QUEBRANDO UNA LANZA (REFLEXIVA) POR LA CIENCIA FICCIÓN Y LOS GÉNEROS FANTÁSTICOS EN CUBA

Por Gina Picart

Leí a Bradbury a los doce años y con la mayor inocencia fui su imitadora en el secreto de mis gavetas infantiles. Más o menos por esa fecha leí El país de los bondadosos, Convulsión, Junto a las aguas oscuras de Babilonia, Cántico por Leibowitz, Lázaro y otros cuentos publicados en antologías cubanas. Cuando trabajaba como correctora de pruebas en una imprenta de la calle Reina, cayeron en mis manos las galeras de Los papeles de Valencia el Mudo, compilación hecha por la escritora Daína Chaviano sobre la papelería post mortem de Oscar Hurtado, escritor, editor, traductor y uno de los pioneros de la ciencia ficción cubana, gran promotor del género y creador de las colecciones Dragón y Biblioteca Popular, donde publicó los mejores textos y antologías de ciencia ficción, que todavía constituyen un acontecimiento editorial sin superar en nuestro país. Busqué información sobre él, visité a su viuda y me procuré los libros de Daína. Me informé sobre el taller literario Oscar Hurtado que, dirigido por ella, abría sus puertas en una casona frente a un hermoso parque de El Vedado, y una noche me presenté sin más y me senté en la última fila, en una sillita cerca de la puerta. Allí conocí a Bruno Henríquez, Nelson Román, Arnoldo Águila, Roberto Estrada y, entre los más jóvenes, a José Miguel Sánchez (Yoss), Raúl Aguiar y Alberto Mesa Comendeiro, entonces apenas unos tiernos donceles quinceañeros. Ya no me es posible recordar a todos. Yo solo escribía por aquellos días textos para mí misma y nunca se me ocurrió leer alguno en el taller. Daína, uno o dos años menor que yo en edad, me parecía un ser remoto y casi mitológico, y salvo alguna que otra pregunta que le habré hecho en medio de las reuniones, nunca me atreví a acercarme a ella en plan personal. Alrededor de 1988 descubrí que los escritores Alberto Serret y Chely Lima se habían mudado a mi reparto y fui a conocerlos. Con ellos tuve una amistad larga y hermosa, basada en el respeto, la admiración y el liderazgo indiscutible que encarnaban entonces. De esos días data mi relación, menos cercana, con Daína y Antonio Orlando Rodríguez. Asistí fascinada a la gala de la ópera-rock Violente y a la lectura de algunos guiones de la serie televisiva Shiralad, que Alberto me mostró, y aún hoy no puedo evitar una discreta sonrisa cuando los encuestadores del ICRT insisten en afirmar que fue un fracaso. En nuestras prolongadas conversaciones en el apartamentito que ellos ocupaban en la calle Tres Palacios aprendí mucho sobre ciencia ficción y recibí mis primeras lecciones acerca de los entretelones invisibles del mundo cotidiano. Fueron ellos quienes me ayudaron a disipar un poco las serias dudas que tuve siempre sobre mi posible talento para la escritura. Dos años después, en 1990, yo comencé a escribir guiones de aventuras para la redacción Juvenil del ICRT Y un jurado compuesto por Ángel Arango, Daína Chaviano y Antonio Orlando Rodríguez otorgó el último premio David de ciencia ficción a mi libro La poza del ángel, que yo había incubado durante una década de inseguridades y vacilaciones. Tres años más tarde La poza… obtuvo un premio Pinos Nuevos y en 1994 fue publicado. Poco antes, (no recuerdo con precisión las fechas) Daína, Antonio Orlando, Alberto y Chely habían salido de Cuba. La ausencia de Alberto y Chely fue muy dolorosa para mí y puso fin a la primera etapa de mi carrera literaria. Nunca más volví a escribir ciencia ficción.

Estas son, a grandes rasgos, mis escasas credenciales dentro de ese género.

