SARA BERNHARDT VINO A CUBA

Por Gina Picart

Existe toda una leyenda creada en torno a la visita que la gran actriz europea Sara Bernhardt hizo a Cuba. Sucedió en una época en que la isla era escala casi obligada para las compañías de ballet y de teatro, las grandes orquestas, actores y artistas que recorrían el mundo ya fuera en giras de trabajo o en viajes de placer. Cuba era entonces una de las plazas más frecuentadas por los grandes del mundo del espectáculo.

Sara, nacida el 23 de octubre de 1844 en París, fue hija de una prostituta, se crió en un convento de monjas, ejerció la prostitución ella misma y pese a haber sido una de las más gloriosas figuras del teatro mundial, su camino hasta las tablas estuvo sembrado de obstáculos hasta que se consagró cuando el gran Víctor Hugo la eligió para actuar en sus obras dramáticas Ruy Blas y Hernani. Entre sus amantes se contaron artistas insignes como el propio Victor Hugo, Gustave Doré, Mounet Sully, D Annunzio, y representantes e la más alta aristocracia tales como Eduardo, Príncipe de Gales, el duque de Morny, y el príncipe de Ligne, con quien tuvo a su único hijo.

Sara, cuya madre era de sangre hebrea, renunció al estilo actoral del teatro francés, pródigo en declamación y sobreactuación, para estudiar en profundidad la psicología de sus personajes y ofrecer un estilo mucho más natural, semejante a la vida misma, del que desde un inicio se adueñó con la majestuosidad y seguridad de una gran diva, aunque se dice que jamás perdió el miedo escénico, y cuando subía a los escenarios sufría ataques de pánico que la obligaban a comenzar sus parlamentos con una voz chillona y gestos temblorosos por la nerviosidad, lo que después se iba calmando según iba transcurriendo la representación. Recibió los más altos homenajes y reconocimientos y llegó a ser socio pleno de la Commedie Francaise, honor del que solo disfrutaban los más grandes artistas. Actuó repetidamente en los Estados Unidos, Brasil, Argentina, Chile, Australia, Islas Hawai, Egipto, Turquía, Roma, Atenas, Moscú, Berlin, Bucarest, y cruzó el Cabo de Hornos. En los Estados Unidos le habilitaron para su exclusivo uso un tren de lujo con siete vagones al que llamaron Sara Bernhardt Special. Sara fue también la primera actriz-empresaria del mundo; rentó en París el teatro Porte-Saint Martin y allí produjo y actuó en obras tan célebres como La dama de las camelias. Se dice que nadie como ella sabía “morir” en escena de las más variadas patología de sus heroínas. También retomó la vieja tradición y actuó muchas veces en roles masculinos muy destacados. Llegó a representar el papel de Hanlet y el de Ofelia, hazaña que nadie ha vuelto a repetir. Era una mujer apasionada, temperamental, y voluble para todo lo que no fuera su arte. Una verdadera reina de las tablas universales. Las malas lenguas afirmaban que dormía dentro de un ataúd, se hacía acompañar de un pequeño tigre como mascota y azotaba a sus sirvientas y rivales, desayunaba té con algunas gotas de azahar y declamaba los versos de Hernani como si se burlara del público.

CUBA

La Divina, como la llamaban, debutó en el teatro Tacón el 10 de enero de 1887. El contrato comprendía doce funciones. Los palcos se cotizaron a quinientos pesos billete de banco y los grillés se elevaron a seiscientos pesos. Entre su repertorio se encontraban La dama de las camelias, Fedora, Adriana Lecouvreur, Hernani, La esfinge y otras obras de los grandes clásicos. Hubo edición bilingüe de los libretos, en español y en inglés. Se alojó en el hotel francés Petit, de la Chorrera, junto con su enorme gato montés (que no tigre) comprado en Valparaíso. Parece que en sus ratos libres se dedicaba a remar y pescar en las aguas aledañas, amén de ciertos acercamientos demasiado íntimos con chinos y mulatos.

Es de suponer que en una capital tan rica y provinciana como La Habana, cuya disposición para la mímesis todavía se mantiene en pie, la presencia de La Divina haya revolucionado la moda y acaparado toda la atención del entorno. Por lo menos las damas del momento comenzaron a llevar peinetas a la Bernhardt y todos los periódicos y los más grandes cronistas y críticos teatrales habaneros derramaron su adoración sobre ella.

El momento culminante de sus actuaciones fue la escena de la muerte en La dama de las camelias. La actriz estuvo magistral en su agonía. El Union Club de La Habana le obsequió un paisaje de Chartrand. Tal vez para reciprocar, en su última representación habanera Sara rebajó a la mitad los precios para que los cubanos menos adinerados pudieran aplaudir a la actriz más famosa que había pasado por la isla.

