JOSÉ MARTÍ: EL CRECIMIENTO DE UN ALMA

Esta noche acaba de tener lugar la premiere del filme José Martí: el ojo del canario, una película que La Habana esperaba con muy elevadas cotas de expectativa, no solo por tratar sobre la infancia, época menos conocida de la vida del Apóstol de Cuba, fundador del Partido Revolucionario Cubano y quien hubiera sido primer Presidente de la República de Cuba si su misteriosa y nunca aclarada muerte no lo hubiera sacado de escena a los cuarenta y tres años de edad. También, y sobre todo, era esperada esta película por ser su director el tan conocido cineasta Fernando Pérez, quien tiene en su haber algunos de los mejores filmes del cine cubano en las últimas décadas, tales como Clandestinos, Madagascar y la sensacional Suite Habana, entre otros.

No es primera vez que el cine y la televisión cubanos intentan llevar a Martí a la pantalla, pero nunca antes se había pasado de documentales y alguna que otra escena en una teleserie o un corto. La de Pérez es la primera tirada a fondo con una personalidad histórica extraordinariamente compleja y ecuménica. Ninguno de los héroes libertadores de América Latina ha tenido tantas facetas en su carácter ni un desempeño tan múltiple, y pocos han brillado con un aura tan romántica y enigmática como la de este poeta, periodista, dramaturgo, novelista, traductor, político, pensador, líder ideológico, precursor, pionero y profeta: un Homagno, término que él mismo acuñara en su poema Yugo y estrella, dedicado a su madre.

Otra circunstancia añadió desde el principio intensidad al lógico interés por este filme, y es el hecho de que por primera vez Pérez asume íntegramente la autoría del guión. La tremenda sensibilidad de Fernando había creado desde mucho antes su propio Martí, y la necesidad de expresarlo con la mayor fidelidad a su visión personal lo indujo a aventurarse. El resultado es harto interesante, porque con los héroes sucede, tristemente, que el exceso de amor, veneración y respeto que despiertan en nosotros termina por momificarlos, convirtiéndolos en seres modélicos pero cuya humanidad se diluye en el aura de gloria que los envuelve. La continua propuesta de emulación los coloca en una dimensión inalcanzable para los simples mortales, y al final escapan de la realidad posible para terminar como entelequias, estatuas, posters, y cualquier soporte capaz de ostentar una imagen icónica. De ese destino, que más que destino es condena, quiso salvar Fernando, y ha salvado al niño que fue José Martí. Nos ha entregado una figura dulce, tierna, casi etérea, romántica, inolvidable, pero sobre todo, un niño de carne y hueso, un nene de verdad, al extremo de que por momentos el espectador, fascinado por el carisma de los actores que lo encarnan y por la gracia de las escenas, olvida totalmente quién es el personaje que se mueve en pantalla así, desgarbadito, paliducho, con una sonrisa infantil llena de ingenuidad y de una suavísima luz, y una mirada juvenil donde ya se anuncia la espiritualidad torturante del héroe y, al mismo tiempo, el desapego, el distanciamiento del alma grande y solitaria hacia todo lo que no fuera su pasión vital: Cuba.

El desempeño de los actores es realmente memorable. Damián Antonio Rodríguez Vidal y Daniel Romero Bildaín (Martí niño y Martí joven respectivamente), alumnos de Teatro de la Escuela Nacional de Arte, ENA, estremecieron al público asistente con sus actuaciones llenas de sencillez y fuerza dramática. Rolando Brito estuvo magnífico en su papel de padre de Martí, con una actuación perfecta, sin fisuras, y tuvo la suficiente sensibilidad y lucidez para lograr un Mariano que, si bien muestra una índole algo salvaje en su carácter, sobrepasando los límites de la rectitud, no nos permite olvidar ni por un instante que estamos en presencia de una personalidad cuyo núcleo es esencialmente bueno, de un hombre sencillo, trabajador, enérgico, amante de su familia y con un gran sentido de la justicia y un gran corazón. Con Broselianda Hernández me sucedió algo digno de mención: en su caracterización de Leonor Pérez, madre de Martí, aparece en pantalla como una mujer alta, robusta, una buena paridora de busto y caderas imponentes, pero cuando al final de la película salimos al lobby del cine Chaplin y me encontré frente a ella, me percaté de que, en realidad, es una mujercita menuda, de gran fragilidad corporal. Magia de gran actriz, ella lo es. Manuel Portos creó un gallego Salustiano profundamente conmovedor, y Fermín Valdéz Domínguez, el amigo de Martí, resulta otro éxito en su doble caracterización.

