LOS VERSOS LIBRES DE JOSÉ MARTI

LOS VERSOS LIBRES DE JOSÉ MARTI
O LA SOLEDAD DE UN POETA

Tajos son estos de mis propias entrañas —mis guerreros.— Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre sale a borbotones de la herida. (…) Van escritos, no en tinta de academia, sino en mi propia sangre. (…) He querido ser leal, y si pequé, no me avergüenzo de haber pecado.

José Martí
Prólogo a los Versos libres

Me leyeron por primera vez los Versos libres de José Martí cuando era niña. Después, volví a leerlos cuando estudiaba en la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana. Y si entonces los admiré como poesía, al releerlos hoy por tercera vez, ya con demasiada experiencia amarga de la vida, me han sorprendido por el profundo desgarramiento del alma que palpo en ellos, por su absoluta decepción de los hombres, el poco crédito que le merecía la condición humana, su falta de esperanza en el futuro, incluso en el futuro de Cuba, que según se desprende concretamente de dos líneas de Pollice verso, él no veía envuelto precisamente en luz. Martí, refiriéndose a lo que vivió en el Presidio Político a sus escasos dieciséis años y a la degradación de los reclusos, dice: “¡Recuerdos hay que queman la memoria!/ Zarzal es la memoria; mas la mía/ Es un cesto de llamas! A su lumbre/ El porvenir de mi nación preveo/ Y lloro.”

Como casi todo aquel a quien la poesía reclama para ser su heraldo sobre la Tierra, Martí era un hombre de temperamento muy inclinado a la melancolía, rasgo que debieron acentuar considerablemente su formación intelectual, sus lecturas y su época, pues eran los tiempos en que el movimiento modernista agitaba sus alas sobre América como reacción, o más bien continuación del Romanticismo, y su cultura enciclopédica, humanista y concientemente universal lo convirtió en el precursor americano de esa tendencia. Es fácil suponer que también sus padecimientos de salud, muy severos y postradores, según se deduce de su epistolario y de los testimonios de quienes le conocieron, le obligaran a pasar mucho tiempo recluido en su casa, incluso en cama, lo que le habría inducido aún más a contenidos del pensamiento de carácter lóbrego y sombrío. Si a todo esto se suman sus dramas personales, la pérdida de afectos, el destierro, el exilio y su compromiso no solamente político, sino también profundamente emocional con la causa de la liberación de Cuba, se comprende que Martí fuera un hombre sin alegría.

Sin embargo, no era un carácter doliente derrotado por la enfermedad, ni un quejumbroso. Ya se sabe que era todo pasión, todo fuego, y que tenía un modo muy vivo, y en ocasiones hasta verbalmente violento de reaccionar. Martí, más allá de su predisposición a la tristeza, para la que, además, le sobraron motivos, era también portador de una conciencia ética muy aguda, monolítica. Toda su obra está llena de continuas menciones a la Virtud. Martí rendía culto a la VIRTUS, en su concepción grecolatina del guerrero de la espada y las ideas, pero también en la naturaleza amorosa, casta, piadosa, generosa y autoinmolatoria del cristianismo. Esa conciencia no llegó a convertirlo en censor de los otros, pero sí en observador objetivo e implacable de la conducta ajena, y en juez severísimo y exigentísimo de la suya propia. Esa rara (por infrecuente) fusión de melancolía contemplativa y disposición vivísima para la acción eran, tal vez, la marca de un destino de Homagno, como el suyo lo fue. O su consecuencia. Todo lo que Martí hizo, lo acometió con gravedad suprema, con un compromiso y una entrega tales que, mirados desde la estatura del hombre corriente, espantan por su sobrehumana dimensión.

En sus
Versos libres está retratado hasta las vísceras el hombre que fue; su alma, prisionera en su letal entramado de pasiones, emociones, deseo y repulsión, en su afán incontrolable de Infinito, palpita en cada letra de esos poemas, y cuando los he vuelto a leer en estos días he sentido el desconcertante efecto de escuchar su voz, como si mientras iba escribiéndolos los fuera declamando para sí mismo y para el Universo. Me hizo sentir como si yo estuviera, sin cuerpo material, sentada en la habitación a su lado mientras él iba creando su poesía. Y puedo jurar que esa sensación me causó una impresión de pavor, porque ¿cómo pudieron resistir sus contemporáneos el contacto físico con él, la cercanía de su presencia? He leído que él producía un fragor telúrico sobre los auditorios con su verbo y con su pluma, pero imagino que la carga energética de un temperamento como el suyo obraba sobre los individuos poseedores de una sensibilidad mayor que la normal un efecto muy perturbador, del tipo de conmoción que puede cambiar el cauce de una vida.

