En arte ser evidente para mí es un pecado

             Por  Duchi Man Valderá

En el terreno de la creación artística emitir opiniones conclusivas sobre escalas de valores y jerarquías es siempre un acto muy arriesgado, sobre todo cuando quien suscribe un juicio de valor y el objeto del enjuiciamiento habitan un mismo tiempo geográfico e histórico. Decir que alguien es el mejor escritor vivo de un país o de un  género, o que está entre los autores más destacados de una literatura nacional tampoco ilustra lo suficiente, puesto que en tales parcelas siempre se encuentran presencias que no lo merecen confundidas con otras que tienen limpiamente acreditado su lugar, y el dinamismo de la vida hace surgir con celeridad nuevos nombres y obras que muy pronto reclaman sitio. Y, además, como escribió Lezama en El juego de las decapitaciones, es la muerte quien mejor define los estilos y, agrego yo, los perfiles. Es posible que el mejor camino para (re)conocer la valía de un artista sin entrar en comparaciones engañosas, sea hablar sobre su obra y propiciar que él mismo se exprese acerca de sus motivaciones, sus intereses y su labor de creación.

Gina Picart comenzó a escribir muy temprano y a publicar relativamente tarde, y digo esto porque ya es casi norma en nuestro país irrumpir muy pronto en la vida editorial. Si publicar tarde tuviera consecuencias, para Picart habrían sido el desfase generacional, ya que no publicó con su generación, la de los 80, sino una década más tarde y entre los novísimos, sin serlo, pero lo cierto es que en su caso y por las características de su trabajo no pertenece a ningún grupo generacional. Quizá esa circunstancia haya tenido mucho que ver en el silencio y cierta especie de olvido que rodearon a su primer libro, La poza del ángel, colección de relatos que comenzó a escribir a principios de los 80 y fue publicada por la editorial UNIÓN en su primera colección Pinos Nuevos, cuatro años después de haber ganado ese libro el último David de ciencia ficción. Luego hubo un período de siete años ágrafos, donde Picart se dedicó a investigar y no escribió nada, y ella misma creyó que su carrera literaria había terminado.

Con la publicación de El druida en 2000, comenzó para esta escritora una especie de segundo aire en la carrera, y a partir de ese momento ya no se detuvo. Hoy cuenta con ocho títulos publicados, entre ellos una novela breve y un Premio Luis Rogelio Nogueras de Ensayo. El último de sus libros, Oil on canvas, obtuvo el Premio Alejo Carpentier de Cuento en 2007. No es una autora de ciencia ficción ni del género fantástico aunque haya incursionado en los dos; algunas de sus obras tienen elementos neogóticos, oníricos, mucho de historia, bastante de género aunque con un sello muy personal, como muestra su libro de relatos El reino de la noche.

Ha sido calificada entre los escritores raros cubanos y pienso que es el modo más inteligente de ubicar una obra que se define, en mi opinión, por seis rasgos fundamentales (aunque no los únicos). Son ellos el exotismo de los temas de su elección, la belleza y armonía de un lenguaje que respira en los ámbitos de la expresión poética, el interés por explorar la condición humana en situaciones límite, una colocación del pensamiento en el terreno universal de las ideas con predilección por ciertos temas esenciales de la filosofía, el virtuosismo que despliega en la caracterización psicológica de sus personajes y una absoluta y apasionada sinceridad en la expresión de las emociones. Gina Picart está ahora en un momento interesante de su trabajo de creación, porque ha hecho un viraje del cuento hacia la novela, con productos cada vez más extensos.

Tú siempre habías sido cuentista, solo tienes publicada una novela, Malevolgia, y muchas personas piensan que es más bien una noveleta, pero ahora, de repente, apareces con dos novelas inéditas, y la última tiene más de 400 cuartillas.

