Los horrores del solar habanero, libro imprescindible para la historia de Cuba

Solar de la calle San Benigno, entre Zapotes y Santa Emilia, donde se encuentra ubicada una posta médica

Solar de la calle San Benigno, entre Zapotes y Santa Emilia, donde se encuentra ubicada una posta médica

Hace tiempo, cuando publiqué en mi blog la primera parte de mi investigación sobre el origen de los solares y cuarterías de La Habana, un lector me escribió recomendándome que leyera Los horrores del solar habanero, de Juan M. Chailloux Carmona. Indagué sobre el libro pero nadie parecía conocerlo. En un reciente recorrido por las librerías encontré una edición del 2005 publicada por la editorial Ciencias Sociales, con prólogos de los historiadores Eduardo Torres Cuevas y Herminio Portell Vilá . El prólogo de Portell Vilá fue hecho para la edición original de 1945, y a él está dedicado este libro, que no es otra cosa que la tesis brillantísima que realizó el autor para obtener su Doctorado en Leyes por la Universidad de La Habana.

Chailloux, durante sus años de estudiante universitario, había formado parte de un grupo de seis alumnos a quienes la Cátedra del Doctor Herminio Portell Vilá encomendó la tarea de investigar sobre las viviendas de pobres en la capital. La encomienda estuvo inspirada en un proceso de renovación de la vivienda popular que tuvo lugar en Europa y América al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y cuyo ejemplo solo fue seguido en América por Argentina, Chile y Uruguay. Aunque la tarea comenzó con entusiasmo, al final, disuadidos por la crudeza del trabajo de campo, los jóvenes integrantes del equipo desistieron, y solo Chailloux lo llevó a término. Reunió abundante material que luego convirtió en su tesis de doctorado para la facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de La Habana. El texto está precedido, además, por una presentación debida a Graciela, hija del autor, cuya lectura nos deja la convicción de que Chailloux fue sin lugar a dudas una personalidad realmente excepcional.

Nacido en Yateras, Guantánamo (1913-1980), Chailloux era hijo de un campesino recio que ganó en el ejército mambí el grado de capitán. Su infancia fue la de un niño de campo sometido no solo a los rigores del trabajo, sino a la dominación de un padre austero y de gran severidad en sus métodos educativos. Hizo sus estudios primarios y secundarios en Oriente con notas siempre relevantes. Tras una disensión con su autoritario progenitor, abandonó el hogar de la familia y con solo dieciséis años se trasladó a La Habana. En 1937 matriculó en la Universidad capitalina las carreras de Leyes, Derecho Diplomático y Ciencias Sociales, Políticas y Económicas. En 1945 ya era Doctor en Leyes y había concluido la segunda de estas, faltándole solo cinco asignaturas para graduarse de la tercera, lo que denota una entrega, una disciplina y una inteligencia verdaderamente encomiables, sin hablar del espíritu de sacrificio que semejante hazaña demandaba en aquella época de un joven pobre y negro, que fue capaz de vencer doce asignaturas en cada curso escolar mientras trabajaba en oficios mal remunerados para asegurarse la sobrevivencia. Por el testimonio de su hija sabemos que el estudiante Chailloux llevó a cabo esta proeza intelectual viviendo sin apoyo familiar en un solar habanero, procurándose el sustento como zapatero y como repasador particular de sus compañeros de estudio; que copiaba los libros de texto que no podía comprar; que tuvo que ganar exámenes de premio para poder costearse la matrícula y los trajes con los que entonces era de rigor acudir al recinto universitario. En fin, una vida muy azarosa, quién lo pondría en duda, y por tanto, altamente meritoria.

Mi primera sorpresa al leer esta obra ha sido descubrir que el solar habanero era un fenómeno desconocido en provincias en la época de Chailloux, como demuestra este párrafo de su hija:

Siempre he tenido la más absoluta convicción acerca del asombro y el horror que debió causarle a mi padre su encuentro con el solar habanero. Que haya aclarado en el título del libro indica que se está refiriendo a un tipo de vivienda que no había conocido antes. En el campo, allá en los alrededores de Guantánamo, la pobreza de los campesinos era extraordinaria, pero las condiciones sanitarias no podían equipararse a las del solar habanero. En las ciudades de Guantánamo y Santiago de Cuba no había instalaciones que pudieran semejarse al solar en La Habana. Allí también había pobres muy pobres, pero la disponibilidad del espacio habitacional en las más humildes cuarterías de provincia no permitía comparación con el hacinamiento del cuarto del solar habanero.

