BREVE HISTORIA DEL CÓLERA EN CUBA

Cuando abrió el cuarto sello oí la voz del cuarto ser viviente que decía: “Ven”. Miré y vi un caballo bayo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra para matar con espada, con hambre y con mortandad y con las fieras de la tierra.

Apocalipsis. 6, 82 .

“Un fantasma recorre Europa”, las palabras con que comienza El manifiesto comunista de Marx y Engels, bien pudieran aplicarse a la peor pesadilla que, después de la guerra, ha asolado a la humanidad en todos los tiempos, simbolizada por uno de los famosos cuatro jinetes del Apocalipsis, el libro final de la Biblia: La Muerte, también llamada La Peste. Muchos artistas lo han pintado, modelado en frescos, descrito en libros y mencionado en poemas. El primero fue Juan, autor del Apocalipsis, quien escribió que los fatídicos jinetes brotaron de un pergamino con siete sellos que Dios sostenía en su mano, cuando los sellos fueron rotos por El Cordero, impersonado por Jesucristo. Así lo retrata wikipedia:
El cuarto y último jinete se llama Muerte. De todos los jinetes, es el único a quien el propio texto explícitamente da un nombre. Otros autores aplican los nombres de “pestilencia” o “peste” a este caballero, sobre la base de traducciones alternativas de la Biblia (como la Biblia de Jerusalén). A diferencia de los otros tres, no se describe con un arma u objeto, en lugar de eso es seguiro por Hades. Sin embargo, las ilustraciones muestran principalmente que lleva una guadaña (como la Parca). El color del caballo de la Muerte se escribe como khlôros (χλωρóς) en el koiné original griego, cuyo significado a menudo se traduce como “pálida”, aunque “cenicienta”, “verde claro”, y “verde amarillento” son otras posibles interpretaciones, por esto hay interpretaciones en las que el color puede ser gris, verde, amarillo pero siempre un color indicando la palidez enfermiza de un cadáver.

La referencia a “la cuarta parte de la tierra”, dada como terreno de acción al jinete verde de la hoz segadora, ha sido interpretada de diversos modos por los exegetas de la Biblia, pero pareciera una frase profética, pues de las cinco partes del planeta cuatro han sido devastadas, aunque no me refiero exactamente al ámbito geográfico, sino a la densidad de población afectada repetidamente por la tragedia. Las pestes atacan a la humanidad en ciclos temporales más o menos largos conocidos como pandemias. El primer ciclo conocido se extendió entre el siglo VI, cuando tuvo lugar el estallido de la llamada «Peste de Justiniano», descrita por Procopius (542), y el VIII. La segunda pandemia duró desde 1300 hasta 1800. Parece que comenzó en las estepas de Asia Central y de ahí pasó a China y la India. Hoy se piensa que una serie de desastres naturales, como los terremotos, pudieron haber roto el equilibrio ecológico. Es posible que los portadores de la enfermedad fueran los mercaderes que viajaban desde las regiones afectadas empleando las habituales rutas de mercado desde Oriente Próximo y el Mediterráneo. Alcanzó Constantinopla en 1347, y París y la costa sur de Inglaterra en el verano de 1348. y de ahí se expandió al resto de Europa, El tercero y último ciclo de peste comenzó en Asia Central hacia mediados del siglo XVIII. Siempre la mortalidad fue espantosa, y hubo localidades sin sobrevivientes. Bocaccio, en su prólogo a El Decamerón asegura que en Florencia perecieron cien mil afectados. La cifras de la época son dudosas y hoy ya no es posible corroborarlas, pero se estima que fallecieron dos tercios de la población europea.