Es por eso que la relectura de sus Versos libres ha sido para mí una revelación, un paso más en el arduo trabajo de intentar comprender a uno de los seres más fuertes, rebeldes y complejos que ha pisado este planeta. A pesar de Vindicación de Cuba, discurso político, me resulta más que evidente que en los Versos libres, tan llenos de amargura, decepción y observación insobornable del mundo y sus pobladores, está claramente plasmada la falta de fe de Martí en la posibilidad de crecimiento de los hombres. Cuando dice en una de sus cartas: “Creo en el mejoramiento humano”, es evidente que se enfrenta a una idea abstracta del Hombre, a un humano que todavía no existe, a una criatura que pertenece a un futuro lejanísimo, separado de su momento quizá por siglos. El Martí que dice creer en el mejoramiento humano es el mismo que escribe en su poema Yo sacaré lo que en el pecho tengo esta sentencia irrevocable: “Conozco al Hombre, y lo he encontrado malo”. Literalmente compara al mundo con un tigral, es decir, un campo de tigres, y no de girasoles o de ángeles, como se supone debería haberlo concebido quien fue capaz de inmolarse para que los hombres-tigres tuvieran una vida mejor. Para mí es muy significativa su frase: “Quiero que conste que por la causa de Cuba yo me dejo clavar en la cruz”. Por la causa de Cuba. ¿Acaso el Homagno decepcionado de la Humanidad, pero que necesitaba Creer con todo el fervor de su sangre en una causa alta y llena de virtud, sublimizó el adánico barro de la Creación, impuro, deleznable a sus ojos, transustanciándolo en la imagen simbólica de la Patria? Creo que el Apóstol no estaba hecho para vivir sin una fe gigante, y como a sus semejantes los encontraba enanos, puso a Cuba en su ara. Su vocación sacrificial, más que explícita en las imágenes del poema a que aludo, lo hacía sentirse cuerpo de inmolación, el Cordero que lava los pecados del mundo. Tal vez un rabino diría que Martí nació y vivió en el sephira Thipheret, y que la llama de su espíritu siempre perteneció a ese plano, el crístico, y aún continúa allí. Esta convicción mística de que el hombre virtuoso debe ofrecerse a la filosa hoja del sacrificador para redimir al mundo, ¿quién podría asegurar que no fue el intento desesperado de un alma demasiado inmensa por salvar aunque no fuera más que una porción de su confianza y de su fe? ¿En qué creía Martí además de en Dios, en Cuba y en la Fe, la Esperanza y la Caridad entendidas no como virtudes teologales, sino como los tres rostros de la VIRTUS del Homagno? ¿En qué creía, y sobre todo, qué esperaba un hombre que estaba ansioso porque la Muerte lo arrebatara de esta vida para llevarlo a territorios que él imaginaba maravillosos y superiores? Hay que tratar de ver con nuestros corazones, de percibir con nuestra propia sensibilidad las imágenes que dejó Martí, sus visiones de otros ámbitos que no pertenecen al mundo de los vivos, y donde, curiosamente, cree ver con exaltación de místico, pero sobre todo de artista, nada menos que a Dante, el rey de los poetas. José Martí, el hombre que encontraba malos a los hombres y que dejó bien en claro su repulsión por las ciudades donde el hombre habita y no los ángeles, amaba, en cambio, desmesuradamente, los espacios siderales poblados de planetas y de polvo astralino, y en esas dimensiones que concebía su mente de poeta, además de Dios como habitante, él veía a los grandes hacedores del Verso. Martí quería ir a donde se paseaba Dante, entre estrellas y nubes y purísima Luz. No quería irse al cielo de los guerreros, sino al de quienes él consideraba sus iguales: los príncipes custodios de la Poesía. Pienso, como sabe cualquiera que se haya visto obligado a renunciar a la gran vocación de una vida en aras de un deber supremo, que para Martí fue aplastante la decisión de convertirse en un luchador político en detrimento de su don poético Y no es que yo crea que la condición de guerrero desagradaba al Maestro. Todo lo contrario: pienso que el arquetipo de Marte, que tan curiosamente comparte grafía y polisemia con el sustantivo martiano, le era grato, y muchas veces debió de verse a sí mismo enfundado en ardiente armadura y con espada de estrellas en la mano redentora, tal como se pintó en varios momentos de su obra poética. Pero pienso, también, que el arquetipo del guerrero era para Martí mucho más que la imagen de un hombre que combate con un arma, mucho más que la imagen de un libertador o de un conquistador. Pienso que era, sobre todo, otra metáfora con un sentido hondamente ontológico de la VIRTUS en su manifestación físicamente activa. Por eso su propia concepción del guerrero transgrede los límites del arquetipo y le añade a la armadura un par de alas, con toda la simbología que ello implica. Es curiosísimo también encontrar que este guerrero alado es el símbolo que identifica a Yezirah, uno de los cuatro mundos en que los cabalistas hebreos agruparon los diez sephirot. Casualmente (¿casualmente…?) el mundo de Yezirah es la esfera formativa, que anima la manifestación sutil, arquetípica; representa el anima mundi, el mediador plástico universal. ¿Se consideraba Martí un servidor de esta anima, algo así como un heraldo o un enviado suyo, o tal vez una emanación de Ella? Desconozco si los Masones estudian la Cábala. Presumo que sí. De lo que estoy convencida es de que Martí se reconocía elegido para su misión por fuerzas tan elevadas que no pertenecen al reino de este mundo.

