Pensar es una tarea muy ardua

Ya es muy tarde y estoy cansada, pero de cualquier modo no puedo evitar pensar. No quisiera sacar la estadística del tiempo que uno dedica a pensar durante toda la vida, pero seguramente es más tiempo que el que uno dedica a cosas más provechosas. Sí, porque pensar es una tarea muy ardua que, las más de las veces, lejos de solucionar problemas reales, lo que hace es enredarnos en un callejón sin salida, pues cada pensamiento es como un camino que se abre en muchas rutas, como un abanico, y cada una conduce a nuevos enigmas y cuestionamientos en los que hay que seguir pensando, y cada uno de estos se desgaja a su vez en otros, y así, hasta el infinito… Lo que me sucede es que acabo de abrir una carpeta con todas las fotos de alguien a quien yo crei amar. Solo hace de eso unos meses, en marzo un año que no lo veo, y las imágenes me han resultado completamente ajenas. Como si nunca antes yo hubiera visto a ese hombre: un perfecto desconocido. No sé quién es. Su nombre tampoco me dice nada.Qué terrible, y pensar que casi cambio mi vida de cuajo por causa suya. Esta insensibilidad me ha llevado a revisar muchísimos recuerdos. Casi treinta años de mi vida acaban de pasar como un relámpago ante mis ojos. Pero esto no me ha aclarado por qué este hombre no me resulta familiar. Sin embargo, esta recordación (recapitulación, diría don Juan Matus) me ha traído a la mente nuevas preguntas, pues así, vistos desde ahora mismo, esos treinta años se me aparecen repletos, plagados de momentos incomprensibles, de preguntas que se quedaron sin respuestas, de cabos sueltos, misterios jamás resueltos, huecos, agujeros vacíos, injusticias sin desahogar, humillaciones sin reivindicar, fracasos, despojos… ¡Dios mío! Qué puede hacer uno con su vida cuando la mira así, de repente, y la encuentra tan calamitosa. ¿Pero acaso tiene uno que hacer algo cuando ya solo se trata del pasado? ¿Es que, aunque se quiera, se puede hacer algo con el pasado? ¿Y con el futuro?

