CHUPAR O NO CHUPAR: HE AHÍ LA CUESTIÓN: contra el Chupi Chupi de Osmany García

 He seguido con atención la polémica generada por la exclusión de los premios Lucas del video clip titulado Chupi chupi. Por las implicaciones de este suceso, al que acompaña toda una historia anterior relacionada con este tipo de música en Cuba, me gustaría dar mi criterio al respecto, haciendo de inicio una distinción que considero obligatoria entre un reguetón como manifestación de contracultura con un valor añadido de denuncia social, y ese otro, infame e infamante, cuyo único objetivo consiste en enriquecer a sus intérpretes y a quienes se relacionan con la industria oportunista que lo recicla sin cesar.

No sé quién es Osmany García, y por el infantilismo manifiesto en  la redacción de la misiva que se atrevió a enviar a Abel Prieto, Ministro de Cultura, creo que prefiero continuar sin saberlo —quiero seguir pensando que La Voz en cuestión es un “escolar sencillo” de once años. Tuve noticias de su existencia hace solo unos días debido al escándalo provocado por su clip. Lo ignoro todo sobre este personaje, entre otras razones, porque ya he tenido tiempo suficiente para conocer el mundo y decantar y refinar mis preferencias en todos los órdenes de la vida, y entre ellas nunca estuvieron el reguetón ni sus figuras emblemáticas. Tampoco tengo referencias de primera mano sobre la integridad moral, estilo de vida, hábitos y procederes de los músicos cubanos que han adoptado con tanto entusiasmo esta modalidad musical y se han dedicado en cuerpo y alma a difundirla en el panorama sonoro nacional. Solo he escuchado algunos comentarios más o menos escandalosos y he visto de pasada en mi televisor y en posters colocados por ahí su aspecto físico, su modo de vestir, su gestualidad, el mensaje de algunos de sus trabajos… Es fácil admitir que esas imágenes pueden ser calificadas como representativas de un sector amplio de la población cubana —y no se trata solamente de adolescentes y jóvenes—, solo que la dinámica opera en un orden inverso del aparente: esos músicos no han adoptado su figuración exterior para representar a sus seguidores del patio, sino que han ido imponiendo lenta y sutilmente esos parámetros a miles de personas que, por razones que no considero necesario enumerar aquí, no están preparadas para discriminar entre valores y negación de valores relacionados con la moral, la espiritualidad o, siquiera, con la corrección de la conducta y el respeto al derecho ajeno. ¿Tienen que ver con esta incapacidad la caribeñidad, el tercermundismo, el subdesarrollo, la poca civilidad, la falta de educación, la ignorancia, ciertas condiciones genéticas y raciales de nuestra población, su aislamiento geográfico, etc…? Cada uno de estos factores tiene su peso en el conjunto, como suele suceder en todas las cosas, porque la unicidad es una fórmula ideal, mientras que la realidad tiene un entramado complejo. Al fin y al cabo, las estrellas del audiovisual imponen modas y modelos de conducta y en todo el mundo se sabe y se asume. Justamente de eso se trata, esa es la idea de las industrias disqueras y una de las fuentes principales de sus jugosos dividendos en el mercado de la música.

Mis investigaciones sobre la cultura cubana me dejan ver perfectamente que el doble sentido, la picaresca y el erotismo han estado presentes en nuestra música desde siempre. Para comprender de dónde procede entre nosotros esta tendencia tan marcada e imbatible (presente en todas las culturas, por demás), remito a estudios antropológicos, históricos y sociológicos que existen en la isla y están al alcance de quienes quieran consultarlos en bibliotecas, librerías e instituciones especializadas. Lo que sí no se había constatado con anterioridad en Cuba es el ya total borramiento de los límites sensatos que separan todo esto de la más desnuda, brutal y repulsiva pornografía (presente también en una narrativa de dudosa acreditación y que juega su basa a la explotación de un tinglado sexual mal armado que ya causa revulsión de tan repetido y exprimido). Reina en vastos —pero por fortuna aún no mayoritarios— sectores de nuestro pueblo una confusión cuya tendencia es a incrementarse aceleradamente. Estamos asistiendo a una pérdida de valores de la que ya se ha hablado muchísimo y es reconocida por todas las instancias; se trata de un proceso dilatado en el tiempo cuyo comienzo nadie podría fechar con exactitud, pero lo alarmante es que si demoró décadas en hacerse manifiesto, ahora se ha convertido en un potro desbocado que galopa veloz de la rienda de estos personajes irresponsables que han olvidado, o tal vez nunca han sabido que el arte implica una responsabilidad social inalienable, y no existe razón alguna que los exima a ellos de esa responsabilidad: ni el éxito, ni la popularidad, ni la riqueza, ni la raza, ni la religión ni la potencia sexual que, sospecho, suponen tener en cuota mayor que el resto de los varones del país.