Eso les ha pasado a muchos escritores. Van migrando de un género al otro lentamente, casi sin darse cuenta. Pero en mí no ha sido de repente. El viaje del pez oscuro tiene ya como tres o cuatro años de terminada, si no recuerdo mal. La casa del alibi es del año pasado, la terminé en septiembre de 2008. En cuanto a Malevolgia, es una novela breve. No siempre se puede clasificar una obra por la cantidad física de papel que emplea; hay que tener en cuenta el tono, el imaginario, la evolución de los personajes, el tempo y otros muchos aspectos. Hay que huir de las preceptivas. No digo que se deba ignorarlas, porque eso sería otra preceptiva y otro dogma, pero hay que saber cuándo es sano y pertinente distanciarse de ellas y ejercer el criterio propio, la mirada personal sobre fenómenos y hechos.

¿Qué significa la palabra “alibi”?

En inglés significa “coartada”, pero yo tomé el término de un ensayo lezamiano sobre la autoinmolación de Martí y que, según Cintio Vitier, Lezama tomó a su vez de los Ejercicios espirituales, de Ignacio de Loyola, quien parece haberlo tomado de los místicos judeo-árabes del Medioevo español. Se refiere a un estado alterado de conciencia en el que la mente accede a la capacidad de crear un hecho o una situación que sustituyen a la realidad… y de replicarlo, aumentándolo, hasta posibilidades infinitas. Es lo que hacen muchas personas cuando de inicio toman por real algo que no es sino una creación de su mente, se instalan en el equívoco y lo viven hasta un final que, dadas las circunstancias iniciales de error, suele ser casi siempre fatal, lo que no le resta un ápice de grandeza. Lezama escribió textualmente, refiriéndose a Martí: “Él fue para nosotros el único que logró entrar en la casa del alibi. El estado místico, el alibi, donde la imaginación puede engendrar el sucedido y cada hecho se transfigura en el espejo de los enigmas”. Es, sin duda, una palabra que encierra grandes misterios. Tuve otros títulos y vacilé mucho, pero cuando descubrí esta palabra supe que mi novela no podía llamarse de otro modo, porque en esa historia todo parte de un equívoco engendrado por el deseo obsesivo de poseer cierto objeto, obsesión que termina por crear otras realidades. Mi novela es la materialización de un alibi.

¿Es La casa del alibi una novela autobiográfica?

Tiene elementos autobiográficos, pero también es el producto de una considerable mixtificación. Dos personas me colaboraron en su escritura. Hay lugares que pude describir gracias a la información de estos colaboradores. Algunos personajes son reales, mientras que otros tienen elementos reales y de ficción en iguales proporciones. Pero todos tienen algo mío, estoy en todos ellos de alguna manera, menos en dos, que son amigos míos entrañables y personalidades muy conocidas en Cuba. Aparecen en la novela como ellos mismos, sin ficción. La génesis de esta obra les debe muchísimo. No quiero extenderme ahora sobre eso, pero algún día lo haré.

Es una obra muy ambiciosa donde utilizaste casi todos los géneros. Tiene de novela histórica, de novela sicológica, testimonio, teatro, cuento, periodismo, poesía…

La estructura lo demandaba así. Es muy extensa y abarca muchas facetas de la vida; necesitaba esa variedad de géneros para expresar cosas muy diversas,  pero siempre vertebradas a la trama central y al espíritu de las historias que narra. Además, una vez que la historia completa vino a mí, vi que era como una especie de Aleph, y no podía renunciar a eso. La multiplicidad de dimensiones es una de las cosas más difíciles de lograr en la literatura, pero si la materia exige ser labrada en esa forma, no se puede volver la espalda y salir huyendo.

No eres una escritora muy propensa a usar diálogos y tu narrativa suele tener una composición convencional, casi siempre lineal. ¿No te preocupa no estar a la altura de la osadía experimental posmoderna?

