EL LIBRO QUE ME HA VUELTO A HACER LLORAR

Tengo en mis manos el pequeño libro titulado Cuentos de payasos, escrito por un gran hombre, Erdwin Fernández, el rey de los clowns cubanos y uno de los mejores actores que ha habido en la isla en todos los tiempos. Mientras miro su rostro en la portada, con aquella gorrita de payaso y la expresión tiernísima que ningún niño de mi generación podría olvidar ni confundir, cierro los ojos y me veo a mí misma muchos años atrás, un domingo de invierno, sentada entre mis padres y mis abuelos en las gradas del Circo Nacional, sumida en uno de esos trances de los que solo un niño es capaz, y arrancando sin darme cuenta todos los pelitos del sueter de la señora que está sentada delante de mí. Tengo toda mi atención infantil clavada en la pista: el payaso Trompoloco está haciendo un número, y los aplausos son tan nutridos y tan fuertes que parece como si la enorme burbuja de la carpa fuera a reventar. Ahora, bajo el reclamo de los recuerdos, siento deseos de llorar. Yo amaba a Trompoloco con todo el fervor con que un niño puede idolatrar a un payaso especial. Esa clase de amor transcurre sin que los adultos conciban ni la más mínima sospecha, y cuando el padre severo pega a su hijo y el pequeño corre a mascullar por los rincones, nadie en la familia podría imaginar que el regañado está dando en voz baja sus quejas al payaso, quien, aunque no esté físicamente presente en ese hogar, tiene una casa en el alma de todos los niños del mundo.

Erdwin Fernández fue también un niño que quería pilotar aviones, y cuyo padre lo imaginaba ferroviario, pero los sueños cambian y un día abandonó su Camaguey natal para venir a La Habana, porque los grandes destinos emboscan a sus elegidos. En la capital se involucró con el grupo de teatro de su escuela secundaria, y una noche de debut, mientras suplía a uno de los actores en un papel para el que escasamente se había preparado, descubrió que su suerte estaba echada sin remedio. Su extraordinaria sensibilidad y su intuición le convencieron de que no deseaba para pasar su vida trazando planos en un hermoso despacho de arquitecto, y como dicen tantas novelas decimonónicas refiriéndose al paso del circo: aquel adolescente “se fue con los gitanos”.

Erdwin nunca se vio a sí mismo como un hombre de circo y menos aún como un payaso; tenía estudios superiores de Actuación y se consideraba un actor genérico que, entre los muchos personajes que era capaz de interpretar, había creado el de Trompoloco. Su vida actoral comenzó en el teatro y después continuó en la radio, la televisión y el cine. Estudió en México y Guatemala. Quería ser un actor de carácter. ¿El circo…? Pura casualidad. “Trompoloco —contó una vez en una entrevista— no lo compuse yo. En 1953 dialogué con un norteamericano que quería un espacio para acreditar un nombre comercial, su propósito era mantener el espacio por un año sin anuncios comerciales hasta que el niño hiciera suyo el nombre: Chiquilín, nombre de un muñeco que manejaba un ventrílocuo: Rafael Fábrica, que no era exactamente un ventrílocuo. El escenario era un barco, había un segundo a bordo que lo hacía Fernando Menéndez (narrador deportivo) y faltaba un tercer marinero que luego se convirtió en un payaso. De ahí que Trompoloco portara el atuendo de marinero”.

Su primera presentación como payaso fue, según él mismo la clasificara, un completo fracaso, tan sonado que mientras se encontraba actuando los niños, asustados, fueron abandonando el local. Después de este mal comienzo, Erdwin estudió catorce años para modelar su personaje. Era un actor sumamente profesional, pero además, no era ajeno al aspecto psicológico y filosófico de su trabajo. Sabía que un clown es un tipo muy especial de payaso, pues mientras el payaso tiene como eje de sus actuaciones la realización de trucos y habilidades, el clown tiene que desarrollar una caracterización, tener una personalidad perfectamente definida en función de algún tipo de sentimiento, de actitud ante la vida. De ello, el máximo exponente ha sido Chaplin. Las reflexiones de Erdwin y sus intensos estudios para crear a Trompoloco están reflejados en uno de los cuentos del libro, Los payasos hablan de payasos, y cuando lo leí encontré en esos fragmentos el tono profundo de los grandes tratados de actuación que se han escrito en el mundo:

