UN DÍA EN LA HABANA COLONIAL

A quienes pasean hoy día cámara en ristre por las calles de La Habana Vieja, especialmente por su hermoso casco histórico, los tesoros de su arquitectura, los parques antiguos, las sombras en los rincones, los espectros emboscados detrás de las columnas, el olor salitroso del mar y los rumores de los vetustos patios coloniales pueden impresionarles la vista y encenderles la fantasía; pero ni los cubanos actuales ni mucho menos los turistas consiguen recrear exactamente cómo era un día en esta hermosa urbe caribeña en tiempos de la colonia. La Habana es una vieja dama que no entrega fácilmente sus secretos. Intentémoslo…
Buscando en los archivos de nuestra prensa nacional hemos hallado una crónica firmada por un señor Conde del Rivero, nombre sobre el cual nada hemos investigado; pero sospechamos pudiera ser un seudónimo muy al estilo de los que se utilizaban en los diarios de las primeras décadas del siglo XX habanero.
En este trabajo, publicado bajo el título de Un día en La Habana de 1832, la pintura de una jornada cotidiana en las calles de nuestra capital resulta tan animada y llena de gracia que me ha impresionado por su colorido, dinamismo e inmediatez, y he querido glosarlo para que pueda ser leído por muchas personas que, de otro modo, jamás lo habrían conocido.
Comienza el señor conde advirtiendo a sus lectores que se propone hablar de La Habana gobernada por el rey español don Fernando VII y su Capìtán General don Mariano Ricafort Palacín, cuando las calles más importantes de la ciudad eran la de La Muralla y las de los Oficios y los Mercaderes, cercanas al puerto.
Según observa el noble Del Rivero, en aquella época los tejados de las casas habaneras más altas alcanzaban la altura de los mástiles de los barcos que calaban en el puerto. Tratábase, pues, de una ciudad de arquitectura baja, como solían serlo generalmente las capitales construidas por España en las Indias Occidentales.
Sin embargo, ya en aquella fecha La Habana era una ciudad importante, como evidencian los grabados de la época, en los que pueden verse junto a las fortalezas de Los Tres Reyes del Morro y San Salvador de La Punta gran cantidad de magníficas edificaciones e innumerables torres de Iglesias y conventos.
Entre estas edificaciones que resaltaban por su importancia social y magnificencia arquitectónica se encontraban el hermosísimo e imponente Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad; el Palacio del Segundo Cabo; la primitiva Casa Consistorial ubicada en el terreno donde hoy se levanta la Lonja del Comercio; los teatros Diorama y Principal y un conjunto de vistosos palacios, entre los cuales destacaban entonces los de los marqueses de San Felipe y Santiago, de Casa Calvo, de Arcos y de Casa Júztiz, y los de los condes de Casa Bayona, Villalta, Lagunilla, Casa Montalvo y San Juan de Jaruco.
El castillo de Los Tres Reyes del Morro, fortaleza insignia de la ciudad y primera construcción que divisa desde el mar el viajero que llega a nuestra costa norte habanera, era entonces de color blanco, y no oscuro como lo vemos hoy desde el Malecón. Debió ser un espectáculo deslumbrante el de esos muros blanquísimos irradiados por el sol inclemente del Caribe en contraste con la oscura mole rocosa lamida por el mar. Otro dato curiosísimo es que, a su vez, la viril fortaleza de San Carlos de La Cabaña, la mayor de toda América, estaba cubierta de un tono rosa pálido.
