LA INDIFERENCIA HACIA EL VALOR ESTÉTICO RELEGA FATALMENTE EN EL PROVINCIALISMO A TODA LA CULTURA 

A veces uno siente cierta reserva de hacer públicas sus opiniones, porque nunca falta quien salga berreando que uno quiere obtener alguna clase de ganancia cuando dice lo que piensa. Pero supongo que si es Milán Kundera quien opina, ya los eternos berreadores del patio lo pensarán un poco antes de acusarlo a él de querer gobernar con sus criterios a la literatura cubana de ahora mismo (espero que tampoco lo acusen de pretender aparecer en las listas de los diez mejores escritores cubanos…). El amigo Alberto Guerra, a quien considero uno de nuestros mejores escritores del momento, de la década y de nuestra posteridad isleña, ha tenido la ocurrencia de enviarme tres breves textos de Kundera con los que comulgo absolutamente. He decidido publicarlos en este blog porque expresan exactamente mi pensamiento, y la respuesta que yo daría a algunas de las intervenciones que he tenido oportunidad de leer recientemente en el contexto de la polémica sobre el mercado y otros temas que ocupan por estos días a los escritores cubanos, pero también la respuesta que yo hubiera dado muchas, muchísimas veces a artículos, flujo de mails, declaraciones en congresos y otros eventos, entrevistas a personalidades del mundo literario nacional y hasta a conversaciones de pasillo, si yo fuera más “replicadora” y amara menos el silencio. Me produce alivio que alguien en mi lugar explique qué significan en el arte la universalidad y el provincianismo y qué repercusión tienen, sobre todo el segundo. Y lo que vale la universalidad comparada con otras cosillas. Así pues, protegida tras el escudo kunderense, yo digo que:

Die Weltliteratur
Son dos los contextos elementales en los que podemos situar una obra de arte: o bien el de la historia de la propia nación (llamémoslo el pequeño contexto), o bien el de la historia supranacional de su arte (llamémoslo el gran contexto). Nos hemos acostumbrado con toda naturalidad a considerar la música en el gran contexto: saber cuál era la lengua natal de Orlando di Lasso o de Bach no tiene mucha importancia para un musicólogo; por el contrario, al estar vinculada a su lengua, se estudia una novela en todas las universidades del mundo casi exclusivamente en el pequeño contexto nacional. Europa no ha conseguido pensar su literatura como una unidad histórica y no cesaré de repetir que éste es un irreparable fracaso intelectual. Porque, si permanecemos en la historia de la novela, Sterne reacciona ante Rabelais, Sterne inspira a Diderot, Fielding apela constantemente a Cervantes, Stendhal se mide siempre con Fielding, la tradición de Flaubert se prolonga en la obra de Joyce, a partir de su reflexión sobre Joyce desarrolla Broch su propia poética de la novela, Kafka le hace comprender a García Márquez que es posible salirse de la tradición y «escribir de otra manera».
Goethe fue quien formuló por primera vez lo que acabo de decir: «La literatura nacional ya no representa mucho hoy en día, entramos en la era de la literatura mundial (die Weltliteratur) y nos compete a cada uno de nosotros acelerar esta evolución». Éste es, por decirlo así, el testamento de Goethe. Un testamento traicionado más. Porque abrid cualquier manual, cualquier antología: la literatura universal es presentada como yuxtaposición de las literaturas nacionales. ¡Como una historia de las literaturas! ¡Literaturas, en plural!
Sin embargo, siempre subestimado por sus compatriotas, nadie comprendió mejor a Rabelais que un ruso: Bajtín; a Dostoievski, que un francés: André Gide; a Ibsen, que un irlandés: G.B. Shaw; a James Joyce, que un austriaco: Herman Broch; los escritores franceses fueron los primeros en destacar la importancia universal de la generación de los grandes norteamericanos, Hemingway, Faulkner, Dos Passos («En Francia, soy el padre de un movimiento literario», escribió Faulkner en 1946 quejándose de la sordera con la que se topaba en su país). Estos pocos ejemplos no son extrañas excepciones a la regla; no, son la regla: el alejamiento geográfico distancia al observador del contexto local y le permite abarcar el gran contexto de la Weltliteratur, el único capaz de hacer aflorar el valor estético de una novela, es decir: los aspectos hasta entonces desconocidos de la existencia que esa novela ha sabido iluminar; la novedad de la forma que ha sabido encontrar.
¿Quiero decir con eso que, para juzgar una novela, podemos prescindir del conocimiento de su lengua original? Pues sí, ¡es exactamente lo que quiero decir! Gide no sabía ruso, G.B. Shaw no sabía noruego, Sartre no leyó a Dos Passos en su lengua original. Si los libros de Witold Gombrowicz y de Danilo Kis hubieran dependido únicamente del juicio de los que saben polaco o serbio, nunca se habría descubierto su radical novedad estética.
(¿Y los profesores de literaturas extranjeras? ¿No es su misión natural la de estudiar las obras en el contexto de la Weltliteratur? Es demasiado desear. Para demostrar su competencia como expertos, se identifican ostensiblemente con el pequeño contexto nacional de las literaturas que enseñan. Adoptan sus opiniones, sus gustos, sus prejuicios. Es demasiado desear: precisamente en las universidades en el extranjero es donde hunden una obra de arte en el más profundo atolladero de su provincia natal.)

