ENIGMAS DE “LA BAILARINA ESPAÑOLA”

Para Fernando Pérez, segura de que Martí, en un alarde de intuición suprema escribió, pensando en él, ese poema que parece concebido para el cine.
Y para Duchi Man Valderá, artista de la plástica y versión caribeña de Amaterasu Omikami, por iniciarme en la magia a un tiempo sutil y deslumbrante de la Francia decimonónica.

Quién no conoce en Cuba uno de los más recitados poemas de Martí, La bailarina española. Centenares de niñas de primaria, vistiendo trajes color fuego de volantes y lunares, peineta y mantilla de borlas alquilados por sus papás, bailaron alguna vez unos pasitos de flamenco mientras la maestra de Español declamaba los versos del Apóstol durante alguna celebración escolar. ¿Por qué entonces, si se trata de un poema tan célebre, no aparece en el índice de los dos tomos de poesía de las Obras Completas de su autor? Este es solo uno de los misterios relacionados con esta poesía conocida y declamada en el mundo entero. Todos se refieren a esta joya por ese título, pero resulta que no existe ningún poema martiano nombrado así. La bailarina…, en realidad, aparece bajo el número diez romano de los Verso Sencillos. Martí jamás la llamó de otra manera.

Pero no terminan aquí las curiosidades. ¿Quién era la bailarina que llegó, soberbia y pálida, a estrujar sobre tablado de corazones el alma del solitario exiliado, amante fervoroso de la belleza?

Su identidad es conocida: Martí encontró a Carolina Otero, una noche de invierno en que tal vez nevaba, en un teatro de Nueva York donde ella actuó en más de una ocasión. Si nos atenemos a lo que dice el poema, no hubo entre los dos ningún contacto personal, no fueron presentados ni Martí se acercó al camerino de la mujer excepcional a cuyas plantas se arrastraba entonces la mitad masculina del planeta. Fue solo uno de esos episodios evanescentes que duran lo que el humo, pero dejan una huella inolvidable en quien los vive.

El siglo XIX fue tan rico en cortesanas célebres como Venecia y Florencia durante el Renacimiento. Francia, en particular, era la capital donde brillaban las más hermosas, libres y osadas hembras de la Belle Epoque. Las llamaban demi-mondaines. En la Ciudad Luz confluyeron Cora Pearl, la pelirroja que hizo de la obscenidad y el desparpajo su divisa personal; la bellísima Liane De Pugy, quien cobraba fortunas a sus poderosos admiradores solo por permitirles presenciar una sesión de su baño cotidiano, durante la cual apenas si dejaba entrever sus desnudeces, mientras era masajeada lenta y sensualmente por sus sirvientas tras la opacidad de unos velos que excitaban el deseo con más fuerza que la limpia visión de sus carnes; la preciosa y virginal Cleo de Merode, descendiente de una aristocrática familia europea, quien hizo su entrada en el mundo galante como bailarina de ballet clásico, y devino una de las cortesanas más codiciadas de París, a la que pagaban fuertes sumas las testas coronadas más relevantes de Europa solo por hacerse acompañar de su esbelta y elegante persona a una gala en la Ópera o el teatro; Emilianne de Alencon, radiante, perversa y bisexual… En fin, toda una constelación de maniquíes que vivía de la más refinada prostitución, compitiendo deslealmente entre sí para robarse unas a otras los amantes, y cuyos protectores eran los hombres más ricos del planeta, comerciantes multimillonarios, grandes políticos, príncipes, reyes, y los más afamados artistas.

Pero había una mujer que sobresalía entre este tupido ramillete de odaliscas occidentales. Una mujer por quien muchos hombres se suicidaron o se hicieron matar, al punto de ser apodada la sirena de los suicidas. Una bella entre las bellas. Reina del donaire. Diosa del sexo. Esta mujer era Carolina Otero, quien bien hubiera podido reclamar para sí el título ostentado por la deidad solar japonesa Amaterasu Omikami, en español augusta hembra que camina en el cielo.