El pasado no se puede modificar, dice  la gente, y por tanto lo más inteligente es trazar una raya divisoria donde el pasado termina y dedicarse al presente y al porvenir. Pero ¿no será esto una ingenuidad? ¿Existe realmente tal línea divisoria, termina de verdad el pasado? Pues si uno se fija bien, descubre enseguida que muchos de los acontecimientos que estamos viviendo son la consecuencia de hechos que ocurrieron en algún momento del pasado. Y si algo (el pasado) sigue perpetuándose en sus consecuencias… ¿puede decirse que está muerto?  ¿Cómo puede estar muerto aquello que sigue reproduciéndose? ¿Cómo puede acabar lo que sigue produciendo consecuencias, lo mismo que una rama seca sigue echando yemas…? Qué horror, qué mal puede sentirse una persona cuando descubre que ha vivido una historia de opereta. Uno, que se esfuerza tantísimo por pasar cada día con la mayor dignidad posible, y de repente se da cuenta de que ha hecho el payaso un montón de veces y aún puede volver a hacerlo otra vez cuando menos se lo espere; porque la verdad es que las personas que piensan que pueden controlar sus vidas son muy ingenuas o muy tontitas. El hombre no controla ni los próximos cinco minutos de su existencia; todo el tiempo es pieza de un enorme ajedrez, tan enorme que no puede, siquiera, ver de lejos el tamaño total de todas las piezas que intervienen en el juego del que él es parte. Nada es predecible, aunque a veces nos parezca que sí, que podemos trazar estrategias, planes, largas partidas donde manipularemos a otros (casi nunca nos damos cuenta de que somos nosotros los manipulados). El hombre es muy soberbio, se atribuye poderes que jamás ha tenido ni tendrá. Pero si no actuara sobredimensionándose como quien se refleja en un espejo defectuoso,  ¿no enloquecería al tener que aceptar su pequeñez en el universo? INSIGNIFICANCIA. Qué palabra tan humillante, devastadora del ego, aniquiladora de esencias… Y sin embargo, ¡es tan definidora! pues todo es insignificante, pequeño, brevísimo. Empezando por nosotros mismos. Hermosas palabras las de Demócrito de Abdera sobre la impermanencia. Todo se marcha. La enormidad del tiempo todo lo disminuye hasta el micrón. ¿Habrá algo más pequeño que un micrón? Yo no lo sé, porque casi nunca leo sobre ciencia y descubrimientos. Quizás ya exista algo más pequeño que el micrón y yo no me he enterado.  ¿Debería tratar de averiguarlo? ¿Es necesario para mí saber ese detalle si ya no escribiré nunca más ciencia ficción? ¿De qué me servirá saber con exactitud cuál es en este momento la partícula más pequeña de la materia, la última que hayan encontrado los científicos?  No, creo que no voy a averiguar esto, porque seguramente aprovecharé mejor el tiempo informándome mejor sobre algún tema que me interese directamente. Como perdemos tiempo con asuntos que no nos interesan  ni van a sernos útiles. ¿Por qué será que uno se dispersa tanto? Qué enemigo tan grande del hombre es la dispersión. ¿Habrá algún modo de evitar la dispersión del pensamiento? Algún entrenamiento, quizás, a lo mejor, el yoga… Pero hay que tener mucho cuidado, porque la inmensa mayoría de las personas que se dicen maestros de yoga son unos farsantes, y uno se cansa de que le mientan, especialmente en cosas esenciales, como es el intento por no dejarse autodispersar en pensamiento, palabra y obra. Con el yoga sucede una cosa muy curiosa: a pesar de que existen textos escritos por muchos de sus maestros, que han vivido durante los últimos siglos y han publicado sus enseñanzas, cada cual lo interpreta como le da la gana. Las personas convierten el yoga en una especie de plastilina sin color definido a la que dan la forma de su deseo secreto o de su conveniencia, y lo mismo lo convierten en  el “purísimo” eje de sus vidas (un pretexto más que viene de perlas a los fanáticos compulsivos) que en la cazuela donde tratan de cocinar toda la podredumbre y los fracasos de su paso por este mundo. No; si no me quiero dispersar, mejor tratar de impedirlo sin auxiliarme del yoga, materia proteica que nadie parece saber a ciencia cierta en qué consiste ni qué promulga. Me refiero a los occidentales, claro. Nunca me han parecido exitosas esas extrapolaciones religioso-culturo-filosóficas. Solo son remedos. Aunque por alguna razón que escapa a mi comprensión, un japonés tiene más éxito cuando decide convertirse a Occidente que un español, un norteamericano, un inglés o un mexicano cuando deciden volverse orientales. Pero yo no debería perder tiempo reflexionando sobre este tema, porque después de todo, a mí nunca me ha interesado el yoga más que como curiosidad exótica.

Bueno, llevo más o menos media hora escribiendo todo esto. Quizás menos de media hora, ya no sé, no he estado mirando el reloj. En realidad cuando comencé a escribir estas cuartillas estaba jugando a Los Sims. Si ahora mismo confecciono una lista de todos los temas en que he pensado desde que comencé, seguro encuentro que tengo para seguir pensando al menos unos doce años. Quiero decir, si los coloco todos en orden, en línea recta, y le dedico a cada uno esfuerzos serios, esa clase de esfuerzos que pretenden arribar a conclusiones profundas y sabias que después se puedan utilizar en algo provechoso. Claro que estoy agotada y muerta de sueño, y eso ayuda a incrementar la natural dispersión del pensamiento. Pero me temo que aunque yo no estuviera tan cansada el resultado probablemente habría sido el mismo, porque pensar, en cualquier momento, condición y lugar, es una tarea muy ardua que solo termina cuando se deja de pensar, de recordar y de querer adivinar más o menos el futuro, de manera que no nos coja desprevenidos. El hombre solo es realmente coherente cuando duerme. Y eso, si no sueña.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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