Y aquí, para ilustrar la vista de la ciudad desde el mar, cita Del Rivero a la muy ilustre escritora y aristócrata criolla Mercedes de Santa Cruz, condesa de Merlin, cuando ella describe en su emblemático libro Viaje a La Habana:
La Habana con sus balcones, sus tiendas y sus azoteas, con sus preciosas casas bajas de la clase media, casas de grandes puertas cocheras, de inmensas ventanas enrejadas; las puertas y las ventanas, todo eso está aquí abierto; se puede penetrar con una mirada hasta en las intimidades de la vida doméstica, desde el patio regado y cubierto de flores hasta la alcoba de la niña, cuyo lecho está cubierto por cortinas de limón con lazos color de rosa. Más allá están las casas aristocráticas de dos pisos y entresuelos, rodeadas de galerías que se divisan a lo lejos por sus largas filas de persianas verdes…
Del Rivero, siguiendo la mirada de la condesa de Merlin, continúa contándonos cómo en esas mismas casas y palacios se llenaban de gentes los balcones para ver entrar en las aguas del puerto la fragata que traía el correo, señalando enseguida cómo entre aquella multitud podían divisarse muchas negras vestidas de muselina, sin medias y sin zapatos, que llevaban en brazos criaturas blancas como cisnes (se refiere sin duda la condesa a las esclavas domésticas que desempeñaban el oficio de amas de cría), y muchas jóvenes de esbelta estatura y tez pálida, que atravesaban con ligereza las largas galerías, con su cabellera negra suelta en bucles flotantes, con vestidos diáfanos que agita la brisa y se transparentan al sol, retrato lleno de levísima gracia, en el que es preciso reconocer a las hijas de los aristócratas y grandes comerciantes, tanto criollos como españoles, quienes por su belleza y esmeradísima educación constituían las verdaderas joyas que guardaban de la vista los sólidos muros de sus mansiones.
Como en cualquier ciudad marítima del ardiente Caribe, pululan por las calles del puerto multitudes de piel oscura; unos visten pantalón y chaqueta blanca y van cubiertos con grandes sombreros de paja, y otros llevan calzón corto de lienzo rayado y un pañuelo de color liado a la cabeza. Estos últimos son, sin duda, los esclavos braceros que acarreaban mercancía y equipajes, muchos de ellos bozales que no llegaron nunca a hablar ni medianamente el español. Por doquier se veían toneles, cajas y fardos que eran izados sobre carretones tirados por mulas y conducidos por un cochero negro que entregaba a la mordida del sol su torso desnudo. Por todas partes se veían letreros con las palabras café, azúcar, vainilla, tabaco, alcanfor, añil, sellos internacionales e inconfundibles de un comercio próspero y una economía floreciente. Las voces de los negros se elevaban entonando sus cánticos estrepitosos y de cadencioso ritmo, para acompañar y quizás hacer más humano el duro y monótono faenar cotidiano.
Frente al muelle la plaza de San Francisco ofrecía un variado surtido de volantas y quitrines. Las primeras eran coches semejantes al quitrín, pero con varas muy largas, ruedas de gran diámetro y cubiertas que no podían plegarse, por lo cual sus ocupantes permanecían siempre gratamente refugiados en el interior del vehículo, a salvo del solazo y las miradas indiscretas. Vale la pena mencionar como información de singular interés que por aquellos días sólo había dos coches en La Habana, perteneciente uno de ellos al Capitán General, y el otro destinado a las visitas de enfermos a la Catedral.
La volanta, muy usada por los visitantes de la ciudad y por los habitantes de medianos recursos, se podía alquilar por valor de una peseta el viaje (en La Habana no aparecieron los primeros ómnibus hasta 1840). Los quitrines pertenecían todos a propietarios particulares, grandes señores del comercio, el azúcar y la banca, y tenían una estampa muy vistosa y distinguida. De cochero iba siempre un esclavo negro magníficamente vestido y jinete sobre una mula. Sólo el calzado, descrito por la condesa de Merlin en párrafo citado por Del Rivero, constituía todo un espectáculo:
…botas perfectamente charoladas que sólo le llegaban a la clavija, y le dejaban a la vista la caña de la pierna negra y lustrosa; un zapato charolado y adornado con un gran lazo completaban este singular calzado compuesto de dos partes. Su pantalón de lienzo blanco y los escudos de armas bordados en los galones de su casaca hacían resaltar el ébano de su piel y los diferentes matices negros de su sombrero y de su calzado.
Lo que no dicen ni la condesa ni Del Rivero es que las familias pudientes de La Habana procuraban siempre que en cada uno de los objetos o personas de su propiedad fuera impresa una señal del estatus social y económico al que pertenecían, por lo que prestaban la misma esmeradísima atención a la arquitectura de sus mansiones que a la elección de calesero, al cual seleccionaban cuidadosamente entre los más hermosos de sus esclavos, y en ocasiones, hasta los compraban en el mercado de negros expresamente para emplearlos en ese oficio. También se cogían negritos bonitos, apenas llegados al mundo desde el vientre de sus madres, para educarlos con este propósito desde su más tierna edad. El calesero no realizaba tarea alguna, como no fuese guiar el quitrín de sus amos. Vivía en la casa junto con ellos, y aunque dormía en las dependencias destinadas a los de su raza y condición, tenía habitación aparte. Comía rumbosamente y su salud era bien atendida. Era respetado y muy envidiado por los otros esclavos, se daba aires de gran señor y las negras y mulatas, tanto esclavas como libertas, le concedían de preferencia sus favores. El calesero, pues, era un negro muy orgulloso de su destino, y cuando había fiesta en los grandes palacios de la aristocracia habanera, se reunían varios de ellos en los zaguanes y se enzarzaban en una especie de competencia charlatana para dirimir cuál de sus amos era más poderoso y merecedor de mayores honores.
