AURORITA EN LA HABANA A LA HORA DE LOS MAMEYES (Parte II)

Crónica de la toma de La Habana por los ingleses

(Parte II)

La importancia de la ciudad de La Habana como puerto de mar ha dado lugar en todos los tiempos a mucha descripción, pero me parecen suficientes estas palabras dichas por el caballero español don Pedro de Arana al Virrey de México, cuando le solicitaba ayuda para que la isla de Cuba pudiera enfrentarse al ataque de Francis Drake,famoso pirata inglés violento y cruel, quien se proponía atacarla: De Cuba depende el despacho Avio y seguridad desta nueua España y de los reynos del piru y de todas las demas yslas delas yndias Por ser aquella la escala donde las flotas de todas partes acuden y se Juntan y se Proveen y reciben y entienden La Orden que su mag da y de donde se abissa Lo que conviene a todas partes. Solo para tener una idea de la riqueza e importancia de la condición portuaria de La Habana, bastará con decir que esta villa era el centro distribuidor de todos los productos provenientes de Asia, que desde el comienzo del tráfico con Filipinas, vía Acapulco, los recibía legal e ilegalmente de Veracruz.

Pero Francis Drake se limitó a desfilar ante la boca del puerto habanero e intercambiar unos pocos disparos con las baterías de El Morro y La Punta, y se fue a fondear a Bacuranao siguiendo, al parecer, consejo de un indio cubano que le servía de práctico. Finalmente Drake regresó a Europa asaltando a su paso Matanzas, donde se limitó a saquear un poco. En junio de 1703 apareció ante La Habana una escuadra de treinta y cinco buques ingleses, pero ante la movilización de las milicias habaneras, imitó a Drake y siguió su rumbo sin atreverse a más. En 1726 España entró en guerra con Inglaterra, y solo un año más tarde ya estaba otra vez ante La Habana el almirante Hossier comandando una gruesa escuadra con la que se proponía tomar la ciudad. Estuvo fondeado en aguas cubanas poco menos de una semana, pero en ese intervalo se le desató a bordo una epidemia que se llevó a gran parte de sus hombres y a él mismo le costó al vida. Pero el propósito inglés de zamparse a la Perla de la Corona de España no se disolvía, y en 1740 el almirante Vernon, con una ecuadra de 57 buques, se paseó durante más de dos meses entre Matanzas y Bahía Honda, y durante ese tiempo hizo varios intentos de desembarco, todos rechazados por las tropas cubanas. Poco después de 1744, un alto funcionario del Gobierno inglés escribía: “Si la Corona de Inglaterra pudiera adueñarse de la Isla de Cuba, esa llave de toda la América, ningún hombre inteligente podría negar que la Gran Bretaña, en ese caso, puede apoderarse de todo el comercio español.

A partir del intento de Vernon, el Astillero de La Habana intensificó sus trabajos de construcción de barcos para dotar a la ciudad de una flota capaz de defenderla. Aquí hay que decir, porque después será necesario recordarlo, que las naves construidas en Cuba tenían mayor calidad que las de cualquier otra parte del mundo, debido a que se usaban en ellas maderas del país como el cedro, el roble y, especialmente, nuestra excelente caoba. Si las naves europeas duraban un promedio de quince años en uso y buen estado, las cubanas les doblaban el tiempo de utilidad. Entre 1740 y 1747 fueron fabricados en los astilleros del Arsenal de La Habana nueve navíos y una fragata, y en aquel último año se encontraban ya muy adelantados los navíos Fénix y Rayo, cada uno de ochenta cañones, que fueron botados al agua al año siguiente.