¿Qué parte de la historia de Carolina Otero, La Bella, como la apodaron sus fans, llegó a conocer un hombre tan entregado a una causa como Martí? Es difícil saber si mientras la contemplaba moverse en escena durante aquella noche neoyorquina, él ya tenía noticia de su leyenda. Carolina mintió mucho sobre su vida, lo mismo que Mata Hari, probablemente porque se avergonzaba de sus orígenes sórdidos. Su nombre verdadero era Agustina Otero Iglesias, y había nacido en 1868 en Valga, un pueblito paupérrimo de Pontevedra, España. Fue hija de una madre soltera que descuidó su educación y le dio varios hermanos. La familia se hacinaba en una cabaña de apenas cuarenta metros cuadrados, donde el hambre estrechaba las gargantas. La linda galleguita fue violada salvajemente a los diez años a la vera de un camino, lo que le costó una rotura de la pelvis, una hemorragia que casi acabó con su joven vida, y una esterilidad que arrastró para siempre. El suceso se convirtió en la comidilla de los vecinos. Para escapar de aquel ambiente envenenado, pocos años después de su tragedia la adolescente huyó con una compañía de cómicos portugueses de paso por la localidad. En Barcelona se hizo amante de un banquero dispuesto a promocionarla como bailarina. Con él se fue a Marsella y después a París, donde a los veinticuatro años decidió cambiar su nombre, demasiado vulgar, por el de Carolina, y dio comienzo a su mito difundiendo por doquier que era una gitana de Andalucía. No solo se dedicaba a la danza, también podía actuar en el teatro y hasta cantar, al punto de que llegó a representar el protagónico en la ópera Carmen, de Bizet. En la cumbre de su fama tenía su templo en el Folies Bergere de París. Visitó Nueva York, Europa, Argentina, Rusia y Cuba, entre otros países, y en todas partes la aclamaron. Creó un estilo donde se mezclaban el flamenco y el fandango de su Galicia natal con otras danzas exóticas, y salía a escena envuelta en gasas transparentes bordadas con pedrería tras las que se insinuaban sus armoniosas formas. Fue la primera artista española que logró fama internacional. A los treinta años poseía una de las fortunas más importantes de su tiempo.

Morena y de ardientes ojos negros, era tan bella Carolina que sirvió de inspiración a grandes artistas de su época. Tenía medidas perfectas de busto, cintura y caderas (97-53-92), y toda ella desplegaba tal sensualidad que se la comparaba con una serpiente. Se dice que el célebre arquitecto francés Charles Delmas modeló las cúpulas del hotel Carlton, de Cannes, alucinado por la extraña forma de sus senos. Cuando se observan sus fotografías, impresiona, por increíble, la brevedad del talle. Reunió un tesoro en joyas valiosísimas: uno de sus amantes, el Zar de Rusia Nicolás II, le entregaba en cada uno de sus encuentros una gema de la corona de su país, mientras un poderoso banquero alemán le obsequió un collar que había pertenecido a la reina María Antonieta de Francia. Hay anécdotas célebres de su rivalidad con Liane de Pugy, pero entre ellas descuella la conocida como la guerra de las Bellas. Cuentan los contemporáneos que Carolina se presentó una noche a cenar en Maxim, el más lujoso y encopetado restaurante de París, cubierta de esmeraldas enormes obsequiadas por uno de sus amantes. Todos se preguntaban qué réplica daría Liane a semejante alarde, y la respuesta no se hizo esperar: a la noche siguiente la peligrosa rival apareció in situ, ataviada con una larga túnica de gasa blanca de corte clásico y totalmente desprovista de joyas, llevando por único adorno sobre su pecho una fresca rosa roja. El efecto debió de ser espectacular, pues Liane era famosa por la extrema blancura de su piel. La seguía su mucama personal, con su traje negro de faena y delantal, portando sobre su asustada humanidad todas las rutilantes joyas de su señora. Pero para apuntalar su lugar en el mundo, Carolina no se fiaba solo de su belleza, sus piedras preciosas y todas sus propiedades. Ella sabía que una femme galante necesita ornamentos más sutiles. Para aumentar sus atractivos recurrió al embrujo del misterio, e hizo correr la especie de que era una duquesa apartada de su familia en la infancia por causa de un secuestro. A lo largo de su vida se inventó otras muchas historias. Era prolífica en fantasear con sus orígenes.

