ÁNIMA FATUA O EL ROSTRO VELADO DEL ALMA RUSA

He sido a través de los años una lectora bastante fiel de la obra de la escritora cubana Anna Lidia Vega Serova, de su prosa pintoresca, provocadora, y de sus personajes marcados por la angustia de una identidad fragmentada e irreconciliable. Si le seguí los pasos fue porque desde sus primeras publicaciones me pareció una autora realmente interesante, con un imaginario sin impostaciones, una pluma sólida y una percepción profunda de la condición humana —mérito lamentablemente escaso entre los escritores cubanos de las últimas generaciones—, pero su novela Ánima fatua supera todo lo que había publicado antes y muestra ya a una creadora en plena madurez artística, no solo por el dominio de técnicas literarias y la capacidad que despliega al articular el mundo interior de sus criaturas, sino, sobre todo, porque en Ánima fatua Vega se muestra ya completamente a la altura de una de las más difíciles demandas que asedian a un intelectual: la de convertirse en conciencia crítica de la sociedad.

Lo que entiendo por responsabilidad del artista como conciencia crítica de la sociedad no es la crítica persistente y machacona de todo lo que parece estar (y realmente está) mal en un sistema social y en un modo de vida impuesto por un credo político o religioso determinado; ni mucho menos la praxis de una literatura cuya columna vertebral sea la descripción repetitiva y morbosa de situaciones dramáticas o trágicas vividas por los pueblos, sino la posibilidad de penetrar, más allá de lo meramente fenoménico, hasta los entresijos más hondos, hasta lo que hay tras el eterno telón de lo aparencial en el teatro de la existencia. O si se prefiere, como concibieran el tema los antiguos filósofos griegos: la búsqueda del Primer Motor o causa primera que impulsa el movimiento de todas las demás.

Es en este sentido que Ánima fatua constituye, quizás por primera vez en el panorama literario nacional, la posibilidad de otear inside las causas originales de un fenómeno social que los cubanos hemos venido observando durante medio siglo; y con ello esta novela trasciende, en mi criterio, las fronteras estéticas en las que en ocasiones queda atrapada una obra de arte. El fenómeno al que me refiero es la rarísima dinámica de las ineludibles relaciones humanas que, a escala microcósmica, trajo consigo la alianza de la República de Cuba con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero este enunciado es solo la representación exterior de otros fenómenos mucho más profundos y complejos que más adelante expondré, y para la comprensión de los cuales resultan sumamente reveladoras las páginas de Ánima fatua.

Para quienes, como yo, nunca viajaron a la URSS ni estudiaron en sus universidades y escuelas politécnicas ni contrajeron nupcias con soviéticos, siempre ha sido difícil comprender por qué los matrimonios de rusos y cubanos (mayoritariamente de rusas y cubanos) parecían siempre condenados a alguna especie de maldición de impermanencia, de indurabilidad; por qué estas uniones se caracterizaban por convivencias violentas, a veces, hasta la ferocidad; por qué los hijos de estas parejas solían ser “diferentes” y en no pocos casos tenían personalidades francamente disfuncionales — tan al contrario, por ejemplo, de las familias chino-cubanas, por lo general tan estables y exitosas—; por qué los colegas rusos que trabajaban en nuestro centro laboral nos negaban el saludo matinal o nos lo concedían con aquella —tan— marcada reticencia y, sin embargo, por las noches recorrían los edificios múltiples del barrio vendiendo alimentos, ropa y otros objetos de primera necesidad de los cuales nosotros, los cubanos, siempre andábamos ávidos: por qué las guagüitas de rusos que recorrían Miramar a toda hora olvidaban generalmente los mandatos imperiosos de la solidaridad comunista y, en tardes bañadas por los torrenciales aguaceros característicos de esa zona costera se negaban, pertinaces, a recoger a los pobres becados cubanos que trasegábamos empapados largas distancias para salir o regresar de nuestras escuelas y que les hacíamos señas de socorro desesperadamente. ¿Acaso el generoso, caballeroso y heroico príncipe Volkonski, o el serio y bonachón Pierre Bezujov, personajes emblemáticos de La guerra y la paz, se habrían comportado con nosotros de un modo tan… descortés? Y como estas, mi generación ha tenido siempre muchas preguntas que el ballet ruso, la música de Tshaikovski y Rasmaninov, los catálogos del Ermitage, las preciosas Matrioshas, las películas de la Cinemateca, las novelas de Tolstoi, Dostoievski y los autores del realismo socialista, y los animados de Bolec y Lolec nunca nos pudieron aclarar.