Estos antecedentes —además de mi absoluta falta de interés personal en la cf, que mucho he tratado de dejar en claro desde hace unos veinte años— me permiten ser hoy una observadora de lo que acontece en el panorama, por lo menos el habanero. Sin estar dentro pero habiendo sido, como se diría en castellano antiguo, creo que mi distanciamiento más que probado asegura la casi absoluta imparcialidad de mis juicios. Tras un total y voluntario alejamiento de la generación metalera, que posteriormente al vacío del período especial ocupó el lugar de la generación anterior de escritores de ciencia ficción, las nuevas hornadas de autores del género me han hecho el honor de invitarme a algunos festivales de ciencia ficción, fantasía y fantasía heroica, eventos como el Cuba Ficción, el Ansible, y el taller Espacio Abierto, heredero del Oscar Hurtado, dirigido por los jóvenes narradores Elaine Vilar Madruga, Jeffrey López Dueñas y Carlos Duarte Cano, redactor asistente de la revista digital Guaicán literario, creada por el escritor e investigador Gerardo Chávez, publicación que representó un esfuerzo singular por mantener la presencia de esos géneros en los medios de comunicación cubanos en unos años en que parecían destinados al definitivo y lapidario olvido editorial.

Mis recuerdos y mi contacto reciente con el grupo de los escritores más nuevos dentro de la cf y el fantástico cubanos y mi participación en el evento Behíque 2009, me han sugerido las siguientes reflexiones:

1- La antorcha encendida por los pioneros Oscar Hurtado, Miguel Collazo y Ángel Arango, y mantenida en alto con entusiasmo y valentía por Daína, Alberto, Chely, Antonio Orlando, Agustín de Rojas, F. Mond y otros, ha resistido el embate del período especial y el escaso apoyo de las instituciones sin morir en el empeño. Puede parecer una verdad de Pero Grullo y sin duda lo es, pero nunca está de más repetirlo. Siempre pienso en la satisfacción que, estoy convencida, todo esto estará proporcionando a mi amigo Alberto Serret allí donde está ahora. El legado está a salvo.

2- Se impone reconocer sin cortapisas y con la gratitud y respeto debidos, el esfuerzo y consagración del científico, escritor e infatigable promotor cultural Bruno Henríquez en el mantenimiento y la defensa de proyectos y espacios para las actividades de divulgación y enriquecimiento de la ciencia ficción cubana, como festivales y otros eventos muy bien organizados, incluido el espacio televisivo para la proyección de filmografía del género, que inauguró Daína, y Bruno, con la moderación y sensatez que lo caracterizan, ha continuado en la medida en que las circunstancias se lo han permitido. Y también el esfuerzo más discreto y menos visible, pero nunca menos importante, de Gerardo Chávez Espínola, escritor y director de la revista Guaicán literario, personalidad que tiende a ser, en ocasiones, injustamente relegada a un papel secundario. A todo y a todos hay que reconocer su lugar. Lo contrario denota falta de esa cualidad indispensable a todo creador inmediatamente después de un talento genuino: la ética.