Con anterioridad al conocimiento de la bacteriología los médicos aplicaban el término de peste a cualquier enfermedad epidémica que provocara una alta mortalidad entre las poblaciones humanas, que siempre han ocurrido en todo el planeta, pero las distancias enormes, la precariedad de los medios de comunicación, prácticamente reducidos en la Antigüedad y Edad Media a las noticias propagadas por viajeros, correos y marinos, y los antagonismos obsesivos provocados por las diferencias de cultura y religión entre los dos hemisferios, ha hecho que las circunstancias mejor conocidas para Occidente sean las de Europa, donde su forma más conocida y devastadora ha sido la llamada peste negra, causada por el grupo bacteriano Yersinia (antiguamente Pasteurella) y se define como una enfermedad infecciosa de roedores salvajes y domésticos, (particularmente la pulga de la rata), transmisible a los seres humanos a través de la picadura de ectoparásitos. Europa la conoció en sus dos variantes. La primera o infecciosa, conocida como peste bubónica, afecta a los ganglios linfáticos y provoca la inflamación de aquellos situados en la garganta (forúnculos, bubones), axilas y, en especial, en las ingles, y fue muy habitual en la baja edad media europea y a principios de la edad moderna, con una mortalidad superior al 75%. Los enfermos morían en la primera semana tras la manifestación de la enfermedad. La segunda, llamada peste neumónica, es una de las enfermedades más infecciosas y mortales conocidas por el ser humano. Era frecuente en los meses fríos del invierno, afectaba a los pulmones en forma de neumonía y se trasmitía con facilidad a través de la tos y los estornudos. Era fatal en un 95% de los casos y sus víctimas morían unos tres días después de la aparición del brote.

Los médicos europeos, cuya formación estaba aún muy influida por la escuela de Galeno, creían que la peste era una condición (hoy la llamaríamos contaminación) mefítica universal del aire, provocada por causas celestes. Para los teólogos cristianos, judíos y musulmanes, las tres grandes religiones monoteístas con concepto de la transgresión merecedora de castigo, la causa primordial sería la voluntad de Dios. Pero los médicos buscaban causas más inmediatas y materiales, y muchos de ellos admitieron en principio la teoría de las constelaciones del árabe Albumasar, como punto de referencia para explicar el permanente influjo ejercido por el macrocosmos sobre el microcosmos; y los conceptos aristotélicos de generación y corrupción (movimientos polares básicos en el mundo sublunar), según refiere Jon Arrizabalaga en su monografía titulada Discurso y práctica médicas frente a la peste en la Europa bajomedieval y moderna. A medida que la plaga iba causando estragos y siendo mejor observada, otros especialistas más sagaces o menos prejuiciados comenzaron a sospechar que podía ser consecuencia de causas muy terrenales, como (exhalaciones telúricas o hídricas) y, muy de acuerdo con el espíritu supersticioso de la época, tanto letrados y religiosos como el pueblo bajo también se sentían muy inclinados a atribuir el misterioso mal a las prácticas oscuras de brujas y hechiceros.

Pero el aire seguía siendo considerado por los más lúcidos y ecuánimes como el mayor culpable de la pestilencia que asolaba Europa. Creían que “cuando el aire corrupto de la peste penetraba en el interior de un cuerpo incapaz de resistir la corrupción, se generaba una «materia venenosa» junto al pulmón y corazón. Esta materia no actuaba por medio de las propiedades derivadas de la mezcla humoral (complexio), sino mediante su «venenosidad», es decir, por su propiedad específica de ser venenosa, y por su poder de auto-multiplicación, esta materia venenosa, incluso en muy pequeña cantidad, podía acabar infectando la totalidad del cuerpo, corrompiendo todos los órganos que alcanzara (incluido el corazón) hasta provocar la muerte. A su vez, los «vapores venenosos» exhalados por los cuerpos infectados provocaban la transmisión de la peste de una persona a otra y de un lugar a otro”. Aunque al principio esta teoría del médico italiano Gentile encontró gran resistencia, con el tiempo llegó a ser la más aceptada, y tal vez demoró el descubrimiento de que el contagio de la peste no era impersonal.

Los médicos medievales, quienes asistían a los apestados protegidos por máscaras de madera rematadas por un aditamento en forma de pico de pato, como aparece tan magistralmente descrito en la novela Opus nigrus, de Marguetite Yourcenar, prescribieron algunas medidas destinadas a combatir la epidemia, basadas todas en la culpabilidad del aire. La monografía de Arrizabalaga menciona algunas:

En primer lugar pretendían evitar o detener el proceso de corrupción del aire manteniendo habitaciones, casas y ciudades bien ventiladas y libres de basura, particularmente de estiércol y vísceras animales, por su gran facilidad para desencadenar este proceso; e igualmente eliminar el mal olor mediante la combustión de hierbas aromáticas y las fumigaciones de vinagre, al objeto de purificar el aire y reforzar su resistencia a la corrupción. En segundo lugar, intentaban mantener a los individuos refractarios al mal mediante el régimen de vida más adecuado para neutralizar la natural proclividad de su complexión a la corrupción humoral, junto a algunos antídotos específicos de eficacia probada. Finalmente, una vez desencadenada la epidemia, recomendaban eludir cualquier ocasión de transmisión interpersonal de la misma con medidas prácticas que iban desde la evitación de las aglomeraciones hasta el seguimiento del popular consejo caricaturizado ad nauseam-fugere cito, longe, et tarde revertí («huye pronto y lejos, y regresa lo más tarde que puedas»).