Como toda tesis, la de Cahilloux comienza con una investigación exhaustiva de la vivienda de pobres en diversas partes del mundo a través de la Historia. De Cuba analiza la vivienda en el período precolombino, la Colonia, y finalmente la República, para terminar con sus brillantes capítulos sobre el solar habanero. Con una pluma notabilísima, elegante y amena, y la rigurosa estructura lingüística y de pensamiento propia de un abogado, el autor logra construir ante nuestros ojos una imagen muy vívida del solar, pero no del solar folklórico donde una población pintorescamente multirracial y paupérrima juega dominó, baila rumba, ama y sufre, todo como concebido para un escenario, el celuloide, las cámaras y el óleo sobre lienzo. El solar de Cahilloux es el de verdad, el puro y duro, el cruento, el inmundo, el lascivo, el promiscuo, el criminal y multiubicuo, el que se esparce sobre la piel de la ciudad como una erupción purulenta que se reproduce por partenogénesis como un mal incurable.

Uno de los párrafos que más me entusiasmó, porque coincide plenamente con la idea que yo intentaba desarrollar en mi artículo, es aquel donde Chailloux apunta al barracón de esclavos como origen principal del solar habanero, lo cual yo había intuido en mis observaciones de los solares de Santos Suárez:

La intensificación de la trata de esclavos originó un nuevo tipo de vivienda colectiva: el barracón. Eran grandes caserones, rústicos almacenes de seres humanos en la categoría de cosas, con paredes de yaguas o madera redonda, techados de paja y pisos de tierra, sin divisiones interiores. En la villa los hubo de propiedad pública, los cuales eran utilizados para depositar a los negros hasta que fueran adjudicados. Pero normalmente el barracón era una dependencia de la hacienda, donde el amo alojaba a los esclavos de su dotación.

Yo había comprobado, en mis rondas de estudios por algunos solares de la barriada de Santos Suárez, que varios de ellos están construidos sobre las cocheras de antiguas casas de vivienda, como el que se ubica en la esquina de San Benigno, entre Zapotes y Santa Emilia, donde mis informantes aseguran que guardaba sus coches y caballos la marquesa de Zapotes o de Los Zapotes, propietaria de una pequeña hacienda, como solían serlo las haciendas habaneras. En los cuartos del fondo de este solar aún pueden apreciarse las huellas de las argollas donde eran amarrados los caballos y las piezas donde se colocaban los arneses. El segundo piso, que parece haber sido construido más tarde, albergó tal vez dormitorios para la servidumbre doméstica. Es de señalar que las condiciones de la estructura arquitectónica se conservan en buen estado, aunque en uno de los cuartos delanteros, presumiblemente la cocina de la vivienda original, ya hubo recientemente un derrumbe con amenaza para la vida de su anciana ocupante.

