EL MARAVILLOSO MUNDO DE JACNIEL MARRERO

Conocí a Jacniel Marrero en el evento Behíque 2009. Su conferencia sobre papercraft aparecía anunciada en el programa para el segundo día y yo, que recordaba las conferencias de la inauguración, más prometedoras desde el punto de vista de mis intereses culturales, pensé que me esperaba una aburrida hora durante la cual algún muchacho grueso y con lentes pontificaría con pedantería sobre las últimas corrientes en el arte del ensamblado por piezas de figuras de papel, del que hasta entonces yo no sabía nada. Por alguna razón que no puedo explicar, yo relacionaba el papercraft con el manga y el anime, que me desagradan bastante a pesar de descender de la pura y bella estirpe de los animados de Disney, de los que tantos adultos seguimos siendo fanáticos a pesar de los años y las asechanzas de la vejez.

Pero, menos en eso, me equivocaba en todo lo demás. Subió al estrado un joven delgado, serio y muy formalmente vestido, y a un gesto de su mano comenzaron a aparecer imágenes proyectadas sobre la gran pantalla del salón. Y la concurrencia sucumbió a una de las charlas más interesantes y cautivadoras que yo haya visto en eventos de ciencia ficción y géneros fantásticos, donde ya es habitual encontrar de todo un poco y casi siempre interesante. Pronto comencé a darme cuenta de que, lejos de ser una variante del juego de las cuquitas, el papercraft es todo un reto para el intelecto y también para el espíritu y que, como todo arte, contiene una filosofía de la creación. La historia de Jacniel lo demuestra.

Nacido en San José de las Lajas, pueblo de La Habana al que se suele llamar en broma la capital del interior de la provincia, Jacniel estudió computación y trabaja desde hace años como profesor en el joven club de su localidad. Fue allí donde descubrió lo que estaba destinado a convertirse en el sentido de su vida: aquellos patrones de piezas que una vez armados, se transformaban en los protagonistas de célebres filmes de anime y manga y de videojuegos. Los halló en los juegos de consola Nintendo 64, únicos que corren en las computadoras de su joven club. Enseguida comenzó a imprimir las piezas en papel o cartulina y a ensamblarlas, y cuando aparecieron ante su vista los primeros muñecos sintió una enorme emoción.

Poco a poco fue haciendo amistades que comenzaron a enviarle patrones cada vez más complejos. Sentía el reto y quería vencerlo lanzándose cada vez más a fondo. Hoy Jacniel sabe que existen muchos más modelos, pero no puede acceder a ellos porque la tecnología de los ordenadores a su alcance no se lo permite. Se las ingenió para ir venciendo todos los obstáculos y llegó hasta invertir por varios meses la totalidad de su salario en comprar el material y costear la impresión en color de los patrones, que debe ser hecha en impresora láser, herramienta de la que también carece. Renunció a gran parte de su tiempo libre para pasar las horas después del trabajo sentado a su mesa dando vida a las pequeñas piezas. Casi llegó a creer que además de este hobby que era, en realidad, el centro de su interés, muy pocas cosas seguían siendo importantes para él.

Lentamente fue creciendo una minúscula población de personajes de la Fantasía. La princesa Zelda, los guerreros elfos y otros muchos muñecos eran elaborados cada vez con mayor destreza. Los conservaba de modo precario, en dos cajas de computadora que unió colocándoles un cartón duro en medio a manera de estantería. Allí guardaba celosamente cada una de sus nuevas producciones. Las puertas de la “vitrina” las resolvió con lo que estaba a su alcance: un rectángulo de nailon que supliría a unas verdaderas puertas de vidrio. Alguien de su familia llegó a sugerirle que tal vez podría vender algunas figuritas para compensar la inversión que se veía obligado a realizar cada mes para pagar la impresión en color de los patrones, pero la idea no agradó a Jacniel. No quería deshacerse ni de una sola de sus creaciones. Su madre se alarmaba porque él no descansaba lo suficiente. “Sé que ella tiene razón, pero no puedo quitarme la necesidad de hacer mis muñecos. A veces esta necesidad es tan intensa que me agota física y mentalmente. Entonces dejo de hacerlos por un par de días, pero no más, porque no puedo pasar demasiado tiempo separado de ellos. Son como mis hijitos y no puedo dejarlos solos”.

