SEX MACHINE: EL HUMOR SAL(V)A VIDAS

Acabo de disfrutar el nuevo libro de Eduardo del Llano, Sex machine.
Desde que leí la primera página comencé a recordar cómo lo conocí. Mi mejor amiga me habló maravillas de un estudiante de arte en el que estaba muy interesada y me llevó a presentármelo. Me sorprendió, porque conociendo los gustos estereotipados de ella, esperaba encontrar un joven larguirucho, con espejuelos, solemne y culterano, típica fauna de la Escuela de Letras. Eduardo era entonces larguirucho, flaquito y con espejuelos, pero hasta ahí la coincidencia de modelos. Me encontré con un muchacho un poco menor que yo, de ademanes muy vivaces, con una mirada desleída tras los lentes que parecía taladrar las personas y las cosas. Una noche lo invité a mi casa a consultar los archivos de Oscar Hurtado, que yo atesoraba celosamente en mi closet, y me impresionaron la seriedad, la concentración y la eficacia con que Eduardo despalilló aquellas cajas en tiempo record, sin dejar de tomar notas ni un segundo sobre los efectos de la caída del meteorito de Tungushka. Me parece que le ofrecí sopa o té, y lo que fuera se lo sorbió sin mirarlo. A partir de entonces lo frecuenté un poco, y a sus amigos del grupo Nos y otros. Publiqué mi primer libro junto con ellos en la edición inaugural de Los Pinos Nuevos de narrativa. Luego lo perdí de vista, hasta que de repente se hizo famoso. Y de repente lo vi convertido en un solicitado guionista de cine. Era una mezcla afortunada de jodedor criollo e intelectual interesante.
Era un humorista.
Estoy agradecida a Eduardo por haberme permitido revivir los grandes momentos de hilaridad que ya viví en los noventa con Basura y otros desperdicios. Ese libro nos marcó una época y quizás toda la vida. Durante años todo el mundo en mi casa, cuando alguien de fuera nos preguntaba cómo estábamos, respondíamos invariablemente, “Na, ahí, estrangulando”, como contestó Nicanor a un vecino que le espiaba por la ventana mientras el susodicho asesinaba alegremente a su esposa en la bañera. Me he reído hasta atorarme con el juego de sillas entre Nicanor, su personaje icónico, y los trajes llamados Rodríguez, Segura y Ana, que indistintamente pone a sus personajes. Ahora ya no decimos mis parientes y yo que andamos estrangulando. Tras tantos años de vivir juntos, estamos un poco hartos los unos de los otros y Eduardo, con su cuento titulado Mo, nos ha dado el pretexto ideal para insultarnos cordialmente dentro de casa sin decir malas palabras y sin que nuestros vecinos flipen de placer.
Sex machine, dividido en dos partes, cuya segunda responde al sarcástico título de Un mundo mejor es posible, denota un cambio de estéticas. Mientras el humor de los primeros relatos, fechados casi todos en los años noventa y comienzos del 2000, es jocoso, heredero legítimo de la mejor tradición picaresca y centrado en los gags efectistas, los relatos de la segunda parte ya no me hicieron reír tanto, pero me indujeron a pensar más. En ellos el humor de Eduardo, bajo el peso de la edad, se ha vuelto más reflexivo, más introspectivo y cáustico (si eso fuera posible), y en ocasiones es tan amargo que deviene abiertamente macabro y cruel, o al menos eso me ha parecido, especialmente en el relato que más me impresionó de esa segunda parte, Yeni y Omarito, la historia de una jinetera habanera, tan cándida por falta de los más elementales puntos de referencia, que considera un logro o un milagro haber pescado a un esquimal que la lleva a vivir a los hielos de Canadá. Para ella, como la víctima viene del norte, es un yuma. Este cuento retrata, como a lo mejor nadie lo haya hecho todavía en la literatura cubana, la mentalidad elemental, como de vegetal, de ciertas capas de la población de la isla, las cuales, a pesar de su entusiasta dedicación a actividades delictivas de amplio registro, son presas fáciles de lo desconocido por su suprema ignorancia de la dinámica que rige fuera de los límites de La Habana Vieja y Centro Habana, equivalentes modernos y caribeños de la antigua montaña medieval tras la que ningún aldeano se aventuraba porque la suponían el Finis Terrae poblado de monstruos. Solo que nuestros aldeanos isleños, encantadora y peligrosamente desinhibidos y ávidos, sí se aventuran, y confunden los monstruos con ángeles, como Yeni, deslumbrada porque al fin es la propietaria de un auto y otros electrodomésticos, que no funcionan en la nieve, pero existen, luego Yeni, final y cartesianamente, también comienza a existir en virtud de la magia de la propiedad. Nunca podrá regresar a Cuba, porque su marido esquimal es un vicioso explorador del mundo, y eso la entristece. Deprimida y nostálgica, Yeni se aleja de su confortable iglú, celular en oreja, mientras conversa con una amiga de infancia que vive en La Habana; se entretiene, se pierde en medio del paisaje nevado, y le comenta jocosamente a su interlocutora que aunque ya no divisa el iglú ni nada que le sirva para orientarse, va a seguir caminando todavía un poco a ver si de repente llega a La Habana. Mi espanto al oírla decir aquello me hizo revolverme en el asiento mientras me mordía la lengua para no gritarle: “¡Comemierda, que te come el oso!”. La metáfora del buen salvaje, transustanciada aquí en la de la absoluta vulnerabilidad del cubano, encerrado por medio siglo dentro de sus fronteras, peor aún, dentro de sus fronteras en moneda nacional, queda retratada en este cuento con la misma fidelidad que los espasmos de la muerte en las estatuas de lava pompeyanas.
Me alegra enormemente que exista Eduardo del Llano y escriba sus libros. Me alegra mucho más que aquella noche de la revisión de archivos en la sala de mi casa no me atreviera a seducirlo —a pesar de la inmensa admiración que despertara en mí el que no pidiera permiso para hacer pis ni una sola vez como en cuatro horas—. Si me hubiera dejado arrastrar por las circunstancias y traicionado a mi amiga, a lo mejor Eduardo se hubiera dejado seducir, y quién sabe si nos hubiéramos casado, tenido niños berreones y enfermizos, y suegros y suegras, y perros pulgosos, y libreta de abastecimiento, mercado negro y salarios que nunca alcanzan, computadoras sin arreglo, y muchas gripes, depresiones editoriales, falta de papel, concursos frustrados y todas esas perlas que envenenan la vida de un escritor cubano. Entonces, las rutinas cotidianas y los terribles karmas llamados Nicanor, Rodríguez, Segura y Ana, que pesan sobre todos nosotros, nos hubieran cubierto como el manto emponzoñado de Heracles y nos habría vencido la Vida. Y hoy estaríamos en casa, Edy en pantuflas rotas y yo con una bata vieja, evitándonos por las habitaciones y, de vez en cuando, al cruzarnos en un pasillo, nos escupiríamos a la cara, cordialmente, un encriptado “¡Mo!”.
Menos mal que no intenté seducirlo y fui formalita. Ahora disfruto sus libros y sus películas y digo “¡Mo!” al resto del mundo.
Gracias, Edy, sigue ahí, querido, ¡estrangulando! Y no aflojes la soga.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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