El libro póstumo de Rufo Caballero

Rufo, teórico del arte y esteta consumado

Palabras de la Escritora, periodista y colaboradora de Radio Ciudad de La Habana, Gina Picart, en la presentación del libro de Rufo Caballero en la Feria Internacional del Libro Cuba 2011.

Rufo Caballero dio a conocer en la revista Cine Cubano su relato Los que fueron al bosque de avellanos, basado en la novela Los puentes de Madison, y en la película homónima de Klimt Eatswood. Ese cuento fue su primera incursión ficcional en un filme, a la vez que su primer atreverse como narrador, y resultó finalista en un Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar. En cuanto lo leí, empezamos a cruzar una correspondencia nutrida, a veces tres y cuatro mails diarios. Yo comencé a preparar un trabajo sobre ese cuento que me parece magnífico, y discutíamos acalorada, cómicamente, defendiendo nuestros puntos de vista con una saña y una exaltación que después nos hacían reír. Por razones personales nunca pude terminar ese trabajo. Rufo intentaba consolarme, y fue así como me habló de un libro que aún tenía en prensa, Seduciendo a un extraño. Rufo estaba intranquilo con esta aventura literaria, la primera de su vida. Estaba fascinado, excitado, y muy emocionado.

Hoy, que ya el libro es un hecho, puedo decir que ha sido para mí una conmoción leerlo. Muestra a un narrador que no tiene absolutamente nada que envidiar a otros que han esgrimido siempre por oficio el arte de narrar, y aún supera a muchos por el amplísimo espectro de inquietudes filosóficas y estéticas, y su vastedad y espesura cultural.

La literatura cubana, generalmente atrapada en las fronteras de su domesticidad, no puede presumir, especialmente hoy, de contar con una nómina muy nutrida de autores a quienes inquieten el devenir de las ideas estéticas, el pensamiento filosófico o la historia de la cultura universal. Rufo, teórico del arte y esteta consumado, muestra todas estas marcas con brillo singular desde el inicio mismo del libro. Solamente la selección de filmes de la que parte, deja ver ya a un artista profundamente inquieto por la índole afectiva en la condición humana. En las palabras iniciales que escribió para Seduciendo a un extraño se analiza sí mismo como narrador, y es tan lúcido al mirarse al espejo que casi pudiera decirse que deja poco para agregar. CASI. Allí dice que le interesa la vida emocional de los seres humanos e indagar en la construcción y el funcionamiento del amor. Dice que le interesa el estudio de la culpa, y el ánimo del hombre ante la proximidad de la muerte. Y expone, sometiéndose a sí mismo a la condición de sujeto artístico analizado, todas las técnicas y procederes que usa para escribir sus historias, en un ejercicio de laberinto minotáurico que le hace ir desde una novela que da origen a una adaptación cinematográfica, hasta esa adaptación y, de ahí, a la creación de un personalísimo universo basado en la intertextualidad.

Por haber trabajado yo tanto la intertextualidad, puedo entender perfectamente el placer intenso y sutil, casi orgásmico, que Rufo confiesa sentir al escribir estas historias. Sé, por experiencia muchas veces vivida, que es como entrar enmascarado e invisible en la casa de alguien a quien admiramos como a Dios, y robarle con una caricia, mientras está dormido, su tesoro más preciado, para después lamerlo a solas en nuestro refugio, en la cuevita del alma donde ya nadie nos lo podrá arrebatar. Yo comprendo muy bien lo que él sentía cuando trataba de ir más allá, de sorprender la grieta en la obra de sus ídolos, la grieta por donde inseminar otro universo paralelo capaz de saciar ese afán de empujar horizontes que espolea siempre al artista genuino. Quien puede manejar la intertextualidad como Rufo lo hace en este libro, no es un mero saqueador ni un simple retocador de historias, sino un paridor de mundos, un demiurgo.

Pero Rufo, aquejado tal vez por la comprensible timidez de los novicios, es muy modesto en la valoración que hace de su trabajo en este libro. Su aprovechamiento de los puntos de indeterminación, como las dudas de la hermana Aloysus en Plumas en el viento; la continuación del argumento con otro final probable, como en Las palabras finales; los cambios del punto de vista en Los que fueron al bosque de avellanos… No, Rufo: aunque tú digas que no cambias la historia, sino que apenas te das el gusto de recrear la intención sumergida en el original; aunque seas tú mismo quien lo afirme, la verdad es que vas mucho más allá. Cuando limitas el marco de tu acción al amor y la sexualidad, y expones tus razones diciendo: “Difícilmente los amantes entrampados en la contienda pueden entrever que cuanto viven no alcanza a ser la vida. La burbuja puede convencerlos de lo contrario. Es duro ver, o comprender desde fuera, que no es la vida, por hermoso que resulte”, no estás revelando más que una parte del problema. Las intervenciones que acometes en Seduciendo a un extraño van mucho más lejos: muestran que en medio de ese enorme desierto de arenas cegadoras y turbulentas que es el amor, se agita siempre la tropilla deplorable de las miserias humanas, escuálida, espástica, oscura.