Pero aún resultan incontestables otras causas de aflicción confesadas en los Versos libres

Martí afirmaba amar la vida, lo dejó escrito en varias de sus obras, sus cartas, sus poemas. Pero en los Versos libres dice que no hay mujer más hermosa ni que ofrezca pasión más completa que la oscura dama Muerte. Martí, que se dolía sin cesar de los hogares fríos del destierro, sin sonrisa de hijo ni de esposa; que penaba por la índole malvada de los hombres, y por la esclavitud de su tierra natal, tenía, además, otros motivos más metafísicos para sentir sufrimientos tan abrazadores como los que dejó reflejados en los Versos libres; dolores comparables a los que provocaba el buitre cotidiano que roía la entraña a Prometeo encadenado a su roca: “No es que mujer me engañe, o que fortuna/ Me esquive su favor, o que el magnate/ Que no gusta de pulcros, me querelle:/ Es ¿quién quiere mi vida? (…)”. Era el aislamiento del alma quien lo aniquilaba. No solamente la falta de afectos familiares o la condición triste y amarga del desterrado, sino la ausencia del alma gemela, que no es mano de madre, amante o amigo que nos alivia con su ternura, sino esa otra alma que nos comprenda en nuestra plenitud, ese alter ego que, si a las personas comunes y corrientes nos es casi imposible encontrar en el espacio de una vida, cómo no habrá sido de arduo para alguien como José Martí, que era el monumento encarnado a la sustancia más pura y luminosa de la especie humana? ¿Dónde habría el Homagno de hallar su esférica mitad?

“De cada vivo/ Huyo, azorado, como de un leproso”. Entre esos vivos él incluía, yo no lo pondría en duda, buena parte de la nómina, con salvas excepciones, de quienes lo acompañaban en la lucha, y que en muchísimos casos justificaron el juicio del Apóstol con sus conductas posteriores a la guerra y al establecimiento de la República. No es posible contener la emoción cuando se piensa en lo que habrá sentido Martí en aquella reunión de La Mejorana, oyendo a Gómez apostrofar a alguien de la tropa que, sin conocer su identidad, hizo una lectura subliminal de su finura, su educación y su clase, y le llamó con inocencia señor Presidente. Hierve la sangre imaginar cuál habrá sido la envergadura de las ofensas cruzadas entre Martí y Maceo, con motivo del deseo de Martí de ir hasta Camaguey para reunirse con los soldados que antes habían peleado a las órdenes de Agramonte, y también por causa de su firme propósito de permanecer en Cuba, contra la opinión de Gómez y Maceo, quienes le querían de regreso al exilio. Conociendo el perfil psicológico, la idiosincrasia y las ambiciones personales de los tres luchadores reunidos allí, me cuesta poco reconstruir el tormento que debió significar para Martí escuchar las cosas que le fueron dichas (y que él se vio, sin duda, obligado también a ripostar); cosas tales que reflejó en su Diario de Campaña utilizando claves numéricas. De natural pudoroso ¡no se atrevió a plasmarlas en normal escritura! Debió resultar atroz para Martí, y definitiva, la corroboración absoluta de que nadie quería, en realidad, su vida (su muerte, muchos). No existe, a mi modo de ver, contradicción alguna entre el poeta de los Versos libres y el auto crucifixo, el suicida de Dos Ríos, sino muy lógica conclusión.