Esta última recomendación, seguida por todos aquellos ciudadanos que poseían recursos para huir lejos de las ciudades hacia los aparentemente salutíferos campos, fue magistralmente reflejada en la actitud de los aristócratas descritos por Giovanni Bocaccio en su Decamerón, quienes se refugiaron en sus villas de la campiña italiana entre canciones, bailes y placeres amatorios, esperando así escapar de la mortandad que reinaba en las urbes.

Por su parte, las administraciones públicas establecieron sus propias medidas, consistentes en imposición de cuarentenas a naves, viajeros y mercancías; establecimiento de lazaretos donde se confinaba a apestados y sospechosos de infección; y quema de los enseres y otras propiedades de éstos para eliminar los focos de infección y evitar la propagación de la misma. Sin embargo, no prohibieron una de las primeras formas conocidas de la guerra bacteriológica: en las ciudades medievales, donde con frecuencia contendían bandos enfrentados y las fortalezas eran también asediadas por ejércitos extranjeros, era práctica de uso común arrojar los cuerpos de los apestados a los fosos y cisternas del enemigo para propagar el contagio y apresurar su derrota.

Hubo, además, en ese continente, epidemias de viruela y otras enfermedades, algunas muy extrañas, como el famoso Baile de San Vito, donde poblaciones enteras comenzaban a bailar una danza incoherente de giros espásticos y agitados movimientos de brazos, hasta los danzantes caían muertos en calles, campos de labranza, orillas de los ríos o cualquier sitio.

EN CUBA
La isla de Cuba, “llave del Golfo y antemural de Las Indias”, y punto de confluencia de las flotas que se movían entre el Viejo y el Nuevo Mundo, no podía escapar de las plagas. La viruela llegó con los primeros españoles y diezmó considerablemente a la población nativa de la isla, pero desapareció en 1804 gracias a la introducción de la vacuna en ese mismo año y a la vacunación gratuita que el doctor Tomás Romay, apóstol de la medicina cubana, facilitó a la población de la ciudad, y al obispo Espada, quien ayudó a propagarla en las provincias; y la fiebre amarilla fue introducida en La Habana en 1761, por presidiarios traídos de Vera Cruz para trabajar en las fortificaciones de la ciudad. Pero la epidemia que asoló el territorio nacional con mayor fuerza y mortalidad fue, sin duda, el cólera. Los cubanos la vivimos por primera vez en 1833, y entonces provocó más de treinta mil defunciones (otras fuentes registran doce mil). Regresó en marzo de 1850 y, nuevamente, en octubre de 1867. Ramón de Palma trató el tema en su relato El cólera en La Habana, con trama amorosa tejida en torno a la epidemia de 1833, y publicado en El Álbum, en 1838, y también en sus crónicas costumbristas.

El estado sanitario de la isla, y en particular de La Habana, fue siempre deplorable, como suele suceder en ciudades que son también puertos de mar. No existía el servicio de recogida de basura; en las calles se formaban grandes lodazales compuestos de agua de lluvia y de aguas albañales, y corría libremente el líquido descompuesto proveniente de los puestos de venta de alimentos, en particular fruta, carne y pescado; y las que poseían empedrado estaban en tan mal estado que entre sus juntas se depositaban y corrompían toda clase de desperdicios e inmundicias en un clima de manifiesta humedad, bajo un sol de trópico que facilita la proliferación de todo tipo de larvas y vectores durante las cuatro estaciones. Afirma Fernando Portuondo en su Historia de Cuba que La Habana, “a pesar de su riqueza, gozaba fama de ciudad pestilente”, hecho que ratifican muchos viajeros europeos y norteamericanos que recorrieron la isla, quienes señalaron con desconcierto la convivencia promiscua de humanos y bestias aún en las más prósperas haciendas y las más ricas mansiones urbanas. También les llamó la atención la suciedad de los esclavos domésticos.