3- La generación de los autores de cf autodenominada cyberpunk o metalera fue iniciada por Vladimir Hernández Pacín, Fabricio González Neyra,Raúl Aguiar y José Miguel Sánchez, Yoss. Tal vez a partir de cierto momento de su obra personal podría incluirse entre ellos a Michel Encinosa Fu con su libro de relatos Niños de Neón, quien antes se había iniciado como un escritor muy bien dotado para la fantasía heroica y en esa cuerda publicó un excelente libro, Sol negro. También, aunque de un modo mucho menos espectacular y lamentablemente todavía casi ágrafo, pertenece a ellos Alberto Mesa Comendeiro, ganador de un premio Calendario con uno de los relatos de mayor belleza de todos los publicados por este grupo, Fantasmas inocentes. Los metaleros han desempeñado un papel de suma importancia en la continuidad editorial del género y en su difusión entre los lectores jóvenes. Después del período especial, Aguiar y Yoss, roqueros o friquis, como ellos mismos se calificaron en sus inicios, han logrado establecerse como los autores más publicados y los líderes de una nada despreciable troupe de admiradores y aspirantes a escritores, y han sido sus libros los que han estado más al alcance de este público ávido, pues las publicaciones de los pioneros y de los Cuatro son hoy reliquias hace mucho desaparecidas del mercado editorial, y es casi imposible encontrarlos ni en los libreros de viejo. A esta circunstancia (entre otras de carácter histórico-social y económico) ha debido este grupo su notable influencia sobre sus lectores. No tengo información actual sobre la obra de Vladimir y Fabricio en el extranjero, pero Aguiar, quien cuenta con un Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar por su relato Figuras y une a su condición de autor la de investigador y profesor de Técnicas Narrativas en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, ha tenido una evolución muy interesante, mostrándose en su narrativa como un escritor inquieto y capaz de incursionar en géneros diversos con estilos y trabajos de lenguaje realmente proteicos. Su novela La estrella boca arriba me parece, hasta donde conozco, uno de los productos más atendibles de este grupo y, en general, de todo el quehacer de estos géneros en nuestro país. Sin embargo, yo, de un modo estrictamente personal —no olvidar que solo estoy reflexionando desde fuera—, reprocho a algunos representantes de esta generación el haber prestigiado el cyberpunk —no importa demasiado si desfasado o no entre nosotros como estilo con respecto a su aparición y práctica en Europa y los Estados Unidos— en detrimento de otros imaginarios y tópicos no menos significativos de la cf. No consigo librarme de la incómoda impresión de haberles visto irrumpir en escena como jinetes algo feroces medio disfrazados de enterradores del estilo de los Cuatro, al que con la arrogancia y la inmadurez algunas veces presentes en sus acciones y procedimientos, denominaron (bastante irrespetuosamente, diría yo) rosado y blando, término este último que ya existía para calificar la literatura no hard, pero que nunca implicó el matiz peyorativo que ellos le confirieron ni constituyó término de comparación referido a índice de mayor o menor calidad de los textos. Hasta se podría pensar que algunos de estos escritores olvidaron —o quisieran negar— la deuda que todos nosotros, sigamos o no escribiendo ciencia ficción, tenemos con quienes nos antecedieron y con el taller Oscar Hurtado. Como si incluso quisieran desacreditar hasta al propio Bradbury por no haber sido metalero. Esta actitud siempre me ha parecido farisaica, pero comienzo a tranquilizarme porque creo haber visto que los escritores más inteligentes de esta generación empiezan a reconsiderar tal denominación, como también otros aspectos del pasado por sobre los que hasta hace poco tiempo transitaban como elefantes en una cristalería. Lamentablemente no faltan quienes insisten en mantener la pose, denostando con saña de un linaje del que las personas honorables nunca deberían renegar. Como si para que una estrella pudiera hacer brillar su luz en el firmamento fuera necesario desconectar a todas las demás, la luna y el sol. Esto ha tenido por consecuencia que los imaginarios de la cf cubana hayan visto oscilar su péndulo —y demasiado a menudo quedar suspendido— hacia zonas del rock, el cyberpunk y el realismo sucio en clave de cf, con el consiguiente empobrecimiento del género. Creo que puede decirse que estos héroes grotescos disfrazados de Rambo (me refiero, por supuesto, a los personajes literarios de cierto cyberpunk), con sus muñequeras erizadas de tachuelas, sus musculaturas artificiales, su aliento priápico (o a veces vulvar) y sus botas aplastadoras de los débiles han entrado a saco en la cf cubana barriendo casi con salvajismo las no infinitas, pero sí mucho más amplias y sutiles posibilidades de un género que desde sus comienzos ha debido lidiar con la camisa de fuerza del estilo, el restringido registro de tópicos y situaciones y el demasiado cerrado coto de creación de mundos. El fárrago de los metales finalmente ha desecado el espíritu, transformándolo ante los ojos no avisados de muchos en algo casi obsceno por indecentemente afeminado. O se es un héroe duro o no se es nada. Y esta consecuencia, a su vez, deviene otra aún más desastrada: algunos representantes de esta tendencia se han arrogado ante lectores, críticos y editoriales el dudosísimo derecho de decidir qué es y qué no es, en su estrechísimo concepto personal, ciencia ficción, y lo que me parece todavía más absurdo y hasta escandaloso: de pontificar sobre cuál es la manera correcta de escribir el género, como si las variaciones de estilo no pudieran ser tan numerosas y matizadas como las sensibilidades individuales de quienes escriben. Esta situación, de no ser detenida a tiempo, podría llegar (si no hubiera llegado ya) a consecuencias quién sabe cuán graves, como por ejemplo, tener un peso mayoritario (¿único?) en los criterios editoriales de selección y evaluación sobre cuáles autores y cuáles obras merecen ser publicadas, negando oportunidades a otros autores y obras sin tomar en consideración aspectos más importantes que debieran primar en un criterio de jerarquización editorial, como por ejemplo, la calidad literaria y el oficio.

