Sobre Adolfo Colombres, antropólogo

Hace mucho tiempo yo, inspirada por el apostolado mesiánico del cubano José Martí, creí en el mejoramiento humano. Hoy ya no creo ni en el mejoramiento del individuo ni en el de la Humanidad. Pero sigo sintiéndome en deuda con seres como Cristo, Martí, y otros que se hicieron matar por conseguir que nos volviéramos, nosotros los humanos, un ápice mejores, así que, si por si acaso yo aún pudiera hacer algo para mejorar a ¿mis semejantes?, publico aquí unos fragmentos del libro Teoría transcultural de las artes visuales, del antropólogo argentino Adolfo Colombres, texto interesantísimo.

 

Adolfo Colombres es narrador y ensayista. Nació en Tucumán, Argentina, en 1944. Se graduó en Derecho en Buenos Aires, ciudad donde reside, y realizó luego estudios de Filosofía, Literatura y Antropología. Su ya vasta obra antropológica incluye, entre los más relevantes, títulos como La colonización cultural de la América indígena (Quito,1977), La hora del “bárbaro”. Bases para una antropología social de apoyo (México, 1982), Sobre la cultura y el arte popular (Buenos Aires, 1987), América Latina: El desafío del tercer milenio (Buenos Aires, 1993), Celebración del lenguaje, Hacia una teoría intercultural de la literatura (Buenos Aires, 1997), Seres mitológicos argentinos (Buenos Aires, 2001) y Teoría transcultural del arte. Hacia un pensamiento visual independiente (Buenos Aires, 2004).
Como narrador publicó trece novelas (la última: El desierto permanece, es de 2006) y un volumen de cuentos, El ropaje de la gloria (1997). Recibió varios premios por su obra literaria y antropológica en Argentina, México y Cuba.

“El concepto de razón surge en la filosofía griega como un pensamiento separado de la vida, emancipado de ese poder de estereotipos que apuntala el mito, al que Rdolfo Kush llamara “pensamiento seminal”. Dicho concepto, originariamente vinculado al ser, en el siglo XIX comenzó a vincularse al quehacer, convirtiéndose en un saber transformador y no ya conservador, estático, el que por fuerza debió apelar nuevamente al modelo, al paradigma. Heidegger denomina a este proceso “la evaporación del ser”, que se va dando por un lento vaciamiento apoyado por la fe en el progreso humano. Tal progreso, fundado inicialmente en la idea de la libertad, fue esquematizándose y banalizándose, al decir der Kush, y también de algunos pensadores indígenas de América, en  una concepción de la Historia basada en una acumulación cuantitativa de objetos, según la cual el pasado sería la ausencia, simplicidad o escasez de esos objetos. Y el futuro la abundancia o complejidad de ellos. La posmodernidad reconoce ya, como una premisa real, que el mundo se sustenta en los objetos, y no en las relaciones humanas ni en los principios que las rigen. La fragmentación y el aislamiento que producen la cultura de masas y la publicidad minaron las relaciones de reciprocidad y solidaridad que forman el tejido de las comunidades, generando una racionalidad consumista que, por su gradual vaciamiento de contenidos humanos y éticos, se ha tornado altamente irracional. Dicho vaciamiento de sentido alcanzó asimismo al quehacer transformador, y ya los simulacros tomaron el lugar de los acontecimientos, parodia que se ha dado en llamar “el fin de la Historia”.

      “Tal irracionalismo social, sostenido por el auge a nivel mundial de políticas económicas neoliberales, como la faz triunfante del capitalismo, ha desconcertado y desmoralizado a las izquierdas clásicas, las que ven alzarse, revitalizados, discursos neoconservadores, y políticas que rayan incluso en un racismo desvergonzado, junto a una serie de preocupantes prácticas sociales como el creciente apoliticismo y la apelación a astrólogos, adivinos, sectas a menudo criminales y sospechosas iglesias electrónicas. Humberto Eco habla de una sacralizad atea, de un nuevo medioevo de místicos laicos deseosos de recuperar  —a menudo por vías insólitas— la comunidad perdida. Tal desmovilización no sería al parecer tan solo una respuesta dialéctica a los excesos de la razón, ala tiranía de los dogmas, sino también expresión de un hondo temor al futuro, como se advierte en el tono apocalíptico de los lamentos de los falsos profetas.

      “[…] Este proceso de Occidente, al universalizarse por los mecanismos de la globalización, afecta en gran medida al resto del mundo […]que no puede permitirse el lujo de plegarse a la desmovilización, pues tal renuncia a su propia historia lo hallaría parado sobre la dependencia y la dominación. Europa y sus corifeos de los países dependientes, primero deificaron el progreso, convirtiéndolo en un valor supremo y destruyendo en su nombre no solo muchas tradiciones valiosas, sino también las economías regionales, y ahora, cansados de tal mesianismo, cuestionan la modernidad y desconfían de toda  vanguardia. En los países dependientes se ve hoy a muchos intelectuales plegarse de un modo acrítico a la posmodernidad, embarcándose en los sueños de la sociedad posindustrial en vez de preocuparse por terminar de construir su propia modernidad. Desde el llamado Primer Mundo se puede llegar a pensar que se ha alcanzado el nivel que se quería, y que seguir avanzando por esa senda puede aparejar más peligros que ventajas, pero los demás países no pueden permitírselo en absoluto, pues se trata de una época de definiciones y transformaciones, y dichos procesos implican una descolonización profunda, un no dejarse llevar por los vientos de la globalización. El derrumbe de los dogmas de carácter sangriento no debe conducir al pesimismo y la apatía, y menos a desdeñar la razón, sino a elaborar la propia racionalidad. […] El fin del a esperanza corresponde a la vejez de un espíritu, no a su madurez.

