de rosas, rodeados de manzanas, albaricoques y racimos de uvas moradas. Si se le miraba un rato fijamente el mosaico producía un efecto extraño: la pareja comenzaba a moverse y arrojaba sus mantos ofreciendo a la vista su gloriosa desnudez, y hasta llegué a escuchar sus risas espléndidas, sus frescas voces juveniles. La ilusión resultó tan perfecta que sentí al pastor cantar: “Bésame con besos de tu boca./ Son tus amores más suaves que el vino”. Su canto se fue apagando y vi cómo se perseguían por entre el verde césped como gamos en celo, y al final cayeron sobre la hierba, uno junto al otro, aplastando las violetas con sus cuerpos tersos y sus pieles brillantes de fruto tierno estallando de amor y de deseo.

Desde ese día he buscado un artista capaz de trasladar a un cartón la intensa vida de aquellas imágenes. Después, monsieur Lalique haría un vitral para mi recámara de la casa que Juan me ha construido en el Vedado. Quiero servir de modelo para la pastora, y buscaré para el pastor un joven hermoso que me abrace como una llama, que desprenda calor por cada poro, que derrame lujuria, porque la función del vitral no sería solamente estética, sino que deberá quedar frente a mi cama para siempre, y cada vez que Juan me posea tendrá que mirarlo y recordar que otros hombres también pueden tenerme, porque nunca dejaré de ser bella; y cuando ya no lo acompañe su vigor de sátiro insaciable, deberá sufrir pensando que puedo entregar mi cuerpo a otros amantes cuando yo quiera, a pesar de él , a pesar de su dinero y del amor que hace tiempo se nos murió en los brazos como la corza de aquel poema hindú, herida por la flecha de un príncipe traidor. Pobre Juan, nunca logró serme fiel…

Explico a Tamara mi deseo y ella me escucha recostada contra su muro de piedra. Colette no está. No sé a dónde se ha ido, pero la casa se siente vacía, sin más presencia que la nuestra. Tamara enciende un cigarro egipcio negro y largo igual que sus pestañas, que debieran ser rubias como su melena angélica, pero son densas y oscuras. Fuma en una boquilla semejante a un cetro faraónico; aspira despacio el humo y exhala una voluta interminable por entre sus labios de un rojo sangriento. Con su pupila clavada en la mía viene hacia mí, sin prisa, como si deseara prolongar el camino. Se me encima con cadencia lentísima y acerca su pecho al mío, pero solo un instante. Su mano libre se cuela entre los pliegues de mi blusa y acaricia mi seno; un tanteo suavísimo que se lleva mi aliento enredado en sus dedos de bruja sutil. Mi cuerpo empieza a vibrar. Continuamos mirándonos. Trato de recordar la disposición de la sala e intento ubicar el sitio perfecto para lo que va a ocurrir en un instante, mas para mi sorpresa, Tamara retira su mano tan lentamente como un ave que regresa de un vuelo cansino. Dice que si no me tocaba no puede hacerse una idea del partenaire que necesito para el vitral. Ahora — dice—, me ve como una amazona que sale a cazar hombre, y ya puede imaginarse qué clase de víctima debemos buscar. Me cuenta que en las cercanías hay una aldea donde viven muchachos verdaderamente apetecibles, pescadores que envuelven sus vientres en paños blancos para entrar al agua, y cuando emergen, el sol se licúa sobre sus pieles de oliva perfumando sus miembros con el viento salobre de la playa y los pinos.

U nas horas más tarde el Bugatti irrumpe en la aldea. Búfalo potente, embiste la magia de la noche que flota en el terral como un ángel de alas desplegadas, pero nadie abandona su calma ancestral. Los hombres se preparan para salir al mar. Algunos traen las redes y el fanal, otros empujan las barcas. Cuando las nubes se apartan, la luna nueva arroja una luz muy limpia sobre la arena, sobre los cuerpos donde el cincelado de los músculos conjuga claroscuros semejantes a enormes perlas ondulando en el claror fantasmagórico. Tamara, con voz broncínea de mujer de pescador, grita un nombre: ¡Jerome! Una figura masculina viene desde la orla espumosa donde comienza el océano, y se detiene ante nosotras con aire manso. Tamara anuncia al recién llegado que soy una dama muy rica venida de las Antillas para contratarlo como modelo de pose, y añade que pagaré con largueza. El muchacho, como un genio de lámpara, obedece al conjuro y se inclina ante mí, pero en la ojeada oblicua que me lanza, y que dura un instante, adivino cierta reticencia. Tamara, satisfecha, agita su melena en un gesto que quiere decir trato hecho. Intento decir algo solo por cortesía, pero ella me advierte: No te esfuerces, Katinka, nuestro amiguito es mudo. Su vulgaridad me disgusta. Volvemos al auto y ahora la polaca conduce sin su habitual locura. Fumamos sendos Lacadif, y ella, con su voz ronca, tararea entre dientes una copla de Carmen: “¡Mírenlas!/ Sus insolentes miradas…/Sus coqueterías…/ Cada una, descarada,/ fuma un cigarro”.