El provincianismo de los grandes
¿Y el provincianismo de los grandes? La definición sigue siendo la misma: la incapacidad de (o el rechazo a) considerar su cultura en el gran contexto. Hace unos años, antes del final del siglo pasado, un periódico parisiense hizo una encuesta a treinta personalidades que pertenecían a una especie de establishment intelectual del momento, periodistas, historiadores, sociólogos, editores y algunos escritores. Cada uno debía citar, por orden de importancia, los diez libros más notables de toda la historia de Francia; de esas treinta listas de diez libros se extrajo una lista final de cien libros; aun cuando la pregunta («¿Cuáles son los libros que han conformado Francia?») podía dar lugar a varias interpretaciones, el resultado proporciona, no obstante, una idea bastante ajustada de lo que una elite intelectual francesa considera hoy importante en la literatura de su país.
De esta encuesta salió ganador Los miserables, de Victor Hugo. Un escritor extranjero podría sorprenderse. Al no considerar este libro importante ni para él ni para la historia de la literatura, comprenderá enseguida que la literatura francesa que a él le gusta no es la que gusta en Francia. En el undécimo lugar, Memorias de guerra, del general De Gaulle. Sería difícil fuera de Francia otorgar semejante importancia a un libro de un hombre de Estado, de un militar. Sin embargo, lo que desconcierta no es eso, sino ¡el hecho de que las más grandes obras maestras sólo vengan a continuación! ¡No se cita a Rabelais hasta el décimo cuarto lugar! ¡Rabelais después de De Gaulle! Sobre este asunto, leo el texto de un gran universitario francés que declara que a la literatura de su país le falta un fundador, como Dante para los italianos, Shakespeare para los ingleses, etcétera. Veamos, ¡para los suyos, Rabelais está desprovisto del aura del fundador! No obstante, para todos los grandes novelistas de nuestro tiempo, es, junto con Cervantes, el fundador de todo un arte, el de la novela.
¿Y la novela de los siglos XVIII y XIX, la gloria de Francia? Rojo y negro, en el vigésimo segundo lugar; Madame Bovary, en el vigésimo quinto; Germinal en el trigésimo segundo; La comedia humana, sólo en el trigésimo cuarto (¿será posible? La comedia humana, sin la cual la literatura europea es inconcebible!); Las amistades peligrosas, en el quincuagésimo lugar; los pobres Bouvard y Pécuchet, como dos inútiles sin aliento, corren en último lugar. Y hay obras maestras de la novela que no encontrarnos entre los cien libros elegidos: La cartuja de Parma; La educación sentimental; Jacques el fatalista (en efecto, sólo en el gran contexto de la Weltliteratur puede apreciarse la incomparable novedad de esta novela).
¿Y el siglo XX? En busca del tiempo perdido, en séptimo lugar. El extranjero, de Camus, también en el vigésimo segundo. ¿Y después? Casi nada. Casi nada de lo que llamamos la literatura moderna, nada de la poesía moderna. ¡Como si la inmensa influencia de Francia sobre el arte moderno jamás hubiera existido! ¡Como si, por ejemplo, Apollinaire (¡ausente en esta lista!) no hubiera inspirado toda una época de la poesía europea!
Y algo aún más sorprendente: la ausencia de Beckett y de Ionesco. ¿Cuántos dramaturgos del siglo pasado los igualaron en fuerza y proyección? ¿Uno? ¿Dos? No más. Un recuerdo: la emancipación de la vida cultural en la Checoslovaquia comunista estuvo vinculada a los pequeños teatros nacidos muy al principio de los años sesenta. Allí vi por primera vez una obra de Ionesco. Fue inolvidable: la explosión de una imaginación, la irrupción de un espíritu irrespetuoso. Yo decía con frecuencia: la Primavera de Praga empezó ocho años antes de 1968, con las obras de teatro de Ionesco puestas en escena en el pequeño teatro En la Balaustrada.
Se me podría objetar que la citada lista da más fe de la reciente orientación intelectual, que quiere que los criterios estéticos pesen cada vez menos, que de un provincianismo: los que votaron por Los miserables no pensaban en la importancia de ese libro en la historia de la novela, sino en su gran eco social en Francia. Es evidente, pero eso sólo demuestra que la indiferencia hacia el valor estético relega fatalmente en el provincianismo a toda la cultura. Francia no es sólo el país donde viven los franceses, es también aquel al que miran los demás y en el que se inspiran. Y es por los valores (estéticos, filosóficos) por lo que un extranjero aprecia los libros nacidos fuera de su país. Una vez más se confirma la regla: estos valores se perciben mal desde el punto de vista del pequeño contexto, aunque éste sea el pequeño contexto orgulloso de una gran nación.