La posmodernidad en literatura es un fenómeno mucho más complejo que el uso de formas experimentales. No tengo nada definitivo contra los diálogos. No tengo nada contra ningún recurso expresivo, contra ninguna técnica, pero siempre me cuido de no emplear algo si no es necesario. ¿Por qué tengo que, por ejemplo, complejizar el tiempo en un texto retorciéndolo mediante técnicas sofisticadas si no es necesario para el desenvolvimiento de la historia que estoy contando? ¿Para que me consideren una narradora posmoderna? No me parece válido. En cuanto a los diálogos, hace muchos años comenzó a disgustarme su estructura fuera del discurso narrativo, sus guiones, su puntuación…. Empezó a parecerme poco natural todo eso, la gente no habla así, con guiones y plecas, con esas pausas artificiales de los diálogos literarios. Creo que ese rechazo me vino de estudiar mucho a Carpentier, a Dulce María, a otros escritores que prefieren limitar su uso. Creo que un escritor no debe apoyarse tanto en los diálogos y encomendarles responsabilidades tan pesadas como trasmitir estados de ánimo y reacciones de los personajes, por ejemplo. O usarlos para describir cosas materiales. Eso puede derivar en fórmula facilista. Prefiero trabajar todo eso desde la narración, desde el plano visual si es posible, como en el cine. Muy pocos escritores consiguen utilizar el diálogo de una manera convincente porque la norma del lenguaje escrito difiere enormemente de la del lenguaje hablado, y por eso abunda por ahí el diálogo ampuloso o envarado, poco natural, encartonado, que lo hace regurgitar a uno mientras va leyendo. Aprendí mucho sobre esto durante los años en que trabajé como guionista de cine, radio y televisión. Fue una escuela que me ha rendido nobles frutos.

En los últimos meses he tenido que leer buena cantidad de obras de autores cubanos y estoy sorprendida de lo mucho que se apoyan en el plano dialógico, casi en absoluto detrimento de todo lo demás. Algunos de los libros que he leído parecen guiones malos para cine o teatro, y los personajes semejan cotorras a las que se les ha hecho comer demasiado perejil y parlotean enloquecidas. Esas largas parrafadas, generalmente sin ritmo y planísimas, pueden resultar extremadamente antiestéticas.

Para hacer del diálogo un estilo literario hay que ser muy hábil. A Carpentier le inspiraba mucho recelo el diálogo y hasta llegó a decir que no sabía hacerlo, cosa que no le creo. Alejo siempre me ha parecido un escritor sumamente astuto. Resulta que la vía menos eficaz para transmitir mensajes es precisamente el oído. Las personas escuchan mucho menos de lo que ven. La imagen carga muchísima más información que la palabra. La gente, cuando hablas, te observa, y a la par que te escucha también va leyendo el lenguaje de tus gestos, tus miradas, tu expresión, la pose que adoptas. Todo eso es mucho más sutil, y por eso mismo mucho más eficaz que lo que les estás diciendo porque tus palabras son aquello con lo que tú los quieres penetrar, son una invasión y, además, lineal, los receptores tienen que procesarla; pero lo que ellos leen en ti les llega a través de su hemisferio cerebral derecho de manera holística, es decir, todo a la vez, como un paquete de información, y es una adquisición que hacen por sí mismos. La gente confía más en eso por instinto que en lo que se les dice.

Con la imagen no tienen que detenerse a reflexionar, es comunicación que se recibe a nivel subliminal y va directamente a los centros emocionales y sensoriales, que son más rápidos que los auditivos. Esos lenguajes, esos códigos apuesto por darlos fuera del diálogo o confiriendo a este estructuras diferentes de las habituales.

Estas nuevas novelas tuyas, ¿son también gótico-fantásticas como Malevolgia?

Malevolgia es neogótica, pero no fantástica. Todo lo que ocurre en ella es muy real, aunque no resulte familiar para los lectores cubanos porque ya no tenemos, y acaso nunca tuvimos, memoria histórica de todo lo que conforma —y puede ocurrir en— una verdadera feria de diversiones. Creo que nunca tuvimos una auténtica feria de diversiones; parques de diversiones sí, pero no una “feria”, que es un fenómeno cultural de otras latitudes). El viaje del pez oscuro y La casa del alibi son novelas que colocan en una dimensión universal sucesos que, en buena parte, pertenecen al imaginario y la realidad cubanos y se desarrollan en Cuba, o al menos El viaje…, porque La casa… tiene momentos cubanos, pero la mayor parte de la acción se desarrolla en otros países. Y las dos tienen tantos momentos góticos como puede tenerlos la vida real. Las personas, en número abrumadoramente mayoritario, solo ven la vida desde sus rutinas cotidianas, en un solo plano monocromo. Pero la vida tiene mucha riqueza, aun la del ser más gris y adocenado puede contener tesoros y ángulos insospechados.