Me deja frente a mi hotel y se despide asegurándome que ha contratado para mí una auténtica joya. Enseguida, alzándose en su asiento, devora mis labios en una succión prolongada que no intento cortar. El portero observa la escena sin asombro, es un hombre viejo que todo lo ha visto. Ya en mi suite, tardo mucho en conciliar el sueño. La voz de Tamara sigue cantando en mi oído y evoca ante mis párpados cerrados las imágenes de una cigarrería de Sevilla, con sus obreras semidesnudas liando puros en una nave caldeada como el infierno, y una gitana vestida de rojo que baila y taconea entre nubes de humo en la taberna de Lilas Pastia.

Por la mañana Tamara me recoge en mi hotel. Es temprano y en el Paseo de los Ingleses solo hay gaviotas marineras. También se posan sobre las piedras negras de la bahía con sus alas enormes, como ángeles rebeldes condenados a confundir el cielo con el mar. Jerome nos espera en la villa. Tamara le ha ordenado que se presente ante mí solo envuelto en el paño con que se cubren los pescadores, para que yo pueda apreciar mejor la real magnificencia de su estampa. Mi primera impresión resulta desalentadora, porque es tan joven que el mayor de mis hijos debe sacarle un par de años, y tan tímido como una doncella a la que van a desflorar en su noche de bodas. Solo le falta cubrirse con un velo ceñido de cequíes para parecer una novia mediterránea. No es, precisamente, un fruto en sazón, sino un tallito tierno que anuncia poco zumo. Sus rasgos se debaten indecisos entre los de un efebo griego y un camellero de asram: piel olivácea, ojos de cervatillo y rizos alquitranados sobre una frente baja y concentrada. E sbelto como un cretense, sus músculos abultados y firmes se afinan mucho en la cintura y las caderas estrechas. Su belleza, en la que percibo vestigios de una fiereza domada, responde al ideal romántico, pero sus ojos elusivos y una mal disimulada languidez delatan su androginia. Estoy desconcertada. Tamara se da cuenta y me dedica esa sonrisa sibilina de quien se guarda bajo la manga algún triunfo secreto. Y es demasiado experta para desmerecer mi confianza.

Pasamos a la habitación que hace las veces de estudio. Tamara ha colocado un diván y lo ha cubierto con brocado rojo de textura sedosa, y ha dispuesto alrededor cestas de frutas y ramos de glicinas, pero antes de elegir la pose definitiva quiere tomar varios apuntes. Siguiendo sus indicaciones, Jerome y yo nos desnudamos. Avanzamos observándonos con desconfianza de gladiadores, y comenzamos por un acercamiento inicial. las manos se posan sobre los hombros y van descendiendo lentamente por espaldas, caderas y pechos; poco a poco se aproximan las pelvis, se entrelazan los cuerpos. Jerome tiembla, y cuando su vientre se aprieta contra el mío puedo sentir su desazón en el latido filiforme de la sangre bajo la piel tensísima.

Ensayamos posturas de pie, siempre guiados por Tamara, quien dibuja febril sobre su bastidor sin dejar de seguirnos con la vista. Me molestan su sonrisa procaz y su mirada de virgen pútrida. En una ocasión se impacienta ante nuestro envaramiento y ella misma toma la diestra de Jerome para hundirla un poco entre mis muslos apretados. Mastúrbala, ordena soez. Jerome mueve la mano con torpeza y ahueca los dedos uniendo en gesto mecánico índice y pulgar, cual si buscara por hábito una masa cilíndrica que no existe en mi entrepierna. Tamara se impacienta y lo abofetea. Jerome recibe el golpe, voltea el rostro y enrojece. Un esclavo. ¡Sangre de Cristo, tienes que meterle los dedos! —le grita ella—, ¡méteselos!

