MINÚSCULA HISTORIA DEL TEATRO ALHAMBRA

MINÚSCULA HISTORIA DEL TEATRO ALHAMBRA

Por Gina Picart

Nunca imaginaron los príncipes moros de Andalucía cuando mandaron construir el palacio Alhambra, con sus columnas labradas, sus fuentes manadoras, sus exquisitos jardines y sus salas acupuladas donde la luz se desliza como un velo tenue y al mismo tiempo radiante es que, muy a diferencia de esa joya arquitectónica sublime y estilizada —donde la representación de la imagen humana estaba prohibida por la ley rigurosa del profeta Mahoma—, y muy, muy lejos de Granada, en una isla siempre recalentada por el sol y olorosa a melado de caña, siglos después iba a surgir de la nada otro Alhambra, templo al cuerpo viviente de las bellísimas y nada pudibundas vedettes cubanas, reino de la picaresca y del arte popular en toda su carnal y espontánea plenitud.

Fundado el 13 de septiembre de 1980 en el cruce de las calles Consulado y Virtudes, en pleno corazón de la Ciudad de La Habana, el teatro Alhambra no puede ufanarse de haber sido diseñado por famosos arquitectos de los muy grandes que había entonces en la capital cubana. Era un feúcho caserón de una sola planta, propiedad de un emigrado catalán de espíritu emprendedor, pero al parecer no muy afortunado en sus empresas comerciales. Se llamaba José Ross, y lo primero que tuvo en mente para llenar el espacio que le quedaba libre a su taller de herrería fue instalar un gimnasio, sueño que más tarde se convirtió como por arte de magia en un salón de patinaje y, finalmente, por sugerencia de un coterráneo más avispado, en un teatro.

Hay que decir que Ross en un principio consideró su pequeño emporio artístico como un teatro de verano a la usanza de Madrid, donde estrenaba obras del llamado género chico, zarzuelas, entremeses y obras de menor envergadura. A pocas cuadras le hacía la competencia el teatro Albisu, aunque los gacetilleros, pagados por Ross la víspera de la inauguración del Alhambra, lo anunciaron en los periódicos como un sitio más fresco y más bonito que el edificio rival. La propaganda no valió de mucho porque hay hombres a quien la mala fortuna no solo señala para toda la vida con su dedo siniestro, sino que los ahorca con él. El nuevo teatro hizo aguas por casi diez años sin proporcionar a Ross satisfacciones por tantos desvelos, y ya casi estaba sellado su destino de regresar a su prístina función cuando apareció en el horizonte un hombre que lo rescató de tan ominoso final

Federico Villoch era un libretista ya famoso cuando llegó al Alambra proveniente del teatro Martí. Traía consigo a una alocada troupe de profesionales llenos de ideas y entusiasmo que lo secundaban en todos sus proyectos: el escenógrafo Miguel Arias y el actor José López Falco. Ellos no inventaron el bufo cubano, pero lo llevaron hasta la cumbre en aquel local que para siempre quedó como abanderado del género en Cuba. Se les fueron sumando otros actores y personal de teatro, como Regino López, su hermano Pirolo y cinco generaciones de los célebres Robreño, también llegados de Cataluña, familia que tan importante papel ha jugado en la historia de la cultura nuestra. Les seguirían Acebal y el compositor Jorge Anckermann, y años después el inigualable Enrique Arredondo, el rey del bufo y uno de los más grandes actores cómicos del país. Villoch escribió alrededor de cuatrocientas obras, entre sainetes, operetas, parodias, revistas y zarzuelas, algunas muy recordadas, como La isla de las cotorras, La danza de los millones, La República Griega, La casita criolla, El rico hacendado. Su última obra fue Guamá, zarzuela estrenada en el teatro Martí en 1936, con música de Rodrigo Prats.

A partir de la llegada de Villoch comenzó en el Alhambra la que el cronista Robreño ha llamado la temporada más larga del mundo, que se extendió desde 1900 hasta 1935. Por sus tablas desfilaron cada noche el negrito, el gallego y la mulata, secundados por coros y cuerpos de bailes que representaban entelequias sociales, y todos, con el mayor desparpajo, regalaban a un público exclusivamente masculino un variadísimo registro que iba desde las más picantes monerías de las bellísimas y muy atrevidas vedettes hasta la más encarnizada sátira política, verdadera y punzantísima crítica social disfrazada con los cascabeles de la carcajada. Puede asegurarse, a pesar del mucho tiempo transcurrido, que sobre sus tablas fueron representadas en clave de farsa todas las movidas históricas que tuvieron lugar en Cuba durante esos tres decenios. Entre sus visitantes más ilustres estuvieron Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle Inclán, Jacinto Benavente y García Lorca, por solo mencionar un grupo de nombres representativos en una lista que fue larga.

