¿NOS TOMAMOS UN CAFÉ EN LA HABANA…?

Días atrás un vecino me obsequió un paquete de café que me pareció excelente. Cuando le pregunté de dónde procedía, me dijo que era el café que se le vende por la libreta a la población de la provincia de Oriente, y que allí llaman “cafetín”. Este, en particular, venía de Baracoa, y era puro café cubano.

Tengo que decir, y lo hago con mucho orgullo, que es uno de los más sabrosos cafés que haya probado. No soy una experta, pero cafetera sí es un título que puedo reclamar con pleno derecho. Se me ocurrió pensar en tanta gente que, como yo, tiene pasión por el café sin conocer en realidad casi nada sobre la historia cubana de esta bebida universal.

Originaria de la costa africana del Mar Rojo, la planta viajó por todos los países árabes hasta llegar a las colonias francesas y holandesas del continente negro, donde la descubrieron los holandeses y los galos, quienes sucumbieron de inmediato a sus encantos, y los segundos se apresuraron a traerla a sus colonias caribeñas. De ahí a pisar tierra cubana no había más que un paso. La planta llamada Coffea Arabiga (título de un excelente documental que sobre el tema realizara el gran cineasta cubano Nicolás Guillén Landrián), llegó a Cuba a mediados del siglo XVIII, traída por el contador mayor José Antonio Gelabert, quien sembró las primeras semillas en 1748, en una finca habanera del Wajay, aunque se dice que como polvo para infusión ya era conocido y recetado en las farmacias de la isla. El éxito fue tal, que a fines del mismo siglo ya comenzábamos a exportar modestamente nuestro propio grano. Tras la catástrofe histórica de la revolución de Haití, con la emigración masiva de colonos franceses a las provincias orientales cubanas se inició el esplendor del negocio cafetalero en la Gran Antilla.

Mientras el Oriente y los macizos montañosos del Centro cubano se cubrieron de cafetales, los principales puertos de las provincias occidentales se dedicaron a comercializar café seco y descascarado. Mientras, los naturales del país, entonces poco dados al consumo de alcohol,se fueron convirtiendo en insaciables bebedores de café.

Ciclones, rebeliones de esclavos, el avance del cultivo cañero y la competencia del mercado cafetalero brasileño fueron algunas de las circunstancias históricas que favorecieron el desplazamiento de las haciendas cafetaleras hacia las provincias más occidentales de Cuba, fue así como la Sierra del Rosario y el sur habanero, especialmente la zona conocida como San Pedro de Quivicán, vieron nacer de su suelo feraz los bellos cafetales, mucho más aristocráticos y graciosos, y mucho menos cruentos que las haciendas y plantaciones azucareras. Guanabacoa, región de gran presencia de aborígenes y sus descendientes, no conserva restos de cafetales, y los libros de Historia niegan que ese cultivo se haya desarrollado en su territorio, sin embargo, investigaciones recientes y profundas han demostrado que la villa de Pepe Antonio llegó a contar, desde finales del siglo XIX con una de las mayores industrias dedicadas al tueste y beneficio del grano en nuestro país. En esa época ambos procedimientos se realizaban por medios manuales.

En La Habana, San Antonio de los Baños y Quivicán fueron las zonas donde se desarrolló el cultivo del café en la provincia. Probablemente las haciendas o cafetales de esta parte de la isla no hayan sido tan hermosas y con jardines tan encantadoras como las de estilo francés del Oriente cubano, y también parece desprenderse de los documentos existentes que en La Habana predominaron las haciendas de tamaño mediano y pequeñas, que podían manejar se fácilmente con menos de treinta esclavos. En San Antonio de los Baños la mayor parte de los caficultores eran franceses o descendientes de estos, mientras que en Quivicán eran cubanos y algunos españoles. Los cubanos generalmente poseían otras viviendas en la ciudad o los pueblos y pasaban temporadas fuera de sus cafetales; no así los extranjeros, que solían vivir todo el año en sus propiedades.

