MODAS EN LA HABANA COLONIAL

Lo lamentaría si alguien llegara a pensar que me gusta el periodismo refritado, pero hay hallazgos tan impresionantes que una no puede librarse de las consecuencias, y eso exactamente me ha ocurrido con dos números del Diario de La Marina hallados en la biblioteca de mi esposo, abismo sin fondo donde toda aparición es posible. Son excelentes, serios, con valiosísima información y escritos en un estilo elegante y nada festinado. Este que gloso hoy, publicado en 1957, es sobre la moda, tema imperecedero en cualquier circunstancia histórica, política, económica y social, siempre capaz de interesar a más de la mitad de la Humanidad que, como bien se sabe, es hembra. Y no me digan que las musulmanas están a salvo, porque después de ver El clon, ya no creo esos cuentos de camino.

Según nota aclaratoria inserta al comienzo del texto, la información manejada por su autora, madame Rie, le fue facilitada por el señor Ismael Bernabeu, a quien se deben, además, las fotos que ilustran el artículo. Prometo averiguar quién era madame Rie. Bernabeu fue un exitoso modisto catalán que se instaló en La Habana y tuvo una clientela de lo más selecta.

En La Habana colonial las opciones recreativas no eran muy variadas. Asistir a veladas culturales, fiestas privadas, bailes, reuniones en casas de familias, paseos en coche por las alamedas y visitas a los ingenios y cafetales, eran las ocasiones en que las bellas podían lucir sus mejores galas. Y conste que cuando digo bellas no es retórica. Realmente las habaneras coloniales estaban consideradas entre las mujeres más bonitas del Nuevo Mundo. Entre las primeras familias de conquistadores que se asentaron en Cuba, muchas provenían del sur de España, por lo que traían en sus venas alguna sangre árabe, mientras otras, en no poco número, estaban contaminadas con sangre de judíos conversos. Recuérdese, además, que muchas familias en algún momento y debido al desliz de algún miembro, introdujeron en sus genes la presencia africana. Puede que se debiera a esta mezcla inicial el tipo muy singular de la criolla, con su fuerte contraste entre los cabellos negrísimos y la piel de un tinte raro, entre pálido y oliva tierno, y tan tersa como concha pulida por el mar; sus enormes y almendrados ojos negros, herencia mora de la Madre Patria, con pestañas espesas que ellas sabían mover de un modo insinuante y seductor. Eran de andares lánguidos y muy sensuales, y aunque las había de carnes rebosantes, el tipo de la criolla legítima era más bien espigado, de talle muy breve y miembros largos, caderas bien marcadas y piernas torneadas de tobillos finos, nunca macizos como los de la mujer española. El óvalo del rostro, entre alargado y en punta de diamante, mostraba un modelado sin ángulos que invitaba a la caricia. Si tenían palmitos notorios como afirma madame Rie, o no, yo no me atrevo a pronunciarme, puesto que la moda se encargaba unas veces de realzar esta característica anatómica; otras, de crear la apariencia de que existía, y otras, de borrarlo del mapa por completo, porque al fin, ¿quién es la moda, sino el hada Ilusión?

Pero el mayor encanto de las mujeres de La Habana parece haber sido una mezcla de gracia y delicadeza, con una pizca no pequeña de picardía y feromonas, coctel incendiario a juzgar por el efecto que provocaban en los machos españoles y de otras partes de Europa. En las Memorias de Lola María, muy interesante texto salido de la pluma de una descendiente de la más pura aristocracia cubana, cuenta su autora que un amigo español de su casa le confesó un día que las cubanas le arrebataban por su “ñoñería”, que las hacía tan diferentes de la rudeza de las hembras peninsulares. Yo supongo que esa rara y preciosa summa que fue la habanera colonial se haya debido, además, a que los genes cubanos no tienen contaminación con los de razas indígenas, como sí ocurrió en el continente, habiéndose formado en estas tierras un tipo más puro de mujer.

En fin, con este párrafo tan extenso me proponía, nada más, armar un poco ante la vista de los lectores el maniquí humano sobre el que se lucían las galas y traperíos descritos por madame Rie en su artículo. No es mi intención hacer publicidad a la habanera actual. Aclaro que la criolla colonial es un biotipo definitivamente desaparecido entre nosotros, imposible de encontrar en la población capitalina de ahora mismo. Acepto pruebas en contra, por supuesto.

Vale decir que la elegancia de la mujer habanera fue siempre proverbial. A cualquier lugar donde llegara una dama cubana se convertía en centro de la atención por esa cualidad, como sucedió con La Avellaneda en Madrid y la condesa de Merlin en París, y la condesa de Jibacoa y Catalina Lasa del Río, y tantas otras que pasearon su hidalguía por el mundo y han quedado como ejemplos de buen gusto en su vestuario y joyería.