Creo que mucha literatura cubana carece de esa mirada atenta y múltiple, de esa capacidad de ver un mismo fenómeno en planos diversos. Yo diría que le falta hondura, comprensión profunda, diversidad de enfoques, de niveles de intelección, de pluralidad de significados. Diría que la mayoría de nuestros escritores no pueden disociarse de modelos prefabricados y crean imaginarios muy chatos que se quedan en las formas externas de nuestra cultura e idiosincrasia, en lo meramente fenoménico. Los matices parecen constituir un universo cerrado para ellos con siete llaves y el Cid con armadura atrincherado ante la puerta. 

¿Y cuáles serían las causas?

Yo no se las achacaría ni al sistema ni a una presunta censura oficial, ni tampoco a la tan socorrida autocensura, sino más bien a un deseo de publicar rápido que es como una sarna que escuece insoportablemente a no pocos escritores y los compulsa a lanzar sus huevos al mundo sin empollar. Y sobre todo, a la enorme falla de no pensar la vida, de no reflexionar suficientemente sobre la vida. Hacerlo es el único ejercicio que te permite pasar, de reflejar la cotidianidad como si fueras solo un espejo, a hurgar en el confuso entramado de sus vísceras. Si no piensas la vida siempre estarás muy lejos del velo que oculta la maquinaria del universo, y esa lejanía no es algo que se pueda permitir un artista. Por eso, tantas historias parecen de palo, tantos diálogos suenan a farfulleo o a griterío barato, tantos personajes parecen muñequitos de recortería, y se escriben tantos libros que no dicen nada y nunca nadie debería leer. Me siento muy frustrada, en realidad me consume una rabia sorda contra los libros que no logran arrancarme ni un estremecimiento, ni un pensamiento: considero que el autor se ha robado el tiempo que invertí en leerlo, que me ha estafado, y no se lo perdono.

¿Consideras que estamos en un mal momento de la literatura cubana?

Esos males no son patrimonio de nuestra literatura, están presentes en todas partes. Pienso que es un mal momento para la literatura en general, no así para otras artes. La literatura se ha convertido, en Occidente, en una especie de acto de magia. Las instituciones fabrican escritores así, con un soplo, como mismo Pigmalión dio vida a Galatea, con la diferencia de que, según la leyenda, Pigmalión era un artista que podía animar el mármol con el aliento del verdadero arte, y las instituciones son exactamente lo contrario del arte porque son corporaciones y la creación es individual; hay una diferencia intrínseca de esencias. A las corporaciones solo les interesa el mercado (no solo el monetario, también el ideológico). No es malo interesarse en el mercado y tenerle el ojo encima. Lo que considero nefasto es no interesarse por nada más. En Cuba, sin embargo, percibo que el fenómeno es más acusado porque muchos escritores escriben con la conciencia interior de que alguien o algo los está mirando, y actúan en consecuencia según lo que crean que se espera de ellos. Ese “algo” que creen que los mira pudiera ser la moda literaria del momento o ciertos magisterios (efectos del tercermundismo), o el deseo de penetrar otros mercados editoriales más jugosos y prometedores (urgencias económicas), o el afán de ser admitidos en ciertos cogollitos a los que se les atribuyen mayores probabilidades de éxito (reclamos del ego social), y hasta el hecho mismo de ser cubanos y saber que se supone que se conviertan en críticos del país (oportunismo)… En fin, no sé, como no hago vida pública percibo todo esto desde lejos, a través de los materiales que leo, y yo pudiera estar equivocada. Pero a veces me parece excesiva la cantidad de personas que quieren ser escritores, y me pregunto cuántas de ellas se cuestionan debidamente, antes de lanzarse, si están dotadas con la sensibilidad necesaria para esa profesión, si tienen las cualidades innatas que se requieren para escribir. Nadie debería autoengañarse porque obtenga premios. Una persona puede ganar los premios más rutilantes y seguir siendo un escritor pésimo. Detrás de un premio se puede esconder cualquier cosa; los premios no siempre son indicadores de un verdadero talento. He formado parte de jurados donde he escuchado que no se debe dejar vacío el premio porque los concursos son ayudas económicas para los escritores, que tienen la mala suerte de ganar siempre muy poco dinero en comparación con músicos y artistas de la plástica, por ejemplo. Este, al menos, es un pensamiento caritativo y cargado de humanidad y buenas intenciones, aunque equivocado. Pero las razones que coletean detrás de muchísimos premios pocas veces tienen que ver con la caridad, como tampoco lo tienen las razones que en ocasiones coletean detrás de un premio para dejarlo vacío. Realmente son mecanismos muy complejos que no debieran servir de medida evaluativa de la valía de un escritor.