Mas su imaginación no se limitaba a crearse blasones falsos. También era capaz de involucrarse en aventuras tan simpáticas y osadas que denotan en ella un estupendo sentido del humor. Durante su estancia en Rusia se le ocurrió tomarle el pelo al hombre que era entonces más famoso y poderoso que el mismo Zar Nicolás: el siniestro monje Rasputín, quien tenía fama de hechicero y adivino, y gracias a la curación de la hemofilia que había obrado en la frágil persona del zarevich —idolatrado por sus padres—, dominaba con mano férrea las mentes y voluntades de toda la familia real rusa. Para dar una idea de la influencia de este hombre sobre los destinos de Rusia, baste decir que hasta las más altas decisiones políticas, como por ejemplo, la guerra ruso-japonesa, le eran consultadas por el Zar como si este fuera un discípulo obediente y Rasputín su severo y omnipotente preceptor. Carolina se apareció en la casa de Rasputín nada menos que disfrazada de mendiga, y con voz plañidera convenció al monje de que estaba famélica y moría de hambre. Rasputín, conmovido, ordenó a sus sirvientes que le sirvieran una cena suculenta y le obsequió una bolsa con quinientos rublos que acababa de recibir como limosna de manos de una acaudalada dama moscovita. Carolina solía contar esta anécdota, que se le antojaba muy divertida por el hecho de que el padrecito, pese a sus supuestos poderes parapsicológicos, ni por un instante sospechó la mixtificación.

Entre sus incontables amantes estuvieron el káiser Guillermo II de Alemania, el zar Nicolás II de Rusia, el rey Leopoldo de Bélgica (el hombre más rico de la época, dueño del Congo, a quien los periodistas, luego de la noticia de su supuesto romance con Cleo de Merode, comenzaron a llamar jocosamente Cleopoldo), el rey Alfonso III de España (según chismes de entonces, el mismo que negó a su reina la compra de un costoso collar, alegando que Menocal, a la sazón presidente de Cuba, sí podía regalarlo a su Primera Dama, pero no él, que solo era rey de España), y el político francés Aristide Brian, con quien Carolina sostuvo una relación hasta que él murió. También fue amante de Cornelius Vanderbilt, uno de los más grandes multimillonarios norteamericanos de todos los tiempos. El arrogante y gran poeta italiano Gabrielle D’Annunzio le escribía versos, y De Dion, célebre propietario de una firma automovilística, le regaló el último modelo de su coche.

Además de no poder tener hijos como consecuencia de las heridas sufridas durante su violación, Carolina tenía fama de ser incapaz de amar. Podría suponerse, y sería comprensible, que su violador, además del cuerpo, le dejó mutilados también los sentimientos. En su autobiografía ella admitió haber sentido especial afecto por Brian y por un príncipe misterioso que, al parecer, se suicidó luego de ser abandonado por ella. Pero hubo alguien más que logró forzar las puertas de su alma: el conde Boni de Castellane, el hombre más deseado de su época, un bon vivant que llegó a engañarla y a gastar su dinero. Después de unos meses de coqueteo se fugaron, según sus delirantes planes, en un viaje que debía llegar al fin del mundo, pero ese mismo día terminó en un lujoso hotel de París. Tras el escándalo, Bony perdió a su adinerada esposa, quien le mantenía. Esta primera noche de amor en una suite de lujo debió costearla Carolina de su bolsillo, pues Boni le aseguró que había huido con ella solo con la ropa que llevaba puesta. Carolina debió comprarle, además, un vestuario costosísimo, y encima, el hombre tuvo la osadía de sugerirle que adquiriera un automóvil para continuar su viaje de novios alrededor de la Tierra. Días después Bony desapareció de su lado por sorpresa, para reaparecer en Marsella, donde, según juró a Carolina, estaba reconciliándose con su esposa para obtener de esta el dinero que quería devolver a su amante. De más está decir que jamás cumplió su promesa. Aunque Carolina refiere el incidente en sus memorias con un tono jocoso, sus íntimos estaban convencidos de que había existido una liason profunda entre la espúrea pareja, y que la Bella se había involucrado totalmente en esa aventura.