Seduciendo a un extraño es un libro maravilloso y de homogénea completud, donde Rufo, además de emplear diversos patrones narrativos, o a pesar de emplearlos —como cuando transforma El paciente inglés en un trabajo de mesa actoral ejecutado a través de un chat colectivo— conserva, de un modo que sorprende por la destreza en el logro, el sabor, el color y las atmósferas de los filmes y novelas de los que parte. Todas las piezas del libro son de excelente calidad, pero siempre hay un lo mejor de lo mejor, y para mí —y lo voy a decir con escrúpulo de ser injusta—, las joyas más rutilantes de Seduciendo a un extraño son: Mi Espectador, basado en la película Muerte en Venecia, de Visconti, basada a su vez en la noveleta de Thomas Mann La muerte en Venecia; Los que fueron al bosque de avellanos, basada en la película Los puentes de Madison, de Klimt Eastwood, y en la novela homónima de Miller; Las fuerzas mayores, basada en Brokeback Mountain, de Lee; Plumas en el viento, basada en La duda, de Shanley, y No quiero recordar los nombres, basada en Una relación pornográfica, de Fonteyne.

La belleza de Mi espectador me dejó anonadada. Allí está conservado el espíritu intacto de la Venecia finisecular, pestilente y solapada de Mann y Visconti; allí queda plasmado algo tan espantosamente contradictorio como la sensualidad decadente de un niño de catorce años, su inconcebible refinamiento, su precoz perversión que no tiene, como la lujuria del amante viejo, una justificación que la eleve a la categoría de adoración estética; allí se respira el aroma a reseda y tul antiguo del Art Nouveau —que Rufo y yo venerábamos como el coro de Fuenteovejuna. Allí están, en su perenne encarnadura, Mann y Visconti, pero, sobre todo, está Rufo Caballero, con un pulso narrativo demoledor y una mirada psicológica ¡tan penetrante! que, cuando se sumerge en las vísceras del adolescente Tadrio, quita el aliento como un golpe en el estómago aplicado al lector sin ninguna piedad.

La profundidad psicológica de Los que fueron al bosque de avellanos, enfundada entre la poesía envejecida de aquellos puentes cubiertos y rojos de color, los vastos sembrados de maíz de Iowa, y los versos maravillosos de Yeats, es un desmenuzar implacable del dueto protagónico, aplastado contra la mesa de disección por un Rufo que cala en su ojo la lente de un joyero para llegar hasta los átomos iniciáticos de un amor abortado por cobardía.

Este relato, al igual que Plumas en el viento, muestra a un Rufo que, como autor, se arrogó una absoluta independencia fabulativa con respecto a su hipertexto. Haber exhumado de la novela inicial el cuerpo fantasmático de un hijo inexistente, al mismo tiempo que haberse atrevido a resucitar al fotógrafo para hacerlo morir cuando al nuevo universo vertebrado por Rufo resultó conveniente…, son alardes de imaginación y originalidad que, al menos yo, envidio, y que, tratándose de la primera aventura narrativa de Rufo, hablan muy alto de su audacia creadora.

La solución dada a las dudas finales de la hermana Aloysus en Plumas en el viento fue otro momento del libro que me hizo revolverme en mi sillón por lo inesperado. Cualquier cosa hubiera imaginado yo, menos esa salida con que Rufo coloca a la aséptica e intolerante religiosa en los últimos y más sucios círculos del Infierno de Dante. ¡A su adorada —me consta— Merryl Streep!

Tengo que respirar profundo antes de comentar Las fuerzas mayores. En estos tiempos actuales, en que nuestro país se debate en lo candente del tema gay, la intervención de Rufo en este filme que trata sobre el amor homosexual entre dos rudos vaqueros norteamericanos, es de una sutileza rayana en lo insoportable que puede resultar, a veces, la perfección. La idea de desplazar el punto de vista del narrador a la intrascendente camarerita que se enamora de Ennis del Mar, fue una magistral intuición artística de Rufo, porque ofrece la posibilidad de analizar este amor homosexual, ya no desde las encontradas posiciones de los dos amantes, sino desde la óptica de una presunta víctima femenina, quien se negó a permitir que la supuesta ofensa de género arruinara la belleza de un sentimiento que germinaba únicamente fecundado por su propia existencia. Si la película asume la defensa valentísima de la pureza del amor más allá de las marcas del sexo, el relato de Rufo se enfoca en la generosidad de espíritu como firma insobornable de un sentimiento auténtico. Que una mujer pueda amar a un hombre por encima de su homosexualidad, hincada solo en la altura y la limpieza de su condición humana, en la integridad de su carácter, en su indefensión que se enmascara tras una rudeza impuesta desde la más tierna edad por la violencia de género, es una lección que deberemos siempre a Rufo, y que vindica a muchas mujeres que se han obligado a renunciar a sus sentimientos por un compañero homosexual. Deberemos por siempre a Rufo este discurso apasionado sobre el Amor en tanto dimensión que rebasa las fronteras del concepto convencional, porque, al menos hasta donde yo recuerdo en este momento, no tiene precedente en nuestra literatura, o no hay precedente de un tratamiento tan delicado, tan sublime. Como si el Amor solo fuera cuestión de sexos y no de emparejamiento de almas.

Como escritora, como artista y como ser humano, aún tengo mucho que decir sobre Seduciendo a un extraño, pero quiero dar la bienvenida a la literatura hispanoamericana a este libro singular, debut de oro de un narrador a quien no sé qué imperdonables fuerzas del Destino han arrebatado demasiado pronto a la cultura cubana. Mi hija me comentaba días atrás: “Desde que Rufo no está, se siente un vacío en el aire, como si faltara un pedazo muy grande en el aura de Cuba!”. Este es mi postrer homenaje a mi amigo Rufo Caballero, artista grande y completo como pocos hemos tenido, a quien ofrezco para siempre, como lo tuvo en vida, mi corazón de amiga y admiradora eterna.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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