La gloria
En Hugoliada, un panfleto contra Victor Hugo, Ionesco, a sus veintiséis años y todavía en Rumania, escribe: «La característica de la biografía de los hombres célebres es que han querido ser célebres. La característica de la biografía de todos los hombres es que no han querido o no han pensado en ser hombres célebres. (…) Un hombre célebre es asqueroso…».
Intentemos precisar los términos: el hombre pasa a ser célebre cuando el número de quienes lo conocen supera claramente el número de los que él mismo conoce. El reconocimiento del que goza un cirujano no es gloria: es admirado por sus pacientes, sus colegas, no por el público. Vive en equilibrio. La gloria es un desequilibrio. Hay profesiones que la llevan consigo fatal e inevitablemente: la de los políticos, las modelos, los deportistas, los artistas.
La gloria de los artistas es la más monstruosa de todas, porque implica la idea de inmortalidad. Es una trampa diabólica, porque la pretensión grotescamente megalómana de sobrevivir a la propia muerte está inseparablemente relacionada con la probidad del artista. Toda novela creada con auténtica pasión aspira de un modo natural al valor estético duradero, lo cual quiere decir que aspira al valor capaz de sobrevivir a su autor. Escribir sin esta ambición es puro cinismo: porque, mientras que un fontanero mediano es útil a la gente, un novelista mediano, que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, por tanto inútiles, nocivos y que estorban, sólo es digno de desprecio. Es la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía.”

Y terminadas mis citas de Kundera, quiero despedirme copiando de un modo especial y con mucho énfasis esta aseveración que está dentro de sus textos citados por mí, pero que me parece necesario destacar, redestacar y recontradestacar y dedicar a los sordos ciegos que pululan por el éter:

LA INDIFERENCIA HACIA EL VALOR ESTÉTICO RELEGA FATALMENTE EN EL PROVINCIALISMO A TODA LA CULTURA

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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6 respuestas a LA INDIFERENCIA HACIA EL VALOR ESTÉTICO RELEGA FATALMENTE EN EL PROVINCIALISMO A TODA LA CULTURA 

  1. Michael Lawrence dijo:

    Gina
    A few years ago you wrote you saw a documentary with Catarina Lasa in It. Where can I find this documentary? I am in the USA.
    Mike
    frizbeau@netcarrier.com

    • ginapicart dijo:

      Señor:

      No hablo ni escribo en inglés, razón por la cual tengo que dirigirme a usted en español y espero que no le moleste. El documental que a usted le interesa fue realizado por dos alumnas de la Escuela Latinoamericana de Cine de San Antonio de los Baños, hace ya muchos años. Yo no recuerdo sus nombres y no sé cómo conseguir ese documental. Puedo intentar hacer alguna pesquisa, pero no le garantizo que sea fructífera. Sin embargo, me esforzaré por dar a usted una respuesta satisfactoria a su deseo.
      Saludos cordiales,
      Gina