4- Con excepción de los clásicos y de buenos autores que nunca faltan, la calidad literaria ha sido siempre un aspecto realmente anémico en la ciencia ficción y el fantástico de todas partes del planeta, mucho más en Cuba, donde la situación resulta más dramática en el primer género que en el segundo. Hay para esto dos explicaciones evidentes entre otras muchas posibles: en primer lugar, mientras que los Pioneros y los Cuatro eran escritores, traductores, poetas, investigadores, dramaturgos, guionistas, periodistas, etc., hoy la gran mayoría de los escritores de cf no proviene de medios de formación literaria, sino de campos tecnocientíficos donde el empleo y dominio de la lengua y la posesión de una cultura sólida no son los primeros requisitos exigidos para considerar aceptable un desempeño; en segundo lugar, la enorme mayoría de lectores y escritores de ciencia ficción no consumen más que productos del género, leen poca o ninguna literatura general y no consumen gran Arte, sino sucedáneos como los juegos de computadora, los comics, los filmes de cf y anime y manga, entre otras manifestaciones “artísticas” que no acaban de conseguir acreditación definitiva como tales ante el mundo de la alta cultura. En Cuba el resultado de este pisto, muchas veces mal digerido, es por lo general, aunque con excepciones (y véase que remarco la observación), el consumo y reproducción de un modus que apenas merece el nombre de estilo: rudo, vulgar, sumamente empobrecido, con diálogos y situaciones ingenuos, a veces sospechosamente infantiles cuando no francamente estúpidos, y personajes de una chatura psicológica capaz de emular con las chapas usadas por los niños para jugar al pon en las aceras. En Cuba, gracias a la influencia de una fracción del grupo de los metaleros, abundan los argumentos esquemáticos donde un bueno duro se enfrenta a una banda de malos más duros todavía, en medio de un festival de monstruos, naves espaciales y nanotecnología trocada, todo convenientemente salpicado de sexo sucio injustificado (como hay que reconocer que también ocurre en el resto de la literatura) y, en ocasiones, una escenografía de fondo donde se fusionan elementos de esoterismo y hasta góticos con la parafernalia propia del género. En otras palabras, todos los ingredientes del comic más vulgar de ciencia ficción metamorfoseados por obra y gracia del Espíritu Santo en formato libro. Justo lo que Alejo Carpentier llamaba —y rehuía como el diablo a la cruz— el traje. Y conste que mi posición personal será siempre la de buscar la fusión inteligente de géneros y empujar constantemente las fronteras de estos más allá de los límites que los demarcan, pero con arte, con oficio, con un trabajo mental que merezca respeto en lugar de inspirar menosprecio y risa. Además de todo lo que he expuesto, nosotros los cubanos sufrimos el agravante de que desde hace décadas existe en la isla una severa carencia de bibliografía general, sin mencionar nuestro escaso acceso a Internet. Lo que se escribe en Europa, Asia y los Estados Unidos apenas si nos alcanza, pues los esfuerzos de las editoriales Arte y Literatura y Gente Nueva no pueden compensar ese estado de cosas, lo cual es una realidad aplastante. Todos los escritores, sea cual sea la literatura que cultivemos, estamos afectados por ello. Que alguien viaje al extranjero y compre unos libros y a su regreso los preste “generosamente” significa apenas nada, pues no hay que perder de vista que esa persona invirtió sus posibles escasos dineros en adquirir lo que le gusta, y eso será lo que preste después. Así que lo único que no se puede decir de los escritores cubanos es que están actualizados en lo que a bibliografía se refiere. Si algún amigo nos ofrece el último libro que de una forma u otra ha caído en sus manos, y nos asegura que es lo mejor de lo mejor, muy pocas veces estaremos en condiciones de disentir de su criterio por falta de suficientes puntos de referencia. La mayor parte de los interesados en escribir cf y de los lectores de cf cubanos no disponen de muchas más referencias que las de los propios autores cubanos publicados en Cuba, y aún entre esos, de aquellos más próximos en el tiempo cuyos libros se pueden conseguir con relativa facilidad. En consecuencia, un número importante de los escritores cubanos más recientemente llegados al mundo de la ciencia ficción desconocen muchas cosas, a veces elementales, sobre el género que pretenden convertir en eje de sus esfuerzos. He visto a algunos de ellos fruncir el ceño con desconcierto cuando se les menciona, por ejemplo, la cf antropológica, y a otros manejar conceptos obsoletos sobre temas capitales de la misma, que no es un invento nuevo, por cierto. Si antes los escritores cubanos de ciencia ficción fueron (y todavía siguen siendo) acusados de haber copiado mansamente y sin creatividad a los autores del campo socialista —juicio inexacto y muy mal enfocado que en otro momento analizaré—, ahora estamos convictos —¡y bien confesos!— de copiar ciertos patrones autóctonos (¿?) en lo que constituye un alucinante y cuasi perverso mecanismo de reciclaje programado para autosustentarse hasta la eternidad. Y otro tanto me atrevo a decir de los escritores que se dedican a la fantasía heroica, quienes no existían en la isla antes de Tolkien (aunque sí se importaba y consumía una nutrida literatura de cuentos de hadas para niños y adolescentes impresa principalmente en España y Argentina, según creo recordar y, por cierto, con excelentes ilustraciones donde se podía reconocer ampliamente la influencia de grandes ilustradores europeos como Beardsley y sus discípulos, por ejemplo); y después de Tolkien, parecen condenados a reproducir hilos argumentales de las obras de este autor sin atinar a encontrar caminos propios que les permitan crear con verdadera independencia de su modelo. Me pareció notar un detalle revelador de esta especie de in-posesión cultural cuando hace apenas una semana escuché a un autor novel leer ante un público nutrido un relato cuya historia y protagonistas recuerdan vivamente el excelente y harto reconocido cuento de Carpentier sobre un cimarrón perseguido por un rancheador y su jauría. Me quedé esperando una dedicatoria a la memoria de Alejo, o siquiera el mero anuncio de que el relato en cuestión había sido concebido como un homenaje a él, pero tal vez no era así y todavía no sé a qué atenerme. Temo que pocos presentes notaron la casi total similitud entre estas dos historias.

