ENTREVISTA A GINA PICART SOBRE LA CASA DEL ALIBI

Escribir es un oficio estrictamente personal

Fecha: 2012-06-13 Fuente: CUBARTE

La lectura de La casa del alibi deja la fuerte impresión de que se está en presencia de un texto autobiográfico.

 Es una novela con elementos autobiográficos, no una novela autobiográfica ni una autobiografía. Hay en ella personajes muy vinculados con mi yo real. María Ríos y Alondra son como las dos mitades de una manzana. La manzana entera pudiera ser yo.María es una investigadora a tiempo completo, como yo, y una teórica, como intento serlo cuando me apetece. Alondra es una restauradora de obras de arte y una pintora, como yo quise ser, pero Alondra sí puede pintar y lo hace bien, ella sí es talentosa. Mientras María no resulta agraciada con su mirada desvaída y tristona, su pelito pobre mal cortado, sus espejuelos y ese modo de ser árido y falto de gracia que caracteriza a tantas académicas, Alondra es una madonna estatuaria, atractiva, con un cabello espléndido y repleta de feromonas. Le di el físico de una pintora a quien conozco. María es ejecutiva y pragmática; Alondra, lánguida, idealista y melancólica. Yo soy Géminis ascendente y tengo esas dos facetas en mi personalidad, a veces actúa una, a veces la otra, por eso a algunas personas les parezco impredecible y contradictoria. Me sometí a un proceso de mitosis y me dividí para que nacieran Alondra y María. A María le di mi infancia y mi familia. Me enorgullece la familia que tuve, elegante, refinada, culta, de mucha decencia y corrección. No había conflictos, no había infelicidad ni sufrimientos, era un paraíso vivir entre ellos. Alondra, en cambio, solo tiene a su madre y a su hija, y las tres sobreviven como pueden en medio de una tremenda pobreza y una peor soledad. En eso se convirtió mi vida cuando terminó mi adolescencia, porque ya para entonces casi toda mi familia había muerto y los que vivían se habían separado. Le di a Alondra mi Escuela Nacional de Instructores de Arte (ENIA), increíble, edénica, que aparece en el libro como la ENA; le di mis amigos de entonces, tan queridos, tan esenciales en mi formación, y hasta mis amores de aquellos tiempos. Alondra es la Gina adolescente tan dulcemente feliz, tan satisfecha de todo, encantada con sus estudios y llena de esperanzas que después se llevó el viento, por supuesto. Yo diría que se las llevó el peor de los tornados. A las dos les di mis recuerdos, pero mientras la vida de María es como yo supongo que hubiera sido la mía si…, la de Alondra es un compendio de mis frustraciones, mis penas, mis decepciones… Construir a Alondra me desgarró muchísimo, porque Alondra tiene una madre que es mi madre después de su divorcio de mi padre, y una hija que tiene mucho de mi propia hija, de nuestra relación apasionada y dolorosa. Las escenas de su muerte y la muerte de Claudita me devastaron. No me agrada pensar en aquel tiempo, yo estaba asustada.

¿Usaste la novela para cerrar ciclos inconclusos de tu vida, digamos, por ejemplo, con tu familia?

Cuando perdí en 2007 todas mis fotos familiares me obsesioné con salvar a mi familia del olvido. Ahora, al menos, están en un libro. Todos juntos. ¿De qué otro modo habría podido hacerlo?

¿Y los viajes?

No he viajado tanto como María Ríos, por más que lo haya deseado. A ella le di las alas que me cortaron a mí. Nunca he estado en California, pero la ayuda que me dio Chely Lima al prestarme sus propios recuerdos de su casa californiana, de Alberto Serret y la relación que los unió por tantos años que se tuvieron, me permitió reconstruir la vida de María con su novio norteamericano en esas tierras. En la novela explico al final todo lo que corresponde a la pluma de Chely, por cierto, material de lo mejor que hay en el texto. Yo quería que La casa… fuera un homenaje a Alberto, y ella colaboró con el entusiasmo y la sabiduría que la caracterizan.

¿Qué hay de verdad en la historia de la sombría misión jesuita donde vive Ely Sima, la viuda del Maestro que encarna a Chely, y todos los sucesos extraños que ocurren allí?

En ciertas ocasiones la opacidad alimenta a la belleza, la magnifica incluso. Mejor que la veladura cubra ciertas zonas de La casa del alibi.

La novela trata varios temas: históricos, policíacos, de ciencia ficción, de amor. Si tuvieras que definir el principal, ¿por cuál te decantarías?

