DE CÓMO NACIERON EN LA CIUDAD DE LA HABANA SOLARES Y CUARTERÍAS (I)

Durante años me pregunté cómo nació la proliferación de “solares” o “cuarterías” que tanto abundan en la Ciudad de La Habana. No todos se encuentran asentados en antiguas mansiones de la Ciudad Vieja ni surgieron de la ocupación por esclavos libertos de las grandes casas y palacios coloniales de sus amos cuando estos decidieron abandonar sus viviendas lujosas y expandir la ciudad hacia el Cerro primero y El Vedado después, hasta terminar en Miramar y Siboney.

Estos lugares de hacinamiento humano pueden encontrarse por doquier, y en especial, por la zona antaño residencial y distinguida de Santos Suárez y Cerro su número llama la atención. He podido identificar en muchos de ellos la planta característica del barracón que sirvió de vivienda a los esclavos en los antiguos ingenios azucareros, tal como lo describe Moreno Fraginals en El ingenio. Pero el Santos Suárez que he conocido en mi ya más de medio siglo de existencia siempre fue lugar de “alcurnias y linajes”. Incluso mi curiosidad me ha llevado a indagar en sus comienzos como reparto residencial, que fueron los mismos que los de su parcelación en las postrimerías de la República; a retratar sus maravillosas casas y chalets de las décadas del diez y del veinte del pasado siglo… Entonces, ¿cómo explicar esos solares que a veces hasta se encuentran de a dos o de a tres en una misma manzana?

Tal vez la respuesta se encuentre a la mano. Cuando vamos en un ómnibus urbano atravesando la ciudad o paseamos en auto, o simplemente emprendemos una larga caminata con amigos rumbo a las afueras de La Habana, nuestros ojos contemplan un paisaje que puede parecernos magnífico, como en los alrededores del río Almendares, o tal vez desagradable como en La Timba, célebre barrio marginal de Marianao, pero lo que sí no podemos imaginar es que La Habana y sus alrededores fueron muy diferente en otros tiempos. Ya ningún cubano puede recordarlo, porque nadie vive tres, cuatro, cinco siglos. Se trata de una memoria histórica que trasciende los plazos naturales de la especie humana.

Revisando el libro La Habana (Biografía de una provincia), escrito por el doctor Julio le Riverend Brusone como parte de una colección que abarca todas las provincias de Cuba, y editado por la Academia de la Historia de Cuba en 1960 (desaparecida ese mismo año), sin ninguna reedición hasta donde conozco, encontré una posible respuesta para el enigma de los solares y cuarterías diseminados por toda la ciudad. Decidí reproducir textualmente las cuartillas donde Le Riverend refiere a las posibles claves del fenómeno, porque su escritura es sucinta y reveladora, y porque tiene gran valor histórico, ya que en estos momentos el texto es una rareza bibliográfica.

Le Riverend hace una descripción de los rubros económicos más importantes que se desarrollaron en La Habana durante los siglos XVI y XVII. Luego de referirse a los cultivos tabacaleros y la ganadería, pasa a la caña de azúcar:

“Los campos de cultivo y los ingenios se agolparon primeramente en las cercanías de La Habana. Fueron 17 los ingenios terminados con el préstamo de
40 000 ducados concedidos por la Corona a los azucareros cubanos en la década final del XVI; hacia 1603 había varios ingenios sin terminar porque no disfrutaron de parejo financiamiento.

“Los ingenios primitivos se orientaron hacia la cuenca del río La Chorrera a Almendares, bien en sus riberas o sobre la Zanja Real que conducía el agua fluvial a la ciudad. Se dice que los dos primeros estuvieron en los lugares llamados Los Cangrejos (Puente de Chávez) cercano a las marismas —hoy cegadas— que se extendían hasta el puente de Agua Dulce actual, y Los Ranchitos (Zanja y Belascoaín); […] Se sabe de cierto que el ingenio de Hernán Manrique de Rojas se encontraba en el Cerro, posiblemente sobre el río o muy cerca de él, a la vera de la Zanja. Una información no debidamente sustanciada afirma que en 1598 Antón Recio fundó uno en Guaicanamar, con los más completos equipos de la época; hay quien identifica este lugar con la villa de Regla actual. Sin embargo […] dicho ingenio data de 1620-30 y quedó situado más al este por la zona de Jaruco, donde se encuentra hoy su nombre como toponímico. Uno de los primeros ingenios, el San Diego, se hallaba sobre el curso inferior del río La Chorrera.