5- Otra circunstancia que, en mi opinión, ha conspirado fundamentalmente contra la escasa calidad y variedad de la ciencia ficción cubana es de un orden que yo llamaría sensatez, lucidez o tal vez conciencia de los límites, y hay que decir que también ha conspirado en idéntica medida contra toda la literatura cubana en general (el todo refleja las partes y viceversa): demasiadas personas están fatalmente convencidas de que el mero acto de sentarse con una cuartilla y un lápiz, o ante una máquina de escribir o un ordenador e imaginar una historia los convierte en escritores; y que el hecho de haber escrito un libro les confiere automáticamente el derecho de publicarlo en una editorial nacional o extranjera; y que si logran ganar un premio y/o ver su libro en soporte papel impreso bajo un sello editorial (reconocido o no, es lo de menos) ya se han convertido en grandes escritores cuya opinión es santa palabra y pueden imponerla al mundo entero. Y que todo esto puede ocurrir con la celeridad de trayectoria de un cometa. Un toque de vara mágica y ya está: ha nacido un nuevo y distinguidísimo representante de las Letras. Muchas personas son víctimas de ese pensamiento distorsionado porque sienten un deseo muy intenso de escribir, y esos son los más sinceros; otras, porque el ego les juega malas pasadas; y otras, porque la forma más enfermiza del ego, el vedettismo, los posee como el Diablo a la niña de El exorcista. En muchos casos no sospechan, porque nadie se los dice, que no basta haber sido sanitario en una escuela al campo y extraído unas cuantas espinas de dedos y pies para ser un verdadero cirujano. La profesión de escritor es tan compleja, requiere tanto aprendizaje, tanta formación como cualquier otra profesión venerable de las que existen en el mundo, y merece tanto respeto y empeño como ser cosmonauta, físico teórico o militar. Y exige una entrega prácticamente absoluta. En el Arte podrán ser muchos los llamados, pero siempre serán muy pocos los elegidos. Los genios pueden salir hasta de una alcantarilla, y carecer en absoluto de un pasado literario, ¡pero son tan raros! Nunca ha habido muchos Radiguet. Antes de que alguien pueda llamarse a sí mismo escritor, aunque sea en el silencio y la oscuridad de su habitación, tiene que pasar por pruebas muy serias, muy duras, muy largas y muy desgastantes y, en comparación, ganar un concurso muy importante, codiciado y bien remunerado no significa, apenas, ni un respiro de certeza. En ocasiones lo peor que le puede ocurrir a alguien que quiere ser escritor es, precisamente, ganar un concurso antes de merecerlo realmente por el grado de desarrollo que haya alcanzado en la profesión. Publicar rápido, a edad temprana, o publicar el primer cuentito terminado puede ser el inicio de una carrera deslumbradora en el campo de las letras, pero también puede cavar definitivamente la tumba de una persona honesta que sueñe con ser escritor, incluso si está bien dotada, porque la publicidad inmerecida deforma sin remedio. Y el mismo efecto nocivo tendrán sobre esa persona las críticas complacientes y el espaldarazo de los “socios” influyentes. Nunca es fácil decirle a alguien con ilusiones que debe renunciar a sus sueños y deseos, y resulta mucho más difícil decírselo a la cara cuando uno se da cuenta de que se trata de personas con una vocación auténtica por la escritura. Pero es mejor desengañar cuando aún es tiempo y todavía el aspirante no se ha “montado el personaje”; hacerlo en los primeros momentos de ensayo que tenemos todos cuando nos acercamos inicialmente a una profesión u oficio, y no después, cuando ya las personas ha invertido tiempo, esfuerzo y horas de trabajo y comienzan a considerarse dignas de ocupar (y de exigir) un espacio para el que no están realmente preparadas ni dotadas. Nunca hacemos un favor cuando engañamos a un semejante.