Según testimonios  recogidos por Roland T. Ely en su enjundioso tratado titulado Cuando reinaba su majestad el Azúcar, el estilo de vida de las clases pudientes dejaba bastante que desear en cuanto a higiene concierne, ya que encontraron en muchas haciendas de ricos magnates del azúcar y el café, y también en sus mansiones citadinas, situaciones que les parecieron desaconsejables, alarmantes y hasta repugnantes. “El comedor —dice la visitante Mrs. Jays—, completamente abierto por un lado, daba al patio, en cuyo extremo estaban agrupados los sirvientes y los caballos. Los huéspedes en la mesa ascendían a veintidós, sin contar los perros que estaban debajo de ella, ni los loros, palomas y gallinas, todos los cuales circulaban alrededor de los comensales en busca de migajas. Tampoco entran en la cuenta los cerdos, que en respetable número, chillaban a voluntad, ni un escorpión que, de pronto apareció en una viga sobre la cabeza de Conchita…”.

Dice Ely en su libro: “En la casa urbana del hacendado cubano, el esplendor contrastaba más agudamente con la suciedad. Es cierto que muchos de esos edificios, mirados desde afuera eran hermosos; pero si se los apreciaba en una visión de conjunto chocaba sobremanera la marcada disparidad con los escuálidos bohíos que se apeñuscaban en derredor”. Y en el mismo párrafo consigna el testimonio de otro visitante de la isla, esta vez un tal doctor Wurdermann: “La mansión colonial se codea en muchos lugares con el depósito de tasajo, con su trozo de carne salada que, a modo de señal, cuelga frente a la puerta, contaminando el aire con sus pútridos olores… (…) o con la tienda donde se vendía tocino, ajo y otras especias y comestibles, o con los talleres de los humildes artesanos.”

El reverendo Abiel Abbot, huésped del poderosísimo y muy acaudalado conde de Fernandina, dueño de una de las mayores fortunas de entonces, escribió a uno de sus amigos de Nueva Inglaterra: “Desde la galería de esta soberbia mansión se puede ver el establo con los caballos alimentándose…”.

El italiano Carlo Barinetti refiere detalles de una visita suya a una mansión de un rico comerciante y hombre de negocios habanero: “La puerta de la calle se abre directamente a la sala de recibo, y la volanta forma parte del moblaje. Pero eso no es todo: los caballos deben pasar por la sala para ir al establo, y sucede que frecuentemente que esos nobles animales, que naturalmente, recinto nada saben de educación, se olvidan, al pasar por allí, del respeto que deben a quienes se encuentran en el recinto”, y a continuación explica con todo detalle: “Las damas iban a ir al Paseo Tacón, por lo que hubo que prepararlas volantas. Un caballo, al cruzar la sala justo en esos momentos se tomó la libertad de esparcir un efluvio tan fuerte y desagradable que desplazó la balsámica fragancia del humeante café”.

Otro viajero, un médico norteamericano de apellido Gibbs, describió así la casa vivienda de una hacienda azucarera: “La casa está amueblada con elegancia y costó 400 mil dólares, pero, como la generalidad de los edificios, es sucia en extremo, y parece como si no hubiera sido limpiada en muchos años”, y agregó: “El agua es considerada peligrosa en este clima; por eso, los niños son lavados pocas veces, y las damas usan una toalla con aguardiente para frotarse el cuello”. Abundan testimonios de viajeros y cronistas acerca de la costumbre que tenían los esclavos y vecinos de vaciar el contenido de las vacinillas familiares desde las ventanas hacia la calle, embarrando lo mismo a peatones, carruajes que animales.

Si así vivían en la Cuba colonial los poderosos, nada cuesta suponer que tales condiciones epidemiológicas, en extremo negativas, se agravaban mucho más entre los pobres y los esclavos. El entorno era, pues, muy hostil a la salud humana y propenso a la propagación de cualquier agente contaminante del tipo que fuera.

