medicina y religión en los aborígenes cubanos

¿Eran realmente tan atrasados los aborígenes cubanos como se desprende de los juicios de valor de los conquistadores? ¿Qué rasgos comunes tenían los primitivos pobladores de Cuba con otras culturas de las Antillas y el continente latinoamericano? ¿Eran ciertamente taínos y siboneyes los pobres “inditos” que muchos piensan? ¿Qué sabe de ellos el cubano actual?

Es muy posible que el clima cálido de Cuba y la casi nula ropa y hábitos simples de los aborígenes cubanos hayan engañado a los primeros españoles que llegaron a Cuba, haciéndolos pensar que se trataba de una sociedad de salvajes. Luego, un rápido diezmo de la raza habría impedido una mejor observación de sus características. Pero su estructura religiosa y sus prácticas médicas demuestran una realidad diferente.

Los aborígenes cubanos han sido considerados durante muchos años casi totalmente extintos. Hoy los estudios de campo de antropólogos y arqueólogos han demostrado que en ciertas zonas de la isla sobreviven comunidades numerosas de descendientes, incluyendo entre ellas Guanabacoa, zona donde los españoles concentraron a los indios de las provincias occidentales y donde hoy pueden apreciarse en muchos de sus vecinos inconfundibles rasgos físicos de su sangre ancestral. También sabemos, contrariamente a lo que ha preconizado la leyenda negra de la Conquista, que no fueron mayormente exterminados por los maltratos de los encomenderos, sino que entre 1519 y 1530, más de una tercera parte de sus individuos fueron diezmados por dos sucesivas epidemias de viruela importada de Europa, patología contra la cual los indios cubanos no poseían defensas inmunológicas por ser desconocida en estas tierras antes del Descubrimiento. Sin embargo, poseían una medicina digna de atención, y aunque no pueda afirmarse que tan adelantada como otras medicinas muy interesantes de América —la inca, por ejemplo—, les servía bastante bien para los males que solían aquejarlos.

Nuestros taínos y siboneyes practicaban el chamanismo. Tenían dos clases de médicos, generalmente de edad venerable: el behíque, médico-sacerdote y figura de carácter sagrado ante los ojos de la comunidad, y el boitío, asistente del primero en la magia invocatoria y que, en dependencia de los resultados de los cuidados al enfermo, podía ser sometido a represalias y castigos por parte de una parentela descontenta de sus servicios. Semejante especialización de funciones demuestra la existencia de una jerarquía entre los que hoy podríamos llamar profesionales de la salud de estos pueblos. No hay noticias de que practicaran canibalismo ni ningún tipo de sacrificios de sangre en hombres ni animales.

Los taínos y siboneyes de Cuba llamaban cemíes a sus dioses, y contaban por lo menos con tres divinidades de la curación, Baidrama, Buja y Aiba, quienes tal vez fueran tres aspectos de una misma y única deidad sanadora. El pueblo estaba obligado a alimentarlos perpetuamente con ofrendas de comida, y si este ritual se descuidaba, los dioses enviaban enfermedades a los desobedientes.

Siguiendo siempre el testimonio de los cronistas españoles, únicos testigos de primera mano con quienes podemos contar, los aborígenes cubanos no tenían un conocimiento profundo de la anatomía humana, pero conocían la enfermedad, a la que llamaban axe. Del esqueleto tenían nociones someras, especialmente de los huesos largos asociados con la locomoción. Percibían la carne del cuerpo como grandes masas, pero no distinguían los músculos, y el único órgano que parecían diferenciar como tal era la bolsa del escroto. Curaban las contusiones y poseían remedios variados para las enfermedades de la piel que padecían con frecuencia, entre ellas úlceras, parasitismo de nigua (capaz de causar invalidez definitiva en los miembros no tratados); una afección que ponía las manos ásperas y que probablemente fuera alguna especie de sarna, a la que llamaban caracol, y otro mal más severo que hacía caer trozos de piel y, por la descripción de los cronistas, debió ser algún tipo de lepra. La pediculosis los afectaba, aunque si pensamos que era un pueblo de arraigados hábitos higiénicos, parece lógico pensar que no era endémica sino, al igual que la viruela, traída por los españoles. Como el clima favorecía las enfermedades diarreicas ellos disponían de terapias para tratarlas, y también sabían practicar sangrías, que llevaban a cabo punzándose con espinas de maguey y con pequeñas piedras filosas talladas para esos usos. Como evacuante usaban una mezcla de tabaco con cierta clase de cebolla machacada, y una yerba sagrada a la que llamaban gueyo, de propiedades sudoríficas.