Jerome, nervioso, hinca sus dedos rudos en la carne tibia de mi vulva y me hace gemir de dolor: tiene las yemas ásperas del salitre y las uñas partidas por la fricción del sedal. Tamara le aparta la mano inhábil y me introduce la suya propia para mostrarle el proceder correcto. Sus dedos de ninfa rapaz excavan mi monte de Venus hasta dejar al descubierto la vía del placer; entonces, con cuidado exquisito, inicia un roce apenas, a un ritmo acompasado que va haciéndose por momentos más intenso y veloz. Se me escapa un suspiro y mis párpados tiemblan, se me corta el aliento y el rubor colorea mis senos. La miro suplicante, ansiando que llegue hasta el final, pero en este momento ella es solo una artista que instruye a su modelo. Jerome observa atento la operación, pero su boca se pliega en un rictus que se acentúa cuando Tamara retira sus dedos y él se los nota húmedos de mí. Creo que le disgusta el olor a hembra. Tamara le ordena imitarla y él obedece taciturno. Separo mis muslos para facilitarle la tarea. Ella regresa a su asiento, retoma el caballete y vuelve a dibujar, observándonos con esos ojos que ahora parecen hallarse muy distantes de la escena, como volcados hacia su propio interior. Sus labios se mueven mecánicamente y la escucho tararear con su voz de ánfora vacía: “Tra la la, tra la la, /¡Mi secreto yo guardo y lo guardo bien/ !Tra la la, tra la la…/ ¡Amo a otro/ y moriré diciendo que lo amo!”.

Jerome empieza a masturbarme. Ahora me lo hace despacio y ya no siento dolor. Como no está viciado por el hábito de acariciar vaginas, sus dedos se mueven a un ritmo que mis sentidos desconocen. La sensación que me provoca comienza a ser intensa, me siento transportada. Busco sus ojos para saber si disfruta como yo, pero él rehuye mi mirada. Cierro los míos y espero el clímax. De repente Tamara aparta el caballete y anuncia que por hoy hemos terminado. Es veleidosa ¿o envidiosa? Jerome se limpia la mano con disimulo en su delantal y abandona la casa como un fantasma.

Tamara me invita a almorzar en su terraza una exquisita carne blanca de atún rociada con vinos especiados de Levante. Desde mi asiento contemplo ensimismada cómo el Mediterráneo, de un violeta profundo, arde bajo un cielo despejado. Ella insiste en que el muchacho es un tesoro, pero me recomienda poner en juego mi fantasía para estimularlo. ¡Es un marica! —objeto desdeñosa, y me encojo de hombros mientras paladeo calmosamente el vino. Sí, todavía no ha dormido con hembra —admite Tamara con una sonrisita complaciente—, pero si lo trabajas bien, Katinka, te dará satisfacciones que tal vez no conoces. Ya debieras saber que los placeres ambiguos son también los más interesantes.

Siento el impulso de recordarle que no he venido a su casa para fornicar con un infante, sino a encargar un cuadro, pero me contengo porque eso no es tan cierto: también persigo deleites prohibidos que hagan reverberar mi carne adormecida por la monotonía de una vida demasiado fácil. Me excita la posibilidad de probar algo nuevo, me espolean la resistencia de Jerome, su timidez…, y por q ué no decirlo: su asco de mí. Indolente, Tamara extiende su pierna por debajo de la mesa y con su pie desnudo oprime suavemente mi vulva, pero sé que no hará nada más, porque ella solo juguetea para enardecerme. Sin duda goza mucho con eso y por el momento le basta. Con un dejo de burla en su voz se ofrece para llevarme en su Bugatti, pero declino la invitación y regreso a mi hotel por el Camino de los Ingleses, que a esta hora, después de la bajamar, está siempre cubierto de crustáceos.

