CADA CUAL CUMPLA COMO MEJOR PUEDA CON SU OFICIO DE HOMBRE

PRIMERA MENCIÓN DEL PREMIO JULIO CORTÁZAR DE CUENTO 2007

Entrevista con Gina Picart

Por Farah Gómez

Hace pocos días se dio entrega del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar que se otorga cada año y que concede además de un Premio, una Primer Mención y otras menciones. En esta ocasión, el jurado, integrado por los escritores Jesús David Curbelo, Alberto Garrandés y Cira Romero seleccionó como Primera Mención del certamen el cuento El príncipe de los lirios de la escritora cubana Gina Picart que al decir de uno de los miembros del jurado, ” posee una soberanía lingüística envidiable y despliega un erotismo atmosférico de gran empaque. Tiene los trazos y los colores de Klimt y la “melancolía” de la mirada cultural puesta al servicio del cuerpo”.

Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana, Gina Picart comienza su carrera oficial como escritora con la publicación de su ópera prima La poza del Ángel , libro de relatos con el que obtuvo el Premio David de Ciencia Ficción en 1990. Con este mismo volumen obtiene posteriormente los premios Pinos Nuevos 1993 y HabanaFicción 1998.

Sus relatos han aparecido fundamentalmente en antologías de narrativa femenina cubana aunque con escasa presencia en recopilaciones temáticas y generacionales, debido a que sus narraciones no pueden clasificarse siempre dentro de un género definido. Ha incursionado también dentro de la crítica literaria y el ensayo. En el 2006, obtuvo el premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras con su libro La poética del signo como voluntad y representación , un estudio de hermenéutica simbólica sobre la narrativa de su compañero generacional Alberto Garrandés.

El cuento galardonado en esta ocasión, fue escrito para una antología compilada por la licenciada Redys Puebla con la temática tabaco y eros.

Con la autora tenemos el placer de conversar a propósito de este premio.

Usted ha obtenido en su carrera autoral varios premios literarios: entre otros pueden citarse el Premio David de Ciencia Ficción 1990, Premio Pinos Nuevos 1993, Mención Luis Rogelio Nogueras 1998, Mención UNEAC de Novela 2003, Premio Luis Rogelio Nogueras de Ensayo 2005 y ahora la primera Mención del Cortázar. Para usted como escritora, ¿qué importancia tienen estos certámenes y particularmente qué representa haber obtenido esta Mención Cortázar 2007?

La historia del arte ha demostrado que los premios no significan mucho. Son peldaños en una carrera y ocasiones para ganar dinero con lo que a uno le gusta hacer. Dan prestigio social y editorial, abren puertas, pero no garantizan la verdadera trascendencia ni la grandeza de un creador, y mucho menos protegen contra el olvido. A veces los ganan escritores que realmente merecen ese calificativo, pero de cualquier modo un premio es una fulguración momentánea. En lo que a mí se refiere, mis experiencias con los concursos han sido especialmente amargas. Trato de no pensar en qué han significado los escasos premios y las muchas menciones y finalismos que he obtenido, ni las circunstancias en que a veces han tenido lugar. Todo ello me resulta más bien triste. Prefiero pensar en lo que escribo y en lo que planeo escribir. Mi trabajo me da ánimo. Sin embargo, hay un premio que me proporcionó verdadero placer: el Luis Rogelio Nogueras de Ensayo. Lo gané con La poética del signo como voluntad y representación , un pequeño acercamiento a una parte de la obra narrativa de Alberto Garrandés. La escritura de esos textos fue un aprendizaje muy intenso y revelador. El Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar es un premio que he intentado ganar varias veces. Me apena no haber podido obtenerlo tampoco en esta ocasión, porque me hubiera gustado llevarlo a los pies de Catalina Lasa, la protagonista de El príncipe de los lirios . Catalina es un personaje singularísimo y archiconocido de la historia de Cuba y una obsesión constante para mí. Si desde donde está puede ver y oír, supongo que ante esta mención, por muy primera que sea, ella debe de estar torciendo la boca. Era una dama muy orgullosa y no me perdonará que la haya removido en su tumba si no fue para darle el máximo galardón, como cuando quedaba reina absoluta en los concursos de belleza habaneros de los felices 20.

Esta mención que recién obtuvo lleva el nombre de uno de los mejores cuentistas latinoamericanos. ¿Siente algún vínculo especial Gina Picart con el narrador Julio Cortázar?