Otras enfermedades que conocían y trataban los médicos indocubanos eran la anemia, a la que llamaban hipa, que quería decir en lengua indígena “palidez del doliente”, aunque nombraban igual a todas las enfermedades que entre ellos cursaban con íctero; los dolores de cabeza y de dientes; la ciática; algunas formas de reuma; diarrea, constipación y parásitos intestinales; asma; enfermedades genitourinarias y los dolores de la menstruación.

Algunas de las yerbas y de los frutos más usados para la curación eran el sasafrás y los bejucos, el almácigo, el fruto del manzanillo y el guacasí. Para tratar la hidropesía utilizaban el aceite de higuerilla, que nosotros conocemos como aceite de ricino o palma cristi, que también les servía para aliviarse males digestivos. También lo empleaban para tratar las articulaciones inflamadas o contusas y para curar los granos o barros que salían en el rostro de las mujeres, y que eran muy repulsivos para los aborígenes cubanos. Sabían volver el útero a su lugar después del parto empleando betumen, más conocido como nafta. Las bubas las aliviaban bebiendo agua del palo del guayacán. Con el tabaco cicatrizaban heridas y mataban los gusanos de las úlceras. Recomendaban la piña para restaurar el apetito y confortar el corazón. Las guayabas verdes las empleaban contra la diarrea, la fruta madura para la constipación y el cocimiento de hojas para tratar el infarto del hígado y el edema de las piernas, que también lavaban con cocimiento de ciruelas si estaban ulceradas. Con la verbena se desparasitaban y con la guira deshacían la equímosis. Con el aceite de guaconax restauraban las fracturas y contenían las hemorragias. Se preocupaban mucho por los insectos y ahuyentaban las cucarachas con humo de curi. Creían que el agua de jagua fortalecía las piernas cansadas y aliviaba las várices, y empleaban el guacuma como reconstituyente para engordar.

Además de un acendrado gusto por el baño, que practicaban varias veces al día en ríos y lagunas, los indios cubanos se recortaban el cabello y se hacían tatuajes de flores y pájaros usando como colorantes la bija (rojo) y la jagua (negro), no solo para adornarse, sino también para proteger su piel de las picadas de mosquitos y otros insectos que siempre han sido la verdadera pesadilla de la isla de Cuba. Llevaban una dieta muy sana compuesta por maíz, frutas abundantes, legumbres y carne de aves, serpientes y jutías. El agua parece haber sido su única bebida cotidiana. Realizaban muchos ejercicios físicos como la caza, la pesca, la natación y el baile colectivo de índole religiosa. Las mujeres se casaban muy jóvenes, eran muy fecundas, parían con facilidad y poco dolor, y con frecuencia tenían partos gemelares (algún cronista habla de quíntuples). Hay indicios de que practicaban la cesárea con éxito.

Algunos cronistas testimonian que los taínos eran capaces de momificar cadáveres, aunque no resultara un hábito funerario; empleaban el procedimiento solo en el caso de muertos muy principales. Sabían conservar los huesos y enterraban los cadáveres en los montes, lejos de los lugares de vivienda de la tribu, y al igual que los ritos funerarios de todos los pueblos, los rodeaban de vasijas con agua, armas y comida.

El ritual de curación empleado por los indios de Cuba era muy complejo y fue minuciosamente descrito por los sacerdotes y cronistas Ramón Pané y Las Casas y el laico Fernández de Oviedo. No hay ni que decir que los españoles lo consideraban una prueba de la barbarie indígena, pero todos los detalles demuestran que obedecía a una clase de alto chamanismo con varios puntos de contacto con el practicado todavía hoy por los muy afamados sanadores filipinos y los chamanes mexicanos y andinos.

