EL VENDEDOR DE CABEZAS

A lo largo del tiempo miles de personas han intentado una definición de lo fantástico. Entre quienes lo han hecho se encuentran psicólogos como Freud, cuyo breve ensayo Lo siniestro aborda ciertas zonas del género, y teóricos como Todorov, quien dedicara al estudio del fenómeno todo un libro, que hoy ya es de culto, y muchos otros. Pero, como por acuerdo tácito, es la definición de ese último a la que se suele acudir de manera recurrente cuando se quiere esclarecer en breve y en directo la naturaleza de lo fantástico:

En un mundo que es el nuestro, el que conocemos, sin diablos, sílfides ni vampiros, se produce un acontecimiento imposible de explicar por las leyes de ese mismo mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de las dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos (…) y las leyes del mundo siguen siendo lo que son, o bien el acontecimiento se produjo realmente, es parte integrante de la realidad, y entonces esa realidad está por leyes que desconocemos (…). Lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre (…). Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural.

En Cuba no han faltado jamás escritores que abordaran esta clase de literatura, que, dicho sea de paso, colinda con lo maravilloso a través de una frontera difícilmente reconocible. Hasta Carpentier dio vueltas en torno de sus territorios fantasmagóricos. Pero, hasta hoy, son Esther Díaz Llanillo y María Elena Llana las más nítidas exponentes de la literatura fantástica cubana. Llana ha escrito casi toda su obra dentro del género, y Esther, hasta dónde yo sé, nunca ha escrito ni publicado un texto fuera de él. Y de todos los escritores cubanos que lo han cultivado, es la que menos se ha preocupado por ofrecer explicaciones racionales para las situaciones que cuentan sus historias.

Habanera nacida en 1934, licenciada en Bibliotecología y Doctora en Filosofía y Letras, Esther ha tenido una larga carrera como narradora, interrumpida por muchos años luego de la publicación de su primer libro, El castigo, en 1966, y reanudada en 2007, cuando la casa editorial Letras Cubanas publicó su segundo libro, Cuentos antes y después del sueño, al que siguieron Cambio de vida, por la misma editorial, donde se incluyen dos cuadernos de cuentos que obtuvieron mención en el concurso Alejo Carpentier en años consecutivos; Entre latidos y Los rostros, publicados por la casa editorial UNIÓN, y el más reciente, El vendedor de cabezas.

Tal vez un estudio sistemático y profundo de la obra de Esther Díaz Llanillo, que al parecer aún no ha sido realizado en Cuba —aunque sus textos ya han sido objeto de la atención de especialistas extranjeros—, revelaría la existencia de varias líneas narrativas en su escritura. Pero hasta ahora no creo que sus libros se diferencien entre sí por agrupar cada uno una clase específica de tópicos dentro del fantástico. El descubrimiento de zonas diversas que, sin duda, están presentes en el trabajo total de Llanillo, se hará en algún momento, pero supongo que el resultado arrojaría cierta independencia de cómo sus cuentos han sido organizados con fines de publicación.

El vendedor de cabezas agrupa dieciocho historias breves, marca estilística que caracteriza a esta autora, rara vez enfrascada en relatos de largo aliento. Siendo el género fantástico de flexibilidad infinita, admite toda clase de imaginarios, y Llanillo es prolífica creadora de los más esperpénticos y rocambolescos que imaginarse pueda. El relato que da nombre al libro, por ejemplo, comienza con la descripción de una tienda donde se venden cabezas humanas, y cuyo acceso está prohibido a menores. Usted entra, observa, y puede comprarse la cabeza que le parezca más adecuada para lograr ciertos fines de su interés personal. Puede afirmarse sin temor a errar, que en los cuentos de este libro, y en general en todo lo que ha salido de la pluma de Llanillo, se pueden encontrar todos los tópicos del género, y otros muchos que se ubican en esa frontera ambigua a la que aludí al comienzo de esta reseña.

El estilo escritural de Llanillo se caracteriza por un lenguaje de sencillez elegante exenta de todo barroquismo, sin adornos ni giros osados, un castellano clásico; por su forma directa de contar, con gran economía de recursos; y una asombrosa capacidad de concreción de su materia literaria.

Estoy segura de que las situaciones espectaculares, misteriosas, siniestras e inquietantes que abundan en este pequeño volumen, harán las delicias de quienes gustan leer un género que existe desde la prehistoria, pues tiene sus raíces en el pensamiento mágico del hombre primitivo, y que, sin embargo, sigue siendo capaz de reinventarse a sí mismo cada día, y es tan proteico como la sustancia misma del planeta y se nutre del alma y de los sueños y terrores de los hombres.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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