Como demuestra todo lo anterior, la toma de La Habana por los ingleses no salió de la nada, sino que tuvo muchos precedentes, y la consecuencia de tanta británica insistencia fue, en primera instancia, que la ciudad se convirtió en una plaza perfectamente defendida, con tres grandes fortalezas que custodiaban el acceso a su puerto por mar, y otras más pequeñas que vigilaban otros posibles accesos desde puntos vulnerables de la costa. El resto del territorio que podía conducir a ella estaba cubierto de ciénagas como la del Demajagual, de pantanos, de bosques, y de marabuzales y manglares como el que ocupaba los terrenos donde hoy se alza El Vedado. La Habana contaba, también, con regimientos regulares venidos de España y con milicias de criollos blancos, mulatos y negros perfectamente organizados y entrenados que podían movilizarse con facilidad en caso de ataque. También recibía abastecimientos y pertrechos militares de la Metrópoli, y tenía armerías bien instaladas en su recinto y fuera de él, capaces de producir armas de buena calidad con su correspondiente parque. Podía contar con el apoyo irrestricto de los Gobernadores de Santiago de Cuba, que le estaban subordinados, y con tropas de cualquier parte de la isla. Por si fuera poco, el año en que los ingleses finalmente se presentaron con intenciones de quedarse, estaban fondeados en el puerto los navíos Neptuno, Reyna, Africa, América, Europa e Infante, todos de sesenta y setenta cañones; las fragatas Flora, Ventura, Tetis y el paquebot Marte, a las cuales se incorporaron después la fragata Venganza y la urca Fénix., a todos los cuales hay que sumar los que trajo de España especialmente para la ocasión el marqués del Real Transporte, y que fueron Tigre, Aquilón, Soberano, Vencedor y Asia.

Sin embargo, a pesar de ser una plaza tan bien defendida y fortificada que ya había paralizado unos cuantos intentos ingleses de hacerse con ella, el Capitán General y Gobernador de la Isla, don Juan de Prado Portocarrero al parecer albergaba en su fuero interno otros pensamientos, pues Albemarle no cayó de la nada sobre la ciudad, sino que fueron muchas las noticias que le precedieron, de las que Prado, deliberadamente, no hizo ningún caso.

Además de soslayar la fortificación de la loma de La Cabaña, vital para la defensa de la ciudad, como tan bien sabían Francisco y Baltasar y todo el pueblo de la isla, incurrió en otros olvidos y omisiones, cuando no en negativa cerrada para desconocer el peligro inminente que se cernía sobre la villa. Al menos dos capitanes de navío, procedentes uno de Veracruz y otro de España, trajeron cartas donde se notificaba al Gobernador de Cuba el ataque inminente de la flota inglesa. Uno de ellos, don Diego Antonio Galiano, que se había batido bravamente contra los ingleses, logró salvar su documentación simulándola bajo sus vestidos, y a pesar de haber sido capturado por los ingleses en Jamaica la conservó y, tras escapar de aquella isla, la trajo hasta Santiago de Cuba, cuyo Gobernador la envió sin pérdida de tiempo a Prado.

En octubre de 1761 España envió a Santiago de Cuba el navío Galicia, que traía a bordo el regimiento de dragones de Edimburgo y abundantes pertrechos para la guerra. El 21 de mayo de 1762 llegó a La Habana, procedente de Jamaica, el santiaguero don Martín de Arana, distinguido contrabandista (recuérdese que este oficio era considerado en la Isla como un más, si no el más importante de todos los que en ella había), quien había visto a su paso por aquella tierra los preparativos de la expedición invasora inglesa. Los mercaderes judíos de Kingston con quienes tenía tratos le confirmaron sus sospechas y le facilitaron en secreto abundantes pruebas de las intenciones de Inglaterra. Arana sobornó al patrón de un bergantín contrabandista que se dirigía a Honduras para que lo desembarcara en Cabo Corrientes, desde donde, pidiendo caballos, comida y socorro a todos aquellos con quienes topaba, logró llegar a La Habana medio muerto de insolación y cubierto de heridas, y se presentó en ese estado en el castillo de La Fuerza, donde anunció que traía importantes nuevas al Gobernador. Prado no quiso recibirlo. García Caro, secretario de Prado, se encargó de él y lo trató de pícaro y embustero, sin hacer caso del lamentable estado en que se encontraba. Arana a duras penas logró que no se le encerrara en la cárcel de la fortaleza. Por muy inexplicable que parezca, el Gobernador y Capitán General de la isla de Cuba hizo oídos sordos a todo intento por poner en aviso a La Habana, y hasta el último minuto continuó negando tenazmente lo que ya era más que evidente. Su última hazaña tuvo lugar mientras contemplaba desde El Morro la llegada de la flota inglesa, y aún cuando todos comprendieron de inmediato lo que aquello significaba, él continuaba porfiando que se trataba de otra cosa. Una hora después del avistamiento, cuando los ingenieros Francisco y Baltasar se reunieron con él en la torre de El Morro, aún Prado desestimaba lo que tenían frente a los ojos.