Las esposas e hijas de los conquistadores tuvieron que vestir a la moda española, pero el clima no tardó en obligarlas a modificar sus roperos. A menos de siglo y medio del Descubrimiento, la isla, colonia española en lo administrativo y lo político, se mostró heredera de Francia en el espíritu y la cultura, y muy pronto en nuestra historia comienzan a aparecer en los retratos las señoras ataviadas al estilo del Directorio y el Primer Imperio galos. Se aprecia en las imágenes que las criollas fueron de busto generoso y bien moldeado, muñecas finas y pie muy breve, y aún cuando se tratara de mujeres humildes, se hace notar que prestaban mucha atención a los escotes y a la elegancia de su calzado, detalle este último al que hace referencia Cirilo Villaverde en su novela inaugural de la narrativa cubana, Cecilia Valdés. También Renée Méndez Capote alude en sus memorias a un viejo dicho popular que se aplicaba a las mujeres excesivamente preocupadas por tener una linda zapatera: “¡Niña, si pareces una mulata del Manglar”, y que recoge la memoria popular de que las mulatas del barrio de ese nombre, aunque pobres habitantes de La Habana extramuros, presumían de lucir en sus pies leves los más elegantes chapines y las más ricas babuchas.

También se preocupaban muchísimo las criollas por el olor de sus cuerpos. El tórrido verano del trópico hizo, sin duda, que una de las joyas más usadas por damas y mujeres en La Habana colonial fueran los pendientes esféricos de oro y plata que podían desenroscarse en dos mitades, y en cuyo interior se colocaban pequeñas esponjas impregnadas de perfumes que ellas cambiaban varias veces al día, porque los perfumes elaborados en La Habana eran colonias florales sin fijador, hasta que la perfumería francesa empezó a comercializar los aromas duraderos. Las astutas criollas llevaban con suma gracia sus pendientes, y agitaban pícaramente sus lindas cabezas para esparcir en derredor las fragancias exhaladas por las esponjas, de modo que quien se les acercaba tenía la sensación de haber entrado en un jardín. Otra de sus prendas favoritas eran unos pequeños frascos de vidrio insertos en envolturas de metal de la más delicada orfebrería, que se llevaban colgando de la muñeca o la cintura, repletos de esencias. Cuando las esponjitas de los pendientes se secaban, su dueña las humedecía con el contenido de estos pequeños perfumadores. Aún pueden apreciarse en los museos del Casco Histórico algunas muestras primorosas de esta joyería femenina concebida para agradar y fascinar.

Hubo maquillaje entre las habaneras, pero no siempre. Por ejemplo, alrededor de 1832, cuando el Romanticismo imponía sus cánones en Occidente, las criollas de La Habana dejaron de pintar sus rostros, porque era la moda ir pálidas, luciendo como consumidas por alguna pasión secreta, y nadie, imagino, les ganó en la intensidad de sus ojeras, propias por naturaleza del biotipo de mujer que floreció en la Cuba colonial. Ya dijo el adusto Máximo Gómez que “los cubanos, o no llegan, o se pasan”, así que nuestras damas debieron desempeñar hasta la exageración el rol de melancólicas. Sin renunciar, por ello, a las eróticas insinuaciones del abanico, ni al reclamo sutil que se escondía tras el gesto de abrir un breve quitasol de encaje. Rara fusión debió ser aquella.

En esa época vestía a las habaneras la modista francesa mademoiselle Minett. Una muestra de lo apreciado que fue su trabajo en el terreno de la moda es el hecho de que fuera ella la elegida para confeccionar el trousseau de la reina María Cristina de España para sus bodas con Fernando VII.

En esa década romántica, escribe madame Rie, “prima la cintura de avispa, que afina el corsé, y se ha bajado el talle hasta marcar su lugar propio. Se usan mangas faroles y los amplios escotes, y se llevan numerosas enaguas almidonadas para sostén de las faldas que no llegan al suelo, sino que dejan asomar el breve pie. Rasos y tules, bordados y muselinas, hacen de las mujeres casi flores, y pequeñas capelinas de terciopelo y piel se imponen para cubrirles los hombros del fresco de la noche”.

A pesar de que en Europa era de muy buen ver y señal de rango social elevado lucir profusión de joyas, algo de la tradicional sobriedad española debió quedar en la moda habanera, porque las damas acaudaladas no se adornaban con exceso, sino más bien con poco aderezo, aunque muy costoso. Por causa del fuerte calor, los vestidos de las damas tuvieron obligatoriamente que abandonar desde el comienzo las mangas largas, por lo que las criollas, de día o de gala, solían llevar los hombros y los brazos desnudos, y usaban escotes profundos, lo que hacía imprescindible que se engalanaran con pulseras, brazaletes y collares. Sin embargo, ni en un solo retrato de habaneras de aquella época se resiente el enjoyamiento por su cantidad o mal gusto.