He estado siempre de acuerdo con el derecho a la representatividad pública de todos los ciudadanos cubanos, con total independencia de raza, religión, ideología, posición económica, sexo y edad. Estoy convencida de que es así, y no de otra manera, como funciona plenamente una democracia. Pero para garantizar el éxito de una convivencia donde la meta cotidiana sea el respeto a la diversidad, resulta imprescindible una dosis muy, muy alta de conciencia social, o para decirlo en un término ya olvidado, de CIVILIDAD. La conciencia social se forma desde la cuna, y enseña, entre otras cosas, que para convivir hay que respetar la Otredad. En el caso del reguetón, tal vez ya pueda afirmarse que la Otredad somos los millones de cubanos que no aceptamos vernos incluidos entre los fanáticos de una música de muy pobre estructura, con letras aberrantes que promueven la degradación social a su máxima expresión reduciendo a las mujeres y hasta a los hombres mismos al estatus de basura humana a la que no se debe ninguna consideración.

Hay muchos motivos para que el reguetón sea rechazado tan vivamente por tantos cubanos. Enumeraré en primer lugar una razón de orden biológico: es una música con un casi absoluto predominio del esquema rítmico, y en opinión de especialistas, bastante ajena a la rica tradición musical cubana. Los estudios multidisciplinarios de musicología, de biología y de antropología realizados en muchas partes del mundo por instituciones científicas de incuestionable prestigio demuestran que el aparato auditivo de los diferentes grupos raciales presenta características propias en cada caso. Los tres grandes grupos humanos, caucásicos, mongoloides y negroides, no poseen idéntica percepción del sonido, siendo predominante en unos grupos la preferencia por el ritmo, y en otros por la melodía; en unos por los sonidos graves y en otros por los agudos (estoy esbozando el tema de una manera muy general, aunque sé que no existen formas absolutamente puras en ningún sistema musical del planeta, pero hablo de predominios). Supongo que, en gran parte por esta característica fisiológica, para una persona puede resultar una auténtica tortura física y psicológica escuchar reguetón, mientras para otra puede serlo escuchar el Ave María, Madame Buterfly o los cantos gregorianos de los monjes de Silos…. La ciencia ha demostrado, igualmente, que el sonido tiene capacidad para curar el organismo, pero también para desestabilizarlo e inducir un estado de enfermedad. La Física demuestra que el sonido construye y destruye formas materiales. ¿Alguien se ha preguntado qué sucede en las vísceras y en el sistema nervioso de una persona cuando se ve obligada —sin posibilidad de evasión— a escuchar por todos los costados de su domicilio el ruido proveniente de varias casas donde atruenan diferentes discos de reguetón, sin interrupción ni siquiera de madrugada, y a niveles espeluznantes de decibelios? ¿Qué otro refugio de intimidad, privacidad y tranquilidad posee una persona más allá de su vivienda? ¿A dónde tendríamos que huir para ponernos a salvo de esta avalancha invasiva de una sonoridad dañina que no queremos soportar, que no nos deja trabajar ni dormir, que nos altera?