La Habana contaba entonces con unas cincuenta mil almas. Según afirma el historiador Cesar García del Pino: “Salvo por la falta de fortificación de la loma de La Cabaña. La Habana estaba bien protegida. La boca del puerto se hallaba defendida por El Morro y La Punta, cuyos fuegos se cruzaban, y en caso de peligro se cerraba el acceso a él con una gruesa cadena. Por tierra la ciudad estaba protegida por una muralla que se extendía de mar a mar, desde la margen interior de la bahía hasta cerca del castillo de La Punta”, fortaleza que se encontraba en buen estado con todas sus puertas, garitas y baluartes. La guarnición de la ciudad estaba formada por el regimiento Fijo de La Habana, compuesto por cuatro batallones, cada uno con seis compañías de oficiales y granaderos, y el regimiento de Dragones de La Habana, con cuatro compañías. Completaba la tropa regular una compañía de artillería. Pero el verdadero nervio de las defensas del país eran las milicias, formadas por combatientes veteranos. Las de intramuros contaban con treinta compañías: doce de blancos, diez de pardos y nueve de morenos, en total tres mil doscientos hombres bien preparados y con experiencia en las armas. Y con los habitantes de los barrios pobres extramuros se habían formado un batallón de cinco compañías con más de cuatrocientos efectivos Prado disponía también de las compañías montadas de Jesús del Monte, Santiago de las Vegas, Calvario y San Miguel del Padrón, y las milicias de la villa de Guanabacoa. El Capitán General sabía que todas aquellas tropas oficiales se verían aumentadas en caso necesario con una incontable cantidad de guajiros venidos del interior de La Habana y del resto de la isla, diestros jinetes, muy bien armados e insuperables en el manejo de los machetes llamados quimbos, con los que practicaban un doble golpe, llamado “chaleco” que dividía a un hombre en cuatro pedazos en menos de un pestañazo.

Es preciso detenerse aquí para analizar lo que pensaban los hermanos de Aurorita sobre las tropas que se enfrentarían a los ingleses. Muchos historiadores han escrito hermosas páginas sobre el patriotismo de los habaneros; otros han señalado que España, por mediación de los religiosos que tenía destacados en la Isla, explotó abundantemente el antagonismo religioso entre el catolicismo español y el protestantismo inglés. Francisco y Baltasar, quienes habían observado mucho a los habaneros desde que se instalaran en la ciudad, estaban convencidos de que no existía entre ellos un claro sentimiento que pudiera llamarse patriotismo, puesto que muchos eran españoles y la Isla no había desarrollado todavía una conciencia de nación; a lo sumo la población se consideraba criolla, que es lo mismo que decir españoles de Cuba (o de Jamaica, o de La Florida o de cualquier parte del Imperio, pero españoles al fin). Francisco y Baltasar, hombres de armas a quienes el estudio había tornado algo cínicos, estaban seguros de que los habaneros se interesaban, en primer lugar, por las fabulosas condiciones que su ciudad tenía para el comercio; y en segundo lugar, habían heredado de su Madre Patria un puntilloso sentimiento del honor. Francisco y Baltasar sabían que los criollos no amaban particularmente a sus amos españoles y en más de una ocasión habían oído por las calles exclamaciones en favor de los ingleses, o de quien fuera que viniera a librarlos de tanta preceptiva y prohibiciones para comerciar y para adquirir esclavos. Y probablemente los dos hermanos eran también, en ese momento, de las pocas personas que estaban al tanto de que desde su llagada a La Habana y toma de posesión de su cargo de Capitán General, Prado había estado enviando a La Corona informaciones falsas sobre la marcha de los trabajos de fortificación que él llevaba a cabo en la villa, y que su secretario había instalado a un misterioso catalán en estancias cercanas de Guanabacoa, y le mantenía oculto allí sin que se supiera con qué fines.