Es este un tema tan delicado, tan infinitamente abordable, y es aquí tan necesaria la reflexión acuciosa, que no puedo aspirar a pasar, por ahora, de estas cuartillas apenas inspiradas por el reencuentro con los Versos libres. Pero me gustaría hacer una última observación: hace pocos días escuché una entrevista concedida a un medio de prensa por el doctor Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, donde se habló, entre otras cosas, sobre el misterio de La Mejorana, la muerte de Martí, y el señalamiento hecho por Cintio Vitier y Fina García Marruz sobre la implicación poética de la relación entre el seudónimo utilizado por Martí en la lucha, Orestes, y el nombre del cementerio donde yace su cadáver, Santa Ifigenia. Quienes conocen la cultura griega y el mito de los Atridas, saben que fue Orestes uno de los tres hijos de Agamenón, rey de Micenas, con su reina Clitemnestra. Al inicio de la guerra contra Troya, Agamenón ofreció en sacrificio a los dioses a su propia hija Ifigenia, a cambio de la victoria. Clitemnestra, herida en su maternidad, jamás le perdonó a su esposo el crimen, pero ocultó sus sentimientos. Cuando Troya fue tomada, los vencedores griegos se repartieron las cautivas troyanas como parte del botín. A Agamenón, jefe de los ejércitos, le tocó la princesa Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, y regresó con ella a su tierra. Clitemnestra, que en los diez largos años de la guerra había calentado el lugar del rey en el lecho nupcial con un amante, tramó la muerte del esposo y su flamante esclava, y los asesinó en el baño. Electra, segunda hija de la pareja, avisó a su hermano Orestes, el primogénito, para que volviera a Micenas y vengara la muerte del padre, ajusticiando a la madre y a su compañero de adulterio. Así lo hizo Orestes, quien tras herir el seno que lo había nutrido fue presa de demencia, y vagó por el mundo perseguido por las Erinias, quienes lo afligían con remordimientos horribles por haber vertido la sangre que lo alimentó. ¿Se identificaba Martí, dramaturgo, con Orestes solo en tanto que figura trágica, o quería fundirse en el arquetipo clásico del Vengador, o la elección de su seudónimo para causa tan magna como la independencia de Cuba tuvo para él, aún, otras implicaciones más profundas y oscuras como, por ejemplo, el matricidio, que habría de cobrar su forma política en la derrota de la nación madre de Cuba, España? El hecho es que, para quienes sean capaces de admitir la dimensión simbólica de la existencia, el que Martí haya sido sepultado en Santa Ifigenia no significa solo ir a morir en brazos de su hermana en el mito, lo que hubiera entrañado meramente un hortus conclusus para el drama místico-poético del Apóstol, sino, sustancialmente, que su cuerpo descansa en una última morada bajo la advocación de una figura como Ifigenia, claro paradigma del arquetipo de la víctima sacrificial. Si acaso existe, en realidad, un lenguaje del Universo que habla para los hombres y la Historia con claves y enigmas, la sepultura de Martí en Santa Ifigenia, avisa sobre una unión ¿esotérica? del mito griego de Orestes con el concepto cristiano de santidad, y ello viene a corroborar en lengua cósmica que el Maestro nació con el destino que él mismo intuyó siempre para sí: el de Redentor, lo que, automáticamente, en un vuelco traslaticio de culturas, lo devuelve a Tipheret, el plano crístico donde los dioses se clavan (o son clavados) en la cruz —o en el árbol que la antecede en el reino del símbolo— para propiciar la revitalización de la Naturaleza, el nacimiento de la Simiente y la perpetuación del equilibrio cósmico. Pero veo todavía otro vínculo: Martí durmiendo su Eternidad en el regazo de Ifigenia se convierte en la transustanciación entre los arquetipos de la Víctima Sacrificial y el Vengador, y en la apoteosis metafórica de ambos, orto helíaco de una hierofanía. Y me parece que eso es, exactamente, lo que expresa el poema Yo sacaré lo que en el pecho tengo, a modo de conclusión y deseo en tanto máxima expresión de una Voluntad sublimada hasta sus últimas consecuencias; donde también, por cierto, se cuidó de advertir a la posteridad que no había escrito ese poema bajo una reacción emocional inmediata, sino en calma perfecta y razonada, y que no se arrepentía de ello. Me ha parecido que esta pieza reúne en sí todas la líneas del tormento y la angustia que atraviesan con su respiración oscura y agitada los Versos libres de José Martí.