Carolina envejeció, y cuando los hombres fueron saliendo de su vida, la afición que siempre había sentido por los casinos devino patológica. Comenzó a vender todas sus propiedades hasta que se arruinó. Se dice que dejó sobre los tapetes rojos una fortuna de cuarenta millones de francos oro. Terminó instalándose en una habitación alquilada en un edificio insignificante de Niza, donde apenas tenía los muebles indispensables para sobrevivir. Un amigo suyo se dirigió a los dueños del casino de Montecarlo, al que tanta fama diera ella con su preferencia, y les contó la miserable situación de la mujer que había tenido el mundo a sus pies. El casino se portó con cierta condescendencia: le asignó una pequeña pensión y cada año le concedía dos días en una modesta habitación cercana y le permitía jugar un puñado de fichas. En esos tiempos de decadencia Carolina conoció allí al célebre cómico norteamericano Harpo Marx, también gran aficionado al juego, con quien inició una amistad. Se dice que su familia gallega le ofreció ayuda, pero ella la rechazó con altivez. Después de haber reinado en París, lo último que deseaba era volver a España derrotada.

Carolina Otero, en su juventud dueña del mundo, vivió una dilatada senectud en aquella habitación rentada de un segundo piso, saliendo a la calle solo para comprar el pan. Tras su retirada de la vida artística y galante jamás permitió que la fotografiaran, por lo que no existen testimonios de su destrucción física, pero sus vecinos la han descrito como una anciana enfundada en un raído abrigo gris, con un sombrerito de fieltro bajo el que asomaban unos cabellos blancos y unos ojos negros muy tristes, con manos tan delgadas “que se trasparentaban los huesos (…) enredada entre el reuma que la dobla y el orgullo que la mantiene viva y erguida”. Los periodistas la asechaban para solicitarle una entrevista y se arrodillaban a sus pies suplicándole una foto, como antaño se prosternaban ante ella sus amantes pidiéndole tan solo una sonrisa. Ella, que corrió los autos más caros por los Campos Elíseos, cabalgó los caballos más hermosos de París, y se jugaba en los casinos un millón de francos en una noche, acabó dedicando su soledad a alimentar palomas. La panadera en cuya tienda solía proveerse, declaró a la prensa que la anciana le compraba pan duro cada día, diciendo que era para las aves, pero, en realidad, lo consumía ella misma por ser el más barato, y como especie aún más sabrosa añadió que el casero llegó a cortarle la luz y la calefacción por impuntualidad en los pagos. La portera de su edificio se refirió a ella como a una señora poco simpática que se molestaba por todo. Solo la visitaba una amiga. El mundo la olvidó presto.

Como todas las demi-mondaines de su generación, Carolina Otero tuvo una larga vida. Tal parece que el entrenamiento intensivo en la producción de estrógenos preservara la existencia de estas mujeres que llegaron, casi todas, a los noventa años, y algunas hasta el centenario, la mayoría convertidas en ruinas de sí mismas, todas consumidas por el juego. Extraño destino final que igualó a quienes dedicaron décadas a luchar por superarse unas a otras.