“El trabajo de un clown es como un juego. Un juego en que la primera regla es la observación. El clown observa, analiza, busca ángulos humorísticos en los sucesos que ocurren a su alrededor. Después selecciona elementos de su observación y hace las parodias…” pero “La primera tarea de un clown es la elaboración de su personaje. El clown reúne detalles de los hombres que se mueven a su alrededor y selecciona los que le son útiles. Amalgama y compacta cualidades, defectos y características comunes a un grupo de hombres. Por último, le busca una máscara y una voz.”
Pero Erdwin, ser humano de una sensibilidad extraordinaria, no podía limitarse a perfeccionar una preceptiva y no se quedó dentro de sus límites, él fue mucho más allá, como solo los grandes logran crecer: “El problema —contaba en la misma entrevista— es que Trompoloco es un clown de cara blanca, y debe destacar en los sucesos que él cuenta todo el aspecto humano, de allí que se piense que el personaje es triste, pero en realidad, es tierno. La ternura es uno de los componentes humanos que aparece con más frecuencia en cualquiera de las historias que se cuentan y eran, justamente, las que destacaban. No creo que la canción “Di por qué”, casi convertida en un himno infantil, sea un tema triste, todo lo contrario, es tierno, y así es Trompoloco, dulce, travieso, risueño y tierno como cualquier niño”.
Como solo un genio puede hacer, Erdwin improvisaba en cada actuación. Cuando llegaba al lugar de trabajo nunca tenía nada predeterminado en su mente. Se miraba al espejo y se preguntaba cuál de entre todos sus personajes era él esa noche, hasta que se vestía con sus ropas de clown y se sentaba a pintarse la cara. Cuando terminaba la toilette y se colocaba la nariz grandota de Trompoloco la metamorfosis llegaba a su fin, y entonces, momento mágico, Erdwin Frenández desaparecía y Trompoloco tomaba su cuerpo y su alma. Por eso podía salir a escena y hablar a los niños de cosas pequeñas y cosas elevadas, pero siempre con aquella mirada suya y aquel gesto de inclinar la cabeza con timidez sobre el hombro, con aquel suave pudor de niño crecido que se siente desnudo en su cuerpo de adulto, como si lo hubiera robado a escondidas y ahora fueran a descubrirlo, porque le queda demasiado grande. Cada vez que yo lo veía actuar, ya fuera en la carpa o en la pantalla del televisor, sentía un dolor muy dulce dentro del pecho y pensaba, tristísima, que mi payaso estaba a punto de morirse, y cuando lo escuchaba cantar su canción Dí por qué, en la que se veía aún más frágil, casi como recubierto de plumón, aquella sensación crecía dentro de mí de un modo insoportable, y me desesperaba ante la imposibilidad de correr a salvarlo, pero, sobre todo, me hacía sufrir que él no supiera que yo estaba allí, dispuesta a los más tremendos sacrificios para protegerlo del mundo. Hoy sé que todos aquellos sentimientos que me dominaban mientras él actuaba se pueden resumir con una sola frase: el actor extraordinario ¡conmovía! Raro don. El día que lo vi en un espacio televisivo de entonces donde se adaptaban obras del teatro mundial, con su mano puesta sobre el hombro de una Consuelito Vidal joven y bella que como Yerma destrozada lloraba la sequedad de su vientre, fui incapaz de reconocer a mi payasito en aquel trigueño recio, atractivo y con unos ojos negros donde la pasión se derramaba como fuego. Mi madre me dijo: “Mira, ese es Trompoloco”, pero yo no le pude creer…
La brevedad propia de los espacios del periodismo digital me impide extenderme en un análisis de los restantes relatos del libro. Podría hacerlo y este trabajo quedaría como una reseña literaria más, pero prefiero hablar de un aspecto de la personalidad de Erdwin Fernández sobre el que algo he encontrado revolviendo archivos, pero que no me parece haya sido tratado hasta ahora con la debida atención: su ética artística, pero sobre todo, su ética humana.
En Cuentos de payasos no hay una página donde su autor no deje bien en alto los valores humanos de la gente de circo, a quienes llama “los grandes resistentes”. Con delicadeza y respeto evoca la solidaridad humana que suele imperar entre ese peculiar grupo de seres que vive y muere bajo las carpas, hermanado no pocas veces por la pobreza y las deformidades físicas, las frustraciones, la perdida de sueños, pero también por el espíritu tenaz que entrega lo mejor de sí en cada actuación y se levanta cada mañana con el mismo amor a la vida, aunque cada mañana la vida se levante con el mismo desamor hacia ellos que la noche anterior y todas las noches y días de sus vidas. Grandes virtudes humanas como la fuerza de una vocación, el respeto al trabajo, la tolerancia, la comprensión, la piedad, el valor, la tenacidad sin límites, la honestidad, y muchas otras, laten con entrañable fuerza en una prosa serena, melancólica, en ocasiones triste, pero siempre llena de la luz de la esperanza, de la confianza en el Hombre y de resonancias cercanas al espíritu más íntimo de la poesía.
Edwin no creía que la misión del payaso y el clown fuera solamente hacer reír. Él veía el humor como un vehículo para inducir a pensar: “Señalar que los “cabeza de huevo” hacen esto o lo otro, y que las personas se rían sentadas en sus casas, y digan: ¡eso es con otro! porque no interiorizan el mensaje, es una pérdida de tiempo. El humor no está obligado a ofrecer soluciones, el humor es para señalar, inquietar y que las soluciones las encuentren quienes tengan poder para hacerlo. Quienes hacemos humor tenemos en este momento cosas más importantes que rescatar: los valores eternos y universales del hombre, que casi los hemos perdido, la caballerosidad, la generosidad, la cortesía, el respeto, la honradez son valores humanos que han sobrevivido a todos los cataclismos del mundo y que tenemos que rescatar”.
Dejo aquí algunos datos sobre su larga carera. En 1959 se unió al Circo Nacional de Cuba y fue de gira por varios países latinoamericanos. En la década del 60 formó parte de Teatro Estudio dirigido por Raquel y Vicente Revuelta. En 1962 fundó y dirigió el programa infantil Amigo y sus amiguitos. Participó en 1964, junto a Consuelo Vidal y Sergio Corrieri en la antológica puesta televisiva de Yerma, con la dirección de Amaury Pérez García; y en 1967, es dirigido por Julio García Espinosa en el filme Las aventuras de Juan Quinquín, basado en la novela de Samuel Feijóo. En 1968, convencido de que su personaje Trompoloco lo estaba devorando como actor y como individuo, renunció a interpretarlo. Al final de su vida se dedicó a escribir.

Este es el humildísimo homenaje que, después de media existencia, rindo por fin a uno de los dioses de mi infancia.

Gina Picart

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s