Esa noche vuelvo a revolcarme entre las sábanas de mi lecho imperial. Ardo en deseos de Jerome, que me rechaza porque ama a otro, como dice esa copla de Carmen que Tamara tararea de un modo obsesivo durante nuestras sesiones de pintura. ¿Quién será ese amante a quien Jerome prefiere? Trato de imaginarlo y no lo consigo. Cuando al final me duermo, sueño que llego volando a la villa, entro por una ventana y encuentro al dulce mudo adormecido sobre el diván del estudio. Su cuerpo, abandonado a la lasitud de la siesta, reposa ajeno a mi presencia, el rostro vuelto, párpados cerrados, la mejilla apretada contra el hombro, labios henchidos. Su respiración pausada permite percibir bajo la piel morena la sombra deslizante de los músculos, como una despaciosa danza de montañas. El vientre, apenas cubierto por el paño aflojado, nace en los muslos entreabiertos; una pierna cuelga al borde del diván, y la otra, curvada, permite avizorar un pliegue íntimo que precede a la soberbia cúpula del glúteo. El sueño de Endimión, me digo contemplándolo absorta, y solo ahora, gracias a una de esas misteriosas revelaciones oníricas, descubro la clave de su oscura atracción: púber atormentado por el imperio de un vicio secreto; la entrega total para ser poseído, humillado, violado y quizás, también, torturado; suave animal hecho para la voluptuosidad sombría del placer; pasivo mendigo del goce, dispuesto siempre a trasmutar en víctima ese cuerpo donde ha encarnado, por quién sabe qué delicioso capricho de la naturaleza, el príncipe cretense de los lirios. Presiento la suavidad del vello que sombrea sus ingles: retiro el paño con extremo cuidado para que el durmiente no vaya a despertar, y allí, en el centro del mundo, como una perla dormida en su ostra, yace su sexo tierno y enervante, de un deslumbrante marrón rojizo inmerso en el castaño de los muslos, y de inmediato viene a mi memoria la viva imagen de un tabaco de Vueltabajo. Otra vez las deidades del sueño se han mostrado benévolas conmigo, y el mensaje es tan claro que despierto de golpe y corro de la cama hacia el placard donde guardo mi equipaje. Sí, en mis maletas he traído de Cuba una caja de habanos Romeo y Julieta, marca costosísima, obsequio de Juan para el doctor Panchón Domínguez, su amigo personal y médico de la colonia cubana en París. Pero creo que el buen Panchón va a quedarse esta vez sin sus tabacos preferidos. Me observo en el espejo y el azogue me devuelve la imagen de Clodia Pulcher, matrona impúdica, en un marco de pámpanos dorados. Sacudo la cabeza remedando a Tamara cuando dice trato hecho.

Al alba tomo un taxi y corro hasta la villa. Encuentro a Jerome en cuclillas ante la puerta cerrada, aguardando con mansedumbre que le inviten a entrar. Bañado en la luz rosácea del amanecer, semeja a Ganimedes amado por los dioses. Hoy tenemos una sesión de trabajo difícil, porque Tamara nos hace ensayar posturas yacentes. Nos tendemos abrazados sobre los divanes, sobre las alfombras, sobre los grandes cofres de taracea. Yo lo estrecho con vehemencia contra mi pecho sin ocultarle ya mi deseo, y siento que su cuerpo se muestra ahora más dócil a mi reclamo, se adapta mejor a mis curvas y honduras.

Y cuando Tamara le indica introducir su muslo entre los míos para crear la ilusión del coito, él hace más: aplasta su boca sinuosa contra mis labios en el amago fugaz de un beso. Me sorprenden la frescura de su boca y la firmeza con que sus brazos me sujeten para que no resbale sobre la tapa convexa de madera pulimentada. Sé muy bien que los años nunca han sido una barrera para el triunfo del amor, y si algún obstáculo necesito vencer con este niño no es mi edad, no es ni siquiera la ambigua cuestión de su sexualidad, sino la pureza inquebrantable de los impuros: su inútil fidelidad al encenagamiento en que ha vivido. Hasta diría que Jerome posee una ética secreta que lo ata a la oscura hermandad de los sodomizados, pero creerlo sería ir demasiado lejos; yo no he venido a idealizarlo, sino para gozar de él . Él es mi oscuro objeto del deseo y nada más.