En 1833 aparecieron los primeros casos del cólera morbo en la villa de San Cristóbal de La Habana. Cuatro esclavas enfermaron en la residencia habanera de don Pancho Martí, una de las figuras más importantes y acaudaladas de la sociedad capitalina. El español Ramón de la Sagra aprovechó más tarde el hecho para afirmar que la epidemia había surgido entre los negros esclavos, pero José Antonio Saco dejó definitivamente esclarecido que fue un comerciante catalán nombrado José Soler, propietario de una bodega situada en la esquina de Cárcel y Morro, La Habana intramuros, quien, recién llegado de los Estados Unidos, burló las regulaciones de cuarentena impuestas por la ley a quienes ingresaban al país, al que entró alrededor del 20 de febrero de ese año, y no tardó en convertirse en el primer residente que presentaba los síntomas mortales: “diarrea aguda —dice Ciro Bianchi en su crónica Tiempo de cólera—, acuosa, como agua de arroz y con olor a pescado, junto con el vómito que le ocasionaba deshidratación y acidosis, los calambres musculares en el vientre y las extremidades, la supresión de orina, el pulso casi imperceptible, afonía, la piel seca y arrugada, los ojos hundidos y aquella sed desesperante que lo torturaba”.

De inmediato fue llamado a atender a Soler el doctor José Manuel de Piedra, quien no tardó en identificar los síntomas del cólera morbo asiático. No queriendo aventurarse en un diagnóstico definitivo basado únicamente en su opinión personal llamó a consulta al doctor Domingo Rosaín, médico de la Casa de Maternidad, quien tras examinar al paciente confirmó el dictamen de su colega. Los habaneros reaccionaron con infantilismo: no lo creyeron. Al parecer el cólera era desconocido en Cuba en aquel tiempo, y culparon de incompetencia al doctor Piedra, llegando hasta a apedrearlo en plena calle. Como la histeria colectiva se desatara en torno a su persona y se llegara a hablar hasta de linchamiento, las autoridades tuvieron que ponerle una guardia montada en la entrada de su vivienda para impedir que el vulgo, asustado y confundido, actuara en su contra. En pocas horas el contagio se extendió por toda la ciudad. Tuvo que ser el Capitán General Mariano de Ricafort, quien durante su estancia en Filipinas había tenido oportunidad de conocer la enfermedad, quien convenció al Protomedicato de que Piedra estaba en lo cierto. Pero esto tampoco aplacó a los espantados vecinos, quienes acusaron entonces al médico de incapaz por no poder salvar a ningún enfermo. Cuando se conocieron las características del mal la población se arrepintió y ofreció su reconocimiento al galeno.

Pronto la ciudad se convirtió en una sucursal del Infierno; la plaga se difundía a la velocidad de la luz y mataba sin distinción de edad, raza ni sexo. Como la enfermedad era desconocida, los habaneros pensaron que podían predecir su movimiento como un algoritmo matemático, pero pronto tuvieron que aceptar que se trataba de algo impredecible que saltaba de un barrio a otro sin relación de cercanía. Murieron esclavos y pobres, pero también el Obispo de La Habana, Monseñor Valera Jiménez, el pintor costumbrista francés Juan Bautista Vermay, Director de la Academia de Pintura San Alejandro, el Presidente de la Junta de Auxilios, funcionarios de la Audiencia habanera y asistentes del Capitán General, y hasta el mismo doctor Piedra fue víctima del cólera al mes de estar prestando su abnegada asistencia a los infectados. Sintió los primeros síntomas mientras examinaba en El Morro a un grupo de soldados infectados. Escapó de la muerte gracias a los cuidados de don Tomás Romay, y diez días después, apenas restablecido, volvió a prestar sus servicios a sus desgraciados conciudadanos.

La Habana, como antes Londres, París y otras capitales europeas que habían sufrido epidemias, se paralizó. Cerraron los comercios y los vendedores ambulantes desaparecieron de las calles. El antiguo bullir de la vida en medio de algazara de pregones, fachadas coloridas, quitrines con damas bellas y gente abarrotando los principales centros de reunión…, todo se apagó como una lámpara cuya luz barre un mal viento. Los habaneros, tan sociables y amantes de fiestas, bailes y todo tipo de diversiones, dejaron de hacer visitas y se recluyeron en sus casas. La zafra se detuvo. La vida de la urbe colapsó, y como en las ciudades europeas, también La Habana vio pasar por sus antaño alegres calles cortejos fúnebres, carretones cargados de cadáveres mal cubiertos y guiados por esclavos asustados traídos a la fuerza de fincas situadas en las afueras, puesto que los enterradores (siete murieron durante la epidemia) se negaban a encargarse de lo que usualmente había sido su trabajo. Se rompieron los lazos de parentesco, la gente huía dejando atrás a padres, hermanos, hijos y amigos, en una irracional urgencia de escapar, como antes lo habían hecho los florentinos contemporáneos de Bocaccio, solo que muchos no alcanzaban a llegar a ninguna parte, y atacados de repente por el mal, morían a la orilla de los caminos sin auxilio divino ni humano. El alcalde de la ciudad sacó a su familia de La Habana y la mandó a una hacienda para salvarla de la plaga, pero él se quedó en su puesto ayudando y prestando su colaboración como funcionario más que cabal, pues otro en su lugar tal vez habría abandonado rápidamente sus obligaciones en aras de salvar el pellejo. Con igual entereza se comportaron los médicos y las monjas enfermeras, y los sacerdotes que acudían a los lechos infectos para llevar a los agonizantes el consuelo de la Extremaunción. El cólera hizo que se escribieran en Cuba páginas tan heroicas como las que dictaron todas las guerras de Independencia libradas en la isla.