¿Cómo comenzaba un día en La Habana de entonces? Pues muy temprano, antes de la salida del sol, cuando vaqueros y lecheros con sus rebaños invadían calles y plazas para garantizar el inviolable y tradicional desayuno criollo de café con leche, junto con el cual iban religiosamente los periódicos del día, que los repartidores deslizaban por debajo de las puertas; las iglesias se iban llenando de ancianos, beatas y madrugadores —sigue contándonos Del Rivero—, que corrían a la primera misa de la mañana; los cocineros salían con sus canastas a proveerse en los mercados; las bodegas se abrían para dar entrada a los jornaleros que allí concurrían para iniciar su día con una humeante taza de café bien tinto. Y aquí cita Del Rivero un fragmento de don Antonio Bachiller y Morales, cuyo discurso de gran fuerza plástica nos deja ver cómo en La Habana de entonces
…todo va siempre en movimiento: los mercados, los paseos, el muelle, los paraderos de las berlinas de Güines y Matanzas, van llenándose de gente que concurre ora a pasear en la mañana, ora a embarcarse o a despedirse de los amigos que se ausentan de la ciudad. Las náyades, vestidas con tenues negligés y tiradas por muelles carruajes, se dirigen a sus centros El Recreo, Las Delicias o La Elegancia. Los ensayos de cornetas y tambores, el tiroteo de las tropas en instrucción, las volantas de alquiler, los quitrines particulares y las filas de carretones que comienzan su estrepitosa tarea, van preparando el ruido que luego sigue en aumento.
Conociendo el hábito criollo de las clases medias y altas de dormir la mañana, en especial señoras y señoritas, hoy nos parece contradictorio el hecho de que a las siete de la mañana, con la exactitud de relojes, los buhoneros isleños comenzaban a vocear vigorosamente su mercancía consistente en aretes, sortijas, dedales, tijeras finas y otras baratijas, casi siempre consistentes en encajes y agujetas para el pelo, botones y otros adornos muy apreciados por las mujeres. Pero no es menos cierto que las damas adineradas no comprarían quizás a estos pobres vendedores callejeros. Es mejor suponer que a horas tan tempranas la clientela sólo se compondría de esclavas, mujeres libertas y amas de casa de pobre condición.
Dos horas más tarde, a las nueve de la mañana, el caos se desata en las calles de la ciudad, por donde se empeñan en circular a la vez los vaqueros con sus rebaños, los estudiantes que se dirigen a las clases de la Universidad, situada en el antiguo convento de Santo Domingo, los vendedores de fruta y los corredores de acciones, que a esa hora van hacia el muelle a formar tinglados desde donde desempeñar su agitado negocio.
Poco después las bellas de las mansiones dejan el lecho y se disponen a tomar el almuerzo, preparado desde temprano por la servidumbre, al mando la esclava negra jefa de la cocina, una de las esclavas de más respetable rango dentro de la casa colonial. Y del almuerzo nos cuenta Del Rivero que
…solía durar hasta las diez. La abundancia de las viandas corría pareja con la variedad de los platos. Además de la carne de vaca y la de puerco frita, guisada y estofada, había picadillo de ternera servido en una torta de casabe mojado, pollo asado y relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de tomate, arroz cocido, plátanos maduros también fritos, cortados en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berro y lechuga. Acabado el almuerzo, se servía el café en la sala.