Me decido por la última postura: yo, tendida sobre el cofre, la cabeza descolgada hacia atrás mostrando la garganta y un atrevido escorzo de mis senos, y Jerome sobre mí, sujetándome con agresividad como si fuera a violarme (así podré conservar una lasciva imagen de sus nalgas). Ordeno a Tamara que esparza por el suelo unos cuantos ramos de adelfas y narcisos y algunas frutas y copas volcadas. Después discutiremos los honorarios, digo, y ya no vuelvo a hablarle con esa intimidad cómplice que he usado con ella desde que nos conocimos, sino con esa fría autoridad con que acostumbro tratar a quien trabaja para mí. Y es que Tamara ya cumplió su papel en esta obra y es hora de que haga mutis discretamente. Ella capta el mensaje y no le gusta; aunque sea aristócrata es, en realidad, una golfa, así que me obedece a su pesar y se disipa como polvo en el viento.

Al verse a solas conmigo Jerome se acurruca en un rincón. Inmóvil, abrazado a sus rodillas, toma el aspecto de un crío a quien la madrastra malvada ha encerrado en el cuarto de castigo, pero bajo su mirada temerosa se solapa una trémula expectativa. Avanzo desnuda llevando entre mis manos el estuche de habanos como una ofrenda, y me detengo ante él: Soy la sacerdotisa del tabaco —me bautizo a mí misma-—, y tú eres su espíritu. Me arrodillo a su lado, levanto la tapa, le muestro el contenido y le pregunto: ¿Has fumado esto alguna vez? Jerome niega en silencio sin apartar su vista de los puros. Es un placer maravilloso —instilo insinuante en su oído—. En el humo habita un hada que te hará ver en sueños cuanto desees. Voy a mostrarte cómo se fuma, y si aprendes pronto, te regalaré la caja. Lo miro fijo a los ojos al tiempo que le coloco un habano entre los dedos: Atiende bien, Jerome, y hazle a este tabaco todo lo que yo te haga a ti, ¿comprendes? Jerome asiente muy serio.

Con parsimonia ritual retiro el paño que cubre sus calientes ijares de potro, y tomo su virga entre mis dedos índice y pulgar. Compruebo sin sorpresa su total semejanza con la que vi en mi sueño. Lo primero es elegir un buen habano —le digo con una voz de la que en vano intento suprimir la emoción que me embarga—. El buen habano debe ser prieto al tacto y bien elaborado: firme, pero no duro: hay que palparlo ligeramente… —y mientras, presiono su virga como si quisiera comprobar su dureza. Enseguida Jerome me imita palpando de igual forma su tabaco. El miembro comienza a despertar de su pesado sueño, pero aún está lejos de tener la consistencia necesaria. Jerome me deja hacer con la mirada extraviada. Hago un esfuerzo violento para continuar con mi lección: El tamaño del habano —musito con una voz enronquecida por mi deseo sucio, animal— lo elegirás de acuerdo con el tiempo que tengas para poder disfrutarlo. Pero lo primero es oler —le incito. Acerco mi nariz a su entrepierna y aspiro deleitosa; de allí brota un vaho cálido mezcla de salitre, madera y sudor, que me estremece las entrañas… Jerome aspira su tabaco, al principio mecánicamente, pero una repentina distensión de sus facciones me indica enseguida que el olor le ha resultado agradable. Los habanos cubanos tienen aromas únicos —susurro—; pueden oler a chocolate, a setas, vainilla, nueces… Jerome aspira por segunda vez el puro que sostiene entre el pulgar y el índice, y ahora sí se permite una tímida sonrisa de placer. Vamos a cortarle la punta —lo interrumpo. Jerome deja de sonreír y se sobresalta como un niño, mirando alternativamente a su miembro y a mí. Con una guillotina pequeñita, —le explico—, pero como no tenemos, vamos a hacerlo con los dientes. Mi cabeza se abate sobre su sierpe, que ante mi ataque se enrosca despavorida; mordisqueo codiciosa el diminuto orificio de su glande y la virga vuelve a entrar en razón: el vientre de Jerome se contrae en un espasmo involuntario, pero él se domina y a su vez descabeza su tabaco de una ágil dentellada. Está muy bien —lo estimulo, mientras con mi mano libre le oprimo dulcemente la bolsa del escroto y el montículo umbroso—, pero ve con cuidado para que no desgarres la piel de tu habano. Ahora, se procede a retirar la anilla… —ejemplifico empujando hacia atrás el prepucio fuerte y rugoso. Jerome, como un autómata, desliza la vitola de su puro. Su pelvis, ya seducida, avanza velozmente hacia mi boca: ¡No! —lo detengo—. Ahora viene el corte y hay que hacerlo con mucha precisión, justo sobre la línea donde el gorro se une a la capa —y para marcar bien el sitio me ensalivo las puntas de los dedos y le froto con mucha suavidad el borde del glande y el frenillo engrosado y tirante. Jerome suspira y arde y parpadea. Saco de la caja un trozo de corteza de cedro, lo enciendo en la llama de una vela y se lo entrego: Ahora le acercas la candela a tu tabaco y lo enciendes así… —comienzo a pasar mi lengua mojada por la punta de su glande. Acaricio, presiono, raspo en lentos movimientos circulares que lo van encerrando en un estrecho cerco de tibiezas. La frente de Jerome se cubre de sudor, y cuando acerca la corteza encendida al borde de su habano, pequeñas perlas húmedas aparecen sobre sus hombros.