Rine Leal dice textualmente en su libro sobre el teatro cubano La selva oscura: “El Círculo habanero preparó una despedida monstruo, con sesenta carruajes, que la recibirían a su regreso (de Matanzas) a su llegada por mar de La Chorrera, para conducirla triunfalmente hasta La Punta, donde se sumarían los estudiantes en impresionante comitiva hasta el Tacón, y que iban portando hachones. El teatro, totalmente iluminado y con dos luces eléctricas en su puerta, acogería a la actriz en un palco guarnecido con flores, guirnaldas y atributos de la tragedia, mientras en el escenario estatuas y cuadros alusivos recordarían que se trataba de una velada artística”. Habría discursos en francés de Justo de Lara y Antonio Zambrano, e Ignacio Cervantes sería el encargado de ofrecer una velada musical.

Pero Sara, imprevisible como todas las divas, no acudió a su apoteosis habanera. Prefirió irse a visitar las muy hermosas cuevas de Bellamar, y a su regreso a la ciudad se fue con su amante, el torero Mazzantini, a una corrida de toros privada donde debió de divertirse muchísimo. Cuando por fin abandonó la isla llevaba en su faltriquera, diseñada como todas sus ropas, adornos y joyas, por el célebre Mucha, nada menos que 200 904 francos, o sea, 92 014 pesos. El diario El Fígaro comentaba el hecho con resignado humor: “ Sara Bernhardt ha sido un saca-oros que ha cruzado por nuestro cielo. No siempre han de ser mete-oros los que crucen por el espacio.”

Fue tal vez el impertinente bostezo de un espectador lanzado al descuido durante la escena de la muerte en La dama de las camelias lo que provocó el insulto por el que los cubanos jamás olvidaron a La Divina. Indios con levita nos llamó, sin importarle los esfuerzos desplegados para adorarla durante su estancia en la ciudad. Se sabe, por declaraciones que la actriz hizo a un diario norteamericano, que no le había gustado La Habana, y estaba convencida de que el público habanero no supo apreciar su arte, porque se volvía espaldas al escenario, hablaba en voz alta durante la representación y se introducía en los escenarios en el entreacto, lo cual, después de todo, era una antigua costumbre española que el cubano se limitó a heredar. La Divina no conocía la crónica agitación del temperamento criollo.

Sobre la posible aclaración del insulto, Rine Leal afirma en su ya mencionado libro, citando el testimonio del célebre periodista y cronista Eduardo Robreño, que Sara, en una entrevista concedida en Madrid a su padre, el también periodista Gustavo Robreño, negó muy seria haber proferido la ominosa frase, inventada, según ella juró, por el periodista Gustavo Gabaldá, quien se la atribuyó a La Divina con aviesas intenciones. Sara reconoció habernos endilgado el calificativo de indios, “¡pero con levita jamás!”.

La vida de Sara continuó de éxito en éxito por los caminos del mundo. En 1914 le fue concedida la Legión de Honor y un año después sufriría la amputación e una pierna, lo cual no le impidió, recién comenzada la Primera Guerra Mundial, hacer una gira por las trincheras francesas actuando para animar a las tropas. También siguió trabajando en el teatro, hasta que el 15 de marzo de 1923 se desmayó en escena, y once días después falleció en brazos de su hijo Mauricio. Tras un entierro multitudinario donde ciento cincuenta mil personas acudieron a despedirla, sus restos fueron depositados en París, en el cementerio Pére-Lachaise.

Sara actuó como mecenas de varios artistas, entre ellos Mucha, y fue hasta su muerte una mujer consecuente con el arte, la pasión de su vida, mostrándose en todo momento como una profesional inteligente, acuciosa y responsable. También se definió políticamente al prestar su apoyo público e irrestricto al escritor Emile Zola en su defensa del caso Dreyfus, y sumar su voz al coro justiciero que proclamó la inocencia del capitán francés condenado injustamente como parte de un complot antijudío, el cual era ya el anuncio de días más sangrientos que vendrían con la Segunda Guerra Mundial.

Veleidosa, sí, como toda gran artista, pero coherente en su carácter como pocos individuos saben serlo, no queda a los cubanos más que deplorar que se haya sentido poco apreciada en nuestra tierra. Esa sensación, y el insulto que nos dejó de regalo, cree esta cronista que habría que archivarlos piadosamente en la gaveta de los malos entendidos causados por la sombra del Otro, siempre erguido en la historia de la cultura de todos los tiempos y, como diría un cuentista cubano, trastocándolo todo.

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Acerca de Gina Picart

Fui alumna y discípula de Beatriz Maggi en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Soy escritora, periodista, investigadora, crítica literaria y otras cosas, y ella me mostró el camino.
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