La segunda razón que quiero exponer pertenece al orden de los complejos culturales. Ya sabemos, porque se ha repetido hasta la saciedad, que Cuba es un país multirracial, con libertad de culto, con igualdad de derechos concedida a toda la población por un proceso revolucionario que se llevó a cabo precisamente para barrer con las diferencias de clase y las desigualdades sociales, y para que la felicidad ciudadana fuera patrimonio de todos por igual. Ya se sabe que somos el producto del mestizaje racial y cultural, un crisol de razas y cultura, etc. Pero la pluralidad de la sociedad cubana no ha barrido con el hecho incuestionable de que, aún en panorama tan diverso, continúan presentes en la isla diferentes complejos culturales. Dos siglos son breve plazo histórico para eliminar la huella de un complejo cultural en favor de la instalación absoluta de otro. Según la antropología social, este sería un proceso homogenizador que requeriría de mucho más tiempo para alcanzar una culminación natural satisfactoria y acreditada. De modo que en Cuba coexisten diferentes complejos culturales y yo pertenezco a uno que NO es minoritario, y para quienes forman parte de él el reguetón resulta un elemento totalmente ajeno y no deseado ni disfrutado, es más, muy mal tolerado. Y entre los millones de personas que comparten conmigo este complejo cultural al que me refiero las hay de todas las razas que habitan la isla, de todas las confesiones religiosas, de toda marca de género, de todo credo político, de todos los niveles educacionales y todos los grupos etáreos. Es un complejo cultural heredado de la cultura que durante siglos fue predominante en la Cuba blanca, colonial, esclavista, y luego republicana mediatizada, y después siempre mirando al Norte, cierto, pero es un hecho sociohistórico que no se puede anular por decreto ni sepultar con ideología ni hipócritas demagogias de integración: tenemos una cultura que muy temprano supo revestirse de una marca criolla, nacional e inconfundible gracias, en parte, a la fusión de razas, sí, pero que nunca perdió la influencia occidental, y prefiero no agregar otros adjetivos para caracterizarla, convencida de que no será necesario para que se comprenda de qué estoy hablando. No me importa que otras personas, el mundo entero si lo desea, tenga, produzca y disfrute de otros complejos culturales (de hecho es así), pero no quiero que me los impongan, que me involucren en ellos contra mi voluntad soberana, contra el derecho que me asiste como ser humano a vivir como yo quiero vivir, y no según lo que me dicten otros conglomerados o individuos que han adquirido influencia y poder por métodos y procedimientos que no constituyen procesos naturales, sino que han sido y están siendo guiados por medios artificiales en aras de objetivos que se me antojan altamente censurables. Y preferiría que nadie intentar ofrecerme lecciones de historia sobre colonialismo cultural: el reguetón es un problema del aquí y el ahora y eso nada ni nadie puede enmascararlo.

La tercera razón es de índole moral. No provengo de las clases altas. No soy pacata, beata, provinciana ni pertenezco a ninguna religión que haga tabú de la sexualidad. He sido y sigo siendo una mujer sin prejuicios en todos los órdenes de la existencia, es un principio que elegí desde mi adolescencia y al que no pienso renunciar, y mi vida personal dará suficiente testimonio de ello a quien desee cuestionarla. Pero… siempre he mantenido la firme convicción de que la sexualidad es un asunto privado e intransferible, como pienso también que el cuerpo es un templo y merece todo el respeto de quien lo habita. Así fui educada en mi hogar y por mis maestros, y así he elegido ser, pensar y vivir (porque en alguno o en varios momentos de la vida todo individuo hace sus elecciones, eso ninguna filosofía, ninguna ideología puede negarlo). La homosexualidad en todas sus manifestaciones, el sexo abierto, el sexo compartido, el sexo violento y otras variantes del tema que en este momento quizá no se me ocurren, constituyen elecciones estrictamente personales. Todos tienen derecho a gozar de su sexualidad como se les antoje, sí, y ninguna sociedad debería reprimir ese derecho de sus ciudadanos. Para mí vale todo, sí, menos el exhibicionismo. Si algunas personas no sienten respeto por su cuerpo y consideran su sexualidad un artículo desechable que puede y debe ser compartido con un número muy grande de otros seres humanos de un modo festivo e impúdico, es su decisión personal y nada tengo que objetar al respecto, pero no pueden convivir en el seno de una sociedad que no sanciona esos criterios conductuales, porque no pueden imponer esos patrones a un enorme número de ciudadanos que no quiere compartirlos y ni siquiera tenerlos cerca. Simplemente nadie tiene derecho a degradar a quien no quiere ser degradado. Y cuando los músicos que cultivan el reguetón vocean por todas las emisoras de la radio sus letras pornográficas y violentas, exhiben su lubricidad por la tele o invaden la domesticidad familiar en soporte video predicando sus patrones conductuales primitivos y bestiales, están cometiendo una agresión muy brutal contra la sociedad, y no hay otro modo de clasificar una intrusión de esa índole. ¿Por qué están cometiendo una agresión muy brutal? Aquí cito dos momentos de la señora María Córdova, Doctora en Ciencias sobre Arte, en su extenso artículo La vulgaridad en nuestra música: ¿una elección del pueblo cubano?, publicado en el diario Granma el miércoles 23 de noviembre del presente año, donde dice: “Relacionar sexo y vulgaridad es muy propio de quienes carecen de los más elementales valores éticos, culturales, artísticos y humanos. … Promover manifestaciones tan inadecuadas como la que nos ocupa significa regresar a instintos pre-humanos, contra los cuales lo mejor de la humanidad está luchando desde hace siglos.”