Lo siento estremecerse y jadear. A estas alturas de nuestro juego ya su miembro se ha vuelto duro y firme, con la consistencia necesaria para ser fumado. Sin embargo, todavía debo esperar un poco, porque una vez que se ha prendido el habano, hay que mantenerlo cierto tiempo cerca de la llama: Mientras más grueso, mayor tiempo será necesario para garantizar que se mantenga encendido —le explico, y continúo ensalivando su primavera, que alcanza ya tamaño codiciable. Poco a poco voy abriendo círculos más amplios e imprimiendo a mi lengua mayor velocidad. Mi cabeza gira para mejor circunvalar su breva pantagruélica. Jerome entiende y hace girar despacio el puro entre sus dedos manteniéndolo en contacto con la llama de cedro. Así se quemará bien parejo —apruebo. Jerome cierra los ojos y suspira. Bajo el continuo frotar de mi lengua su glande ha enrojecido y ahora se asemeja a una seta inmensa, amanita gloriosa que pronto ha de llevamos a la cumbre del éxtasis divino.

Antes de seguir, tomo una copa con restos de champagne: Esto no deberás hacerlo nunca cuando fumes en público —le advierto—, pero aquí nadie nos mira. Sumerjo su glande en el licor y le entrego la copa. Jerome la toma y hunde la punta de su tabaco en la bebida, lo regresa a sus labios y paladea el sabor al mismo tiempo que yo devoro su zeta emponzoñada, y chupo, y lamo en círculos, y sigo chupando y lamiendo hasta sentirlo trémulo bajo la pérfida caricia de mis manos. Al fin su vientre endurecido se rebela y ansía ya liberar sus ardores; No, Jerome —suplico—, es pronto aún: el sabor de un habano solo se vuelve intenso después de haber fumado más de la mitad. El muchacho está tan excitado que apenas logro contenerlo acudiendo al vasto repertorio de mi arte de amar. Al fin, condeno su tenso bulbo a la lúbrica faena de mis belfos, mientras mis manos, ávidas, se ocupan de sus nalgas. Me sorprende la resistencia extraordinaria de un recinto posterior habituado a hospedar invasores violentos. Insisto, penetro en el túnel y mi presa desfallece una vez más. ¡Sigue fumando, sigue! —lo exhorto con vehemencia— ¡Mantén el humo en tu boca, paladea su sabor…! ¡El tabaco no se puede apagar, Jerome, hay que dejarlo arder hasta que se consuma…! Pero he colmado su medida. Fiel al ritual fumador, me aparto antes que la ceniza hirviente caiga al suelo. Jerome mantiene su erección todavía un instante, mientras me mira con ojos desorbitados por la desenfrenada locura de su goce, y al final, se derrama sobre su propio vientre como un manantial recién nacido sobre la falda de un monte. Voy sorbiendo sus jugos mientras él se desploma en mis brazos, y reconozco en el temblor gimiente de su carne que ha descendido al fondo del abismo. Miembro y tabaco decrecen lentamente, y nosotros terminarnos compartiendo la agónica dulzura de la culminación. Jerome no me ha tocado, pero no ha sido necesario: mi sexo arde como una fragua. ¡Dios, yo nunca había probado un erotismo tan enloquecedor! Mi amante continúa extenuado y no encuentro otro remedio que aplacarme a mí misma. Nos rendimos al sueño, muslos entrelazados, pechos húmedos, y nadie ve la luna cuando aparece entre una floración de negras nubes y comienza a rielar sobre los cuerpos en reposo.