Pero Ánima fatua sí ha podido ayudarme a entender o, para ser más exacta y fiel a la verdad, a corroborar lo que muchos de nosotros sospecháramos en un pasado no muy lejano sin confesarlo nunca: si bien en terrenos como la política y la economía los dos países se avenían como guante a mano, en la mucho más modesta escala de los individuos existe un abismo insalvable. Un tremendo abismo cultural.

El desfile de ánimas lastimosas que son los personajes de Anna Lidia, sus individualidades, sus historias, sus comportamientos, su morbosa incapacidad para sentir un sano amor hacia el universo que los contiene (que se resuelve en imposibilidad de conectar con la realidad y mucha, mucha enajenación), su patética dificultad para comunicarse con códigos mentales benéficos admisiblemente racionales, su incontrolable tendencia a la mimesis caricaturesca de las facetas más insustanciales de importantes fenómenos socioculturales del siglo pasado, muestran bajo una luz dolorosa y patética el extraño regalo que la Historia, como un hada perversa, concedió a Rusia per saecula saeculorum desde su nacimiento: el conflicto insalvable de la binariedad, eso que muchos llaman el alma dividida, y que como conflicto identitario alcanzó su clímax cuando Pedro el Grande, fundador del Imperio ruso, al regreso de su tournée exploratoria por la civilizada Europa Occidental decidió que había que modernizar Rusia, demasiado eslava, demasiado rusa, obligándola por decreto a afeitarse las barbas ancestrales y a pensar en francés. Alguien me comentó en una ocasión que el alma rusa es tan rusa que encaja difícilmente en otros contextos ajenos al suyo propio. Comentario que podría parecer cuestionable si no estuviera suficientemente basado en la Historia.

La novela de Anna Lidia Vega permite mirar bien adentro de una sociedad profundamente enferma, como si su autora hubiera abierto una ventana destinada a quienes tengan ojos que vean y oídos que escuchen. Una sociedad que después de su titánica participación en la Segunda Guerra Mundial ofreció al mundo una imagen paradisíaca, para terminar arrojando ante ese mismo mundo estupefacto su máscara deslucida en medio de grotescas contorsiones. Malos vientos, mefíticos vientos escapan por esta ventana que es Ánima fatua. Pero este Bóreas indiscreto y maligno que muchos piensan —por falta de información— comenzó a soplar a principios del pasado siglo viene, en realidad, trastocándolo todo desde mucho antes.