La expedición inglesa que venía contra La Habana zarpó de Portsmouth el 5 de marzo de 1762. Constaba de cinco navíos, treinta transportes con cuatro mil hombres, diecinueve buques con suministros y ocho con artillería. La comandaba el tercer conde de Albemarle, uno de los mejores almirantes ingleses de la época. Sus tropas regulares excedían los doce mil hombres, sin contar la infantería de marina que guarnecía los buques de guerra. También traía consigo cuatro mil negros de Jamaica y un número considerable de milicias norteamericanas entre cuyos integrantes había indios iroqueses.

Mientras Prado se encontraba en El Morro negando, catalejo al hombro, que la escuadra avistada fuera la de Inglaterra, en la villa el Teniente-Rey don Dionisio Soler había ordenado a los hombres ponerse sobre las armas. Cuando Prado lo supo dio una contraorden y envió a todos a sus cuarteles, pero al medio día, ante un aviso dado por los vigías de El Morro de que los navíos invasores se aprestaban a desembarcar tropas en la costa, mandó tocar la alarma. ¡Por fin!

Lo segundo que hizo Prado, y solo entonces, fue reunir una Junta de Guerra que arrancó carcajadas a Baltasar, nombrado miembro de ella, porque, según contó a su hermano, todos sus integrantes estaban a punto de perder los dientes de puro vejetes. Desdentados o no, lo cierto es que esta triste Junta probó su ineficacia desde un inicio, porque todas sus decisiones estuvieron siempre más dirigidas a perder la villa que a salvarla (Baltasar, en su calidad de súbdito francés, se guardó muy bien de llevar la contraria a los pusilánimes españoles y desde el principio se limitó a asentir, convencido de que su opinión sería crónicamente desoída). Entre las primeras tardías y patéticas disposiciones que tomó el coro de altivos nobles envejecidos estuvo la de posesionarse de la altura frente al castillo de La Fuerza para instalar en ella artillería que enfilara los caminos y veredas que hasta allí conducían; la segunda disposición consistió en inventarse una epidemia de fiebre amarilla con la que intentaron hacer creer a La Corona que habían perdido una enorme cantidad de soldados. Epidemias siempre se podían encontrar en La Habana de entonces, que bebía descuidadamente el agua envenenada de la Zanja Real, pero ellos exageraron esta como quien prepara el parche para ponerlo antes que salga el grano. Para ese entonces, Francisco y Baltasar ya habían mandado avisar a su hermana para que empacara sus cosas y se dispusiera a partir, en compañía de unas esclavas, rumbo a Santiago de Cuba. Ellos, desde el principio, dieron La Habana por perdida.

El día siete los ingleses atacaron los castillejos de Cojímar y Bacuranao para poder desembarcar sus tropas en tierra cubana. Acudieron a defender Bacuranao las compañías de granaderos y las de pardos y morenos de Guanabacoa, cuyo batallón marchó a defender Cojímar. Los guanabacoenses estaban bajo el mando del Regidor Alcalde Mayor Provincial de esa villa, don José Antonio Gómez, el celebérrimo Pepe Antonio. Estas tropas conjuntas consiguieron rechazar dos intentos de desembarco de los ingleses, pero estos, protegidos por su abundante fuego, al final consiguieron poner en tierra once mil hombres. Una mala maniobra militar llevada a cabo por el nebuloso Secretario Caro tuvo dos inmediatas consecuencias: los ingleses ocuparon inmediatamente Guanabacoa y Pepe Antonio decidió abandonar las tácticas europeas de la guerra para sustituirlas por la guerra de guerrillas, más adecuada a la geografía, clima e idiosincrasia de los naturales del país.