El peinado más visto en retratos de damas habaneras, óleos de grupo y grabados de época, es aquel llamado jocosamente “perro de aguas”: el cabello se partía al centro formando dos bandas que, por detrás de la cabeza, se enredaban en bucles o moños, y se adornaba con flores, plumas y diademas. Aunque llegó a haber en La Habana del XIX peluqueros muy solicitados, este menester solía estar en manos de las esclavas domésticas, y no de todas, sino de una o dos de ellas en la dotación de cada casa, destinadas exclusivamente a la atención de su señora. Estas esclavas eran muy valoradas y consideradas por sus amos, y cuando resultaban muy hábiles sus servicios eran requeridos desde distintas casas, y sus dueñas las prestaban a sus amigas, sin faltar quien alquilara sus servicios. En tan alta estima eran tenidas las peinadoras, que cuando la señora de la casa y sus hijas ya no deseaban usar más algún vestido o alguna joya sencilla, iban a parar en calidad de obsequios a manos de estas negras y mulatas, quienes las lucían con orgullo entre sus iguales, y en ocasiones vendían el regalo para comprar su libertad.

Un elemento que entonces no solía faltar en el atuendo de las habaneras era la famosa peineta española, de metales preciosos, carey, madera y hasta cristal, según las posibilidades económicas de su dueña. Para asistir a la iglesia la criolla llevaba su mantilla española de encaje fino. Solo las mujeres de las clases altas usaban sombrero, prenda que no llevaban jamás las de pueblo. Según madame Rie, el diseño de aquellos sombreros era muy poco favorecedor, y pronto salieron de circulación para dar paso a las deliciosas pamelas decoradas con cintas y flores. Debió de ser un espectáculo en verdad muy hermoso ver aquellos cuellos finos de las criollas bajo sus pamelas blancas y leves como alas de pájaros.

Después de 1840 las líneas de la moda apostaron francamente por la amplitud cada vez mayor de las mangas faroladas y los cuellos enormes, a manera de capas, en ocasiones más costosos que los mismos vestidos, lo que daba a la mujer la apariencia de una caja. Hacia 1860 el ruedo de la falda alcanzaba los diez metros, y para rellenar semejantes sayones las habaneras hubieron de usar hasta quince enaguas almidonadas, arañando sus delicadas pieles con el espíritu de sacrificio de un soldado, y muy conscientes de que para lucir, hay que sufrir. Llevaron este castigo múltiple hasta que alguien inventó la crinolina, (tejidos reforzados con crin), pero resultó tan incómoda la innovación que no tardó en sustituirla el miriñaque, famosa armazón de alambre que aparece en tantos grabados de época y en las películas, y dentro del cual las mujeres parecían ruiseñores enjaulados. No sé si fue por influencia de mademoiselle Minett que aumentó desmesuradamente el tamaño de las faldas, a las que se iban añadiendo volantes y más volantes, al extremo de que confeccionar una sola podía requerir el empleo de cien varas de tul o muselina. Todo ello se remataba con encajes y cintas, lo que hacía la costura algo verdaderamente titánico, especialmente si se tiene en cuenta que las costureras solían ser las esclavas de las señoras o las libertas, quienes cosían todo el traje a mano.

Los tejidos preferidos para confeccionar vestidos de mujer eran el raso y la seda, usados a cualquier hora del día sin distinción. Los había también de gasa y de tul, muy gustados por sus transparencias, pues permitían a las coquetísimas criollas mostrar con disimulo a los galanes más de su anatomía que lo que las costumbres epocales permitían, pero estas preciosidades tan refrescantes solo se podían poner una vez, porque el barro habitual de las calles de la urbe los arruinaba con presteza, y les hacía adquirir muy pronto un aire mustio y descolorido. Se manejaban mejor los trajes de otros tejidos menos finos, pero siempre la suciedad dejaba su huella tenaz al menos en el ruedo de las faldas, y en unas cuantas salpicaduras debidas, supongo, a las ruedas de los coches en rápido tránsito por las estrechas calles coloniales. Se cuenta que eran tan grandes estos vestidos, y ocupaban tanto espacio, que llegó a ser muy difícil para las señoras cuchichear entre ellas, y los caballeros, imposibilitados de acercárseles, fueron abandonando poco a poco la costumbre de ofrecerles el brazo para caminar juntos. No es de extrañar que quienes hacían testamento legaran sus trajes a sus descendientes como si se tratara de un capital. Y lo era. Un traje de mujer de entonces valía una fortuna.