Mientras, las autoridades médicas acudían a medidas muy semejantes a las que siglos antes pusieron en práctica las ciudades de Europa alcanzadas por la peste, ya que todavía la Medicina desconocía los orígenes verdaderos de las distintas plagas que atacaban a la humanidad, pues en aquella fecha nadie tenía la menor idea de que las ratas fueran hospederas de algo llamado bacterias, de que el trigo pudiera infectarse de lectospirosis al ser contaminado por la orina de roedores enfermos, o que hubiera que hervir el agua de beber para matar al vibrión del cólera. Se prohibió regar las calles; se mandó que las fachadas de las casas fueran blanqueadas con un compuesto de cal, masilla y cloruro y que una vasija repleta de cloruro fuera colocada tras la puerta de cada local habitado y su contenido renovado a diario. La gente iba por la calle cubriéndose la cara con pañuelos empapados en vinagre o alcafor y, volviendo a la teoría medieval que promulgaba una supuesta condición mefítica del aire, las fortalezas de todo el país disparaban sus cañones tres veces al día para “alejar” la enfermedad, mientras que en las plazas y lugares públicos se mantenían encendidas grandes hogueras humeantes, en las que se quemaba brea depositada en barriles, y se esparcían en la atmósfera sus supuestos vapores salvíficos. El cocimiento de guaco se administraba cada quince minutos para combatir la enfermedad, e igualmente para prevenirla, pero aunque la planta es buena para ciertas molestias digestivas resultó completamente inútil ante la crueldad del cólera. Hacían el pan todo tipo de feriantes, charlatanes y estafadores, quienes vendían a los incautos y desesperados todo tipo de papelillos y potingues que, supuestamente, podían evitar el contagio. Uno tiene apenas una idea del espectáculo que pudo presentar La Habana en aquel tiempo cuando ve las escenas de la peste en la película Muerte en Venecia.

A finales de marzo, poco más de un mes después de la muerte del catalán José Soler, primera víctima del cólera en La Habana, la epidemia alcanzó un pico tan arrasador que ese día murieron en la ciudad 435 enfermos. Ya el cementerio Espada no podía albergar más cadáveres. Por orden del Ayuntamiento se improvisó frente a la Quinta de los Molinos otro sitio para poder sepultar a las víctimas, cuya cifra crecía sin cesar. Muy cerca se encontraba el campamento de Las Ánimas para infecciosos, en los alrededores de lo que hoy es el Hospital Pediátrico de Centro Habana. En la actualidad ya los habaneros ignoran por completo que bajo este conglomerado de edificios modernos existió una enorme fosa destinada a recibir los cuerpos aniquilados por el morbo, y que los niños que hoy día aguardan curación médica en sus camas en los salones de esa instalación, duermen sobre más de mil quinientos cadáveres de habaneros fallecidos en el siglo XIX por la epidemia más violenta que haya padecido Cuba en toda su historia.

La cifra total de víctimas cobradas por aquella primera epidemia de cólera en Cuba jamás podrá ser conocida, porque los cadáveres se enterraban con premura, nadie contabilizaba a los indigentes y mucha gente murió lejos de su hogar intentando llegar a zonas del campo que, engañosamente, consideraban a salvo de la plaga, y nadie supo de ellas ni mucho menos fueron enterradas, y sus huesos se secaron al sol y se hicieron polvo bajo la lluvia sin que jamás se haya vuelto a tener noticias suyas. En la temible confusión que se apoderó de la ciudad muchas personas fueron inhumadas como víctimas del cólera cuando en realidad eran borrachos callejeros o enfermos de otra cosa, y así quedó recogido por los cronistas e historiadores. Hay noticias de que muchos enfermos fueron enterrados aún vivos. Y los que sobrevivieron a la epidemia, que los hubo, no se contabilizaron como fallecidos.