“Los campos de cultivo de caña también estuvieron en la zona inmediata a la capital, (alejados de ella, situados en las costas o muy cerca de ellas, en busca de salida fácil por medio de los barcos de cabotaje) […] En la segunda mitad del siglo se conocen ingenios cercanos a la ciudad, como el San Antonio Chiquito, en un punto que podría identificarse hoy con el espacio de la calle Zapata entre Paseo y Carlos III, cerca de la Zanja Real. Había los llamados Santa Cruz y Cerro, de difícil identificación si bien el segundo parece ser el viejo ingenio de Hernán Manrique de Rojas. Al oeste de la ciudad y relativamente cerca de la costa se hallaba el ingenio San Francisco de la Palma (hoy Jaimanitas). Por el sur, siguiendo la corriente del río La Chorrera, los ingenios habían pasado más arriba de Santiago de las Vegas y se extendían algunos de ellos entre Calabazar y La Chorrera de Managua […]. No faltaba cierta preferencia por la zona del este de la ciudad debido a sus facilidades marítimas; en Cojímar, encontramos el ingenio San Pedro, varios más en los límites del corral Guanabo de Arriba, otros en Bacuranao y el de Juan Rodríguez en Río Piedras, extendiéndose la industria hasta las tierras de Jaruco (Guaicanamar) y Río Blanco (ingenio Garro) y, aún más allá, se encontraba el ingenio Canímar.

“Entre l700 y 1720 aparecen cerca de la ciudad los ingenios Barco y Coca (Wajay), Barandilla (Marianao), Calabazar, Quiebrahacha y Xiaraco. La industria llegó por el oeste hasta el corral Baracoa, donde se hallaban los ingenios de M. de la Cruz y de José Veitía. Por los campos de Guatao, Cano, Bejucal, Santiago de las Vegas, Baracoa, Quiebrahacha, Quemados (Marianao), Calvario, Jesús del Monte y San Miguel del Padrón”.

Le Riverend menciona una contracción de la industria azucarera ocurrida en los alrededores de 1740, causada, según afirma, por el agotamiento de las tierras, dedicadas a la agricultura desde el siglo XVI. Entre esa década y la de 1750 se trasladaron muchos ingenios s la zona este de la provincia, y hacia 1749 “en el punto de unión entre los círculos de las haciendas Managua, Bejucal y Aguas Verdes existían los ingenios Trinidad, Jesús María y Viajacas, Santa Bárbara, San Antonio de Beitía y el de Jacinto Barreto. Al este, solamente en los límites del corral Bajurayabo, había en 1753 los siguientes: San Nicolás, Jesús María, San Rafael, Nuestra Señora del Carmen, Loreto, San Vicente y Rosario. Cerca de la ciudad las antiguas zonas están representadas en 1762 por los siguientes ingenios: Coca, Duarte, Pacheco y León, en el Cano; La Chorrera, Rosario, Salazar, Retiro, San Francisco de Barco, otro Retiro, Barrera, Beatriz, Carrillo, Santa Catalina y Santo Domingo, sobre el río Almendares; San Antonio Chiquito sobre la Zanja Real; San Juan (caserío actual) y Guadalupe (La Guinera), en el camino de Santiago de las Vegas; y San Agustín, Aguacate, Ojo del Agua, San Pedro y Carbonero en el camino de Paso Seco (curso medio del río Almendárez)”.

Un poco después la proliferación de otros cultivos agropecuarios como el café, frutales, trigo y hasta cacao, este último de fugaz existencia, provocan la paulatina demolición de las haciendas azucareras. Comienza el asentamiento de grupos de población rural y ganadera, y los antiguos cañaverales ahora desmontados se llenan de hatos y corrales. El “señor de hato” o de corral, afirma Le Riverend, “era una personalidad de alta consideración social en el XVII”. Pero el incremento de la explotación agropecuaria termina por imponerse a la ganadería. Los agricultores tienen una distribución heterogénea, siendo muchos población de tránsito, inmigrantes en buscas de tierras y asentamiento, antiguos esclavos libertos…, pero estos nuevos grupos humanos mantienen el viejo molde originario: la hacienda. Aunque en el caso de San Miguel del Padrón, localidad originariamente poblada por vegueros, se mantuvieron también las características propias de esta clase de poblamiento. De las zonas más densamente pobladas surgen las villas, futuros pueblos. Y mientras, desde su centro, como una espiral vertiginosa, La Habana crece hasta convertirse en una espléndida ciudad colonial. (Continuará…)

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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Una respuesta a DE CÓMO NACIERON EN LA CIUDAD DE LA HABANA SOLARES Y CUARTERÍAS (I)

  1. juan dijo:

    Muy interesante.Hay un libro que se llama,Los horrores del solar habanero, que todavía conserva su vigencia, se lo recomiendo fue escrito en el 1945.

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