6- La crítica es otra de las pistas enlodadas de la ciencia ficción cubana. Los críticos que se consideran serios no quieren dedicarle atención al género por considerarlo menor, ya sea cf rusa, norteamericana, cubana o de la Cochinchina. Y no falta quien le niegue la condición de literatura, clasificándola como literatura basura o de “entretenimiento”. Sé que existe el criterio de que tan válido es escribir bien como ser capaz de crear imaginarios y mitos aunque se posea una escritura mediocre. No es mi intención defender un criterio u otro al respecto (pero mejor si se unieran los dos en un mismo escritor, ¿verdad…?), mas me parece oportuno llamar la atención sobre la inadecuada capacidad para el ejercicio de la crítica de cf (y de toda la crítica literaria en general) que creo detectar en algunas personas que la ejercen, ya sea mediante la publicación de artículos u opinando en talleres literarios, o en el espacio ya mucho más delicado de una editorial, donde a veces se les encuentra como evaluadores, antologadores o redactores de prólogos, y a veces todo eso a la vez. Tener mucha (¿?) información sobre la historia de un género literario no capacita a nadie para opinar sobre la naturaleza intrínseca de la literatura. Con esto quiero decir que una persona que pretenda ser conocedora de la ciencia ficción y de algunos parámetros de su escritura y quiera erigirse en crítico del género puede, perfectamente, carecer de los conocimientos y el entendimiento necesarios para juzgar la ciencia ficción como literatura. Un crítico de ciencia ficción tiene que reunir las dos cualidades. Con una sola de las dos sus criterios y argumentos nunca podrán aspirar a una acreditación respetable. Y con esto vengo a caer en el tema de los talleres literarios. Tal vez por mi formación como técnico medio en asesoría de talleres literarios mi pensamiento esté viciado de academicismo y ortodoxia, pero durante mis cuatro años de estudio en la excelente Escuela Nacional de Instructores de Arte, ENIA, hoy lamentablemente desaparecida, me enseñaron que el trabajo con aficionados requiere de un personal debidamente adiestrado para su ejercicio. Se me hace extraño ver un taller literario estructurado a la manera de una peña de lectura informal donde todos leen sus textos y todos opinan sobre los textos ajenos con entera libertad, tengan o no tengan una formación teórica sólida. Cuando falta una guía autorizada, ¿cómo se puede estar seguro de que las objeciones, señalamientos y consejos hechos a un autor por quienes han escuchado la lectura de su texto son realmente acertados y no meros disparates dictados las más de las veces por el desconocimiento y, en algunas ocasiones, por la mala intención y el deseo de confundir? Yo he presenciado en más de un taller literario “consejos” dados a un escritor en ciernes para que quite de su cuento precisamente aquello que ha constituido su mejor acierto. O aseveraciones locas de que para escribir ciencia ficción hay que hacerlo empleando un lenguaje directo y cortado (que en realidad imita una mala traducción del inglés), porque dentro de las convenciones del género los tropos devienen barroquismo censurable (¡!). También es verdad que no se encuentran fácilmente intelectuales como Daína, Alberto, Chely, Antonio Orlando y Agustín de Rojas, con condiciones para escribir y ejercer la crítica y que al mismo tiempo les interese ocuparse de ciencia ficción, fantasía y fantasía heroica.