Aunque haya escrito en estado extático (enfebrecida, como ha dicho un buen amigo), creo que todos los imaginarios que incorporé cumplen sus funciones particulares y logran buen equilibrio, y no me estoy refiriendo al número de páginas que concedí a cada uno, sino al peso que tienen dentro del mundo de la novela. Por eso no me decanto por ninguna definición. Por ejemplo, los elementos históricos referentes a los Niños Héroes de Chapultepec están presentes para justificar una parte de la trama: la existencia del comando Juan Escutia de jóvenes nahuales mexicanos, quienes mantienen viva una tradición de sacerdotes-guerreros, los Caballeros Águilas, nacida en el México precolombino. Elementos de ciencia ficción como el mito de la Tierra hueca, la presencia entre nosotros de los extraterrestres llamados Grises Largos, su ocupación de bases militares subterráneas y la posibilidad de pactos entre ellos y ciertos gobiernos terrícolas para hibridar la raza humana —todo ello material proveniente de teorías conspiracionistas, como igualmente el fenómeno Iluminati, las actividades de los Scull and Bones y otras líneas argumentales—, quedan intencionalmente sin resolver en la novela, solo son ambientación y catalizadores de la acción, por eso apenas están tratados como núcleos temáticos activos, únicamente como referentes. Tampoco las actividades del comando Juan Escutia ni las de Jeff llegan a constituir una intriga policial. Haría falta más carne para montar esa empanada, como dijo el rey Herodes al emperador Claudio. Todo forma un entramado en La casa del alibi, y al final el resultado es un mosaico con muchas figuras, mucho color y bastante acción, que me sirvió muy bien como telón de fondo para el argumento central, el que de verdad está enfocado en primer plano de principio a fin: las vidas cruzadas de Alondra y María.

Háblame sobre el síndrome del “Mas Allá”, como alguna gente llama al deseo de viajar, y hasta qué punto crees que resulte realmente liberador.

Viajar no solo es un deseo legítimo de cualquiera y un impulso genético de nuestra especie —migrante por naturaleza—; es, además, uno de los derechos naturales y jurídicos que reconoce la Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Viajar renueva el espíritu y a veces cambia la perspectiva del individuo sobre muchas cosas, aunque eso no le sucede a todo el mundo, porque hay gente que viaja en ciego como los baúles. Pero con demasiada frecuencia la gente cree que viajando se puede huir de los lugares, y eso es un espejismo, porque la prisión terrible, la que no se puede abrir, no está entre las fronteras de un país ni en los dictados de un gobierno ni en la camisa de fuerza de una ideología, y ni siquiera en una cárcel de alta seguridad con barrotes y guardianes: la prisión más terrible es la que cada hombre lleva en sí mismo. Uno puede estar preso en su propio interior sin ninguna posibilidad de escapar.

En los primeros capítulos de La casa…, cuando Jeff y María se conocen en México, él está leyendo poemas de Constantino Kavafis y en los capítulos finales le deja a ella el poema La ciudad a manera de despedida. No estaba yo muy conciente en el momento en que hice eso, pero ahora me he dado cuenta de que todo el tiempo pensaba en ese poema, en aquel verso: “Donde quiera que vayas la ciudad te seguirá”. Yo he comprobado en carne propia esa certidumbre. No hay peor prisión que la mente del hombre: si el hombre está preso dentro de su propia mente nunca será libre, ni aunque se convierta en vagabundo de galaxias. Y eso es justamente lo que termina pasándoles a Alondra y a María: hicieron muchas cosas para escapar de sus vidas y construirse vidas nuevas, rompieron con todos sus compromisos, sus lazos afectivos, su pasado, pero no consiguieron transformar sus concepciones  raigales, y en consecuencia quedaron atrapadas no en Cuba, sino en lo Oscuro, el peor de los enclaustramientos.

Hablando de prisiones interiores: ¿Cuál es la tuya?

Esa pregunta es fuerte… El Vacío, toda mi vida me ha perseguido la sensación del Vacío. Padezco alguna forma del horror vacui que atormentaba a los egipcios. Siempre he tenido la impresión de que los hombres viven en una especie de huida eterna ante el Vacío; que se afanan, se agitan de mil formas durante su existencia haciendo cosas todo el tiempo para conjurarlo, pero hagas lo que hagas, cuando rascas un poco la costra de la vida enseguida aparece detrás esa Nada que te hace percibir el sinsentido de todo esfuerzo, lo baldío de todo éxito, que todo es ilusión. Nada salva al hombre del Vacío, aunque poca gente parece darse cuenta. Debe de ser alguna forma de angustia existencial.