Sin embargo, Jacniel pensaba, y aún piensa, que su labor no debía ser fuente de placer para su sola persona, y comenzó a hacer trabajo comunitario con niños. Para proveerlos de patrones sencillos que pudieran manipular con facilidad, empezó a crear modelos de su propio diseño con personajes de cuentos infantiles y animados cubanos, entre los que había simpáticos animalitos que despertaban la alegría de sus pequeños alumnos. Un día también se le ocurrió que podría adiestrar a algunos adultos que mostraran interés, para que el arte del papercarft no estuviera en sus únicas manos, y así entraron en el discipulado sus amigos Javier Sánchez Alfaro y Rolando Rodríguez, con quienes ha establecido una especie de gremio medieval al que los recién llegados se han entregado con dedicación.

Jacniel está convencido de que además de la belleza que entraña la creación de las figuras en sí misma, hay también en la técnica del papercraft muchas posibilidades de ayudar a la rehabilitación de niños y adolescentes con trastornos de conducta o convalecientes de enfermedades. Piensa también que el acercamiento a los videojuegos y las películas es capaz de inducirles el interés por la lectura y acercarlos a la cultura por una vía aparentemente simple, pero que podría significar un aporte importante en su desarrollo intelectual, emocional y moral y en su vida futura. Aunque muchas personas que no comprenden crean que pierde el tiempo suyo y el ajeno en recortar muñequitos de papel, Jacniel está convencido de que ninguna labor de creación, por modesta que parezca, es inútil, y mucho menos que por tratarse de personajes de videojuegos se trate de algo insignificante o, como dicen algunos peyorativamente, “infantil”. Él sabe perfectamente que la fantasía también puede animar un reino de papel y hacerlo tan verídico y encarnador de valores deseables como si fuera humano. Él sabe que para quienes son sensibles a la poesía y la imaginación, no hay diferencia.

Dos cosas lo hacen sufrir. La primera: a sus veinticuatro serios y reflexivos años, Jacniel tiene un intenso deseo de acceder a tecnología adecuada que le permita conseguir patrones cada vez más complejos, y quisiera contar con una mayor comprensión entre quienes le rodean para que vean su labor como el respetable quehacer de un artesano artista y no como un mero entretenimiento que malgasta recursos estatales. La segunda: la fragilidad de sus creaciones, su impermanencia. Cualquier cosa puede afectarlas, estrujarlas, mojarlas y destruirlas para siempre. Ya le ha ocurrido con algunos personajes que ha logrado reparar con muchísimo amor y paciencia, pero otras figuras se han perdido para siempre. Le gustaría encontrar algún material que les diera más durabilidad, pero apenas si consigue papel. “Todo es muy precario”, dice.

Le pregunto qué haría si alguna vez llegara a no poder utilizar las computadoras a las que por ahora tiene acceso (él no posee una propia), o si la persona que hasta hoy le ha facilitado imprimir en color de repente no pudiera seguir apoyándolo. Jacniel no lo piensa, su respuesta es inmediata y firme: “Creo —sonríe convencido— que los haría de palo”.

Ahora mismo tengo sobre mi escritorio una de las figuras que generosamente donó Jacniel a los organizadores del Behíque 2009 para que fueran entregadas como parte de los premios y homenaje concedidos a personalidades y conferencistas. Es un guerrero de orejitas puntiagudas, túnica azul, escudo al brazo y una poderosa espada. De pie en pose de combate sobre una base de papel tan delicada como su cuerpecito, me hace pensar que pocas prendas morales son tan valiosas en un ser humano, especialmente en un joven, como la fuerza de una vocación y la firmeza de un carácter. Es posible que Jacniel Marrero encuentre aún muchas dificultades y obstáculos para seguir creando sus figuras, pero yo creo más posible que algún día, que no debiera demorar mucho en verdad, aparezca en su vida alguien, probablemente una institución con funcionarios inteligentes y sensibles, que comprenda el valor de su arte y le tienda una mano a este artista, posiblemente único en Cuba, para que pueda seguir poblando el mundo con sus hermosas ¡y tan vivas! criaturas de papel. No solo él, sino todos nosotros y la sociedad, lo merecemos.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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