Quiero recordar aquí una de las teorías de la dinámica de grupos, según la cual si en un aula de alumnos clase A (mayor potencial intelectual) se introduce un grupo de similares características, se produce un desarrollo general; pero si los clase A son mezclados con alumnos clase B (coeficiente normal de inteligencia), los B avanzan, mientras los A se mantienen estáticos. Y cuando se incorpora a esa aula un grupo de alumnos clase C (menor coeficiente intelectual), el resultado es que los C no experimentan ningún beneficio y los A y los B retroceden al nivel de los C. He sido profesora y he tenido la posibilidad de comprobar cuanta verdad encierra esta teoría; por eso comulgo plenamente con la doctora Córdova en sus aseveraciones. Las personas que tenemos conciencia del fenómeno de degradación que está teniendo lugar en la sociedad cubana no podemos permanecer sin hacer nada, y como ciudadanos tenemos la obligación de denunciarlo y de tratar de detenerlo. Entre las mayores conquistas de la humanidad se encuentra el haber rebasado la etapa animal de la especie. Aunque muchos consideren la monogamia, el pudor sexual, la privacidad de los instintos y otros valores como una obsoleta estupidez de la cultura judeo-cristiana, no es menos cierto que esos valores han constituido y siguen constituyendo pilares fundamentales de la sociedad, tanto en Oriente como en Occidente, y voy a poner un ejemplo tangible que ni siquiera es occidental: Tailandia es célebre por el negocio siempre lucrativo de la prostitución infantil, pero en Japón, China, Corea y Viet Nam sigue siendo respetada y venerada la institución de la familia como la principal unidad de una sociedad sana y equilibrada. Y ya no estoy hablando del Occidente caucásico, europeo y católico. El mundo árabe, experto en erotismo desde el comienzo de su civilización y creador de un concepto del Paraíso donde la posesión de mujeres de hermosura portentosa y el disfrute de una sexualidad sin restricciones constituyen el máximo premio de los machos valientes, impone, sin embargo, el máximo respeto a los tradicionales valores morales propios de esa cultura y castiga con penas cruentísimas la transgresión de los mismos. Y si me acusan de alejarme demasiado de la realidad de nuestro país, me acerco de inmediato solo con recordar a los desmemoriados que las investigaciones más recientes realizadas por especialistas cubanos demuestran que entre la población negra de Cuba hubo en todas las épocas una tradición de respeto dentro de la familia, y una tradición de corrección conductual en el seno de la vida social que se trasmitía celosamente de padres a hijos. La Historia del mundo prueba que siempre que se intentó abolir estos valores, el resultado inmediato fue la descomposición y el caos social: el retroceso. Todo, absolutamente todo, tiene que apoyarse en el principio rector del Orden. Lo contrario es la instauración del reino de los instintos desatados. La anarquía depredadora.