Días atrás, en una reunión de amigos, no sé por qué la conversación fue a parar al tema de los epitafios, cada quien dijo el que le gustaría tener y yo escogí uno que guardaba relación con eso. Supongo que esa sensación tan molesta tenga mucho que ver en mi forma sombría de ver la vida, porque me hace dolorosamente conciente de ciertos aspectos de las cosas en los que la mayoría de la gente no suele reparar.

¿Qué decía ese epitafio?

“Siempre la Nada, siempre El Vacío. En la muerte viví”. Me gustaría tenerlo, porque sería una manera de decir al mundo, sin desgastarme en demasiadas explicaciones, que salvo las dos o tres cosas que realmente me interesaron, todo lo demás no tuvo para mí la menor importancia: ni el éxito, ni la incomprensión, ni los ataques, ni las traiciones… Casi nada resonó. Pero allí también fue citado un epitafio muy simpático y real que alguien célebre hizo grabar sobre su tumba: “Ya decía yo que ese médico no era tan bueno…”. Nos reímos mucho.

Tú tienes un gran sentido del humor. ¿No es una contradicción con esa lobreguez que confiesas y que se siente con tanta fuerza en tu escritura?

Yo sé reír y hacer reír, y las dos cosas me gustan, pero la risa y la conciencia del Vacío no se impiden mutuamente. Uno puede tener sentido del humor aunque piense que la vida es una cama de fakir. Solo los estultos creen  (o apuestan por creer)  que es otra cosa.   

¿Qué es lo que tanto te molesta de tus semejantes?

La falta de solidaridad humana, la crueldad como primera y única opción, la inconsistencia del carácter y la vulgaridad de obra y pensamiento.

Después de varias publicaciones de marcado perfil erótico, en La casa del alibi abandonas por completo esa clase de literatura. Son casi 416 páginas sin sexo, lo que no deja de sorprender en la autora de El príncipe de los lirios, Serata di gala, Miel de Ciruelo, Pasifae…

No reniego de una sola línea que yo haya escrito, pero las personas cambian… y se libera.

En Malevolgia escribiste largamente sobre los efectos de la droga, y en La casa… lo has hecho con mayor profundidad. Si —como siempre afirmas— nunca te has drogado, no deja de asombrar el discurso que construyes al respecto una y otra vez.

He tenido amigos artistas que experimentaban con enteógenos en busca de una expansión de conciencia que fuera liberadora y les proporcionara material para la creación, y también he conocido personas que deseaban vivir experiencias extáticas a la manera de don Juan. Yo he tenido demasiadas responsabilidades sobre mí y nunca pude permitirme esas búsquedas, porque son muy riesgosas. He vivido agobiada por la caza de alimentos para mi familia y por todas las vulgares exigencias de la domesticidad, así que no he podido expandirme de ese modo por el universo, pero el tema me interesa muchísimo desde el punto de vista de la antropología.

Explica entonces cómo construiste el capítulo “Yesod” de La casa…, probablemente el más monumental del libro.

Dije que nunca me he drogado, no que no haya vivido alucinada. Mi cuerpo siempre ha estado en este mundo cumpliendo con sus deberes, pero mi mente no pagó jamás tributo de anclaje a nada ni a nadie. Los creadores poseen una estructura mental que permite el acceso al Infinito. Me han hecho otras entrevistas donde he explicado que uso técnicas de meditación y no me parece necesario volver sobre eso ahora.

En el caso concreto de “Yesod”, es una construcción cultural donde mezclé muchas cosas. La concepción básica del sephira la tomé de la Cábala hebrea, pero me temo que un poco pasada por las aguas de Dion Fortune, quien a su vez tenía bastante influencia de la secta secreta inglesa Golden Dawn. He visto muchas imágenes de desiertos, que también utilicé ahí. Incluí, como ya dije antes, un sueño que tuve cuando estudiaba en San Alejandro y que yo llamo “del fin del mundo geométrico”. Ese sueño, bastante cinematográfico como todos los míos, tiene tres largas secuencias: una es la lluvia de matrices geométricas gigantes sobre un desierto en el que cada granito de arena es un ser humano; otra, la huída de miles de personas, una estampida que pasa por entre dos muros de espectros que representan el pasado que la Humanidad va dejando atrás, según el análisis onírico que me he hecho yo misma; y una tercera secuencia donde aparece la casa fantasmal con una luna enorme en el cielo rielando sobre el banquete que ofrece lo Invisible. Usé también la carta de la Luna en el Tarot. El perro Rambo cobró vida propia como personaje y se “coló” por su cuenta en el set del capítulo mientras yo lo escribía, y con esa intromisión me aportó nada menos que el final de la novela. Hay escenas que están inspiradas en el cuento de Poe La máscara de la muerte roja. El recorrido que hace María antes de llegar frente a la imagen divina de Hator es la descripción fiel de los dos primeros grados de iniciación de cierta fraternidad secreta que no voy a nombrar, pero que conozco bien. La estatua de Hator lleva el atavío ritual que utiliza la Golden Dawn para esta diosa en algunas de sus ceremonias mágicas. Y muchas otras cosas.