La primera casa del café del continente americano abrió sus puertas en la ciudad de Boston, Estados Unidos, en 1689; casi un siglo después, en 1762, fecha en que tuvo lugar la toma de La Habana por los ingleses, apareció la primera casa del café en nuestra capital. Estaba en La Habana Vieja y se llamaba Café Taberna. Hoy, remodelada por el Historiador de la Ciudad, abre sus puertas al público. Otras casas célebres y muy frecuentadas por las clases altas fueron El Café de los Franceses, El café de Copas, Escauriza, La Dominica, Marte y Belona, y otros establecimientos de menor notoriedad y clase. En ellas se ofrecía el habitual café servido en tazas finas, pero también otras variantes como el café con leche, el café mezclado con licores, acompañado siempre por una pastelería excelente que las damas, en especial, degustaban con entusiasmo.

Para que el lector tenga una idea de cómo era más o menos en su interior una casa de café, describiremos aquí el decorado del Gran Café Europa, situado en la esquina de Obispo y Aguiar. La iluminación de sus lámparas de gas abrillantaba un piso de grandes mosaicos blancos y negros que semejaba un tablero de ajedrez. Las mesas lucían manteles combinados con el forro adamascado de las sillas, todo en un estilo muy elegante. Esta instalación incluía servicios de hotel, posada y baños, y ofrecía a sus visitantes todas las comodidades. Otra casa célebre de la misma área era La Flor de Cuba, en laque además de su servicio de café, de excelente calidad (incluía la posibilidad de comprarlo en grano y molido), el cliente podía encontrar una buena oferta de frutas, ya fuera en conservas o servidas en frascos y latas.

Como todos los establecimientos públicos de larga estadía, también las casas de café fueron utilizadas por los conspiradores europeos y norteamericanos como lugares de reunión, y los habaneros no consttuyeron una excepción al respecto. La actividad debió ser considerable e inquietante para los gobiernos españoles de turno, porque en 1772 el entonces Capitán General dictó un bando que regulaba el funcionamiento de las casas de café y prohibía el juego en ellas. Cuenta al respecto el popular cronista habanero Ciro Bianchi Ross en su artículo titulado “¡Ay, Mamá Inés!”, publicado en el diario Juventud Rebelde:

En el café de Escauriza, en Prado esquina a San Rafael, ocurrió el 20 de febrero de 1844, la tragicómica batalla del ponche de leche. Era fiesta de carnal y los concrrentes a dicho establecimiento se negaron a acatar la orden del gobierno que dsponía el cierre del lugar a las 11.p.m.. Fernando Orreilly, alcalde tercero de la villa, no pudo imponer su autoridad aunque hizo detener a cinco de los que de la manera más exaltada protestaban contra la medida, y quedó en ridículo cuado uno de los parroquianos tomó el vaso de ponche de leche que saboreaba y se lo puso de sombrero, con lo que dejó al teniente alcalde, que vestía de negro, hecho una lástima. […] Pronto se enteró el Capitán General Leopoldo O Donnell de lo que ocurría en el Escauriza. Salió a caballo del Palacio, y seguido de numerosa escolta tomó la calle del Obispo y atravesó el Parque Central. Ya en el café, mandó a despejarlo mientras sus acompañantes rompían el mobiliario del establecimiento.

Por lo que puede colegirse de este fragmento tan ilustrativo, el café encendía la sangre de sus bebedores criollos y los exaltaba más allá de lo que constituía la medida habitual de sus naturalezas.

Por cierto, un dato muy interesante: aunque muchas personas crean que la costumbre de mezclar el café con polvo de chícharos es el resultado de las dificultades económicas y el embargo que sufre Cuba desde hace medio siglo, en realidad la idea no nació en Cuba, sino durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, cuando los soldados norteamericanos comenzaron a mezclar el café con achicoria y otras raíces pulverizadas, y también hay noticias de que en España lo molían y tostaban con garbanzos. Aún se conserva en todas las provincias de la isla, salvo en algunos lugares de Oriente, el hábito de moler el polvo de café con los chícharos pequeños y dorados, que al ser tostados expelen un olor desagradable y fuerte. Sin embargo, el cubano está tan acostumbrado al peculiar saborcito amargo que esta mezcla ofrece, que difícilmente se siente satisfecho cuando bebe café en otros países. Los cafeteros más empedernidos reniegan incluso de los excelentes cafés que pueden adquirirse en las tiendas y supermercados de la ciudad. Marcas reconocidas y de demanda internacional como Cubita, Serrano, Turquino e Indiana, de tueste oscuro y claro, al ser bebidas por algunos cubanos cuyo paladar ya está fatal y definitivamente identificado con el chícharo, les arrancan una mueca de frustración y estas palabras: “¡Esto sabe a aguaechirre!”.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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