  2. Eso de la literatura universal, y del provincianismo de los grandes, y pequeños, es más que nada una cuestión de perspectiva, tanto de tenerla amplia como de comprender que existe y pesa. El propio Kundera: nacido en un país pequeño, que habla una lengua propia, no compartida, debió haber tenido desde joven la necesidad de una gran perspectiva, como supongo tuvieron la mayoría de los intelectuales checos, para no ahogarse en la pequeñez de su idioma natal, de su patria -y esto no desdora para nada a la cultura y literatura checas, es sólo un hecho-. Luego, fue un emigrado, a Francia nada menos… ¿te das cuenta que cambiazo de perspectiva? Ver Francia y todo el mundo desde Checoslovaquia, y luego ver Francia desde dentro, y todo el mundo, incluyendo Checoslovaquia, desde Francia. Con esos antecedentes, es difícil tener miopía cultural o literaria, tienes vista de delfín, adaptada al cambio de medio, gracias precisamente al cambio de medio. Claro, no estoy diciendo que sea imprescindible emigrar para aprender a tener una perspectiva amplia, una vista aguda en tu patria y fuera de ella, como el delfín en el agua y fuera de ella; sólo digo que así le llegó a Kundera. Tampoco digo que cualquiera sea capaz de adquirir una buena “visión”, experiencias mediante, probablemente hay que ser como Kundera, aunque sea un poco.
    ¿Adónde me lleva esto? El problema del que creo que te quejas, o al menos la formulación que yo le veo a ese problema de que te quejas, es la mala visión, la perspectiva deficiente que hay allá, en Cuba. ¿A qué se podrá deber? Dice Padura que es por la desconexión con el mundo. Yo creo que hay que sumar la erradísima tendencia a preferir la estrechez de mente, y lo dejo en esos términos para que nadie piense en politizar la cosa: la estrechez de mente, de visión, es un problema universal, que puede tener muchas causas, y no tengo ganas de llevar esto ab ovo.

    • ginapicart dijo:

      Las penas que nos reducen son tantas que se atropellan, Juanpa. El tercermundismo, la caribeñidad, la condición de suburbio astral —metáfora de lo que Padura llama desconexión con el mundo—, pero también la extrema juventud del país, que nos priva de una tradición histórica y cultural refrendada por la inmensidad del tiempo, y nos convierte en una nación bebé comparada con otras. Siempre recuerdo aquella anécdota de un director de cine italiano que obtuvo un premio internacional muy importante, y cuando la prensa le preguntó cómo había logrado hacer un filme de tal calidad con negativos vencidos respondió: “Porque tengo detrás dos mil años de cultura” (¿Roma ciudad abierta? Ahora mismo no recuerdo). Pero me puedes decir que América Latina tiene nuestra misma edad y su mentalidad cultural no adolece del mismo defecto. Entonces yo te diría que los cubanos siempre hemos soportado alguna bota encima que no nos dejaba ser quienes realmente somos, y tú me responderás que los otros lo mismo. Entonces tengo que acudir al argumento genético: la culpa de todo la tienen los tipos que Colón sacó de las cárceles del puerto andaluz de Palos de Moguer (presidio, puerto de mar y Andalucía: trinidad fatídica) y nos trajo para que pusieran los cimientos de nuestra cubanía. Acabo de leer dos supuestas reseñas críticas sobre un poemario recién lanzado, que me han dejado lela: en la primera el sempiterno anónimo lanza sus venenazos sin molestarse mucho en disimular que está ventilando una rencilla personal, y le sale al ruedo adarga de don Quijote al brazo, capa torera y banderillas al rojo vivo nada menos que alguien que firma con su nombre al tiempo que se declara amigo y pariente del ofendido (el poeta) y dispuesto a todo. Eso lo ha habido siempre en todas partes. Lo que me incomoda es que en todas partes, o en casi todas partes, pueden mostrar mucho más que eso,mientras que nosotros no tenemos casi nada mejor que mostrar y siempre andamos chapaleando en lo mismo. Estamos falta de mundo, y no, no hay que emigrar, simplemente hay que tener la posibilidad de cambiar de perspectiva, lo que no se consigue con un viaje de trabajo, sino instalándose en otras perspectivas, como en su tiempo lo hicieron Carpentier, Martí, Dulce María, Virgilio Piñera, Félix Pita Rodríguez, Marcelo Pogolotti y tantos intelectuales cubanos que, vaya casualidad, después han sido lo que más vale y brilla en la historia de la cultura cubana, con la excepción de Lezama, que si bien no quiso nunca desplazar sus posaderas, sí desplazaba de continuo su cerebro sin sacar los pies de acá, pero eso solo pueden hacerlo ciertos magos con mucho, pero muchísimo potencial. Acá la gente, no sé cómo, está muy informada, pero ya lo dijo Lucy, la psicóloga que dirigía la Escuela Nacional de Instructores de Arte donde yo estudié: la inteligencia y la mentalidad no tienen nada que ver. Y yo digo que la información y la mentalidad, tampoco. La mayor parte de quienes pretenden ejercer la crítica en Cuba —sobre todo entre los másjóvenes— tienen mucha información, pero poca capacidad profesional y una mentalidad del tamaño de un grano de… ¿de qué? La justicia artística no es su prioridad, sino imponer sus criterios mediante la balacera verbal. Ese es uno de nuestros males endémicos y me parece queno vamos a librarnos de él jamás.