Y continúa nuestro cronista contándonos cómo a las diez el ruido de la ciudad alcanzaba su mayor fragor, porque a esa hora llegaba hasta la locura el canto de los esclavos enfrascados en las labores de descarga de mercancías desde los carretones para introducirlas en los almacenes de sus señores, ubicados generalmente en los bajos de las mansiones o en locales cercanos al muelle. Los vendedores de fruta y todo tipo de artículos recorrían las calles y las señoras iban de compra en sus quitrines acompañadas por sus esclavas y uno o dos criados que seguían el vehículo a pie. Téngase en cuenta que entonces circulaban por las calles habaneras más de tres mil carruajes, además de una multitud de hombres y mujeres de todas las edades y todas las razas, quienes se dirigían en todas direcciones, o mismo hacia el muelle que hacia los arrabales que rodeaban el corazón de la urbe.
La campana mayor de la Catedral anunciaba el descanso de los trabajadores, que duraba hasta las dos de la tarde. Los cafés se inundaban de gente sedienta que deseaba tomar un bocado y refrescar de la asfixiante temperatura que reinaba en la ciudad, y que no era entonces ni la mitad de fuerte que en nuestros días. Era el momento de tomar jugos de fruta, granizados y pastelitos, y la copa de helado a un peso:: la merienda que aún hoy continúa siendo la preferida por los habaneros, aunque, desde luego, ahora con el consabido sandwich norteamericano que nos quedó en herencia desde la ocupación.
Por raro que hoy pueda parecernos, a las tres de la tarde todo el mundo volvía a comer. Tras otro descanso de dos horas la ciudad se entregaba a los placeres, consistentes en andar el Nuevo Prado de arriba abajo una y otra vez, como ocurre hoy con la Rampa o las arterias principales de Centro Habana. También se acostumbraba pasear por dentro de la ciudad amurallada o dar una vuelta por las calle de Empedrado, Sol, Jesús María y Oficios. Después las damas regresaban a casa y los hombres se reunían en el café-taberna que se encontraba en la Plaza Vieja, esquina a la calle de Mercaderes. Antes del toque de oraciones se daba la vuelta en quitrín por fuera de las murallas, o también antes de pasar al Prado, se recorrían las calles de Dragones, Salud y Cerrada del Paseo. Así veía Del Rivero esos momentos de solaz y esparcimiento:
Y cuando el sol se ocultaba envuelto en hermosos cendales de oro… algunas jóvenes sentadas en sus ventanas, contentas y risueñas, dirigían al través de las rejas miradas que brillaban como estrellas. Otras, recostadas voluptuosamente en sus quitrines, gustaban desdeñosamente de la dulzura del aire y de la hermosura de la naturaleza. Nadie se paseaba a pie; los hombres, encajonados en el fondo de sus volantas fumaban tranquilamente saboreando su dicha; la comercianta, la mujer de clase media, lo mismo que la gran señora, gustaba en sus quitrines la delicia y la molicie de los ricos. (Después, a la Plaza de Armas, donde el Gobernador daba todas las noches frente a su palacio un concierto de música). Allí se reunía la población blanca de todas las clases. Hermosas mansiones, una fuente saltarina y los palacios del gobernador y del intendente circundan ese grande espacio, haciendo de él un paseo encantador y enteramente aristocrático.
A las nueve se cerraban las puertas de la muralla y a las diez de la noche comenzaban las alegres tertulias hogareñas. La condesa de Merlin asegura que
…aunque uno llegue a su casa la volanta permanece en la puerta, aguardando a que un capricho o el deseo de tomar el fresco con un amigo sin interrumpir la conversación os hagan volver a dar otro paseo. Así se suele ir a la orilla del mar; la cortina o tapacete protege a los que quieren ocultarse de los ojos de la gente, sin impedir que se oiga y se vea desde el interior todo lo que pasa fuera. El quitrín o la volanta, con su carácter particular, su extravagante conductor y su mula al trote, tiene algo de misterioso que recuerda la góndola de Venecia.
¡Romántica Habana de 1832, termina diciendo nuestro conde del Rivero, melancólica ciudad cuya vida callejera moría de once a tres de la tarde por miedo al sol, y que a su bullicio nocturno unía siempre el alegre cuchicheo al tierno susurro del romance…! Y nosotros nos unimos a su nostalgia con un suspiro de evocación, pero a la vez de agradecimiento por estas páginas que nos han permitido revivir, como la vaharada sutil y prontamente disipada de un perfume maravilloso, la memoria de la ciudad que fue hace casi tres siglos. Los ecos del pasado vuelven a resonar en nuestros oídos un breve instante antes de borrarse nuevamente, dejando en la película virgen de la cámara las sombras invisibles del ayer.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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