COMERCIANTES EN LA CUBA COLONIAL

Siempre que se habla de los personajes más interesantes y pintorescos de la Cuba colonial se menciona a los hacendados, los esclavos y las hermosas criollas, ricas o pobres, pero siempre sensuales, siempre reinando bajo las palmas. Sin embargo, hay otras figuras importantísimas para la historia de la isla, como son los comerciantes. No por gusto dice el investigador norteamericano Tomas Ely en su libro Cuando reinaba su majestad el azúcar:
Ninguna investigación de la industria más importante de la Gran Antilla estaría completa sin la debida apr4eciación del papel desempeñado por los comerciantes de La Habana y los puertos provinciales más grandes. Sin esos comerciantes se habría producido muy poco azúcar en Cuba, y se hubiese exportado menos todavía.
Los comerciantes, especialmente los navieros, eran el nexo del hacendado con los mercados extranjeros.
El sistema de bancos surge en Cuba en la segunda década del siglo XIX. Hasta ese omento los hacendados cubanos debían por fuerza recurrir a los comerciantes para solicitar un préstamo, sin el cual el hacendado no hubiera podido antes de la cosecha alimentar ni vestir a sus trabajadores, comprar implementos agrícolas y maquinaria. Los comerciantes eran, pues, necesitados y al mismo tiempo odiados por los hacendados.
Los comerciantes cubanos tenían sus propios muelles y depósitos, desde donde exportaban el azúcar mascabado (negro) despachado en grandes bocoyes o toneles, fabricados casi siempre en las tonelerías de propio comerciante. La picardía de los comerciantes era mucha, pues, entre otros trucos y trampas para obtener ganancias a costa del hacendado, estaba el muy socorrido de recoger en sus almacenes las mieles que drenaban los toneles, que luego el comerciante mercantilizaba sin obligación de pagar este producto al hacendado dueño del azúcar embalada. Los indignados hacendados terminaron construyendo su propio depósito de almacenaje. De otro modo jamás hubieran podido librarse de las trampas de los comerciantes.
Viajeros de la época se refieren llenos de asombro al lujo con que vivían los comerciantes, quienes habitaban hermosas casas coloniales con escaleras y pisos de mármol, azulejos de porcelana, barandas de hierro, puertas y ventanas colosales y un mobiliario rico y sólido.
El vestuario habitual de los comerciantes, no solo españoles, aunque estos fueran mayor número, sino también alemanes, franceses y norteamericanos, se había acriollado por causa del clima, y consistía habitualmente en pantalones blancos y saco suelto del mismo color, zapatos de cuero delgado y corbata angosta. Como complemento característico, fumaba un cigarro tras otro.
Las oficinas de los comerciantes se encontraban en sus propias residencias, siempre en la planta baja de la vivienda, y detrás del escritorio solían tener una caja fuete donde guardaban sus capitales. Vale decir que no hay noticias, o no quedó nunca registrado un asalto a una de estas cajas de hierro.
Pared con pared con la habitación donde el comerciante realizaba sus negocios, se encontraban los depósitos de azúcar, café y otras mercancías, por lo que los olores, intensificados por el calor y la humedad tropicales, eran muy intensos y característicos.

Los empleados que trabajaban para el comerciante vivían casi siempre en la casa de este y comían en su mesa junto con la familia del primero si la tenía. Los empleados de los comerciantes cubanos llegaron a recibir sueldos más sustanciosos que los que se pagaban a sus iguales en los Estados Unidos. Los comerciantes creaban con ellos lazos que, aunque en la realidad eran mera ilusión, pasaban por muy fuertes y emocionales, asegurándose de este modo la lealtad de los hombres bajo sus órdenes.
La vida en estas mansiones laboriosas tenía una rutina que hoy nos es conocida: Nadie se levantaba antes de las nueve de la mañana, y a las diez un sirviente llamaba al personal a desayunar golpeando un cuchillo contra el cristal de un vaso. E menú solía ser suculento y muy costoso. Los almuerzos y cenas de algunos de estos comerciantes llegaron a ser famosos en La Habana de la época. El mobiliario del comedor se improvisaba en la misma tienda para cada comida, armando la mesa con un tablero de cedro sobre un bastidor de madera, y luego se la cubría con un rico mantel. El comerciante y sus empleados comían hasta saciarse y luego se regalaba con los vinos y cigarros más finos, rodeados de sacos de arroz, cajones de arenques, jamones que colgaban del techo y otras mercancías. A menudo el comerciante tenía invitados. Algunos viajeros que dejaron importantes testimonios escritos de su paso por la capital, aseguran que nunca comieron mejor que en la mesa de los comerciantes españoles de La Habana.
También era proverbial la cortesía de los comerciantes. Siempre que alguien llamaba a su puerta llevando cartas de recomendación, los comerciantes de La Habana dejaban de lado sus obligaciones cotidianas y se dedicaban a agasajar a los recién llegados mostrándoles la ciudad y llevándoles a donde quisieran ir. Sin embargo, también ha quedado memoria en las páginas de la Historia de que los comerciantes ingleses y norteamericanos, tachados a menudo de “vagabundos” por los viajeros cronistas, eran bien diferentes de los españoles por su marcada agresividad y su escaso sentido de la hospitalidad. Sobre ellos escribe un compatriota, sir James Alexander, asiduo visitante de La Habana:

