AURORITA EN LA HABANA A LA HORA DE LOS MAMEYES

Crónica de la toma de La Habana por los ingleses

(Parte I)

Dedicado con mucho cariño y como regalo doble de cumpleaños a la señora Aurorita y a su hija Lourdes Quintela, mis amigas

Aurorita Ricaud de Tirgale había llegado a La Habana en 1762, acompañando a sus hermanos Francisco y Baltasar, ingenieros militares de gran prestigio, designados por el Rey de España como miembros de la comitiva del nuevo Capitán General de la Isla de Cuba, don Juan de Prado y Portocarrero. Arrancada contra su voluntad de su hermosa mansión francesa, Aurorita estaba cumpliendo sus dieciocho años enfurruñada y triste, y ni el corpiño de raso color púrpura ni los zapatos de tafilete, coquetos y escotados y con altísimo tacón, obsequiados por sus hermanos, habían logrado mejorarle el ánimo. Llovía en la ciudad que ella odiaba por fangosa, por húmeda, y por estar siempre llenas sus calles de gente vocinglera, gente española de muy mal gusto para vestir, y de negros y negras semidesnudos que lo miraban todo con aquellos ojazos salvajes y curiosos que tanto la asustaban. ¿De qué le valía tener aquella fina ropa nueva si no podía salir? Por lo menos tendría que esperar un par de días a ver si el sol secaba los fanguizales antes de atreverse a dar un paso. Si salía ahora resbalaría, o peor, sería atropellada por una calesa o por un rebaño de vacas. La Habana enlodada, con sus callejas estrechas, era un lugar muy peligroso para cualquiera, pero más para una muchacha tan joven y delicada, y aún más porque ya todos sabían ciertas las noticias de que una flota inglesa había zarpado de Portsmouth bajo el mando de lord George Keppel, tercer conde de Albemarle, y se dirigía hacia las Antillas para atacar a Cuba.

Los tres hermanos almorzaban sentados a una mesa modesta. Aurorita echaba de menos la vajilla de plata y los manteles de encaje a que estaba acostumbrada, pero tenía que conformarse con la cerámica de los indios de Guanabacoa, y con esos feos platos de peltre que daban tan mal sabor a la comida. Hubiera preferido las escudillas de barro que usaban los negros, pero Baltasar no transigía en ese punto: ya era bastante desagradable, decía, mirar los porrones y cántaros, las ollas y demás útiles de cocina con aquellos dibujos tosquísimos hechos por los indios guanabacoenses, para tener también que encontrarse con aquellos garabatos cuando se fueran comiendo la comida y empezara a asomar el fondo de los platos. Así que mientras sus hermanos hablaban entre ellos de cosas de hombres, Aurorita, ensimismada, partía su torta de casabe una y otra vez. No tenían pan de harina de trigo, porque era cara y Baltasar tacaño, amén de que los dos hermanos no recibían buena paga. Hubiérase dicho que la joven estaba distraída, pero en realidad no perdía una sílaba de la conversación de los varones, tratando de averiguar si habría guerra y si la familia podría volver pronto a Francia.

Francisco y Baltasar eran muy comedidos y de pocas palabras, pero cuando estaban en la intimidad de su hogar se les soltaba la lengua y todo eran críticas severas para el Capitán General, quien se negaba a reparar la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, tarea especialísima que el Rey Carlos III le había encomendado y para ayudar en la cual los dos ingenieros estaban destacados en La Habana. Según ellos, Prado dedicaba su atención a otras obras de mucha menor importancia, aunque siendo como era un militar de carrera, los hermanos no podían creer que no entendiera la suprema importancia que tenía aquella fortaleza para la defensa de la ciudad. “La Habana es un bocado de cardenal para los piratas”, decía Francisco con la boca llena, pues en casa descuidaba sus modales. “Por eso vienen los ingleses”, asentía Baltasar bebiendo de su vaso con el meñique ligeramente alzado, “que no son más que piratas con licencia real y nada más”. “Bueno”, arguía Francisco, “pero y qué son estos de Cuba sino corsarios y contrabandistas impenitentes…”. Aurorita levantó los ojos de su plato para preguntar: “¿Por fin van a venir los ingleses?”. Baltasar se encogió de hombros y movió la cabeza como si bailara: “Pues a la tercera va la vencida, hermanita, y ya han tratado dos veces de tomar La Habana”. “Con Prado al mando”, rezongó Francisco, “esta vez seguro que lo logran”. “Me pregunto”, agregó Francisco, “qué hace este viejo loco reformando la artillería de los castillos de Jagua y Matanzas, de los torreones de Bacuranao y la Chorrera, jugando en las baterías de la caleta de San Lázaro y en la rada de Batabanó, cuando es La Cabaña, ¡La Cabaña! lo que tendría que reparar el muy necio español”, y para dar énfasis a sus palabras aporreó la mesa con un golpe de puño. El vino se derramó, y al seguir con la mirada de sus ojos azules la mancha que iba esparciéndose sobre el mantel de lienzo, los pensamientos de Aurorita volvieron a las torrenteras de agua lodosa que inundaban las callejas habaneras.