La conducta humana, aún desde los tiempos tribales, ha estado regida por normas de convivencia que, cuando eran violadas por algún miembro del grupo, hacían recaer sobre este los interdictos más severos. Siempre hubo códigos, escritos o no, que regulaban el comportamiento de cada miembro del grupo social en cuestión. De estas primitivas formas que intentaban regular la convivencia de manera que fuera soportable para todos nacieron los modernos sistemas de leyes, que asociados a la ética promulgada por los diferentes sistemas religiosos concebidos por la humanidad, garantizaban que las personas se comportaran de un modo que no las convirtiera en amenazas para la integridad y equilibrio del grupo, y quien no deseara someterse a esos controles tenía que separarse y hacer su vida lejos del grupo al que pertenecía. Y estoy hablando de un tiempo remoto en el que, a pesar de la rusticidad de los medios de producción y de la estructura social, los hombres vivían inmersos en una espiritualidad, basada primero en la conciencia de pertenecer a la unidad de la Naturaleza, y más tarde en la veneración a las divinidades, todo lo cual les imponía una ética del comportamiento. Cuando la doctora Córdova habla de un estado pre-humano, pienso que no se refiere al paleolítico ni a las sociedades tribales inmediatamente posteriores, porque estas ya poseían una estructura altamente evolucionada. Tampoco, pienso, se está refiriendo al reino animal, puesto que los animales que viven en manadas también obedecen a códigos de comportamiento impuestos por una jerarquía dominante bajo cuyo control se encuentra toda la manada, y a los que esta debe obediencia ciega. Aún en sociedades tan violentas y crueles como la celto-irlandesa precristiana, ninguna acción quedaba sin penalización y nadie podía delinquir sin consecuencias, y si un individuo podía matar en duelo a un enemigo, la tradición le obligaba a ofrecer una indemnización a la familia del muerto. Nunca ningún estadio civilizatorio ha sancionado de manera oficial la impunidad. Eso implica que el Hombre siempre fue capaz de discriminar entre lo que es aceptable y lo que no lo es, y no quiero tipificar ambos conceptos recurriendo a las etiquetas ontológicas del Bien y el Mal.

Y es justamente aquí donde yo encuentro el mayor grado de peligrosidad que entraña la variante del reguetón que he calificado como infame e infamante: en que predica la abolición de todo orden establecido y proclama la impunidad a que dan derecho la fuerza bruta y la superioridad física y de género, valores que poco tienen que ver con el potencial intelectual que ha hecho del Hombre un ser capaz de transformar el planeta y dominar la Naturaleza. Milenios de cultura, todo un largo y doloroso camino transitado por la Humanidad hacia la conquista de mayores niveles de desarrollo moral (hacia la utilidad de la virtud, como dijera Martí), aparecen ahora amenazados por una manifestación subcultural que atenta contra todo lo que ha constituido el trabajo de perfeccionamiento de nuestra especie desde que apareció sobre la Tierra. Toda la música que el Hombre ha sido capaz de componer, muchos cubanos no solo la han olvidado, sino que los más jóvenes no la conocen. Toda una herencia cultural milenaria está siendo abolida porque los patrones que impone el reguetón la desconocen y niegan. Y todo el adelanto espiritual, intelectual y moral alcanzado por la Humanidad parece irrisorio cuando el reguetón le planta encima su propio código de lujuria bestial, machismo, desprecio por la mujer y por cualquier clase de debilidad, culto al falo y derecho a la violencia y al sadismo en todas sus manifestaciones, además de glorificar la tenencia de un tipo de riqueza que no genera bienestar y desarrollo para los demás, sino deviene herramienta de encumbramiento para quienes la detentan y propicia un acceso cada vez mayor en la espiral de los más censurables vicios: el sexo, la droga, la fuerza bruta y el delito impune. Todos patrones altamente marginales.

