EL VINO SALVÓ A LA HABANA

Por Gina Picart

El vino ha sido considerado a través de los tiempos como una bebida salvadora de la humanidad. Claro está, además de placentera, y no han faltado religiones, instituciones, leyes e individuos que también la hayan satanizado. Se sabe que contiene los ocho aminoácidos esenciales para la vida, que es un gran digestivo, que cura catarros y otras enfermedades y que es un increíble reconstituyente para los estados de convalecencia.

La Cuba colonial, que no fue nunca muy dada al alcohol, no lo fue tampoco al vino, aunque en las cenas familiares de sociedad se solía acompañar con una copita las comidas, y en los mesones donde acudía el pueblo llano se despachaba sin cortapisas, especialmente en las tabernas cercanas al puerto. Resabe que algunas familias conservaban caldos potentísimos en sus bodegas, pero solo los usaban para aliviar a los enfermos, y en dosis de cucharadas muy bien medidas.

Sin embargo, en una ocasión el vino salvó a la ciudad de La Habana.

Importantísimo puerto de mar y capital de la codiciada Perla de las Antillas, la tierra más hermosa que ojos humanos han visto, La Habana era presa constante de piratas, filibusteros y corsarios, ya que además de sus ventajas intrínsecas como enclave comercial, era punto de reabastecimiento y descarga de la flota de Indias. Se hacía, pues, necesario fortificarla y la Corona de España destinó desde muy temprano enormes sumas para tal fin.

En 1589 el ingeniero Juan Bautista Antonelli colocó la primera piedra en las obras del castillo de Los Tres Reyes del Morro, pero tres años después, producto de los malos manejos administrativos de los fondos aportados por España para esta construcción (sin excluir el robo disimulado de los doblones y de no pocos materiales), se terminó el presupuesto y Antonelli y sus cuadrillas de albañiles se vieron de repente a pie de obra y clamando al cielo.

Corría el año de 1591, siendo entonces Capitán General de la isla el señor Maldonado. Pensando y pensando, se le ocurrió enfrentar la situación del Morro cobrando un impuesto sobre el vino que se vendía en todas las tabernas que en ese entonces existían en la ciudad. Si se piensa en la condición de puerto de mar de la capital de Cuba, y de que solo en la línea del puerto marinos de todas partes bebían como condenados día y noche mientras sus naos permanecían fondeadas, hay que calcular que lo recaudado no era poco y la medida fue sabia. Un solo dato bastaría para sustentarla: había entonces en La Habana más de ¡ochenta tabernas!*, en un país cuya población total era escacísima. Ello prueba que aunque las clases altas no fueran adictas al alcohol y los marinos foráneos bebieran mucho, el pueblo llano de La Habana se las había muy bien con Baco.

Fue así como el venerable Antonelli, el Capitán General Maldonado, La Habana, la isla de Cuba y todo el imperio español contrajeron una impagable deuda con los adictos al fruto de la vid y los angelicales taberneros que pagaron sis chistar lo reclamado para tan buena obra.

*Si alguien quiere protestar por esta cifra, que se dirija a Héctor Zumbado, de quien tomé la información. Soy inocente de cualquier hipérbole.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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