En primavera y verano, y hasta en el suave invierno habanero, nuestras elegantes decimonónicas solían cubrirse sus delicados hombros con costosos chales de Cachemira, muy de moda entonces. Y si el frío se imponía, entonces salían de los guardarropas elegantes y graciosas capitas de tejidos más abrigadores, como terciopelo, raso y hasta pieles finas. Yo encontré en un baúl de mi bisabuela una de estas capelinas, de terciopelo rojo vivo ribeteado de una peluda, caliente y muy suave piel marrón claro. Hasta donde sé, las damas no llevaron nunca lo que hoy llamamos abrigos, chaquetas, sacos, etc. Esa clase de prendas estaba reservada a los varones.

Hacia 1867, cuando las más famosas reinas y emperatrices europeas habían dejado de usar miriñaque, llegó a La Habana la moda del polisón, especie de bolsa rellena de tejidos o de esponja que se revestía con la misma tela del vestido y se colocaba sobre los glúteos. Puede que, como se queja madame Rie, la apariencia del cuerpo femenino pasara con esta moda a parecer desequilibrada, pero supongo que no estaba exenta de atractivo para algunos caballeros de imaginación calenturienta, especialmente los cubanos, tan admiradores del buen trasero, que siempre será entre nosotros el más voluminoso. El polison trajo consigo un paulatino, pero total estrechamiento de la falda, y un diseño del talle terminado en triángulo invertido, además de la desaparición de los estampados, pues los tejidos pasaron a privilegiar el color único, y el único detalle permitido para variar el adorno era la combinación de diferentes tejidos en una misma prenda, como terciopelo, lana y seda. En los grabados se aprecia que el gran realce del polison fueron las largas colas de los vestidos de gala. Resultaba una moda incómoda (como casi todas), y en especial dificultaba el simple trabajo de sentarse a comer, pero sin duda realzaba la elegancia de la silueta femenina y sentaba particularmente bien a las damas gruesas, por lo que las mujeres, una vez más, se sacrificaron y lo llevaron aproximadamente hasta 1880, fecha en que regresaron las faldas amplias y, poco después, aparecieron los pliegues, que se llevaron durante un cuarto de siglo.

En las últimas décadas del XIX, cuenta madame Rie, “vinieron las túnicas con muchos botones, las mangas estrechas y largas para la calle y su abolición total para la noche”. Fue, asegura la experta, una época de gran refinamiento en el vestir, en la que se impuso la manga abullonada y la falda se estrechó hacia la rodilla manteniéndose amplia de ese punto hacia abajo, en un intento por dar más esbeltez a la figura. Los vestidos tienden a hacerse más sencillos y la seda queda para el vestuario nocturno y de gala. Por esos días vive su auge la ropa interior, confeccionada en seda y encajes, especialmente los refajos, los cuales, al recogerse las colas de los trajes para caminar, quedaban con su borde expuesto a la mirada. La ornamentación se hace profusa, siendo esta una de las características que definen la moda durante el período del Art Nouveau. Para adornar un vestido se emplean pieles, pasamanería, cuentas de cristal y las costosísimas y codiciadas plumas de avestruz. Cobran auge en el mercado el encaje valeciennes y el tejido de raso de seda llamado Liberty, que se recubría con entredoses y tul plisado. El crespón toma realce con bordados de modestas lentejuelas azabaches.

El peinado, para entonces, ha cambiado rotundamente y es ahora el célebre cabello recogido hacia arriba y rematado en un moño flojo y abombado, que vemos con tantísima frecuencia en daguerrotipos donde bellísimas señoras lo llevan junto con blusas de fina lencería y un camafeo sujeto a la garganta por una delicada cinta de seda.

Justo en los últimos años del siglo irrumpe en la moda la blusa, al principio siempre del mismo color de la falda, pero unida a ella por un cinturón que crea la ilusión de que se trata de una única prenda. La blusa, con diferentes modificaciones y estilos, se mantuvo vigente hasta 1907.

¿Cómo vestían las cubanas en los últimos días de la Guerra de Independencia? Pues con talle de avispa, mangas jamón y, sobre la blusa, una especie de gigantesca berta bordada o de encajes que creaba el efecto de una cabeza pequeña grácilmente montada sobre unos hombros muy anchos. En grabados de época esta es la moda con que aparecen ataviadas las cubanas exiliadas en Tampa y Cayo Hueso. Pero es también la misma con que aparece retratada la riquísima patricia Marta Abreu en París.

El fin de siglo, que coincidió en Cuba con el final de la Guerra de Independencia y el comienzo de la influencia estadounidense en nuestra cultura, trajo consigo cambios sustanciales en la moda femenina, y una nueva silueta de mujer que no hacía tantas concesiones al deseo de agradar y sí a los requerimientos impuestos por el rol social de su sexo en los nuevos tiempos.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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