7- Aprovecho para preguntar una vez más por qué se agrupa a los tres géneros siempre en los mismos espacios, ya sea de talleres, concursos o publicación, porque aunque pienso que un escritor puede tomar elementos de uno de ellos y extrapolarlos a otro como una licencia absolutamente válida que enriquecerá el resultado (si el recurso está empleado con destreza), en realidad son universos disímiles entre sí, y más que agruparse por poseer características comunes, da la impresión de que se juntan por el mismo instinto de supervivencia que hermana a los niños más débiles de la escuela ante la discriminación y violencia que les hacen los más fuertes, pero que cuando están solitos y juntos se mortifican y obstaculizan a más no poder. O se mezclan definitivamente con todos los otros géneros o cada uno tenga su propio espacio, su colección editorial y su taller literario. Después de la partida de los Cuatro, he constatado siempre con idéntico disgusto que los grupos de cf se esfuerzan para mostrar a los otros dos géneros como “menores” y menos dignos de atención. Esto es nocivo. ¿Qué posibilidades reales tiene una obra de fantasía heroica de ganar un premio Luis Rogelio Nogueras ante el empuje y la ortodoxia de un jurado compuesto por dos escritores de ciencia ficción y un tercero de cualquier otro género? Las decisiones arbitrarias e injustas ya han ocurrido y volverán a ocurrir si no se colocan las cosas en su sitio YA.