Y ahora quiero referirme a un artículo, El chupi-chupi clandestino: ¿prohibir es la solución?, firmado por Antonio Enrique Gonzáles Rojas, que no sé dónde ha sido publicado, puesto que lo he recibido por mail, pero cuyo tono general es ambiguo y no queda claro si el firmante suscribe realmente la descalificación de la pieza en cuestión o defiende El chupi-chupi. Gonzáles Rojas, entre otras cosas, cuestiona la decisión de Abel Prieto, Ministro de Cultura, de prohibir el Chupi-chupi, alegando que lo prohibido crece en potencial de incitación porque esa es la condición de la mente humana. Él no cree que prohibir el Chupi-chupi vaya a recomponer lo que desde hace tanto está dañado. Al menos en una cosa le concedo que no le falta razón: todo esto ha ido demasiado lejos y los principales culpables son los organismos e instituciones de Cultura, con su difusión del reguetón a diestra y siniestra, y de los medios masivos que conceden espacios desmesurados y proponen como modelo de conducta al reguetonero grandote, robusticón, de habla bozalona y gutural, con una expresiva sonrisa de oreja a oreja tachonada por fundas de oro en sus dientes brillantes, ropa de circunstancias con braguetas que ponen de relieve el culto fálico, relojes rutilantes, sortijones y cadenones dorados, panzotas exultantes, sombrerotes pretenciosos, bigotones ridículos, carro de lujo en segundo plano nada discreto, un paisaje tropical que trasmite confort y poderío monetario, y muchas chicas semidesnudas con aspecto de arpías de burdel, que menean lúbricamente el caderaje mientras un coro repite cosas como mira que lindo soy, mira qué bueno estoy, mira qué carro tengo, mira cuántas nenas tengo sentadas en mis escrotos, mira cuánto oro llevo encima, yo no trabajo, solo vacilo la vida; mira como todos me respetan y al que no le guste le corto la jeta; olvídate de la escuela, olvídate de tu casa y sígueme para que seas como yo, porque yo soy lo máximo. Sí, Rojas podría tener razón al suponer que la prohibición llega demasiado tarde, porque tal vez el mal ya es un cáncer bien arraigado en la carne de la sociedad cubana. Resulta que el cubano ideal ya no es el Hombre Nuevo prometido, ni tampoco el hombre anterior a 1959, ni el mambí, ni ese ciudadano de sello cosmopolita que está surgiendo en Latinoamérica, sino ¡el reguetonero!, ese especimen cuya utilidad social, francamente, no alcanzo a descubrir. ¿Cuál sería el futuro de un país donde “todo el pueblo” (según expresión de Osmany García) votara vivir de acuerdo con los postulados del reguetón?

 Pero como creo en la solidaridad entre intelectuales, me permito ofrecer alternativas a Gonzáles Rojas, ya que él, salvo hacer de Abogado del Diablo de la prohibición del Chupi-chupi, no aporta otras soluciones. Se me ocurre preguntarle si en su sapientísima opinión él cree que Cuba está en condiciones de aplicar las medidas que, desde hace mucho, fueron instrumentadas en otros países del primer mundo, por ejemplo, donde los males que hoy nos ocupan son mucho más virulentos, pero interactúan menos con el ciudadano medio. ¿Estará Cuba en condiciones de crear urbanizaciones caracterizadas, de modo que los reguetoneros puedan habitar en un área donde no molesten a personas que quieren vivir de un modo diferente, escuchar otra música, mantener otros principios morales? ¿Sería posible crear en La Habana un Barrio Rosa como el de Ámsterdam para que los no heterosexuales puedan disfrutar de todas las variantes de la sexualidad sin ser disgustados por la “moralina” del resto de los ciudadanos? ¿Podríamos construir algún distrito, o designar, por ejemplo, la Villa Panamericana, como área residencial para quienes deseen dedicarse al ejercicio de la drogadicción sin ser molestados? ¿Tendremos recursos para instrumentar un canal especial dedicado a difundir pornografía, que sea pago, privado, etc.? ¿Será, por fin, posible nuclearnos en atención a las afinidades electivas antes que la marea de bestialidad nos sepulte a todos en el espejismo de una igualdad que solo existe en la retórica estatal y en la buena fe de algunos ingenuos?