Otro es el caso del solar llamado de La Margarita o La Margot, ubicado en Flores entre las calles Zapotes y San Bernardino, que parece haber sido el barracón de esclavos de la mencionada finca. Está ubicado sobre una pequeña elevación, en cuya ladera me han asegurado mis informantes más ancianos que se encontraba en tiempos de la colonia el cementerio de los esclavos. La diferencia entre ambos solares es notoria: mientras en el primero se aprecia una higiene correcta, los núcleos familiares son estables y mayormente funcionales, y reina un ambiente tranquilo y adecuado, en La Margarita sobreviven aún esos horrores que atormentaban a Chailloux en toda su crudeza: ruinas, mugre, abundante presencia de insectos y roedores, población flotante y núcleos familiares altamente disfuncionales, violencia, delitos y violaciones, y falta de las más elementales condiciones para la vida, aunque gracias al esfuerzo personal de algunos vecinos con mejores posibilidades económicas, varios de los cuartos originales hoy se han convertido en casas de dos y hasta tres pisos, apartamentos y habitaciones duplex, por llamar de algún modo al resultado de la ruptura de tabiques, la compra de espacio o el despojo. Pero, en general, aún se padece agudamente la falta de agua corriente, con la consiguiente afectación de la higiene, y con frecuencia reiterada se detectan en su recinto focos de vectores nocivos para la vida humana, sin mencionar, por triste e indignante, el deterioro altamente peligroso del tendido eléctrico, amén de los efectos causados por las fuertes lluvias propias de nuestro clima, que inundan las habitaciones obligando a los vecinos más pobres a trasladarse a los cuartos de quienes quieran acogerlos, encontrándose entre estos desdichados personas aquejadas de enfermedades severas e invalidantes. A pesar de los incuestionables esfuerzos constructivos institucionales de los últimos cincuenta años, hay que asumir que el solar habanero sigue invicto, lo cual demuestra que las razones viscerales que lo crearon siguen en vigor y, desgraciadamente, no han desaparecido por completo.

Quien quiera conocer la historia de la pobreza en Cuba no puede renunciar a la riqueza de datos que ofrece este libro de Chailloux, de importancia capital para nuestra historia nacional. De ciudadelas, solares, accesorias y cuarterías estuvo llena la Habana extramuros de Cecilia Valdés y la republicana de Alberto Yarini, con su degenerada población de prostitutas, chulos, vagos, mendigos y delincuentes de toda laya, y hoy sigue estándolo, como una lacra social que ha resultado casi imposible de erradicar. Y ya que uso la palabra imposible, quiero destacar que es imposible acercarse a investigar este tema de los solares habaneros sin involucrarse de inmediato en el compromiso político-social. Chailloux fue un hombre muy comprometido con su época y denunció sin miedo, en una obra que no consta solamente de este título que hoy reseño, la responsabilidad que compete al Estado en la supervivencia de esta forma aberrada de urbanización que constituye el solar habanero.

Challoux fue un intelectual muy valiente, de gran conciencia cívica, que no se dejó cegar por los prejuicios inherentes a su condición de afrocubano descendiente de esclavos y expandió su conciencia social mucho más lejos, llegando a denunciar con absoluta objetividad las verdaderas raíces de la pobreza en Cuba, de la cual es imagen icónica el solar habanero. Su extraordinaria inteligencia, su profunda lucidez, su ética admirable y su absoluta certeza acerca de la posición que como abogado le correspondía tomar en la sociedad que le tocó vivir, ponen ante nuestros ojos la imagen de un hombre íntegro y de un ciudadano que tuvo en alta estima el honor y la virtud propios, de su clase social y de su pueblo, y se atuvo siempre a la insoslayable verdad natural de que Hombre es más que mulato, más que blanco, más que negro, sentencia del Apóstol que ningún cubano debiera relegar en favor de razones de menos valía que, lejos de unir, dividen a una nación que necesita hoy más que nunca estar unida, y requiere tener muy presente que la esclavitud no fue inventada en el Nuevo Mundo, sino un desorden social existente desde los comienzos de la Humanidad; que solares hubo ya en la Roma imperial de los Césares, señora del mundo; que en la Europa industrial de Carlos Marx y Federico Engels existieron también barrios de obreros blancos, rubios y caucásicos, sin una sola gota de sangre africana en sus venas, donde las condiciones de vida fueron más espeluznantes que en los solares descritos por Chailloux, y que inspiraron a Engels su famoso alegato en defensa de los proletarios explotados por la pujante Inglaterra colonizadora de la reina Victoria: y que en los solares habaneros habitaron siempre numerosas familias blancas junto con las negras y mestizas, así como españoles, chinos, hebreos e inmigrantes de otras nacionalidades que, por encima de cualquier otro factor, siempre tuvieron en común su condición de ciudadanos pobres. Y esta composición todavía se mantiene en lo que a individuos de raza blanca se refiere. Uno de los mayores valores del libro de Challoux consiste, en mi opinión, en mostrar a las claras como un grave error de concepto considerar el racismo la causa fundamental de todos los males que ha sufrido la población negra en Cuba a través de la Historia, cuando este es, en realidad, la huella dejada en nuestra estructura social por un orden económico injusto, impuesto primero por los colonizadores y mantenido después por los gobiernos republicanos, pero que no han padecido solo los cubanos negros, como algunas personas prefieren creer y hacer creer a otras.