En el Alambra se representaron más de cinco mil piezas, todas costumbristas y de gran arraigo popular. Ya hemos visto en esa mítica película que es La bella del Alambra, del director Enrique Pineda Barnet, cómo solían transcurrir las noches entre sus muros. Dividida entre la elegante platea y el modestísimo lunetario, una desaforada multitud de varones (en la que no faltaban unas poca damas osadísimas que se disfrazaban hasta con bigotes para poder asistir al espectáculo) aplaudía con arrebato a sus vedettes favoritas o silbaba con el mismo vigor a las que ya mostraban carnes algo envejecidas en las que se iniciaba a ojos vista el proceso de decadencia de la belleza y la sensualidad; reía con las picardías del negrito y el gallego; vitoreaba fogosamente a la mulata y hasta se enzarzaba en peleas de bandos cuando la actualidad se adueñaba del escenario, como en el espectáculo que aparece en el filme, “La isla de las cotorras”, sátira que aludía a la llegada de un funcionario norteamericano mal visto por los cubanos que ansiaban la independencia política de Cuba.

Una de las características que tuvo el Alambra y que le valió el acendrado amor de los cubanos y el puesto que conserva en el imaginario nacional fue su insobornable defensa de las causas justas, pues jamás se dejó seducir ni amedrentar por los políticos de turno contra quienes arremetían sus espectáculos filosos como puñales.
Los libretos de las obras representadas resultaban muy atractivos. Los actores y actrices, aunque pertenecientes al género cómico, eran sumamente talentosos, y las mujeres, tanto las solistas como miembros del cuerpo de baile, rebosaban atractivo físico y gracejo popular. El vestuario y las escenografías eran costosos y de buen gusto y diseño, y estaba el especial encanto de la música, que se introdujo al comienzo en forma de guarachitas que actuaban como las actuales cortinas radiales, separando los actos unos de otros. Pero con el tiempo el teatro llegó a contar entre sus compositores e intérpretes musicales a relevantes figuras de la época, músicos de la talla de Marín Varona, Manuel Mauri y Rafael Palau, quienes escribieron partituras para sainetes, operetas y zarzuelas. En 1911 se incorporó al equipo el entonces joven compositor Jorge Anckermannn, considerado por el cronista Eduardo Robreño como el más fecundo de su época, con más de tres mil piezas de su probada autoría. Y con su llegada la música se convirtió en el elemento de más importancia en el espectáculo. A su muerte se hallaron entre su papelería infinidad de géneros musicales como bolero, punto guajiro, rumba, habanera, guaracha, partituras para juguetes cómicos, zarzuelas, revistas, y gran variedad de ritmos extranjeros. Ackermann cuenta entre sus méritos artísticos el haber sido el creador de la primera guajira, “El arroyo que murmura”, cuya letra escribió el padre del cronista Robreño, y tuvo su estreno mundial en la obra Ni loros, ni gallos, en 1899. También llegó a crear un género de su invención, el tango-congo, que inició con la obra La casita criolla y llegó a ser muy popular. Lo interpretaba la actriz y cantante Blanquita Becerra, célebre estrella del bufo, y contenía el conocido estribillo: “Tumba la caña / anda ligero/ que ahí viene el mayoral/ sonando el cuero”.

Pero no eran tan solo los brillantes compositores quienes lograban dar brillo a la música en el teatro Alhambra. Los integrantes de la orquesta eran cuidadosamente escogidos y nadie mejor que el cronista Robreño para hablar de su calidad como agrupación: “La orquesta del Alhambra tuvo su característica: sonaba como una sinfónica por sus músicos todos formidables; recuerdo que el contrabajista era hermano de Jorge Anckermann y se nombraba Fernando; la flauta la tocaba Cotica, el violín primero fue Torroella… Los instrumentos eran de primera: “los timbales —recordaba Robreño—,costaron la bonita suma de cinco mil seiscientos pesos. Sucedió que el 10 de noviembre de 1900, a la hora de inaugurar el teatro, la administración se dio cuenta de que faltaban los timbales tan necesarios para mantener el ritmo. El músico Santiago Oquendo recordó que el padre de un amigo tenía estos instrumentos y ni corto ni perezoso salió en su busca. El hombre se los alquiló por una noche, al precio de 40 centavos. Al día siguiente tocaron con ellos y al otro, y al otro… El dueño de aquellos adminículos murió en 1906 y al hijo se le siguió pagando el alquiler.”