También he analizado los argumentos esgrimidos en artículo publicado por uno de los miembros del jurado de los premios Lucas, y no salgo de mi asombro al constatar el aplomo y la serenidad con que este señor aboga por los derechos civiles del reguetón y sus intérpretes. De atenderse lo que postula, estaríamos abocados a la descalificación de todas las barreras de contención social. Pero no puede existir, en aras de un falso concepto de Libertad, una sociedad donde todo esté permitido y nada censurado. Tiene que haber límites bien marcados y reconocibles, y mecanismos que los hagan respetar; tiene que haber leyes, restricciones, porque es el único modo de que TODAS las Otredades puedan convivir sin que ninguna sea depredada hasta sus raíces por las demás. Los reguetoneros tienen derecho a producir y escuchar su música, pero yo tengo derecho a no escucharla si no me gusta. Ellos tienen derecho a practicar sexo público, pero yo tengo derecho a negarme a que Lucas ponga ante mis ojos las contorsiones pelvianas de una pareja abierta. Todos tenemos derechos, la cuestión es: ¿cómo los haremos valer sin lesionar el derecho ajeno que tanto preocupaba a Benito Juárez? Porque los reguetoneros no están solos en el mundo. Nosotros, el resto del planeta, también estamos aquí. ¿Y cómo nos vamos a defender del ataque de ese Otro insaciable y soez?

 ¿Será, acaso, la solución mágica que los reguetoneros enarbolen sus varitas fálicas y nos conviertan a todos en alumnos clase C? ¿Debemos permitir que la subcultura marginal se imponga, se apropie de todo el espacio y nos destruya? ¿Debemos resignarnos a que las generaciones que ya se están formando y las inmediatas que vendrán sean legiones de clones de Osmany García? ¿Es que no tenemos los cubanos ningún mejor legado cultural, un legado valioso que preservar ni que aportar a la Humanidad? ¿Seremos todos pornógrafos como máxima aspiración? ¿Seguiremos declarando ante el resto de planeta que para nosotros la mujer no vale nada y la práctica del sexo no es más que una gimnasia seminal despojada no hablemos ya de espiritualidad o afectos, sino hasta del más mínimo glamour?

No concibo, no puedo concebir una sociedad que dedique día a día un esfuerzo tan constante a degradarse puntualmente. Creo que el individuo tiene la obligación social y moral de trabajar a tiempo completo en el perfeccionamiento de la civilización, de la nacionalidad y de su personalidad. Creo, como Martí, en el mejoramiento humano, en su extraordinaria y perentoria necesidad. Y creo que cualquier manifestación incivil que conspire contra el desarrollo del Hombre debe ser evitada y suprimida con firmeza. Lo mejor de la sociedad no puede replegarse y ceder todo el espacio a los estratos marginales en nombre de una propaganda que invierte y falsifica la estructura natural de la pirámide social. Una sola manzana pudre el saco; por tanto, la solución más urgente consiste en echar fuera del saco la manzana podrida, aunque después pueda pensarse en otras opciones y remedios. Creo que el reguetón, con sus chupi chupi, sus pudines y toda su parafernalia de tienda de juguetería sexual, debe ser prohibido en lugares de obligado uso público como ómnibus, centros de trabajo y otros espacios de estancia, y reservado para sitios de elección como discotecas, clubes, cabarets, salas de conciertos y centros bailables a donde acuda quien quiera escucharlo en pleno y libre ejercicio volitivo. Creo que su presencia en los medios no debe exceder a la de otras manifestaciones musicales que hoy día, en comparación, la tienen irrisoria y prácticamente inexistente. Creo que se debe emprender un proceso público de desmitificación de las figuras emblemáticas del reguetón, el rap y otros géneros musicales que les son afines en idiosincrasia, vulgaridad y modelos conductuales negativos. Creo que debe trabajarse seriamente en la elaboración y aplicación de un sistema de multas para reprimir a quienes hagan en sus viviendas un uso desmesurado de sus equipos de música, con el consiguiente trastorno para la tranquilidad, el descanso, la salud y el equilibrio mental de otras personas. Creo que se debe emprender una carga consecuente para matar a la bribona marca del salto atrás en la civilización, educando mejor a la población en la amplitud de superiores propuestas artísticas. Y no estoy abogando por la instauración de un sistema fascistoide en el terreno de la música cubana; no estoy pensando en una elitista cacería de brujas. Solo exijo que se respeten mis derechos, que son los de millones de cubanos que nos negamos a ser representados por el reguetón y no queremos seguir siendo receptores obligados de una subcultura marginal con la cual no nos identificamos ni reconocemos como nuestra.

Anuncios

Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

12 respuestas a CHUPAR O NO CHUPAR: HE AHÍ LA CUESTIÓN: contra el Chupi Chupi de Osmany García

  1. BBOY REY dijo:

    Soy muy consecuente con este articulo, de veras que esta muy bueno, y debemos resivir su mensaje, nos es necesario a todos.