Afortunadamente ya los tiempos del cólera son para los cubanos agua pasada, pero que podría regresar en cualquier momento, como otras enfermedades epidémicas cuyos agentes causantes continúan existiendo y solo la más estricta observancia de las modernas medidas de higiene y el uso de los medicamentos desarrollados por la ciencia actual mantienen lejos de los hombres.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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10 respuestas a BREVE HISTORIA DEL CÓLERA EN CUBA

  1. Veroco dijo:

    Esto me recuerda “Caniquí”, los capítulos de la epidemia en Trinidad.

    • ginapicart dijo:

      Caramba, Veroco, tu nombre me ha dejado de lo más preocupada. Pero sí:las epidemias son siempre iguales en todas partes, porque el terror humano es siempre el mismo y se manifiesta de los mismos modos. Cosas veredes, Veroco, que harán hablar las piedras. Anota esta fecha, hermano, anótala.

    • ginapicart dijo:

      También a ti, Veroco, te acabo de contestar, pero también se ha borrado solito…

  2. Gina, esto está fuera de contexto, pero tengo que ponértelo:

    http://cubaldirect.posterous.com/123011-granma-habana-necesidad-o-coyunda-para

    El money quote: “En mi opinión, el problema radica en la superchería de cierta crítica que
    intenta hacernos pasar todo lo “raro” y a veces desfasado, por experimental, actuando de esta manera como mediadora de una suerte de “elite” de escaso valor que no consigue vender, porque en realidad ejerce la literatura con el narcisismo de quien ignora totalmente al receptor
    para complacerse en sus estériles y solipsistas elucubraciones. En este sentido es necesaria una sólida preparación de los editores y, en especial, de los comités editoriales para distinguir entre lo verdaderamente novedoso y desautomatizador, y lo que es críptico, oscuro y aburrido en virtud de la falta de talento del autor para comunicar.”

    • ginapicart dijo:

      He hecho con este tres intentos para responderte, pero se borra y se borra. Desisto de mi mensaje. Gracia por escribirme. Estoy harta de este trasto viejo que me falla constantemente.

    • ginapicart dijo:

      Juanpa, el sitio que me has mandado dice que lo siente, pero que no hay nada ahí, parece que… se esfumó. ¿Puedes mandármelo a mi correo personal gpicart (arroba) enet.cu. Si tecleo la arroba se borra esta respuesta, ya me ha pasado tres veces. Te deseo un feliz 2012, querido amigo. Nunca volveremos a tener un grupo como aquel donde estaban tú, Yailín, Duchi, Sergio, y nos reuníamos en la sala de mi casa… Escríbeme, por favor. De verdad que me siento muy sola y tengo la garganta llena de placas, bloqueo del chakra 5 por incomunicación. Anda, hazme unas letricas…

  3. Gina, te mando el artículo por correo. Dicho sea de paso, yo tú borraba la dirección, ahora que ya la he copiado, no vaya a ser que acudan tipos molestos.

  4. Hello Webmaster, I noticed that https://ginapicart.wordpress.com/2011/12/29/breve-historia-del-colera-en-cuba/ is ranking pretty low on Google and has a low Google PageRank. Now the Google PageRank is how Google is able to see how relevant your webpage is compared to all the other webpages online, if you cannot rank high at the top of Google, then you will NOT get the traffic you need. Now usually trying to get to the top of Google costs hundreds if not thousands of dollars and very highly optimized targeted marketing campaigns that takes a team of experts months to achieve. However, we can show you how to get to the top of Google with no out of pocket expenses (free traffic), no stupid ninja tricks, no silly mind control techniques, and this will be all white hat with no blackhat software or tactics that could possibly land you on bad terms with Google and put you in the dreaded “Google Sandbox”. We’ll show you how to easily capture all the targeted traffic you need, for free, multiple ways to land fast (not months) first-page rankings in Google and other major search engines (Bing, Yahoo, Ask, etc), even show you strategies on how to earn daily commissions just try Ranking Top of Google, please check out our 5 minute video.

  5. He sido descubierto por mi incapacidad para convencerlos con mi disfraz de especialista que dicho sea de paso, me costó mis buenos pesos.

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