¿Estás satisfecha con tus novelas?

Lo estoy. Con las tres. Creo que conseguí en cada una exactamente lo que me propuse. Yoss me comentó hace tiempo que mientras leía Malevolgia, justo cuando pensaba que comenzaría lo más interesante la novela se acabó. Desde entonces he pensado mucho en sus palabras, pero nunca he llegado a sentir que a Malevolgia le falte algo. Cuando la escribí dije solo lo que quería decir en ese momento. Lo mismo me ha sucedido con La casa del alibi. Algunas personas que la han leído, incluso la escritora cubana que es uno de los personajes protagónicos de la novela, consideran que hice muy mal en no dar solución al misterio de la muerte del personaje Jeff. Respeto mucho este criterio, pero aún cuando me llegó mientras escribía, incluso al día siguiente de haber terminado ese capítulo y someterlo por correo electrónico a la evaluación de mis dos colaboradores, decidí no ofrecer solución al enigma, porque La casa del alibi, aunque contenga algunos elementos policíacos y conspiracionistas, no es una novela policíaca (sí es una novela conspiracionista, aunque también es muchas otras cosas), pero sobre todo porque en la vida real —como me dijo textualmente Beatriz Maggi hace casi 30 años— haymuchas cosas que nunca se llegan a saber”, y cada lector, al pensar sobre los hechos, se imaginará una solución diferente. Nada queda trunco en el terreno de las ideas, porque según la teoría de la Gestalt, el cerebro humano tiende a completar cualquier estructura inconclusa que se someta a su escrutinio. Ya había trabajado con esta premisa hace muchos años, cuando publiqué “Caín en las entrañas de la noche” en mi libro El druida. Ese cuento, todavía hoy, hace que algunas personas cuestionen si es, o no es, un relato de ciencia ficción, pero yo lo que hice fue utilizar las infinitas posibilidades de la ambigüedad: propuse varias soluciones (contaminación ambiental, abducción, conspiracionismo gubernamental), todas tópicos de la ciencia ficción, y enmascaré el final, donde las mezclé, con un poco de poesía y asumiendo el punto de vista de los protagonistas. La verdad nunca es una sola y varios individuos pueden percibir, y de hecho perciben, el mismo fenómeno de diferentes formas. Cuando escribí la escena de la muerte de Jeff en La casa del alibi, sentí que no era necesario señalar a su asesino porque Jeff es uno de esos hombres que nacen para ser odiados y para dar amor y causar daño en la misma desmesurada proporción, y hay un deseo casi unánime entre el resto de los personajes de que se muera, y cuanto antes, mejor. Además, “cuando miras dentro del abismo, también el abismo mira dentro de ti”, como tan extraordinariamente dijo Nietzsche; así que cuando te metes con el abismo, un mal fin es solo cuestión de tiempo y quien te lo dé no es más que una herramienta del abismo, y poco importa si fue Zutano o Mengano quien te mató. Me parece que esta concepción es mucho más rica que una simple trama policíaca. Además, me excitaba inmensamente no ceder ante mí misma a la tentación de identificar al asesino, y barajar todo el tiempo el haz de naipes marcados sin decidirme por uno. Todavía hoy, después de un año de haber terminado esa novela, a veces me siento a preguntarme quién mató a Jeff. Son juegos mentales que un escritor siempre se hace a sí mismo. También quienes lean La casa… podrían llegar a preguntarse si la viuda Ely Sima, la mujer misteriosa que habitaba una antigua misión jesuita en un lugar agreste de California, y a quien nadie recordaba haber visto jamás por allí, existía de verdad o solo vivía en el intenso deseo que tenía su amiga Alondra de reencontrarse con ella. La casa del alibi está llena de estas ambigüedades. Pero la vida cotidiana también está repleta de ellas y todo el mundo la acepta como real. Tú misma me has dicho que dudas de que el personaje de María Ríos hubiera regresado a La Habana en su cuerpo material y muerto realmente en el cementerio de Colón. Cada una de las posibilidades que encuentra el lector en un texto mío es como una versión de ese texto elaborada por otras personas, son como películas que contemplo extasiada, porque me siguen revelando aspectos de mi propia obra que tal vez yo no había percibido. En ese sentido hay una retroalimentación autor-lector. Personalmente, estoy convencida de que cuantas más posibilidades resolutivas ofrezca un texto, más cerca está de la plenitud.