¡Maldita lluvia! Pensó Aurorita. A ella le encantaba pasear, una de las pocas distracciones que existían en aquella capital colonial. No era especialmente religiosa y asistir a misa la aburría enormemente, pero salir en calesa por las amplias calzadas que conducían a las estancias campestres sí que le gustaba, y encontraba más bonita la de San Antonio Chiquito, aunque el verdor y la monotonía del paisaje en ocasiones la adormecían. Y disfrutaba las fiestas. Cuando se declaraba fiesta pública, la del Corpus u otras de menos envergadura, todos los vecinos tenían que colocar de noche en sus puertas y balcones muchas luminarias, linternas y luces, y adornaban los exteriores de sus casas con colgaduras y cortinas que prestaban su vivo colorido a los edificios. Al habitual tañido de campanas a que eran tan adictos los habaneros se unían en fecha de celebraciones las salvas de artillería y fusiles y la música militar de la guarnición. Todas las fiestas duraban tres días e incluían una procesión y el Te Deum. En las fiestas que celebraban casamientos de reyes y príncipes participaban todos los vecinos con sus máscaras y sus llamados gigantes y griegos, enormes y grotescos muñecones de tela y armazón de madera, en cuyas facciones toscamente pintadas los habaneros solían retratar algunas veces a personajes de la política y la administración que no gozaban de la simpatía del pueblo. Generalmente el programa incluía el juego de cañas y las corridas de toros y terminaba con misa y sermón. Aunque Aurorita no lo confesara a sus hermanos, uno de los mayores atractivos que tenían para ella las fiestas era que podía contemplar a sus anchas a los soldados gallardos en sus vistosos uniformes, y a los pícaros e inteligentes estudiantes del seminario de San Carlos y San Ambrosio, nada parcos en envolver con sus miradas fogosas a las muchachas bonitas.

También le placía mucho acompañar a sus hermanos al puerto, donde los marineros y pescadores españoles y criollos, dirigían a los negros en la carga y descarga de los buques. Los esclavos, siempre semidesnudos, se dividían en muchas etnias: congos, carabalíes, jolofes, minas, y muchos de ellos tenían hermosos cuerpos varoniles. Había también indios cubanos, de Campeche, de la meseta del Anahuac, del norte de México y hasta de la Florida. Entre los blancos, aparte del núcleo principal de los españoles podrían encontrarse, avecindados o como prisioneros, a portugueses, ingleses, franceses, holandeses, estos últimos con suerte varia, porque si en ocasiones se les permitía ejercer sus oficios, eran perseguidos y hasta mandados a colgar sin miramientos por vengar algún agravio a las armas españolas, como ocurrió en 1667. También le gustaba a la inquieta francesita recorrer la calle de los mercaderes, donde se aposentaban los tenderos y comerciantes con sus almacenes de puertas abiertas al comprador de tejidos europeos y de víveres ultramarinos llegados con la flota, o en los navíos de Veracruz o en los buque de contrabando que recalaban en Cabañas, Matanzas, Batabanó y hasta en el propio puerto habanero. Otra calle, la de los Oficios, alojaba las escribanías, que estaban próximas al centro administrativo del Gobierno y de la Justicia

Aunque La Habana carecía en esa época de alumbrado público y era muy oscura, de noche no se volvía menos intenso el tráfico de sus pobladores. El toque de Ánimas se daba entre las seis y las siete, y después quedaban dos horas más de libre tránsito por las calles. A las nueve se cerraban los establecimientos, aunque muchos de ellos tenían ventanillos para el expendio de mercancías. Al que salía por las noches, ya fuera a pie o en calesa, se le exigía llevar una luz y justificar el motivo de su salida., Después de las nueve no se podía ir a jugar ni a beber en mesones ni pulperías porque no estaba autorizado. Los Alguaciles de Noche y comisarios de barrio perseguían a los transgresores y les imponían penas que iban desde multas hasta presidio, pero… ¿quién se atrevería a molestar a los ingenieros del Rey, especialmente si regresaban con su hermanita de tomar chocolate en la casa del Obispo Morel de Santa Cruz?

