RECTIFICANDO

Bueno, mi hijita me dice que el nombre del bote no se escribía Bernabela, sino Bernavela. Parece que estuvo anclado en la bahía por unos cuantos años, porque comencé a llevarla a ella cuando era de dos añitos, y aprendió a leer a los cuatro. A propósito de la contaminación de la bahía, tema que mencioné en mi trabajo anterior sobre la pesca en La Habana colonial, he aquí una anécdota que jamás he podido olvidar: yo acostumbraba a llevar a mi niña a tomar la lanchita de Casablanca. Siempre me ha gustado ese pueblo, desde que mi abuelito me llevaba cuando yo era pequeña, y hace veinte años tenía un parque muy bonito con aparatos para los niños, columpios, canales, tiovivos y esas cosas. Una mañana de domingo llegamos al muelle y marcamos en la cola. Mi niña siempre quería que yo la tuviera en mis brazos, así que allí estábamos, ella sobre mí y yo con una enorme bolsa de maternidad llena de biberones y pañales. De repente sentí unos ladridos espantosos, y en medio de la gente irrumpió un perro todo embarrado de petróleo. No era un animal grande, pero su aspecto era muy fiero y a todas luces estaba enloquecido. La gente que hacía cola para la lancha creyó que el perro tenía rabia, y muchos entraron en pánico y comenzaron a lanzarse al agua. La verdad que el aspecto del perro era tremendo, y yo me helé de terror, pero yo no me podía tirar, porque no iba a correr el riesgo de que se me ahogara mi niña o de que tragara aquella agua infecta. Miré alrededor. No había escapatoria. Entonces vi una especie de columna trunca. Levanté a mi hijita y la senté allí, y me quedé sosteniéndola mientras rezaba para no soltarla aunque el perro me mordiera las piernas. En medio de mi pánico veía cómo unos muchachos que se habían lanzado al agua boqueaban como si el líquido tuviera mal sabor. En realidad aquellas aguas apestaban a podrido y se veían con ese brillo tornasolado que anuncia la presencia de una capa oleaginosa. No sé qué tiempo pasó, en situaciones como esa uno pierde los sentidos. De repente llegaron unos policías. El perro seguía ladrando y ululando de un modo muy raro. Alguien dijo que el animal no estaba rabioso, sino quemado o algo así, y que tenía dolor. Se llegó a la conclusión de que estaba muy enfermo y se moría. Daba lástima aquel perro que sufría tanto. Sujeté a mi niña con una mano bien firme y con la otra tapé sus ojos, y yo cerré los míos. Se oyó un disparo. Después un silencio, y poco a poco el aire se fue llenando de voces. Yo agarré a mi hija y me alejé de allí sin volver la vista. Nunca supe qué ocurrió. Aquella escena viene a mi mente con frecuencia, y siempre que pienso en ella siento el mismo horror.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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