YO SACARÉ LO QUE EN EL PECHO TENGO

Yo sacaré lo que en el pecho tengo
De cólera y de horror. De cada vivo
Huyo, azorado, como de un leproso.
Ando en el buque de la vida; sufro
De náuseas y mal de mar: un ansia odiosa
Me angustia las entrañas: ¡quién pudiera
En un solo vaivén dejar la vida!
No esta canción desoladora escribo
En hora de dolor:
¡Jamás se escriba
en hora de dolor! el mundo entonces
Como un gigante a hormiga pretenciosa
Unce al poeta destemplado: escribo
Luego de hablar con un amigo viejo,
Limpio goce que el alma fortifica: —
¡Mas, cual las cubas de madera noble,
La madre del dolor guardo en mis huesos!
¡Ay!,¡mi dolor, como un cadáver surge
A la orilla, no bien el mar serena!
Ni un poro sin herida: entre la uña
Y la yema, estiletes me han clavado
Que me llegan al pie; se me han comido
Fríamente el corazón: y en este juego
Enorme de la vida, cupo en suerte
Nutrirse de mi sangre a una lechuza.
¡Así, hueco y roído, al viento floto
Alzando el puño y maldiciendo a voces,
En mis propias entrañas encerrado!

No es que mujer me engañe, o que fortuna
Me esquive su favor, o que el magnate
Que no gusta de pulcros, me querelle:
Es ¿quién quiere mi vida? Es que a los hombres
Palpo, y conozco, y los encuentro malos.—
Pero si pasa un niño cuando lloro
Le acaricio el cabello, y lo despido
Como el naviero que a la mar arroja
Con bandera de gala un blanco blanco.

Y si decís de mí blasfemia, os digo
Que el blasfemo sois vos: ¿a qué me dieron
Para vivir en un tigral, sedosa
Ala, y no garra aguda? ¿o por acaso
Es ley que el tigre de alas se alimente?
Bien puede ser: ¡de alas de luz repleto,
Daráse al fin de un tigre luminoso,
Radiante como el Sol, la maravilla!—
Apresure el tigral el diente duro!
Nútrase de mí: en mis hombros
Clave los grifos bien: móndeme el cráneo,
Y, con dolor, a su mordida en tierra
Caigan deshechas mis ardientes alas!
¡Feliz aquel que en bien del hombre muere!
¡Bésale el perro al matador la mano!

¡Como un padre a sus hijas, cuando pasa
Un galán pudridor, yo mis ideas
De donde pasa el hombre, por quien muero,
Guardo, como un delito, al pecho helado!

Conozco el hombre, y lo he encontrado malo.
¡Así, para nutrir el fuego eterno
Perecen en la hoguera los mejores!
¡los menos por los más! ¡los crucifixos
Por los crucificantes! En maderos
Clavaron a Jesús: sobre sí mismos
Los hombres de estos tiempos van clavados.
Los sabios de Chichén, la tierra clara
Donde el aroma y el maguey se crían,
Con altos ritos y canciones bellas
Al hondo de cisternas olorosas
A sus vírgenes lindas despeñaban,
A su virgen mejor precipitaban.
Del temido brocal se alzaba luego
A perfumar el Yucatán florido
Como en talle negruzco rosa suave
Un humo de magníficos olores:—
Tal a la vida echa el Creador los buenos:
A perfumar: a equilibrar: ¡ea! Clave
El tigre bien sus garras e mis hombros:
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás en ellos.
Tal a la vida echa el Creador los buenos:
A perfumar: a equilibrar: ¡ea1 clave
El tigre bien sus garras en mis hombros:
Los viles a nutrirse: los honrados
A que se nutran los demás con ellos.

Para el misterio de la cruz, no a un viejo
Pergamino teológico se baje:

Bájese al corazón de un virtuoso.
Padece mucho un sirio que ilumina:
¡Sonríe, como virgen que se muere,
La flor, cuando la siegan de su tallo!
¡Duele mucho en la tierra un alma buena
De día, luce brava: por la noche
Se echa a llorar sobre sus propios brazos:
Luego que ve en el aire la aurora
Su horrenda lividez, por no dar miedo
A la gente, con sangre de sus mismas
Heridas, tiñe el miserable rostro,
¡y emprende a andar como una calavera
¡cubierta, por piedad, de hojas de rosa!

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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