BREVE MIRADA A LA HISTORIA DE RUSIA
Brevísima, porque no es posible en el reducido espacio de un artículo analizar un fenómeno tan extraordinariamente complejo como la identidad de un país. Con una población original protoindoeuropea y escita, asentada antes del siglo I en la zona de Rusia meridional, en el siglo VII, doscientos años después de la caída del Imperio Romano,la zona del Volga Superior —por mencionar solo una parte de la geografía de lo que sería posteriormente la Rus, se encontraba aún en plena Edad del Hierro, término conceptual utilizado para referirse a las culturas prehistóricas, mientras que en la zona del Mediterráneo esta etapa del desarrollo de las civilizaciones había terminado, con el inicio de la tradición histórica, durante el periodo Helenístico y el comienzo del Imperio Romano. Los pueblos que habitaron inicialmente lo que sería después la tierra rusa se mezclaron muy temprano con pueblos del Asia Central (para muchos antropólogos, su núcleo raíz). A este vasto complejo cultural se sumó la influencia de los mongoles, presencia indeseada que se extendió por tres siglos, y de la cultura bizantina y el cristianismo, introducido desde el principado de Kiev, en ese entonces el mayor y más poderoso de toda la Europa medieval, durante el reinado de Vladimir el Sabio (1019-1054), quien puso fin —o trató sinceramente de hacerlo— al paganismo idólatra eslavo, muy cercano al animismo y el chamanismo.
La adopción del cristianismo como religión oficial, y de los dogmas y formas litúrgicas de la Iglesia Ortodoxa Oriental, tuvo importantes consecuencias políticas, culturales y religiosas para la naciente nación rusa. El empleo del alfabeto cirílico en la liturgia produjo una colección de escrituras traducidas directamente del griego a la lengua rusa y adecuadas a los pueblos de origen eslavo, que fueron convenientemente utilizadas para facilitar la conversión de los eslavos orientales a la fe de Cristo. En esta misma lengua se difundieron rudimentos de la filosofía, la ciencia y la historiografía griegas sin que ello conllevara aparejado el aprendizaje del griego antiguo ni del latín, mientras que la población culta de la Europa Occidental y Central continuaba manejando esta lengua, no solo como idioma oficial para asuntos religiosos, sino también, en algunos casos, como lenguaje cotidiano. Esta peculiaridad que caracterizó el primer contacto intelectual de la Rus con Occidente fue decisiva, porque aisló a una nación naciente de un universo lingüístico y su consiguiente sistema de pensamiento el tiempo suficiente como para que, en ese conglomerado cultural que era el pueblo ruso, se desarrollara y floreciera una cultura muy fuerte y diferente de la que caracterizaba al mundo europeo occidental. Hubo en la Rus, por su tardío arribo a la civilización europea, una mayor supervivencia del espíritu pagano propio de sus anteriores prácticas religiosas. Esto significa exactamente lo mismo que en el resto de los países europeos cristianizados (también en América se reproducirá el fenómeno tras la Conquista): la aristocracia y las clases altas adoptaron sin reservas la nueva religión, pero el pueblo, mayoritariamente campesino e iletrado, permaneció apegado a la religión de sus ancestros. Por desequilibrios internos siempre en aumento, el principado de Kiev no fue capaz de mantener su estatus de potencia próspera y dominante y, tras una historia regional muy convulsa — entre 1054 y 1224, 64 principados tuvieron una existencia efímera, 293 príncipes reivindicaron derechos sucesorios y sus disputas provocaron 83 guerras civiles—, en 1204 la Cuarta Cruzada entró a saco en Bizancio trayendo como consecuencia inmediata la decadencia de la ruta comercial del Dniéper, y con ella la de Kiev, que se escindió en varios principados ucranianos, bielorusos y rusos.