Los indocubanos temían mucho a la fiebre, a la que llamaban secon, y aislaban a los enfermos por temor al contagio. Los sacaban de la aldea y los llevaban al monte, los aprovisionaban de agua y comida y los dejaban solos, aunque alguien se ocupaba de visitarlos y lavarlos con cierta frecuencia. Si la familia decidía solicitar atención médica para el enfermo, acudían al behíque y al boitío, quienes se trasladaban la noche antes se tiznaban el rostro con carbón vegetal y así pintados se trasladaban a la vivienda de los solicitantes, donde una vez llegados comían y hacían comer al enfermo una pasta compuesta de cebolla y hojas de tabaco maceradas, y esperaban hasta que la purga les hiciera vomitar cualquier alimento que hubiesen comido. Así purificados, embriagaban al paciente y a sí mismos con el humo del tabaco o cohíba hasta lograr un estado alterado de conciencia. Luego se introducían en la boca un hueso pequeño envuelto en carne de algún animal. Después de terminados estos preliminares, el médico daba vueltas alrededor del doliente, lo palpaba de la cintura a los pies y le estiraba “con fuerza” los miembros inferiores “como si quisiera arrancarlos de su lugar”. Inmediatamente abandonaba la habitación y desde fuera conminaba al paciente a irse a la montaña o al mar. A continuación se volvía de espaldas a la puerta cerrada y colocándose las dos manos sobre la boca soplaba con ellas como si sostuviera una cerbatana, “Sus manos tiemblan enseguida —describe un cronista— como si tuviera gran frío; sopla sobre sus manos y recoge el aliento como si sorbiera la médula de un hueso. Luego aspira al enfermo en el cuello, en el estómago, en las espaldas, mejillas, el seno, el vientre y partes generales del cuerpo”. Al terminar estas operaciones típicamente chamánicas, el médico indocubano se sacaba de la boca el huesito y mostrándolo al paciente le aseguraba que esa era la causa de su mal, advirtiéndole que lo guardara y conservara cuidadosamente, pues creían que estos huesitos, que a veces eran pequeñas piedras, servían a las mujeres de gran ayuda en el parto. Los familiares del enfermo guardaban obedientemente los objetos envueltos en algodón y en las grandes festividades los adoraban y les ofrecían comida, lo mismo que a los cemíes, en un bohío apartado dedicado al culto.

Si el enfermo no lograba sobrevivir y era persona muy principal en la aldea, los deudos procedían a averiguar si el médico era culpable de mala práctica. Los interesados se embriagaban con el zumo de hojas maceradas de tabaco, cortaban al muerto las uñas y los cabellos de la frente, los reducían a polvo machacándolos entre dos piedras y los mezclaban con el jugo de la yerba. Después procedían a hacerle beber la mixtura al muerto echándoselo en el interior de la boca y la nariz. A continuación colocan el cadáver sobre un gran fuego “hecho como para formar carbón, y cuando la madera está en brazas, ponen al difunto sobre el bracero y lo cubren con tierra, como para hacer carbón y allí lo dejan por término voluntario”. Al difunto así tratado se le interroga muchas veces sobre si antes de someterse a la sesión de curación con el médico observó la dieta prescrita”. Aquí los cronistas hacen una aseveración que para nosotros en nuestros días resulta oscura e inexplicable: dicen que el muerto responde a las interrogaciones “como si estuviera”. También se le pregunta si el médico ha sido el culpable de su deceso. El muerto puede responder que no sabe, pero en cualquier caso los deudos pueden decidir que el médico es culpable y en ese caso se le persigue para castigarlo. Las penas que aquella sociedad imponía a los chamanes sospechosos de poca profesionalidad iban desde rotura o desarticulación de los huesos de las extremidades (procedimiento sobre el que los cronistas también se expresan con oscuridad) hasta la castración y el vaciado de los ojos.

Los conquistadores y primeros colonos que vivieron en tierra cubana, separados de Europa por un mar que los barcos provenientes de España demoraban meses en atravesar, tuvieron que aprender la medicina de los aborígenes, pues carecían de productos propios de su cultura, y a ella debieron su supervivencia hasta que las flotas de Indias se establecieron como normal comunicación entre la madre patria y el Nuevo Mundo. De la farmacopea indígena de los primeros habitantes de la mayor de las Antillas sobreviven hoy, especialmente en las regiones montañosas, muchos remedios que siguen teniendo éxito en el alivio y curación de las enfermedades.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a medicina y religión en los aborígenes cubanos

  1. angela dijo:

    weno este yo kiero informacio no porqueria okey!!!!!!!!!!!!

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