EL TAN CUBANO PECADO DE BAILAR

Por Gina Picart

Quién diría que en Cuba, isla del baile por antonomasia, cuyos nativos, desde los taínos y siboneyes hasta nuestros días, han gozado fama universal de bailones irredentos, hubo un momento en que fue mal visto bailar… ¡danzón!

El tema del interdicto oficial sobre la práctica de bailar constituye entre nosotros una paradoja histórica, dada nuestra tendencia genética a politizar todas las facetas de la vida, heredada de los españoles, quienes no lo politizan todo, pero lo polemizan todo. Cuando los españoles llegaron a Cuba no les gustó el areíto, danza religiosa de nuestros indígenas, entre otras cosas porque al decir de algunos cronistas se bailaba desnudo. Luego, durante la Colonia, los españoles censuraban el desmedido afán de los criollos por bailar a toda hora, lo mismo entre las clases altas, adictas a los bailes de salón, que entre el pueblo llano que bailaba cualquier cosa. Las crónicas de la visita a La Habana de la Infanta en representación de la Corona Española recogen el dato de que los ilustres invitados bailaron sin descanso hasta el amanecer en las maravillosas y distinguidísimas casas-quinta de El Cerro, barrio habitado entonces por los aristócratas más refinados , donde se le ofreció un sarao a la princesa. Los criollos, por supuesto. Los españoles, tal vez después de lanzar unos pasillos solo miraban desaprobando. Más tarde los bailes nacidos de la fusión de culturas durante la época colonial, como el danzón, fueron mal vistos por los hijos de la recién nacida y flamante República. Con una comprensible repulsa generacional, política y cultural, la élite cultural republicana renegaba de todo lo que proviniera de España o tuviera raíces en ella, y se abrazaban desesperadamente a la nueva cultura traída por la Intervención norteamericana en la esperanza de que sirviera para construir una nueva identidad nacional donde las razas estuvieran “en su sitio”.

En el desmedido afán de “civilizar” el panorama cultural de la nación se llegó a acusar al gusto por el baile de corromper la integridad de las costumbres, y la víctima principal de la repulsa fue el danzón, porque se bailaba con los cuerpos pegados, porque lo bailaban los negros,. Se incluyó al danzón entre los comportamientos bárbaros del pueblo bajo. Escribe Ángel Quintero en Los modales y el cuerpo:

Frente a la vitalidad rítmica del mundo afropopular “subalterno”, no es de extrañarse que la principal preocupación de la plantocracia hacendada en torno a los gustos, la moral y la etiqueta se enfocara en el acto público de movimiento y proximidad corporal por excelencia: el baile por parejas. En el Caribe, más que en la mesa, sería en el baile donde se pondría a prueba “el refinamiento, el cultivo y la civilización”

Ya en 1998 había escrito un cronista de moda que publicaba en una revista de élite:

El danzón, muy bonito, muy propio del clima y todo lo que se quiera, no es por otro lado un baile adecuado ni propio de una soiree moderna. La Intervención nos traerá un gobierno libre y estable, y nos dará también bailes y costumbres nuevas.

Se ve que era ingenuo el tal cronista, porque si algo ha resultado históricamente imposible a nivel planetario es cambiar las costumbres del cubano. En ese aspecto somos el grupo humano más inamovible dentro de nuestra especie biológica. Muchos chistes buenos circulan al respecto en Internet, pero quizás el más sensacional sea aquel donde se vaticina lo que harán los cubanos cuando lleguen al Paraíso: mancharán las cocinas celestiales de frijoles negros y mango, les robarán las trompetas a los ángeles y se subirán en las rejas de la entrada a balancearse mientras tocan una salsa estridente que aturde a san Pedro. Mientras, a los cubanos enviados al Infierno se les ocurre adecentar un poco el ardiente recinto instalándole al Diablo sin permiso un aire acondicionado. Lo del sin permiso es un detalle crucial que caracteriza espléndidamente nuestro perfil psicológico, siempre tan irreverentemente caribeño y tropicalísimo.

Así, mientras se ponía de moda en los salones de nuestra alta sociedad el baile norteamericano conocido como two steep, los de abajo se lanzaron a bailar danzón más frenéticamente que nunca, y llamaron a esa respuesta “baile patriótico”. Ya se ve que los cubanos siempre nos hemos resistido a ser penetrados culturales. Hemos hecho de tal un punto de honor, y aunque la seriedad no sea en definitiva lo que más nos distinga, en ciertas circunstancias un cubanito se hace matar por lo que él considere honorable. Vallas de gallos, garitos, salones populares de bailes y cafés se convirtieron en baluartes bailones de resistencia nacional, y los famosos ladrillitos del danzón en proyectiles contra los traidores culturales que soñaban con americanizar la sociedad republicana y obligarnos a bailar a veinte metros de separación del cuerpo de nuestra pareja. Eso, señores, no se le hace a un nativo de esta isla.