Tras la caída de Bizancio, en 1453, el principado de Moscú se convirtió en el único estado cristiano de la Europa oriental. Iván IV, más conocido en la historia por El Terrible (1530-1584), quien se hizo coronar como primer Zar, puso fin a la invasión mongola y anexó a sus dominios regiones de Asia Central como Kazán y Astrakhan, entre otras, dando comienzo a la era del Gran Ducado de Moscovia, definitivamente multiétnico y multicultural —con gran presencia de un cristianismo ortodoxo reciente, pero también con fuerte impronta musulmana—, y estructura feudal basada en el sistema de señorío patriarcal.
El zar Pedro I el Grande (1672-1725), fundador del imperio ruso, decidió modernizar el país y hacerlo marchar al ritmo de las naciones europeas, pero si le resultó relativamente fácil remodelar el ejército ruso al estilo francés y prusiano, construir una auténtica industria de armadura de navíos, afeitar las barbas de los boyardos, quitar el velo a las mujeres y poner a todo el mundo a hablar francés, la carencia de costumbres civilizadas, igualmente profunda en la nobleza y el pueblo, fue un obstáculo mucho más difícil de vencer para las intenciones civilizatorias del monarca. Es sabido que Pedro tuvo que hacer publicar —e imponer su lectura a los boyardos— un libro que enseñaba las normas más elementales de educación, entre ellas, no utilizar la punta del cuchillo para limpiarse los dientes ni tampoco el dedo índice para hacer lo mismo con la nariz. Para ayudar al proceso educativo que había iniciado, Pedro, a imitación de los monarcas europeos, favoreció la instrucción pública y creó los primeros institutos superiores, como la Escuela Politécnica y la Academia de Ciencias de San Petesburgo, estimuló la impresión de textos y en 1703 apareció el primer periódico ruso. Pero si comparamos esta etapa, relativamente breve en la historia de Rusia, con el plazo usualmente mucho más largo que ha demandado la marcha natural del proceso civilizatorio de otras naciones, habrá que convenir en que, una ves más, en el caso de Rusia el impulso fue violento y algo espástico. Y con retraso en el reloj histórico.
Un rápido análisis de la historia de Rusia muestra una nación tradicionalmente abocada a cambios drásticos de inusual velocidad y violencia históricas. Y una perpetua crisis de identidad: es malo ser pagano y creer en la bruja Baba Yaga, hay que adorar a Jesús. Es malo ser tan ruso, hay que mirar cómo son los vecinos europeos y tratar de parecerse a ellos. Es malo ser feudales y súbditos fieles del Zar: lo correcto es construir el comunismo. Y finalmente, en nuestros días, se les vuelve a decir que quizá el estilo nacional de construir el comunismo no fue una elección demasiado feliz, por lo que Rusia, tras la perestroika, emprende con entusiasmo el proceso más rápido, y de mayor envergadura entre todos los países del Este, de reconversión de una economía socialista al moderno capitalismo globalizado. La maldición de la aceleración histórica, de no poder quemar etapas. El salto perentorio, el empujón brutal. ¿Europeos o asiáticos, paganos o cristianos, occidentales u orientales, feudales o comunistas, rusos o soviéticos, comunistas o capitalistas: amigos o enemigos? Después de la teoría del caos y el efecto mariposa, ¿habrá quien piense todavía que algo puede suceder sin consecuencias?
Si la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto es algo más que una falacia, si cuando habla del reflejo del macromundo en el micromundo y enseña que “como es arriba es abajo” no está mintiendo, entonces el mundo que Anna Lidia Vega Serova recrea en Ánima fatua, el mundo de la Rusia de hoy mismo, con su gente reprimida, desequilibrada, enajenada, trocadas las raíces espirituales y culturales, profundamente trastornada, con sus mafias, sus mimesis, se nos presenta como auténtico y, tal vez, como el único lógicamente posible —hasta ahora— para esa sociedad. Es más: la dialéctica histórica que nos ha enseñado el marxismo, bien aplicada, deja fuera cualquier otro resultado histórico deducible. Finalmente, Marx y Thoth se dan la mano por sobre la mesa de un café en cualquier ciudad del mundo y se sonríen de mutuo acuerdo.