Pero, ¿esa pluralidad resolutiva no es, en definitiva, una trampa literaria muy mañosa?

Eso, al menos en mi caso, es un modo de acercarse a la realidad por un ángulo que me interesa más que los habituales ángulos de enfoque, y que a veces los resume a todos, como un ojo de mosca. Pero reconozco que es muy curiosa la forma en que la gente se deja atrapar por esa especie de… ¿juegos? (no me gusta la palabra “trampa”). También lo hice en mi relato Serata di gala, sobre Catalina Lasa. Los lectores casi nunca llegan a estar seguros de si la historia que cuento ahí sucedió de verdad o si Catalina nunca salió del teatro y todo fue obra de su imaginación. Eso demuestra que el lector es muy confiado y se pone en manos del escritor con la mayor buena fe. Pero si Serata di gala se lee atentamente, se descubren las claves necesarias para determinar la verdad, solo que no resultan evidentes. Ser evidente me parece un pecado, en arte nunca es una virtud. Trampa sería si faltaran las claves, pero ahí están. El que tenga ojos, que vea, y el que tenga oídos, que oiga. Nunca he creído que la comprensión de todo tipo de arte sea un fenómeno masivo. El derecho a su disfrute sí lo es. La confusión de estos términos es lo suficientemente peligrosa como para aniquilar la creación.

¿No te preocupa que te comparen con escritores como Dan Brown?

¡No! (RISAS). Una pena que Dan Brown juegue todo el tiempo a ser Dan Brown, pero yo soy yo muy en serio. Aunque La casa del alibi tiene entre sus varias tramas una que es conspiracionista, no hay que recelar de esa clase de tramas, porque son más reales de lo que se suele pensar. Sucede que el mundo va más allá que lo que las personas conocen sobre él, y funciona más o menos como un iceberg del que solo avistamos la punta. Hay un gran por ciento de circunstancias oculto a la mirada del hombre común, pero están ahí, actuando, dirigiendo nuestras vidas sin que tengamos la más remota idea de cómo somos programados, usados y destruidos para fines y por fines que no podríamos imaginar ni en el mayor alarde de fantasía. Lovecraft dijo que la gran salvación del Hombre es su incapacidad para relacionar todo lo que sabe. Sin embargo, las señales están por todas partes. A veces tienes un instante revelatorio y “ves” los vínculos entre las cosas: otras veces vas chocando poco a poco con los cabos sueltos y vas atándolos. Pero lo normal es que la gente no se dé cuenta de nada y se duerma tranquila cada noche pensando en su trabajo, la salud de sus hijos y el vestido que se quieren comprar, y todas esas cosas cotidianas que sentimos como nuestros mayores problemas. Te voy a poner un ejemplo (no conspiracionista, aunque pudiera llegar a serlo) bien concreto de un hecho perfectamente real que pesa sobre nosotros y del que la mayoría de la gente no tiene conocimiento: la presencia en el feto humano de tres clases de tejido embrionario que, en dependencia de su predominio y mayor desarrollo durante la etapa fetal, darán lugar después del nacimiento a esquemas de personalidad diferentes. El 99 por ciento del género humano vive sus vidas y sus luchas sin tener conciencia de que sus personalidades, sentimientos, reacciones y conductas, e incluso su salud, están predeterminados por un fenómeno de carácter estrictamente biológico muy anterior a la voluntad personal y que no la obedece, (¡tanto se parece la genética al “destino” que nos depara Dios!). Epur si muove. Nadie es capaz de agotar el lado oscuro de la realidad, y que Dan Brown se haya ocupado de lo que está oculto a la mirada del ciudadano común no constituye una barrera para que otros también lo hagan, y lo hagan en serio. Su trabajo y el mío se parecen tanto como Cleopatra y yo. Hasta diría que menos, si eso fuera posible.