      “Si en Occidente las ciencias sociales hicieron crisis, es por su falta de compromiso con el hombre de carne y hueso, con los pueblos que luchan por abrirse un espacio digno bajo el sol. La posmodernidad occidental parece haber redescubierto las emociones por la vía del kitsch, pero el resto del mundo no desvalorizó nunca la esfera simbólica al extremo de tener hoy que redescubrirla. […] Tampoco para salvarse necesitan  los países occidentales apelar a la cursilería ni  a la abolición del estilo, porque su imaginario social está colmado de arquetipos maravillosos que solo en una mínima medida explotó su arte hasta hoy. Tanto la culturas populares como los sectores ilustrados pueden tomar y reelaborar estos paradigmas, fortaleciendo mediante la síntesis un saber ligado al mito y al rito., que los librará de la canalización del arte y la cultura…. El fin de la hegemonía de las vanguardias y las minorías artísticas puede celebrarse como un hecho venturoso, pues las vanguardias eran casi siempre producto de Occidente y alejaban al artista de su propia cultura, llevándolo no solo a abrevar en otras fuentes, lo cual puede ser enriquecedor, sino a esa entrega sistemática y fascinada al fetichismo de la novedad. […] …un arte de ruptura, pero no rupturista, porque esto en sí no puede ser objetivo serio del arte. El gran arte no reitera mecánicamente una tradición ni la niega, sino que la recrea, enriqueciéndola y dignificándola. El hecho de añadir, quitar y rearmar las fórmulas no implica negar la tradición que las sustenta., romper con ella. Porque la tradición bien entendida no es lo que nunca debe cambiar (premisa del fundamentalismo más extremo), sino lo que debe ser cambiado, pero desarrollando y renovando sus propias formas más que imponiéndole otras que le sean del todo ajenas.”

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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6 respuestas a Sobre Adolfo Colombres, antropólogo

  1. Pablo Gustavo Rodriguez dijo:

    Adolfo Colombres no es antropólogo. Es abogado. De hecho en sus libros critica a los antropólogos, aunque después se haga pasar por uno.

    • ginapicart dijo:

      Tomé los datos de la nota de contracubierta de una edición cubana, el único libro que he leído de Colombres. Déjeme decirle que aunque sea un abogado, y aunque no le gusten los antropólogos, la obra que le conozco es la de un antropólogo, no la de un abogado. Durante la visita que él hizo a La Habana, ofreció conferencias de antropología de las artes visuales en el Instituto de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).De todos mudos muchas gracias por su aclaración. El conocimiento es siempre un regalo de inestimable valor.

  2. Pablo Gustavo Rodriguez dijo:

    Adolfo Colombres no es antropólogo. Es abogado. De hecho en sus libros critica a los antropólogos, aunque después se haga pasar por uno. Es un prolífico recopilador, reseñador y prologuista de textos antropológicos que luego pubilca en su propia editorial. Que yo sepa, jamás una revista científica de antropología arbitrada publicó un artículo suyo.

    • ginapicart dijo:

      ¿Sabe, señor don Pablo? Agradezco a usted que comparta conmigo su gran conocimiento sobre la verdadera identidad de Colombres, a quien yo no he tenido el placer de conocer personalmente, qué pena. Pero ¿podría usted, además, tener la generosidad de compartir conmigo algo del inmenso conocimiento que posee sobre usted mismo? Ya que me ha escrito dos veces, ¿no le gustaría presentarse? Asumo que es usted un antropólogo, y ya se habrá percatado de que me gustan catidad los antropólogos. ¿Entonces…?

  3. andarrio44 dijo:

    Hola, como antropologo, comentar que existen muchos autores que se terminan considerando o llamando a si mismmos antropologos pues la atracción por la disciplina, la curiosidad por el otro, por entender y sumar culturas, les reclama. Personalmente me da igual que vengan de otras disciplinas si su trabajo mejora y ayuda en la compresión, como es el caso de Adolfo Colombres, cuya obra y aportación a la antropología es de gran valor. Su teorización sobre la antropologia social de apoyo es libro de cabecera de muchos antropologos y una aportación fundamental a la epistemología y merodologia antropologica. En su página web comenta como, temprano, abandona el camino de la abogacia para inclinarse por la preocupación por lo socia acabando en la antropologia. Dejo enlace: http://adolfocolombresblog.blogspot.com.es/p/cronobiografia.html
    Espero hber suavizado la polemica, gracias por el blog

    • ginapicart dijo:

      Gracias por entrar a este blog. Yo me considero antropóloga aficionada, y si cuando era estudiante hubiera existido la Facultad de Antropología en Cuba yo habría matriculado. No serlo es una de mis grandes frustraciones. Usted es muy objetivo, lástima que otros se dejen arrebatar por una comprensión de ángulo estrecho o por lo que es peor, bajas pasiones. Sin las nociones que tengo de Antropología no podría escribir algunas de las cosas que ustedes leen aquí.

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