No quiero extender más estas reflexiones. Siempre he tenido la convicción de que la ciencia ficción, la fantasía y la fantasía heroica pueden ser mucho más que meros productos del mercado del entretenimiento y aspirar a convertirse en Arte auténtico, y que lo que hay en ellas de literatura basura viene a ser lo mismo que la basura real que se publica en la literatura llamada seria, o sea, más o menos un ochenta por ciento del producto final que llega a las librerías, siendo muy benévolo en el juicio, por supuesto. Siempre sostendré que las editoriales y las instituciones deberían:

UNO. Abrir para estos géneros espacios dignos que se nutran de lo mejor de ellos, sin atender prejuicios de jurados ni editores, pero también sin complacencias irresponsables y sin lugar para los buenos oficios amistosos (o malquerencias) de nadie, y valiéndose siempre de los servicios de personas sensatas y profesionalmente capacitadas para ejercer criterios de evaluación y selección de obras, sin dejar margen para ominosas payasadas, omisiones burdas e inmaduros ejercicios de egolatrías que no hacen más que perjudicar la imagen de estos géneros tradicionalmente considerados como los Cenicientos de la cultura.

DOS. Fomentar y apoyar con todo lo necesario eventos como el Cuba Ficción y el Ansible —que han contado entre sus conferencistas algunos nombres muy prestigiosos de la ciencia y la cultura— y el Behíque, más nuevo y hasta ahora más modesto en recursos, pero no menos inteligente y entusiasta que sus antecesores.

TRES. Apoyar la continuidad de los talleres literarios de estos géneros, ahora organizados y mantenidos casi siempre de forma completamente espontánea y con un mínimo respaldo material oficial.

La esporádica pero significativa publicación y buena venta de antologías y selecciones de estos géneros (incluso de las más flojas) demuestra que se está en presencia de un fenómeno cultural de mucha fuerza, al que ya no es posible continuar ignorando y mucho menos menospreciándolo, y que para tales géneros existe un público entre nosotros, cuya envergadura no creo podamos calcular en el estado en que están las cosas ahora mismo, pero al que es en vano intentar disuadir de sus gustos. Por el contrario, las instituciones tienen el deber social de considerar la existencia de este público, que cuando se le mira de cerca en eventos como los Cuba Ficción y los Ansible, este Behíque 2009 o incluso la peña celta Baya de Oro, donde se agrupan no pocos consumidores de fantasía heroica y cultura celta, se aprecia mucho menos basto de lo que en los medios académicos se suele creer, pues está compuesto fundamentalmente de personas muy jóvenes, inteligentes y profesionalmente capaces que merecen que sus preferencias sean debidamente atendidas y se les brinden productos de la mayor calidad. Y por último, queda demostrada la existencia de un corpus de escritores que no ha perdido continuidad generacional, en el cual, además de los nombres más reconocidos, hay otros muy jóvenes que mucho prometen ya y necesitan espacios de divulgación para sus obras, y otros que aunque se inscriben en el estilo realista del canon nacional, la experimentalidad u otras tendencias muy novedosas dentro de la literatura internacional de ahora mismo, también han incursionado en la ciencia ficción y los géneros fantásticos, han publicado libros y obtenido premios, como Raúl Flores y Jorge Enrique Lage. Por supuesto que se impone saludar los esfuerzos (pocos) que se han llevado a cabo en estos años, pero es un error capital dejarse acunar por cantos de sirena: la meta está aún muy lejos en calidad y cantidad, se perdieron espacios y queda mucho por hacer. Contribuyamos con seriedad escritores, críticos e instituciones. Es una deuda con nuestro pasado, una ética para el presente y un legado para el provenir.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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Una respuesta a QUEBRANDO UNA LANZA (REFLEXIVA) POR LA CIENCIA FICCIÓN Y LOS GÉNEROS FANTÁSTICOS EN CUBA

  1. Chan Chan dijo:

    Excelente artículo. La invitamos a escuche la primera emisora de radio online dirigida a la blogosfera cubana e internacional.

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