  3. Somos todos hijos de Porcayo, deber ser…
    Pero sinceramente, yo creo que en verdad Cuba es árida, tiene que ser una semilla muy fuerte la que dé frutos, como la de esa gente que mencionaste. Vamos a ver, Inglaterra no tenía a principios del siglo XIX muchos más habitantes que Cuba ahora, de ellos buena parte era analfabeta… y la cantidad de poetas y escritores -de los de verdad- no tiene comparación. Las razones, serán miles y diversas, pero innegables. Y una vez más hago la salvedad, tienen mucho más de 60 años…

    • ginapicart dijo:

      Hablando de Porcayo… mi esposo es descendiente del sujeto, y puedo asegurarte que es un pequeño tirano doméstico, con lo que hace honor al linaje. Omití mencionar anteriormente que aunque las Repúblicas latinoamericanas tienen más o menos nuestra misma edad, no surgieron de la Nada como nosotros, sino de culturas ancestrales con un profundo sentido de la trascendencia, sobre cuyos cimientos se operó la fusión cultural y genética. Cuando viví en el DF vi con estupor cómo en el metro las madres tapaban las boquitas de sus nenes con el rebozo para impedir que molestaran con su llanto a los demás pasajeros, y una señora a quien llamo la India de los Perros Grises porque jamás supe su nombre, solía bajar cada tarde seis enormes perros y pasearlos por la Avenida Mazatlán, y ella, viejita y pequeñísima como un grano de mostaza, iba siempre armada de una palita y una bolsa colectora para recoger los “regalitos” que dejaban sus canes sobre el asfalto, porque, me explicaba, no se sentía con derecho a emporcar el entorno que era de todos los ciudadanos. Son elementos que se me antoja habría que tomar en cuenta a la hora de marcar la diferencia, supongo… Yo no creo que seamos áridos, sino que estamos secos, que es algo muy diferente. Si encierras un grupo de monos en una jaula y la cubres con cualquier cosa que les impida ver hacia fuera, acaban por perder sus referencias conductuales y comienzan a imitar a los miembros más fuertes, y las conductas comienzan a reciclarse, a reproducirse. Supongo que eso es lo que hace que, en especial entre nuestros escritores jóvenes, se repita una y otra vez el mismo tema, el mismo estilo de realismo sucio trasnochado y muy impregnado de pornografía, porque lo que hacen no es erotismo; y al final es siempre el mismo libro, que después premia un jurado todavía más alucinado y entonces el tal libro se convierte en modelo a seguir para los bobos que vienen detrás con la boca abierta. Resulta alucinante: casi todo lo que escriben habla de lo mismo y en los mismos términos, aquejado además de una insoportable incapacidad para penetrar en la estructura profunda de las cosas. Se muere uno por encontrar una individualidad dentro de la comparsa. Y sin embargo, tenemos dos premios Cervantes, y leí en alguna parte hace poco que Lezama supera a García Márquez en profundidad de pensamiento, cosa que creo porque fue un auténtico tanque pensante ese hombre. Pero es frecuente ver que de padres geniales nacen hijos tontos y mediocres, así que tal vez lo que sucede forme parte del orden natural de ciertas cosas… Y lo peor es que no entienden o se niegan a entender, quieren ser así, imitaciones malas de Miller y Bukovsky. Aveces, muy pocas, intento razonar con ellos, pero siempre reaccionan autorreafirmándose en su arrogante nimiedad. Yo creo que es una maldición que persigue a la literatura cubana, porque recién llegó a mis manos una revista de Barcelona que propone un dossier de escritores, poetas y ensayistas de acá, y tuve que reírme ante unas cuantas presencias a las que nada justifica y unas cuantas ausencias incomprensibles (hay detrás el infaltable jacarandoso trasero nacional, of course). Y en otra, nueva y del patio, la nómina de colaboradores está compuesta fundamentalmente por los miembros de cierto taller literario que conoces muy bien. Nada, Juampa, que estamos rodeados por una conjura de necios y no se puede hacer nada, solo continuar viendo llover en Macondo…

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