La Junta, compulsada por la vertiginosidad con que se estaban desarrollando los acontecimientos, volvió a reunirse para tomar el más funesto de todos sus acuerdos, si es que acaso no hubieran sido tantos que se dificultara la distinción de uno solo: cerrar la boca del puerto echando a pique los navíos Neptuno y África, y en adelante los que fueren necesarios. A Baltasar esto le pareció un suicidio, pues equivalía a encerrar la flota con que contaba La Habana para su defensa en el interior del anillo del puerto, inhabilitando sus movimientos y anulando todo su poder de fuego, que hubiera sido grande apoyado por el de la artillería de los castillos, amén de que si los ingleses lograban tomar la ciudad se apoderarían de todos los barcos que pusieran serles útiles y España no los recuperaría jamás. Pero ya había visto lo que pasaba a quienes intentaban abrir los ojos voluntariamente cerrados del Capitán General, y no dijo nada. En respuesta los ingleses, tranquilizados al saber cerrado el puerto habanero, desembarcaron por la costa cinco mil infantes de marina sin que nadie tratara de impedirlo.

A las diez de la noche volvió a reunirse la fatídica Junta, y esta vez su genial ocurrencia consistió en declarar indefendible La Cabaña, ordenar la retirada de su tropa de línea y mandar despeñar la artillería. En aquel momento se encontraban allí menos de mil efectivos encargados de cavar una trinchera en la que iban a ser colocados cien cañones. En el momento del desembarco inglés solo habían alcanzado a poner nueve en dos baterías que dominaban los caminos de Cojímar y Guanabacoa, pero con esos nueve, cuando el coronel Howe, uno de los jefes ingleses, intentó hacer una salida de reconocimiento con dos batallones de granaderos, a los de la fortaleza les bastó con lanzarles algunos cañonazos y unas descargas de fusilería para hacerlos retroceder. Tal vez la Junta desconocía esta hazaña temprana, pero también es muy probable que Prado decidiera ignorarla.

Al tercer día del desembarco inglés, la Junta pidió al auditor don Martín de Ulloa que redactara un proyecto de capitulación, y aunque algunos callaron complacientes, el pueblo comenzó a hablar sin tapujos de traición. Y el pueblo estaba en lo cierto: desde la llegada de los ingleses el misterioso catalán al cual el Secretario ocultaba en una estancia cerca de Guanabacoa, había estado entrando y saliendo de noche de la villa. Sus movimientos levantaron sospechas y fue detenido. Baltasar oyó comentar a sus captores que le habían encontrado encima “un papel inglés con otro más en cifra o garabato”. El catalán fue encarcelado, pero Prado dio órdenes expresas de detener toda investigación. Había que nombrar un jefe para la defensa de El Morro. Baltasar sugirió al aguerrido capitán de navío don Luis de Velazco e Isla, y aunque él mismo se sorprendió, su sugerencia fue aceptada. Para terminar la velada, la Junta dispuso que también fueran echados a pique en la boca del puerto los navíos Asa y Europa.

Los ingleses atacaron La Chorrera y las playas de San Lázaro, y el coronel de Milicias don Luis de Aguiar las defendió hasta la medianoche con menos de mil milicianos, hasta que el torreón estuvo casi demolido por la artillería enemiga. Cuando recibió orden de retirarse, acampó y fortificó con sus hombres la altura de las cuevas de Taganana (actual Hotel Nacional).

Los ingleses enviaron patrullas exploradoras desde Guanabacoa en distintas direcciones. Las que se dirigían al río Luyanó fueron interceptadas y eliminadas por algunas milicias de pardos y morenos. El once de junio los ingleses comenzaron a hostilizar la ciudad con tres bombardas, pero tuvieron que retirarlas al día siguiente, obligados por el fuego que les caía encima desde el Morro y La Punta.

Las guerrillas de Pepe Antonio causaban estragos entre los ingleses, les tomaban muchos prisioneros y les echaban a pique las lanchas exploradoras que enviaba el enemigo por el río Cojímar. La noche del día trece un millar de los jinetes del valiente Regidor cayó sobre el enemigo cerca de Guanabacoa y, además de batirlo, le quitaron un gran número de vacas que había robado para alimentar a sus tropas y le quemaron un navío.

El día catorce cayeron sobre la ciudad doscientas cincuenta y seis bombas inglesas. Aurorita, quien se había negado a abandonar a sus hermanos y estaba refugiada en el convento de Santa Catalina con su esclava Monipodia, miraba temblorosa a través de la ventana el resplandor de los incendios. A su alrededor todas las monjas, aterradas, oraban.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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