Considero lamentable que la figura de Chailloux, tal vez muy conocida en el mundo de nuestras ciencias sociales, esté tan ignorada entre el pueblo para el cual trabajó y cuya dignidad defendió hasta el último día de su vida, ofrendando siempre al sagrado ideal de la Justicia sus esfuerzos de cubano ejemplar. Tras haber ejercido durante pocos años un profesorado en la Universidad de La Habana, la misma donde se formó tan brillantemente en la carrera de Leyes, terminó su vida profesional trabajando modestamente como abogado de bufete colectivo. Pienso que con tantos méritos como poseyó este hombre, pudo haber desempeñado los cargos más altos. Es posible que, de acuerdo con su naturaleza, careciera de ambiciones. Lamento no poseer mejores datos sobre los últimos años de su vida.

Los horrores del solar habanero termina con un vigoroso y apasionado discurso equivalente a un legado cívico y de pensamiento destinado a la nación cubana. Son los párrafos de las Conclusiones de su tesis:

Primera: La vivienda, como ha quedad demostrado, constituye una de las tres necesidades vitales (alimentación, vestido, vivienda), y, por tanto, los gobiernos vienen obligados a proporcionarla en forma adecuada y suficiente, a los integrantes del grupo social que rigen; limitando la libre contratación de los factores de su producción (capitales, materiales, mano de obra, terrenos, etc.) en el punto en que pudiera quedar comprometida la necesidad de alojamiento de sus gobernados.

Segunda: Al Gobierno Central corresponde en buena técnica formular las normas rectoras de la política de la habitación a seguir en un país determinado, pero la Administración de la municipalidad afectada por la escasez de viviendas (¿quién no leería aquí Direcciones Municipales de la Vivienda actuales?) tiene la responsabilidad de concurrir en la concepción y realización de programas de viviendas, en cumplimiento de los sagrados principios que informan su gestión.

Tercera: Mucho pudiera hacer el Ayuntamiento de La Habana con más de seis millones de pesos, en un presupuesto que se diluye en un mar de burocracia, sin dejar, al final de cada ejercicio, obras capaces de justificar, por su utilidad e importancia, la cuantía presupuestal.

Cuarta: El pueblo consciente, no está exento de responsabilidad en el adecentamiento del hogar pobre de la ciudad. Un ciudadano con una clara idea de sus deberes cívicos, no piensa ni actúa como si al gobernante solo incumbiera la corrección de los desajustes sociales; por el contrario, discurre y trabaja, aunando esfuerzos con sus conciudadanos y vecinos, en cumplimiento de sus deberes de solidaridad social. Precisa que esa clase de ciudadanos, con muchos y muy dignos representativos en La Habana, fije la vista en este oscuro panorama de la vivienda popular habanera, y propugne su mejoramiento inaplazable. Aquellos deberes cívicos se lo exigen.

Universitarios, gobierno y pueblo de Cuba, aquí va nuestra advertencia: No esperemos que las epidemias de la post guerra tengan que forzarnos a suprimir el abominable sistema de vivienda popular establecido. ¡Hagámoslo en nombre de la Justicia Social, la Libertad y la Democracia!

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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4 respuestas a Los horrores del solar habanero, libro imprescindible para la historia de Cuba

  1. pedro e. delgado cavilla dijo:

    Muy interesante

  2. Adrián Rodríguez Chailloux dijo:

    Me pareció genial su post. Un agradecimiento…..

    • ginapicart dijo:

      Quien es genial es usted. No sabe cómo admiro su libro y cuánto me ha aportado para comprender muchas cosas, que una parte importante de la población no ha logrado interiorizar. Le estoy inmensamente agradecida por su magnífico trabajo. Y me honra que usted me haya leído.

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