  2. Marilys Marrero dijo:

    Gina
    buenas noches soy Marilys Marrero
    agradezco mucho su amplia reflexion y reclamo sobre el derecho a un sociedad como lo soñara Marti CON TODOS Y PARA EL BIEN DE TODOS. SUSCRIBO TODOS SUS ARGUMENTOS Y LO DECLARO MANIFIESTO
    UN SALUDO AFECTUOSO

  3. Juan Pablo Noroña dijo:

    Lo lindo es que ahora todos los involucrados en el video clip (performers y demás) son una especie de héroes alternativos y contestatarios.

    • ginapicart dijo:

      Mi querido y siempre echado de menos Juampa, además de caracterizarnos por una imbatible inclinación a la chusmería, la burla ante la propia desgracia, el gusto por la pelota y la cerveza, y la incapacidad de tomar nada en serio, yo ya dije hace tiempo que el cubano nace, vive y muere completamente confundido. El reguetón es una de las pruebas más contundentes al respecto. Aunque no la única. Te quiero siempre y te extraño muchísimo, no hay con quien conversar.

  4. Es necesario que se depongan los interese particulares y todos nos sumemos a esta construcción de este derecho humano fundamental.

    • ginapicart dijo:

      Sí, es necesario que ciertas personas dejen de corromper a otras para que hagan su santa voluntad sin importarles para nada las consecuencias sobre el resto de la gente. Cuando algunos logren hacerse de una cosa llamada conciencia social, estaremos mejor todos los cubanos.

  5. Entonces, debemos recordar que es necesario comer a menudo y en peque as cantidades.

    • ginapicart dijo:

      Mi querida Salomón con faldas, lo mejor es comer variado y de calidad. Jamás comer basura, porque no es nutritiva, infecta el organismo y termina por convertirse en nuestra sustancia de base..

  6. Ben D. dijo:

    Un relato parábola de Slawomir Mrozek, cuenta que los niños de una escuela se volvieron delincuentes, dejaron de estudiar y de creer en el partido (en Polonia), etc., luego de que, en el jardin zoológico, un elefante de goma inflado con helio se fuera volando delante de sus ojos. El maestro les habia dicho horas antes que era el mamífero terrestre más pesado y poderoso. Quizas nuestros niños han visto volar demasiados elefantes de plástico llenos de aire.

    El abismo llama al abismo (Salmos 42:7). Una obscenidad engendra otra. Y sin tomar (aunque se debe) en consideración la degradación del sistema educativo, quizas esa abominacion ético-musical no sea mas que un reflejo : como en los espejos de bronce antiguos, que devolvian una imagen fielmente deformada de si mismo, el reguetonero de marras no es mas que la imagen que encuentra el laberíntico general al afeitarse en la mañana.

    (Pequeña aclaración, si me permites : en Tailandia, que conozco por haber impartido cursos y haber recorrido las montañas del norte, los valores familiares son tan respetados como en China o Japón (que no conozco). La prostitución infantil no es, desgraciadamente, un privilegio thai – así como la vulgaridad no es un privilegio criollo).

    • ginapicart dijo:

      Querido Ben:
      Gracias por el cuento mencionado, que no conocía. Lo cierto es que sobre nosotros llueven elefantes de helio desde hace tanto tiempo que ya olvidamos a los de verdad, los que tienen “densidad y peso”, frase tuya pronunciada en 1992 en una habitación de una casa de Luyanó, que jamás he olvidado. Por eso la gente cree que el reguetón es música, que hacer el amor es tenderse horizontal en cualquier parte con el primero/primera que pasó, y que la Felicidad está en la Yuma, y que los asere de la piel sufrida son los hombres de Hoy y del Futuro, los reyes del mundo, y que Dios no existe y que la educación es un mal prescindible, que los jóvenes son sabios y que la mitad de la población mundial sobra. Debe de ser porque alguien se ha dedicado a cazar todos los elefantes de helio de los zoos del universo para hacerlos llover encima nuestro. Exactamente ese cuento al revés, como si estuviéramos leyendo en el espejo de Alicia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s