Julio Cortázar fue una persona admirable en todo sentido. Cuando pienso en él siempre recuerdo aquella frase —creo que de Michel de Montaigne—:“Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre”. Cortázar es un ejemplo muy certero de ese cumplimiento. Los intelectuales argentinos me asustan un poco y no lo puedo evitar. Son monstruos enciclopédicos, humanistas redivivos, poseen una materia mental fraguada en el abrevadero de las más grandes culturas de la Humanidad. Cortázar, como Borges, Sábato, Macedonio, Mujica Laínez y tantos otros de su país, tuvo un pensamiento y una curiosidad voraces, apuntó en todas direcciones; hasta el budismo estuvo en la mira de su más profunda atención de vida. Algunos escritores a quienes rindo un culto especial se han convertido en personajes de mis cuentos. Cortázar es uno de ellos. Aparece, junto con Borges y Poe, en mi relato El nombre de la fosa , aún inédito. Jamás lo conocí personalmente, pero tengo la sospecha de que, de algún modo, era cándido. Para mucha gente eso tal vez sea un defecto imperdonable, pero para mí es una cualidad hermosa, algo así como el último vestigio de la naturaleza angélica que, tal vez, cada uno de nosotros poseyó en el Comienzo.

De usted dijo el escritor Alberto Garrandés en una ocasión que es “la única que emprende la aventura de escribir textos narrativos donde la mística y la simbólica de varias tradiciones culturales (las más conocidas y las más oscuras) se transforman en ficción y en personajes”. ¿Siente usted especial inclinación por la ciencia ficción o el mundo de la fantasía?

Mi primer libro, La poza del ángel , tenía algunos textos de ciencia ficción y otros fantásticos. Dos miembros del jurado del David de Ciencia Ficción de 1990 decidieron premiarlo porque le encontraron calidad estilística y un modo novedoso de abordar el género, o al menos eso escribieron en el acta de premiación. El tercer miembro no estuvo de acuerdo porque aquello que yo había escrito decididamente no le olía a ciencia ficción, sino a otra cosa que no podía definir con precisión. Nunca me atrajeron las disquisiciones científicas en que tanto gusta regodearse ese género. Siempre me interesaron mucho más la emocionalidad, las concepciones filosóficas y las cosmovisiones de ciertos autores, Bradbury sobre todo. Pero eso fue solo una etapa, la primera. Los escritores tienen etapas, como las tienen los pintores y los músicos y todos los artistas. Son momentos del tránsito espiritual de cada individuo. Nadie es uno y el mismo para siempre, mucho menos los artistas verdaderos, quienes viven en una indagación y una introspección perpetuas. Ya no he escrito más ciencia ficción y no sé si vuelva a intentarlo algún día. Es un género con convenciones demasiado estrictas y en su universo me siento como dentro de una camisa de fuerza. Pero si alguna obra de ciencia ficción está bien escrita, es literatura y la leo con placer. Los cuentos de Bradbury aún ejercen sobre mí la misma fascinación que cuando los leí por primera vez. Le sigo siendo fiel. Solo para quienes abordan la ciencia ficción de este modo puede convertirse en una materia muy proteica. Pero es cuestión de sensibilidad. Eso no significa que yo renuncie al género ni a sus potencialidades. Si tengo que entrar a saco en él para crear una escenografía o una atmósfera, como hice en Caín en las entrañas de la noche , lo hago. Lo hice y lo volvería a hacer si fuera preciso. Soy una escritora muy oportunista.

¿De qué autores pudiera decir que tiene influencias? O ¿Cuáles pudiera citar como preferidos y por qué?