Esta es, a grandes rasgos, la vida de la mujer que inspiró al exiliado José Martí, el Maestro, uno de los más bellos e intensos poemas de toda su obra. Siempre me he preguntado cómo siendo Martí tan grande admirador de la belleza, y habiendo tenido varios romances tórridos con actrices de teatro, cantantes y bailarinas, no hizo algún intento por aproximarse en aquella ocasión a la Bella Otero, siquiera para admirar de cerca su hermosura, maniobra que, dada su condición de periodista, no le hubiera resultado difícil. Es bien posible que siendo un experimentado hombre de mundo y un reportero bien informado, tuviera una idea bastante certera de quién era, en realidad, la famosa bailarina, y comprendiera que una mujer como aquella estaba definitivamente fuera de su alcance. Pero también cabe esta otra especulación, que me parece más atendible: ¿por qué un hombre tan enfermo de los pulmones como José Martí decidió salir de su modesta vivienda en una noche invernal, tal vez hasta bajo la nieve, para asistir a un teatro? Es verdad que se ganaba el pan con su trabajo en los diarios, y simplemente pudo haber acudido enviado por alguna redacción a reseñar la actuación de la Bella Otero, pero… el hecho de que Martí se refiera a sí mismo en el poema como “un alma trémula y sola”, ese adelgazamiento extremo de su sustancia que connota tal imagen, sugiere con bastante claridad que no se encontraba allí con la disposición con que se va normalmente a disfrutar de un evento estético, ni tampoco meramente a trabajar. También me parece significativa en los versos la falta de referencias a los encantos carnales de Carolina (salvo la comparación de su boca con una rosa)*. El poema, en su aspecto formal, es descriptivo al punto de parecer una crónica periodística en estrofas, pero solo de los movimientos y el ritmo de la danza, y aunque se expresa de ellos con intensidad (¿en qué no puso Martí todo el ardor y la pasión de su temperamento?), no trasmite, sin embargo, la impresión de un entusiasmo exaltado, sino más bien la observación concentrada, pero distante, del crítico de arte que toma nota de cuanto ve. Y cuando todo termina, el alma trémula y sola, que logró levitar unos instantes gracias a la magia del Arte, vuelve a su rincón, es decir, a su pesada y densa realidad. Por toda la tristeza y la melancolía que trasmite el poema, pero especialmente por esa última frase, cabe pensar que Martí acudió aquella noche al teatro en un intento desesperado por aliviar durante un breve lapso de tiempo la cuita insoportable que le producían sus propios pensamientos, esos fantasmas personales que el destierro agrandaba para él constantemente, y que lo perseguían y asfixiaban. Raro estado del ánimo debió tener, o del cuerpo, maltrecho por las fatigas del exilio y las penas del corazón, para haberse mantenido anclado en su butaca como una estatua sin vida. Llama la atención que el poeta que se expresó sobre el amor y las mujeres con tanta vehemencia, escribiera sobre Carolina Otero con esa especie de asepsia de los sentidos. La personificación que hace de sí mismo únicamente como “un alma” denota que el animal macho estuvo ausente de su naturaleza aquella noche, sin que dejara por ello de percibir la sensualidad y el erotismo que emanaban de la danza. Deja en claro que le ha conmovido profundamente el depurado arte de la danzarina, más sobre la hembra nada dice, y hasta omite cualquier dato sobre su identidad. El poema es, también, extrañamente silencioso: no hay referencias al público, al local…, nada; es como si los dos, poeta y bailaora, hubieran estado aislados del mundo, y solo él pudiera verla, inmaterial como un espectro, mientras ella desconocía su presencia y bailaba, ensimismada, únicamente para sí, y él fuera todo su público. El lector se queda con la sensación de que el teatro era pequeñísimo y vacío, un local de tres al cuarto, despojado de todo fasto y grandeza. Todo ello apunta hacia un profundo estado de recogimiento en el espíritu del poeta. Es como si la hondísima sensibilidad de Martí ante el Arte se hubiera agitado con el goce estético, pero no lo suficiente como para disipar, o siquiera neutralizar el desgarramiento de una tristeza que llegaba a la negrura del espíritu. ¡Cuánto deshacimiento del mundo terrenal revelan estos versos! Es como si toda la belleza, la sensualidad y la pasión de Carolina, todo el color y el lucimiento de la música y el baile, más allá del placer del espectáculo se hubieran metamorfoseado en telón de fondo que revelara, bajo una cruda luz brutalmente brillante, la mísera contraparte de tanto holgorio: las llagas físicas y emocionales de aquel hombre solitario que erraba por una ciudad ajena en pleno invierno, cautivo el pensamiento de lejanos afectos, la carne temblorosa bajo el gastado abrigo que ya no puede proteger del viento helado, arrastrando, tal vez, aquel dolor en el pulmón que le postrara afiebrado tantas veces, consecuencia de la enfermedad mortal que lo aquejaba desde su juventud y que lo hubiera matado si antes no lo llega a hacer Cuba.