Cuando no llovía, Aurorita gustaba de imaginarse La Habana como un pequeño y delicado huevo de Pascua, y temía en secreto que todo aquel precario mundo se quebrara con el ataque de los ingleses, enemigos tradicionales de Francia. Los ingleses eran para ella peores que el Diablo, puesto que el Diablo solo la agarraría si ella fallaba en el ejercicio de la virtud, mientras que los ingleses estaban completamente fuera de su control. Sin embargo, según había oído comentar a sus hermanos, no todo el mundo en La Habana compartía sus temores ante una posible invasión británica, y eran muchos los que la deseaban ardientemente. Baltasar decía que los mismos españoles tenían la culpa, porque no sabían tratar con los criollos, no solo porque los tenían perpetuamente expulsados de todo cargo político y no les permitían participar en el gobierno del país, sino porque les querían reprimir a los nativos lo que más les interesaba hacer, que era el comercio en total libertad y a gran escala, y como no se les dejaba, habían desarrollado una incontenible vocación de corsarios y contrabandistas, puesto que lo llevaban en la sangre por ser raza fundada por presidiarios y pícaros vagabundos, recogidos por el Almirante en las prisiones y calles de Palos de Moguer. Ya en 1606 el juez Manso de Contreras, enviado por el Rey a La Habana para instruir una célebre causa por contrabando, decía literalmente a la Audiencia de Cuba: La gente de Cuba son los más desleales y rebeldes vasallos que ha tenido rey ni príncipe en el mundo, y si estuviera entre ellos Vuesa Señoría le venderían por tres varas de ruán“. Sobre la población habanera se quejaba: “La gente de La Habana es de un natural inícuo, y son muy pocos los bien intencionados aunque hoy los tengo a todos bien ajustados y en brida…”. Y Fernández de Córdoba, otro alto funcionario español, aseguraba: “La naturaleza de la gente que puebla esta ciudad es tan opuesta a todo lo que se les manda y están tan hechos a su libertad que todo cuesta no poca dificultad con ellos”. Baltasar contaba todo esto imitando grotescamente el seseo de los españoles y torciendo un ojo como si fuera bizco, lo cual hasta los mismos españoles, le reían porque lo hacía con mucha gracia.

Aurorita sabía que los criollos de título y fortuna tenían en sus manos el Cabildo habanero, pues la Corona no los excluía del poder municipal, pero si bien esta institución había sido fuerte en otros tiempos, la llegada al trono español de los Borbones y su imposición en las colonias de gobiernos de mano dura habían reducido considerablemente su importancia en La Habana, haciéndole perder el poder que había tenido para mercedar tierras, lo que, según Baltasar, siempre tan mal diciente, lo dejaba convertido en poco menos que un emporio de figurones que pasaban el tiempo reunidos papando moscas.

. También era cierto que se habían abierto muchas posibilidades a la participación de los naturales del país en la vida militar, y que un número considerable de plazas de soldados y clases de las milicias estaban ahora ocupadas por pardos y morenos libres organizados en batallones, y hasta había batallones de esclavos, pero la gente pobre era reclutada mediante leva forzosa y esto provocaba no pocos estallidos de violencia entre la población, que se agitaba como mar de fondo desde la rebelión de los vegueros.