Por la nómina de tres decenios del Alhambra desfilaron nombres insignes del teatro y la música en Cuba: Gonzalo Roig, Juan Pablo Astorga, Mario Fernández, Candita Quintana y Xenia Marabal. Y muchos otros. El Alambra fue un exponente del arte dramatúrgico cubano, en él surgieron nuevos géneros musicales y el bufo y la comedia alcanzaron alturas inestimables. Fue también una escuela rigurosa para los profesionales más jóvenes que trabajaron en su staff. Por todo ello constituye un hito insoslayable en la historia de la cultura nacional. Llegó a ser tal su prestigio y su renombre que hasta fuera de Cuba era conocido y ponderado. Con frecuencia en alguna calle de ciudad foránea se podían escuchar recomendaciones como esta, hechas por amigos a otros que iban a viajar a Cuba “Oye, cuando pases por La Habana no te vayas a perder el Alhambra”.

Y tuvo el Alhambra el final melodramático de una gran vedette de vaudeville: malherido por la llegada del cine sonoro, el machadato y la tremenda crisis económica que el tirano desencadenó en el país, una noche se desplomaron con estrépito el pórtico y parte del lunetario. Una enorme nube de polvo se alzó desde los suelos, y el actor Enrique Arredondo, quien se encontraba justamente de pie en el lugar y momento del desastre, tuvo que poner pies en polvorosa para escapar de ser aplastado como una hormiga. Pero también, como en toda farsa auténtica, hubo en este suceso detalles de gran vis cómica: los timbales evocados por Robreño en sus remembranzas fueron hallados por los bomberos a la mañana siguiente sepultados entre los escombros, pero estaban sanos y conservaban extrañamente indemne el brillo de sus metales, lo que hizo exclamar con cándida admiración a uno de aquellos rescatistas: “¡Pero qué timbales tiene el Alambra!”

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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6 respuestas a MINÚSCULA HISTORIA DEL TEATRO ALHAMBRA

  1. De verdad que me encanto tu escritura respecto al que fue el teatro Alhambra , tuve amigos ya desaparecidos fisicamente que vivieron en su juventud esas esperiencias inolvidables de aquellos tiempo del genero bufo .Conoci personalmente cuando era niño a Blanca
    Becerra . Alicia Rico , Candita Quintana y Enrique Arredondo . Muchas gracias por este importate documento que nos brindaste . Amablemente me despido de Ud
    Juan C Gil

  2. Pepe William dijo:

    Ciertamente, me ha encantado este relato histórico del teatro “LA ALHAMBRA” porque sobre todo estaba buscando información concreta de JORGE ANCKERMANN.
    Llevo averiguando desde 1.992 si existe la grabación de un bolero que él compuso, titulado “UN BOLERO EN LA NOCHE”.
    Si tuvieras alguna información al respecto, agradecería enormemente me lo hicieras saber.
    Un cordial saludo desde Tenerife – Islas Canarias (España).
    Pepe William

  3. Pepe William dijo:

    Ciertamente, me ha encantado este relato histórico del teatro “LA ALHAMBRA” porque sobre todo estaba buscando información concreta de JORGE ANCKERMANN.
    Llevo averiguando desde 1.992 si existe la grabación de un bolero que él compuso, titulado “UN BOLERO EN LA NOCHE”.
    Si tuvieras alguna información al respecto, agradecería enormemente me lo hicieras saber.
    Un cordial saludo desde Tenerife – Islas Canarias (España).
    Pepe William

  4. Pepe William dijo:

    Ciertamente, me ha encantado este relato histórico del teatro “LA ALHAMBRA” porque sobre todo estaba buscando información concreta de JORGE ANCKERMANN.
    Llevo averiguando desde 1.992 si existe la grabación de un bolero que él compuso, titulado “UN BOLERO EN LA NOCHE”.
    Si tuvieras alguna información al respecto, agradecería enormemente me lo hicieras saber.
    Un cordial saludo desde Tenerife – Islas Canarias (España).
    Pepe William

  5. Dolly Pinzón dijo:

    No soy cubana, me ha gustado mucho tu artículo, lo he leido porque estoy haciendo un seminario de Teatro Cubano. Me parece que hay un error en la fecha de fundación del teatro, en tu texto aparece 1980, pero creo que fue en 1890. Podrías verificarlo? y si es el caso corregirlo?
    Muchas gracias!

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