¿Habría admirado menos Martí a la bailarina española de haber sabido qué clase de persona tenía ante sus ojos? No lo creo. Martí siempre tuvo en muy elevado concepto a la humanidad femenina, y aunque veneraba la Virtud y la predicó incansablemente a las mujeres de su familia y a sus amigas más allegadas, no habría menguado su admiración de la artista y de su danza, y no habría empañado sus pensamientos “diciendo mal de mujer”. Estoy segura de que Martí conocía perfectamente la historia de Carolina Otero, pero como el Homagno que fue desde su nacimiento hasta su muerte, su inmensa piedad para con el mundo no quiso ver en ella a la hembra inmoral e impúdica, sino a una gran artista merecedora de todo respeto, porque nada le fue más ajeno al Apóstol que las pequeñas miserias humanas y la estrechez mental. Incluso si Carolina Otero le hubiera confesado aquella noche que no se interesaba por la independencia de Cuba, yo creo firmemente que Martí no la habría juzgado, porque si bien se exigía a sí mismo en todos los órdenes más allá de lo permitido por la condición humana, era dulce en su juicio sobre sus semejantes. Y su alma, aunque trémula, aunque sola, y padeciendo al anochecer más que en cualquier otro momento del día, fue capaz de saludar con total sinceridad el mérito del Arte. Martí fue un campeón de la célebre frase de Cristo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Gracias a eso, una imagen diferente de Carolina Otero, no la prostituta célebre, sino la bailarina, como un camafeo o una valiosa moneda antigua quedó inmortalizada en esos versos para la eternidad, cincelada en todo su esplendor, todo su fuego.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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8 respuestas a ENIGMAS DE “LA BAILARINA ESPAÑOLA”

  1. VLADIMIR GARCIA CAVAJAL dijo:

    Es impresinante está Gina la que esgrima la pluma de esa forma, bravo mi amiga.

  2. mambiverdad dijo:

    es magnífico este artículo, gina… te felicito…

  3. jessy dijo:

    Me gusto la manera de relatar la vida de una de las mujeres mas fascinantes de la Belle epoque, respecto a su tipo de belleza no parece guapa mas bien es una mujer sexual dueña de una figura casi perfecta.

    • ginapicart dijo:

      Bueno, Carolina tenía un rostro en el que no todos los rasgos armonizaban, mas era linda, y su cuerpo era totalmente perfecto, pero por encima de todo ella tenía luz. Pienso que la mujer más bella entre todas las demi-mondaines fue Cleo de Merode. Liane de Pougy también tenía un rostro interesante y espiritual. Y Nathaly Barnes, que no era precisamente una demi-mondaines, tenía un bello rostro y hermosos cabellos, y en general un aspecto con clase y refinado. Cora Pearl era muy vulgar y tenía piel de marino, aunque de físico sensual. Emilianne de Alencon no era nada del otro mundo, salvo el monóculo.Además, era bastante estúpida, pero bueno, nadie les pedía que fueran inteligentes.

  4. carlos dijo:

    Magnifico trabajo, maravilloso. uno siente que necesita no se acabe. que sigue Gina,pero todo llega a su fin. felicidades Gina y gracias. Carlos

    • ginapicart dijo:

      Usted me dedica elogios que tal vez no merezco, pero disfruté mucho escribir ese trabajo, con dolor y con lágrimas, así que me alegro de que hayamos comulgado a través de ese texto. Muchas gracias.

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