EL ESPEJO ENGAÑOSO O EL HADA DE LA VARITA FRUSTRADA
Pertenezco a la generación que vio nacer el movimiento hippie, pero para cualquiera que, aún sin haberlo vivido de cerca, haya estudiado la historia del hippismo, salta a la vista que los hippies rusos de Ánima fatua distan mucho de haber comprendido lo que este fenómeno sociocultural, uno de los más interesantes y profundos del siglo XX, significó en realidad: una revolución en todos los órdenes, pero sobre todo filosófica: una ruptura que cambió el mundo. Hasta donde la autora nos permite mirar, los hippies de la vieja Moscovia solo copiaron las formas externas de vida y conducta del movimiento —¿compulsados por su deseo de parecer más europeos, más occidentales; como un efecto rebote de la perestroika? Tal vez, no lo puedo saber a ciencia cierta, Vega haya caricaturizado algunos de sus personajes, pero me parece extremadamente coherente ese estado del ánimo y el espíritu en que la persona vaga sin una idea clara de lo que quiere o de lo que hace, como zombie, reproduce actitudes mecánicamente, impersona ídolos ajenos cuya verdadera esencia se le escapa, como tan bien ilustra la escena en que alguien dice a la protagonista, mientras los dos observan una foto del Ché, que era “tremendo hippie y tremendo loco”; o cuando el joven de buena familia, que pronto morirá de una penosa enfermedad, decide esperar el fin practicando el amor libre, bebiendo y drogándose en la tusovka, y convenciéndose a sí mismo de que es John Lenon (¿por qué no eligió a Yuri Gagarin para su abortada metempsícosis, o a cualquier otro ruso, pues en honor a la verdad en Rusia no faltan héroes?). Pienso en esa madre rusa de la protagonista, quien mostrándose ignorante de los más elementales postulados de la psicología infantil, asegura a uno de sus hijos que es bueno mientras, como en un acto teatral premeditado, acusa al otro de ser malo; esa madre que no tiene nunca un gesto de ternura filial; que no parece percatarse del drama que vive su hija, casi al borde del autismo; que no presta su apoyo; que nunca juega el papel para el que la concibió Madre Natura; que nunca se siente responsable, que se emborracha como única respuesta al naufragio de su vida. Pienso en esos abuelos distantes, rudos, más fríos que la nevaska; en los jóvenes letones obsesionados por su necia limpieza étnica, y tantos, tantos hombres y mujeres que cruzan por las admirables páginas de este libro, todos heridos, todos perdidos y sin control sobre sus vidas: todos miméticos, violados en el sentido más profundo del término: en su alma, de la que algo —nunca sabrán exactamente qué— los ha expulsado. Por doquier reina en Ánima fatua una especie de parálisis, de atrofia emocional. Se respira en el aire. Los personajes de Vega, visceralmente castrados para la comunicación y el calor humano, devienen símbolos temibles de un proceso histórico cuyo feo reflejo en el espejo ha resultado ser la realidad, mientras que la supuesta bella encarnadura no ha sido más que un espejismo vano, una vastísima ficción. Vega parece proponernos que contemplemos el penoso resultado de los pases mágicos del hada de la varita o, parodiando el título de un célebre filme soviético, el paisaje después de la batalla. Báquica distorsión.
Leyendo Ánima fatua muchas otras preguntas han venido a sumarse al eterno concierto de cuestionamientos sin respuesta que siempre me ha perseguido sobre el tema rusocubano; pero la única pregunta que no me hice ni pienso hacerme es si esta novela, que me fascinó desde su primera oración hasta el punto final, es o no es autobiográfica, o si se trata de cabo a rabo de una exitosa ficción literaria. Creo sinceramente que nadie debería detenerse en un detalle que resulta tan fútil a la hora de evaluar lo que esta obra aporta, especialmente a los cubanos: los elementos que entrega a quienes, como yo, nunca pusimos un pie en la URSS, para ayudar a comprender los matices no demasiado sutiles de una época larga, dilatada, que marcó para siempre la historia y la psiquis de nuestro país, y dejó, sin embargo, tan poca huella en su corazón. Pero aún por encima de ese logro tremendo de Ánima fatua —que muestra ya a una novelista en pleno dominio de su poética—, hay otro logro más universal en este libro, y es la maestría, la pericia literaria, la profundísima sensibilidad con que Vega ha sabido mostrar la raíz de los traumas de una infancia lacerada por la falta de amor, la soledad de una adolescente condenada a la incomunicación, el drama de un ser humano que se siente rechazado y termina por no saber a dónde pertenece. La tragedia de una sociedad entera que ha perdido la brújula varias veces a lo largo de su historia.
Y no es el menor éxito de Ánima fatua el hecho de que el insalvable abismo cultural no aparezca en sus páginas ni una sola vez como acusación abierta o toma de partido evidente. La novela está sembrada de pequeños, casi inadvertidos detalles reveladores de la posición de su autora, como aquel comentario de la proptagonista referente a que en la escuela habanera de los primeros años de Alia todos los niños querían ser sus novios por ser rusa, y que ser novios consistía en que ella les permitiera llevarle la maleta durante el trayecto de ida y vuelta al colegio y sentarse a su lado en el aula. Más tarde uno recordará estos párrafos cuando lea el pasaje donde una niña rusa de diez años, criada en buena famila, una pequeña comme in fault , recomienda con absoluto desenfado a la protagonista de 17 usar esperma de hombre sobre el rostro como crema de belleza. Cabe al lector comparar estas costumbres nuestras, de pueblo completamente desprejuiciado en su asimilación de la Otredad, con la recepción que, por ser rusocubana he hija de un hombre negro, le dedica a la protagonista en la letona ciudad de Tartu una vil pandilla de jóvenes xenófobos. El que tenga ojos, que vea, y el que tenga oídos, que oiga. Respetando las reglas más elementales del Tao, en Ánima fatua todo ha sido mostrado, todo dicho.
Para terminar, quiero creer que como receptora de esta obra de arte creada por Vega, me asiste el derecho de hacerla mía mediante mi propio código interpretativo de sus ficciones. Refugiada en esta creencia, me atrevo a cuestionar el supuesto de que el ente bifronte y protagónico nominado por su autora Alia/Alfa sea, en realidad, la pobre ánima fatua que da título a la novela. Creo que es otro el verdadero destinatario de este título, alguien así como una entidad más incorpórea y ecuménica, pero si realmente Vega procedió a velar la intención, no seré yo quien rasgue el encanto de la veladura. Solo diré que con esa hermosa frase latina de solo dos palabras, Vega ha operado desde la magia de la metáfora un luminoso ajuste de cuentas. Ajuste revelador que, estoy segura, muchos entre nosotros nunca terminaremos de agradecerle.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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