“muchos de ellos (los ingleses y norteamericanos) son hombres de pocos principios. Los comerciantes españoles temen mucho el mañoso proceder de sus colegas yanquis, quienes han dañado a propósito embarques de harinas, han echado piedras en barriles de provisiones, y se les ve (a los norteamericanos) constantemente haciendo cálculos, como si hubieran nacido con un lápiz detrás de la oreja”.

Otra compatriota de los comerciantes anglosajones, la Señora Jay, también se quejó a la Historia de los pésimos modales de un grupo de estos hombres con quienes compartió un viaje en tren hacia provincias Según ella, ponían los pies en los asientos, bostezaban, se desperezaban y vagaban de un lugar a otro por el pasillo, se gritaban entre sí desde ambos extremos de los coches y fumaban tanto como los españoles, pero esparciendo más salivazos a su alrededor, y termina diciendo: “Parecían haber dejado en sus casas los frenos que la decencia impone a la vida”.
Entre los españoles los más destacados eran los catalanes, a quienes algunos cronistas extranjeros tildaron de aventureros deseosos de hacer fortuna para ascender en la escala social de las Indias y regresar con mayor rango a su país, donde el dinero, por sí solo, no los hubiera ayudado jamás a saltar las barreras sociales. Por su parte, el Reverendo Abies Abot los calificó como “judíos completos”, a parecer por su proverbial apego al dinero.
Otra visión menos negativa tuvo Arthur Morelet en su libro Viaje a la América Central; la isla de Cuba y Yucatán, quien asegura que el monopolio de los comestibles reside en La Habana y lo manejan los catalanes, a quienes llama “raza trabajadora, ahorrativa y emprendedora”. Morelet afirma que apenas llega a puerto un barco, los catalanes son los primeros en enviar a bordo a sus agentes. Como los catalanes trabajan agrupados, quienes rechacen las condiciones e compraventa que ellos imponen se arriesgan a perder el negocio. Y termina Morelet: “Maestros en su oficio y procediendo con raro concierto, alejan o aplastan a todos los competidores extranjeros”.
Los comerciantes catalanes se ocupaban, además, de suministrar préstamos a los hacendados o, en cambio, todo lo que aquellos necesitaban para el mantenimiento de sus esclavos, pero siempre con un interés que llevó a la ruina a muchos dueños de haciendas y plantaciones.
Hay algo siniestro en este yugo de empréstitos impuesto por los comerciantes a los hacendados, muchos de los cuales eran disolutos y ostentosos y no se cuidaban de gastar con cautela. Era un yugo irrompible, un círculo vicioso del que muy a menudo el hacendado no lograba escapar nunca, por muy grande que fuera la producción de su hacienda, porque la amortización del préstamo no era lo que los arruinaba, sino la de los intereses, que los catalanes especialmente pero todos los comerciantes en general, elevaban sin la menor consideración por el destino de sus víctimas
La situación de sujeción del hacendado al garrote vil del comerciante llegó a tales alturas que amenazaba con paralizar el desarrollo económico del país. Alarmados, estadistas responsables como Martínez de Pinillos e instituciones como la Junta de Autoridades de la Isla de Cuba decidieron derogar la vieja ley denominada Privilegio de Ingenios, a cuya sombra los comerciantes llevaban a cabo sus pillerías, y tomar medidas para el fomento de la agricultura y el comercio y para restablecer la confianza en las transacciones.
Y así se puso coto al reino despiadado de los comerciantes y al vasallaje perpetuo de los hacendados, siempre desangrados por estos hombres siempre estaban sacando cálculos y parecían haber nacido con un lápiz tras la oreja.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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