Los vegueros reclamaban sus derechos contra ciertas disposiciones del entonces Capitán General de la Isla. Sintiéndose perjudicados en sus asuntos y ganancias por causa de las disposiciones Reales, los honrados vegueros acudieron al Cabildo de La Hababa en busca de apoyo a sus demandas, pero el Cabildo, ya muy debilitado, no pudo imponer justicia. Los vegueros de San Miguel del Padrón y Guanabacoa comenzaron a adoptar represalias contra los de Santiago de las Vegas, quienes sí habían aceptado las medidas ordenadas por el Rey, y sitiaron la capital cortándole el suministro de agua y alimentos. España aceptó hacer algunas concesiones y la situación volvió a la normalidad, pero pronto los vegueros, inconformes con el sistema de pagos de la Metrópoli, se alzaron de nuevo. En 1723 los vegueros de San Miguel del Padrón, Jesús del Monte y Guanabacoa comenzaron a destruir sus sembrados en señal de protesta, y como los de Bejucal y Santiago de las Vegas no siguieron su ejemplo, los otros los amenazaron y decidieron marchar sobre Santiago de las Vegas y destruir los campos de tabaco de esa villa. Las autoridades españolas les salieron al encuentro, y como los vegueros, desorganizados, pero armados, abrieran fuego, los ametrallaron, y días después ahorcaron a los cautivos en Jesús del Monte sin instrucción criminal. La Habana supo que aunque el Rey reprendió públicamente al Capitán General, le premió sus servicios con un cargo de mayor importancia, y que el verdugo que ahorcó a los vegueros fue ascendido a Yucatán. Desde entonces la Corona jugaba un doble juego, dando razón por Real Cédula a las quejas del Cabildo habanero contra los Capitanes Generales, mientras impulsaba en Ordenanzas secretas el comportamiento represor de los Capitanes Generales contra la población, que el propio Rey les había instruido.

Es fácil darse cuenta de que con aquellos truenos que aún amenazaban tormenta, decía Baltasar, la reciente aprobación por parte de La Corona para el cobro de la alcabala con sus regulaciones respectivas de la actividad económica, verdaderos grilletes a la índole emprendedora y negociante de los habaneros, el malestar popular alcanzaba cuotas significativas, y la aristocracia y los altos funcionarios españoles temían más que nunca a sus esclavos y al paisanaje violento y agresivo que habitaba más allá de las murallas, en los barrios pobres y en las haciendas cercanas a la capital, donde se había aliado con los palenques de cimarrones, cada vez más numerosos, que ocupaban grandes zonas aledañas a la capital. Nadie había olvidado cómo en 1736 el esclavo criollo Miguel Barrera había sublevado a la dotación del ingenio San Hipólito y quemado los cañaverales de su amo, el contador Juan de la Barrera. El ajusticiamiento del trasgresor no impidió que otros esclavos siguieran sublevándose. Así que en 1762 la sociedad de La Habana se debatía entre el temor y la rabia. Quizás por eso, para muchos, los ingleses fueran algo así como una especie de puerta para escapar del férreo gollete peninsular. Aurorita no se contaba entre quienes pensaban así, pero podía comprenderlos y no los juzgaba.

Cansada de contemplar la lluvia por sobre la mesa aún sin retirar, subió al segundo piso de la vivienda de tapia y tejas que ocupaba con sus hermanos, y se acostó en su cama de caoba, bastidor de cuero y colchón rellenado con lana, pensando que eran buenos aquellos muebles del país aunque no fueran lindos ni refinados, y que por muy mal que se sintiera en La Habana, peor estarían siempre los que tenían que dormir con los cueros directamente colocados sobre el suelo. “Mañana será otro día”, se dijo en francés y en voz baja, “y tal vez los ingleses no vengan nunca…”.

En el comedor, Francisco y Baltasar, calculando que las calles estarían inundadas hasta el amanecer, y mohínos porque la lluvia los obligaba a desistir de las correrías nocturnas que se habían prometido con fruición, se disponían también a irse a dormir cuando un soldado sudoroso y asustado les trajo recado de que se presentaran de inmediato en la guarnición, porque los vigías de El Morro habían avistado una flota, y aunque el Gobernador Prado sostenía que se trataba del acostumbrado convoy de Jamaica, nadie en La Habana era bobo: el supuesto convoy había aparecido por Barlovento, cuando todo el mundo sabía de memoria que ese era, ¡precisamente!, el rumbo opuesto por el que debía avistarse dicha formación. Francisco y Baltasar se miraron un instante en silencio, pero enseguida se armaron y abandonaron la casa sin despedirse de Aurorita, quien arriba, bien arropada y cómoda, ya comenzaba a deslizarse por los costados del sueño. No querían intranquilizarla sin antes estar seguros de que la pesadilla de los ingleses estaba a punto de hacerse realidad.

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s