La fotografía del filme es portentosa, y no encuentro otro modo más original de decirlo. Jamás he visto el paisaje cubano tratado con más lirismo y fuerza expresiva, con más belleza poética que en esta interpretación de Raúl Pérez Ureta. La reconstrucción de época, hasta donde soy capaz de apreciar, es perfecta y no tiene fisuras. Es tan lograda no solo en las reproducciones de objetos y lugares, sino en el efecto psicológico que se consigue con la paleta de color empleada y los juegos de luz y sombra, que produce en el espectador la ilusión de estar dentro de los sets y en el vientre del tiempo. La escenografía fue cuidada hasta el más mínimo detalle, y esto podemos apreciarlo en toda su magnitud quienes estamos familiarizados con grabados, óleos y fotos de época: esas calles son La Habana decimonónica, como si la película hubiera sido realizada, más que con una cámara, con algún encantamiento poderoso de duendes y guijes y madres de agua pdestinado a resucitar el ayer. Gran trabajo de mesa tuvo detrás esta película.

Para terminar, quiero decir que se me ensanchó el pecho cuando al final del último rollo vi aparecer en bellos caracteres sobre la pantalla una dedicatoria del filme a la brillante ensayista y profesora de muchas generaciones de universitarios de la Facultad de Artes y Letras de Las Habana, la magistra artiae Beatriz Maggi, de quien me considero humilde discípula. Esta tarde, mientras ella y yo manteníamos un diálogo telefónico sobre esta película inmortal de Fernando Pérez, me la caracterizó como el crecimiento de un alma, frase que resume como solo Beatriz puede hacerlo la sustancia de esta obra de arte. Y me dijo más: ella me aseguró que nadie sigue siendo la misma persona luego de ver este filme. Yo asistí a esta premiere, y como ya tenía la experiencia de la descomunal y vehemente reacción del público cuando hace años se exhibió Suite Habana, tuve el cuidado de observar con mucha atención el comportamiento de los presentes al final de la película, y vi algo que no esperaba y que al decir de muchos nunca había ocurrido en la Cinemateca: aún después de haberse presentado los actores para saludar al público y haber sido premiados con calurosas ovaciones, la gente continuaba de pie en un lleno total,todos vueltos hacia un escenario ya vacío, apretados unos contra otros como si cada cual quisiera cobijarse junto a su prójimo más cercano, mientras en el lugar reinaba un silencio sobrecogedor. Y escuché a alguien urgir a Fernando: “¡Mira como se ha quedado la gente, tienes que subir otra vez al micrófono y decirles algo!”. Y vi a Fernando, con su mirada sencilla y franca, completamente emocionado, mudo, turbadísimo, observar a aquella multitud como quien no acaba de creer en el milagro…

Sí, Beatriz Maggi tiene razón otra vez y como siempre hasta hoy: no se puede seguir siendo la misma persona después de haber visto esta película, pues con el alma de Martí niño también crece la nuestra en apenas dos horas. Yo lo sé, porque cuando se encendieron las luces sobre todos aquellos rostros que lloraban, vi reflejada en ellos, como en una inmensa coral de espejos, la misma expresión de dolor que en la escena final habita el rostro de José Julián anclado a su grillete, mirando a cámara desde una esquina de la pantalla, en un clouse op congelado, como si el tiempo se hubiera detenido y, atrapado en alguna esquina invisible del mundo, el niño aquel penara todavía.

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a JOSÉ MARTÍ: EL CRECIMIENTO DE UN ALMA

  1. Erick Grass dijo:

    Gracias por tan hermosa crónica, por la sensibilidad en abordar el oficio de artistas y técnicos reunidos bajo la mirada tutelar de Fernando. Agradezco doblemente desde el mas profundo anonimato, los elogios a mi desempeño como Escenógrafo y Director de Arte de este film donde entregué mis convicciones sobre lo que debe ser el Arte cuando va ligado a la preservación de la memoria histórica de la nación. Mi nombre no importa, como se deduce en las variadas notas aparecidas sobre el film, siempre y cuando la obra total trascienda por su mérito coral.

  2. maria dijo:

    k no el tenia una hija??
    es k tengo k aser un projecto
    ii kiero saber…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s