CATALINA LASA Y JUAN PEDRO BARÓ: MÁS LUZ SOBRE UN GRAN AMOR

 HISTORIA DE CATALINA LASA Y JUAN DE PEDRO BARÓ,

Los amantes del Vedado

Cuando se buscan ejemplos de un gran amor habanero, siempre se cita la pareja formada por Catalina Lasa del Río y Juan Pedro Baró. Hasta la prensa refleja con cierta recurrencia esta historia que andando el tiempo ha adquirido visos de leyenda, y parece como si la vida, con el tributo tardío de tanta admiración, quisiera compensar a los amantes del repudio social que debieron enfrentar en su época desde que decidieron alzarse contra todas las normas sociales establecidas para entregarse de lleno a la aventura de su pasión.

Sin embargo, esta romántica leyenda que tanto atrae a periodistas, lectores y soñadores de todas las edades y grupos sociales, es mal conocida, porque se ha escrito mucho sobre ella, pero se ha escrito mal. Generalmente quienes tocan el tema se limitan a recoger el corpus de artículos anteriores y repetir más o menos lo mismo una y otra vez con escasas variaciones, y hasta se ha dado el caso de investigadores destacados que le han añadido a la historia unos granillos de pimienta falsa para volverla más grandiosa y conmovedora. Me parece que ya va siendo necesario detener el desmande de ciertas fantasías y contar la mayor cantidad posible de verdad sobre estos amantes.

Y digo la mayor cantidad posible de verdad porque una investigación profunda sobre sus vidas resulta ahora extraordinariamente difícil: primero, porque ya deben quedar muy pocos testigos directos de los hechos, pues ha transcurrido demasiado tiempo y casi todas las personas que les conocieron han muerto en Cuba o en el extranjero. Y segundo, porque Juan Pedro Baró, luego de la muerte de su esposa, se radicó definitivamente en París llevándose consigo todos los documentos y fotos de familia. Otra parte de este legado se encontrará, sin duda, en manos de los herederos directos de Catalina, quienes tampoco viven en la isla desde hace décadas.

Yo comencé a interesarme por el tema después de ver un documental realizado en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. La imagen de Catalina cubierta por un velo negro danzando en los interiores de su mansión me turbó para siempre, poblándome de demonios que hasta la fecha no he podido exorcisar. Todo lo que el documental no explicitaba, velando la información tras un silencio poético, me lanzó hacia una vorágine de investigaciones que, si bien no han rendido hasta hoy todo el fruto que yo hubiera deseado, me han permitido al menos acercarme más a estas dos figuras que parecen evadirse constantemente, cual si desearan evitar que la curiosidad ajena pasee su mirada por la intimidad que compartieron en vida.

Juan Pedro Baró, nacido el 16 de mayo de 1861, era un riquísimo hacendado matancero propietario de varios ingenios y otros negocios ajenos al mundo azucarero. Descendía de José Baró Blanxard, ciudadano catalán radicado en la ciudad de Matanzas, quien llegó a ser uno de los más importantes tratantes de esclavos en toda la isla, negocio que dio origen a su inmensa fortuna. Aunque Baró Blanxard no era de noble cuna, logró que la Corona le concediera dos títulos nobiliarios: I marqués de Santa Rita y I vizconde de Canet de Mar, que heredaría su nieto Juan. Los antecesores de Juan tuvieron una hermosa hacienda en los alrededores de Matanzas, famosa porque en su construcción se emplearon materiales costosos y soluciones novedosas. Al parecer, este hombre también fue protagonista de una intensa historia de amor hacia su esposa.

Juan estudió en los mejores colegios de la ciudad y también en escuelas de los Estados Unidos. El 2 de febrero de 1882, a los 19 años de edad, contrajo matrimonio con Rosa Varona y Gonzáles del Valle, de diecisiete, hija de una familia de hacendados de gran reputación. Tuvo de ella dos vástagos, Concepción y John, y no cinco, como se ha escrito tantas veces incorrectamente. Era un joven con la refinada educación que los hacendados solían dar a sus hijos, pero tenía un defecto muy propio de los hombres de su clase social: necesitaba una muy intensa y variada vida sexual, y para satisfacerla acudía por igual a cortesanas, prostitutas, esclavas y niñas del servicio de su propia casa. Esta conducta inmoderada e irrefrenable puso en peligro su matrimonio muchas veces, hasta que al fin, cuando sus hijos contaban once y siete años respectivamente, doña Rosa abandonó el hogar conyugal y se trasladó a los Estados Unidos para establecer una demanda de divorcio por infidelidad contra su esposo. El periodista e investigador Oscar Ferrer Carbonell encontró el acta de dicha demanda en el Archivo Nacional, y gracias a su hallazgo puedo ahora citar algunos fragmentos de este documento, emitido en aquel país por la firma de abogados representantes de doña Rosa. Consta en sus páginas:

 “5—Que demandante y acusado convivieron juntos como marido y mujer hasta agosto de 1893, y hasta agosto de 1994 la demandante continuó morando con dicho acusado y viviendo en el hogar de él, aunque no en calidad de esposa, pues sus relaciones íntimas habían cesado un año antes. 6—Que a comienzos del año 1884 y hasta su separación final el acusado ha sido culpable de mantener de vez en cuando relaciones impropias, ilícitas y adúlteras con otras mujeres ajenas a la demandante. Como ejemplos de tales infidelidades asegura doña Rosa en dicha acta que A—En 1884, en La Habana, Cuba, el acusado asaltó e intentó violar a una muchacha mulata de doce años de edad, quien era miembro de la servidumbre de la casa del acusado, hecho que no llegó a consumarse, siendo impedido por los gritos de la víctima. D—En 1889 la demandante y el acusado viajaron a Francia, donde permanecieron durante cierto tiempo. En el transcurso de aquella estancia el acusado tuvo relaciones con una notoria cortesana de nombre Adelaida Carpion (…). E—Que en y durante los años 1884 a 1888, ambos inclusive, el acusado tuvo relaciones con cierta doncella, dama soltera, y que en varios y diversos lugares y horas el acusado y la mencionada doncella sostenían ilegales y adúlteras comunicaciones, y que estas relaciones de carácter criminal y secreto fueron mantenidas por ambos durante el período ya mencionado. G—En el mes de agosto de 1893 el conde de Jibacoa y su esposa la condesa, la demandante y el acusado,

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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