Mi estancia en Niza llegaba a su fin y a la mañana siguiente viajé a París. No volví a verlo, pero siempre pensaba en él, y cuando regresé al año siguiente fui a su aldea con intención de buscarlo. Me contaron que había muerto en circunstancias extrañas poco después de mi partida. Desapareció durante días y unos niños hallaron sus restos incinerados en un basural. Se sospechó de un comerciante árabe que era su amante y lo habría matado por celos; aquel hombre era el verdadero dueño de la casa rentada por Tamara, donde enseñé a fumar al bello mudo infeliz. Según otra versión, lo asesinaron unos pescadores para robarle cierta caja de habanos carísimos que Jerome guardaba con gran celo y jamás aceptó compartir. Averigüé algunos detalles sobre su vida. Supe que había nacido de una mujer argelina, esclava fugitiva del harén de un turco. Madre e hijo vivían pobremente de la pesca, y cuando había posibilidad de obtener buena paga, Jerome tenía sexo con turistas que iban a la aldea recomendados por amigos a quienes el muchacho vendiera anteriormente sus favores. Recordé súbitamente la presencia en los alrededores de Cocteau y Radiguet. No hubo ninguna pesquisa policial. Jerome era un mísero prostituto sin apellidos y ni siquiera poseía documentos; no era nadie, como si no hubiera existido jamás. ¿A quién le iba a importar que alguien lo hubiera supliciado?

Pero yo tengo mi propia sospecha: Tamara Lempicka fornicaba con el comerciante musulmán, y los dos habían usado al mudo muchas veces, quizás a cuatro manos, quién sabe. Al recordar ahora la sombra de locura que acechaba en los ojos de aquella mujer, no me parece que fuera incapaz de cometer tal crimen en un intento demencial por empujar, siempre más lejos, la frontera que impide a los mortales dilatar hasta el infinito la fuente oscura del placer.

La muerte de Jerome me perturbó más allá de cuanto hubiera creído. Yo habría querido obtener de él mucho más que un orgasmo, aunque aquel haya sido el mejor de mi vida. A pesar de su extrema juventud, o quizás por ella misma, yo hubiera deseado que paseáramos juntos al amanecer por el Camino de los Ingleses, pisando caparazones de crustáceos muertos y espantando gaviotas confundidas; contemplar tomados de las manos la puesta de sol sobre las aguas negras de la bahía, y asistir, abrazados entre las piedras desnudas del anfiteatro, a la representación de Medea o Edipo en Colonna, viendo rielar la luna antigua del Mediterráneo en su perfil de lirio principesco. Revivir a su lado el mundo encantado de un primer… o de un último amor. Y hubiera querido que él lo supiera. Tal vez mi confesión habría dado algún alivio a su melancolía, redimiéndolo un poco del terrible desprecio de sí mismo que seguramente lo abrumaba, y que debió amargar su breve vida.

Desde entonces cada atardecer, cuando en mi casa del Vedado hiere la luz aquel vitral para el que un día los dos posamos juntos, se me escapa un sollozo qua a duras penas consigo sofocar. Vuelvo a sentir la oliva de su piel fundiéndose al calor de mis caricias; veo su faz inocente y sombría contemplándome bajo el opaco resplandor de un pebetero, y en ocasiones hasta creo escuchar la grave voz de una Tamara invisible cantando por los rincones una última copla de Carmen: “El dulce hablar de los amantes/ sus promesas y éxtasis,/ todo es humo/ que por el aire asciende al cielo…/ asciende al cielo…”

Gina Picart Baluja (Ciudad de La Habana,15 de febrero de 1956) comenzó su carrera oficial como escritora en 1994 con la publicación de su opera prima La poza del ángel, libro de relatos que obtuvo el premio David de ciencia ficción en 1990. La poza del ángel obtuvo también los premios Pinos Nuevos 1993 y HabanaFicción 1998). En 2000 fue publicado su libro El druida. En 2004 fue premiada en España por su relato Boleto. En 2006 aparece Malevolgia, su primera novela. En 2007 publica La ciudad de los muertos y La poética del signo como voluntad y representación (premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras 2006). Pronto saldrán a la venta otros dos volúmenes de su autoría, Historias celtas y El reino de al noche.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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