Solo que como el cubano se ríe de sus males, la rabia sentida contra los que pretendían suprimir el danzón se transformó en burla, y así surgieron décimas, canciones y coplitas donde se cubría de ridículo a quienes intentaban adecentar el baile cubano. Este sainete titulado “Arriba con el Himno”, de Ignacio Sarachaga, es muy representativo de la reacción popular:

Este baile insustancial
—eso es público y notorio—
Es más digno de un velorio
Que de un centro mundanal.
A más de ser un error,
Nuestro patriotismo hiere:
¡que lo baile si es que quiere
El gobierno interventor!
Porque el cubano que alcanza
Nuestro futuro a mirar
¡tan solo debe de optar
Por nuestra cubana danza!
Mientras exista el danzón
Y en nuestras orquestas gima,
No habrá quien nos eche encima
El peso de la anexión.
¡Fuera el baile americano
Y arriba nuestro danzón!

Sí, que no hayamos resultado vencedores indiscutibles en la última guerra de independencia no quiere decir que nos resignáramos. Nos lo cobramos de la única forma posible en aquel momento: bailando.

Los pícaros criollos “de abajo” se las cobraban también burlándose de los yanquis bailones y describiendo como caricatura sus bailes propios, como el ya mencionado two steep. Las siguientes líneas provenientes de un supuesto reproche hecho por un connacional a una cubanita que danzaba con un americano son una joya del humor satírico cubano:

¿Qué baile es ese/ que se hace a todo vapor/ entre un choque y un codazo/ y un grito y un pisotón/ frenéticos, delirantes/ girando como un ciclón?/ ¿Es un baile americano?/ ¿Y no lo tienen mejor?

Otras formas musicales influidas por elementos afrocubanos fueron también acusadas de inmorales y bárbaras y hubo prohibiciones oficiales para impedir su manifestación pública. Los toques de santo y los tambores fueron los más castigados, puesto que al danzón ninguna ley se atrevió a derogarlo abiertamente. Aunque los negros habían creído que en la nueva Cuba podrían ejercer libremente su cultura, en 1900 recibieron el primer mentís a sus expectativas cuando el Ayuntamiento de La Habana prohibió oficialmente los toques de tambor, incluidos los que tuvieran lugar en el interior de inmuebles. Parece ser que no fue hasta dos años más tarde, cuando el Ayuntamiento permitió nuevamente la celebración de carnavales, que los cabildos negros fueron autorizados otra vez a desfilar con su música y sus comparsas en medio de la celebración, en la que también exigieron estar presentes un grupo de coros de guaguancó, quienes en las letras que cantaban incluían muchas de carácter patriótico y en buen número de ellas exaltaban las hazañas de los soldados y generales negros de las Guerras de Independencia, como Maceo y Quintín Banderas.

Es verdad que desde la llegada de los primeros esclavos negros a tierra cubana las clases altas de nuestra sociedad colonial vivieron bajo el temor de una insurrección de la “gente de color” y una toma del poder que reprodujera en nuestro territorio las masacres en que estuvo envuelta la revolución haitiana de Mackandal y Toussaint Louverture. Pero tratándose de una sociedad tan mojigata como la cubana, moldeada por el catolicismo español más severo, punto menos que a la manera de Bernarda Alba, es difícil dejarle toda la responsabilidad por el odio al danzón y los ritmos negros solo a un racismo latente. La moralina republicana fue feroz aunque haya coexistido con las peores lacras de nuestra sociedad republicana. Yo recuerdo que una de mis condiscípulas de la enseñanza primaria tenía una mamá que me echó de su casa y me prohibió volver a jugar con su hija porque le presté a esta un ejemplar de las Tragedias de Eurípides, en el cual durante uno de los parlamentos de una heroína, no recuerdo ahora si Clitemnestra o Medea, se mencionaba la palabra parir, altamente inmoral y descarada según la augusta dama, ya que las mujeres no paren, sino dan a luz. La señora me acusó a grito pelado de niña chusma, soez y maleducada, con la queja consiguiente a mi abuelita y la exigencia brutal de que mi Eurípides fuera consumido por el fuego o la noticia llegaría a oídos de la directora de la escuela. Por suerte, mi familia no creía en la inmoralidad de los clásicos griegos ni en la utilidad de los autos de fe, y el libro sigue conmigo hasta la fecha.

Tal vez no sea aconsejable hacer más extensa esta crónica, pues el baile, de danzón o lo que sea, se caracteriza entre otras cosas por su brevedad, así que dejemos el tema ahora para retomarlo quizás otro día. Mientras, sigan bailando aquellos a quienes Madre Natura haya dotado para tan maravillosa distracción. Desgraciadamente, yo no estoy entre ellos.

 Las citas que utilizo en este trabajo las tomé del magnífico libro titulado Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902, de Magali Iglesias, quien mereció por este texto el Premio UNEAC de Ensayo 2002.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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