He leído tanto y saqueado tanto que ya no sabría decir quiénes me han influido, quizá porque las marcas más profundas que haya en mí no sean precisamente de escritores, sino de filósofos, humanistas, magos, religiosos, teólogos… Pero me impresionan mucho las métricas y ritmos de la poesía antigua: Homero, los versículos bíblicos, El libro de los muertos , el Popol vuh , el Mahabarata , las canciones de los trovadores provenzales… Shakespeare ha sido decisivo. Los clásicos griegos, romanos y grecohelénicos. Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Virginia Wolf, Lawrence Durrell, Robert Graves, Borges, Sábato. El nouveau roman y toda la literatura francesa. El decadentismo, por ejemplo, es una aventura espiritual interesantísima. Y alguna poesía. En mi panteón literario no hay muchas figuras de primera magnitud. Tengo predilección por autores que hoy ya nadie recuerda y que incluso en su época no fueron considerados grandes de la literatura, como Pierre Loti y Roger Peyrefit. Y por otra parte, no siempre a uno le gusta toda la obra de un escritor. De Durrell, por ejemplo, solo me gusta El cuarteto de Alejandría. Entre los escritores cubanos han sido importantes para mí Martí, Carpentier, Eliseo Diego, Collazo, Vieta, Garrandés… Hubo un tiempo en que leí mucho a Dostoievsky y Tolstoi. Hay un libro bellísimo, muy raro, exquisito, Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta, que fue uno de mis textos de cabecera desde que lo compré hasta que pasó a manos de personas inescrupulosas y malvadas junto con muchos de mis mejores libros. Y el Libro de los venenos, del español Antonio Gamoneda… Pero las preferencias no dependen solo del gusto, sino de momentos en la vida, de estados de conciencia, de expectativas, y todo eso es muy fluctuante.

¿Cómo valoraría el cuento cubano hoy, el momento en que se encuentra y sus vertientes principales?

No soy la persona más apropiada para hacer una valoración del cuento cubano hoy, porque la crítica literaria que hago no es sistemática como en el caso de Garrandés, Jorge Fornet, Zaida Capote… No sigo de cerca el trabajo de los autores nacionales. Ya tengo una edad en la que uno sabe que no dispone de todo el futuro en la cuenta del banco, sino que ha usado (¿y perdido?) más de la mitad del capital de tiempo que trajo a este mundo, así que me limito a leer solo lo que me interesa y puede serme útil en mis investigaciones para escribir. Y como lo que yo escribo exige mucha investigación, no me queda casi tiempo para leer por placer. También me agota bastante la búsqueda de las bibliografías muy específicas que necesito para hacer mis obras. Estoy muy ocupada con mi trabajo. No obstante, me parece que en la literatura cubana actual, como en todas partes y en toda época, se corre siempre el riesgo de tener que enfrentar —y el reto de saber reconocer— un fenómeno no por reiterado menos curioso, que consiste en una especie de habilidad mimética para imitar la verdadera luz del intelecto, el verdadero don de creación. Hay quien la despliega en mayor medida y quien casi no lo consigue, pero lo sorprendente es que a pesar de ello muchas de tales personas navegan exitosamente en las aguas mansas del arte nacional, y no se van a pique por más que publiquen textos cada vez peores. Pero si tuviera que dar mi opinión personal, diría que, en general, el panorama del cuento cubano actual parece variado y, hasta donde yo sé, cuenta con algunos escritores significativos, ya con una obra muy sólida y muy digna de respeto, como Garrandés, Riverón, y Ena Lucía Portela, tres de los autores que han creado corpus escriturales más originales, coherentes y homogéneos —que no es la generalidad entre nosotros, porque abundan las trayectorias muy desiguales—, y no sigo mencionando nombres para no pecar de ignorante o injusta (en realidad soy desmemoriada). Los 90 fueron muy preocupantes, pero afortunadamente los superamos y ahora hay escritores que ya no están coqueteando con la crónica periodística de inmediatez, sino que están interpretando nuestra realidad desde ángulos muy interesantes y bastante más profundos de lo que éramos capaces de hacer 15 años atrás. Desde luego, una literatura nacional no se vuelve espléndida ni reconocida solo porque cuente con autores verdaderamente importantes. También tendrían que jugar su papel los sistemas de promoción (entre los cuales se incluyen instituciones, editoriales, jurados de concursos, librerías, críticos, prensa y otros), los cuales, lamentablemente, suelen ser algo miopes e irresponsables a la hora de respaldar y promocionar escritores y obras. Sucede en todas partes, pero entre nosotros resulta especialmente incordiante, porque mientras en otros lugares admiten esto con una sonrisa elegante y te invocan razones de mercado ¡y hasta económicas!, nosotros desplegamos esfuerzos hercúleos para no admitirlo. Cuando se violenta la verdad —ya sea por incapacidad profesional, amiguismos o cualquier otro tipo de intereses— solo se obtienen frutos empobrecidos. Lamentablemente es así, pero todo lo que se puede hacer es tener paciencia y esperar a que algún día alguien se percate. Y seguir trabajando. Para un escritor solo cuenta escribir con la mayor sinceridad posible y desde lo más hondo del alma; así ha sido siempre y eso nada ni nadie lo puede cambiar. Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre.

Tomado de La Jiribilla

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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