¿Qué otras cosas, aparte del conspiracionismo, encontrará el lector en La casa del alibi y El viaje del pez oscuro?

En La casa del alibi el conspiracionismo es solo un ingrediente entre muchos otros. Me interesa explorar la temática del héroe, la naturaleza de la ética y de la verdad, las infinitas y disímiles facetas que puede tener una misma persona, el sentido de la vida después de los 40 años, la Historia, el verdadero significado del sexo, el tremendo problema de la valentía individual, el viejo asunto de los orígenes…, y mucho, pero mucho, el precio impagable de la candidez y la tremenda tragedia de la estafa humana: el uso que los manipuladores hacen de los cándidos y los honestos. Y aquello tan sabio que dijo Lenin sobre que de la mezcla de muchos intereses diversos resulta algo que nadie había querido. Lamento no poder hacer la cita textual, pero sé que tiene que ver con los imponderables. Y muchas otras cosas…

¿Seguirás escribiendo novelas o volverás al cuento?

Tengo proyectos que me interesan mucho. Creo que haré dos novelas, una sobre Catalina Lasa y otra sobre Hipatia de Alejandría. La de Catalina ya va por casi 150 cuartillas, entre investigación y escritura he invertido en ella varios años de trabajo, pero la investigación es ardua porque no puedo viajar a París ni a los EE.UU. Mis proyectos sobre el Bosco y los cátaros colapsaron por circunstancias tan ambiguas y alucinantes como reales. Pero también me atraen otros territorios de la creación que quisiera explorar y no son literarios. Si un escritor se limita a estar sentado ante su ordenador tecleando cuentos y novelas a tiempo completo, tiene bastantes posibilidades de secarse. Hay que mover el esqueleto de vez en cuando, como dicen los Sims.

¿Es cierto que juegas a los Sims?

Y por qué no. Todo es “puerta”. Todas las cosas tienen mucho más que una sola dimensión. Los Sims es un juego de simulación social que, si lo sabes combinar con los principios de los sefirot cabalísticos, por ejemplo, te da cosas insospechadas e interesantísimas. ¿No decidimos tú y yo hace tiempo que los Sims son los homúnculos modernos? Además, me relaja. Y además…, de niña me encantaba jugar a las cuquitas, y sospecho que la adultez no es más que una vuelta de tuerca a la espiral de la infancia en una octava mayor. Pero, como me dijo un día Harold Gramatges, para un artista todo lo que va a parar al misterioso centro del alma regresa convertido en arte. Y al final del camino eso es lo único que importa. (Tomado de la revista digital La Jiribilla)

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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3 respuestas a En arte ser evidente para mí es un pecado

  1. Anwar dijo:

    Holaaaaaa, este es el mejor blog que he visto en la web, expontáneo, bien diseñado. Esta escritora es una mujer bien carismática, y genial en todo lo que se proponga. Un beso enorme y muchas felicidades por este blog tan chulo.

  2. Chely Lima dijo:

    Me gustó mucho esta entrevista… Preguntas interesantes y respuestas inteligentes son siempre una buena combinación. ¡Exitos con La casa del alibi!

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