¿En verdad la existencia de los Niños Héroes de Chapultepec es solo un mito?

Yo no fui la primera en sospecharlo. Yo hice mi investigación personal y hoy pienso que, en efecto, se trata de una leyenda (no de un mito) que surgió por imperativos de un momento histórico en que México estaba perdiendo más de la mitad de su territorio y veía amenazada su identidad nacional. Ciertas circunstancias históricas, políticas y sociales de ese país se han mantenido, así que la leyenda continuó siendo alimentada por el discurso oficial, pero también por el ánimo popular.

Los Niños Héroes de Chapultepec fueron ídolos modélicos de mi infancia y renuncié a ellos con dolor, pero demasiadas voces relevantes —entre ellas Augusto Monterroso—desautorizan no su existencia, sino la narración de aquellos hechos tal como ha pasado al imaginario de la Historia. Cuando Jeff lleva a María a visitar el bosque de Chapultepec y reconstruye ante sus ojos la batalla, lo que está haciendo, en realidad, es un ejercicio de deconstrucción de la Historia que él necesita para volverla dúctil a su intención de conquistarla. Es una acción tangencial destinada por parte de Jeff a derribar las barreras ideológicas y de credibilidad política que lo separan de María. Como ya dije, es también un recurso literario esencial para poder introducir después al comando Juan Escutia, que tanta importancia tiene en el desenlace de la novela.

¿Significó para ti algún aprendizaje escribir La casa del alibi?

Sí, que ningún texto puede prescindir de un editor. Tengo una deuda considerable con Gina Pérez Palmés, mi editora.

¿Estás convencida de que existen grandes y pequeños temas, y de que estos últimos no ofrecen buen material para la literatura?

Yo estoy convencida de que existen temas inmanentes y temas trascendentes. Como materia literaria me interesan los segundos. Pero existen historias pequeñas con un gran tema, y lo contrario también. Todo depende de la sensibilidad y la maestría del escritor.

Proyectos presentes y futuros.

De momento me siento a gusto con mis estudios y mis investigaciones.

Con trece libros escritos y diez publicados, ¿consideras que ya has acumulado suficiente experiencia en el oficio como para ofrecer algún consejo a los escritores que comienzan?

No quiero dar consejos al noventa por ciento de los escritores que comienzan ni siento que ellos deseen recibirlos. Muchos recién llegan al mundo literario con un diploma bajo el brazo y poca obra (o nutrida pero inmadura), y ya quieren imponerse, ocupar territorios, obtener beneficios que a veces solo existen en alguna imaginación calenturienta. No creen que una vida entera de trabajo y sacrificios, de dedicación, de consagración, sea necesaria para pasar de escribiente a escritor; y mucho menos pueden concebir que semejante entrega no conduzca a ningún privilegio. Creo que legar lo aprendido contribuye a forjar una tradición, y claro que me gustaría trasmitir a alguien la poca experiencia que he adquirido en tantos años de trabajo, pero… ¿quién estaría interesado?, ¿acaso estos autores, cuya principal característica es ser demandantes desmedidos y arbitrarios?, ¿estas personas que creen que no están obteniendo lo que “merecen” porque “los consagrados” les están robando el Sol? Hasta donde he podido percibir, la mayoría de ellos anda más ocupada en elaborar estrategias grupales de salón para abrirse camino en los ámbitos de la cultura que en escribir. Eso es partir de la periferia y no del centro del Arte. ¿Qué consejo se le puede dar a un escritor que comienza si desde su primera cuartilla se siente ya un gigante con la misión divina de borrar del mapa a quienes nacieron, trabajaron y se dieron a conocer antes que él por razones crono-lógicas? Deslumbra ver cómo se estimulan entre ellos, igual que si estuvieran en una barricada o como si fueran piqueteros… Hay entre esos “jóvenes” una tremenda confusión sobre la verdadera naturaleza del oficio literario y la creación, y eso es fatal para quien aspire a ser un artista. Ojalá con esa peligrosa mentalidad de falange macedonia endógama no aporten a la cultura cubana otra generación perdida. Para el diez por ciento que resta tengo algo: escribir es un oficio estrictamente personal. Perseverar.
 

Imagen: Cortesía de la autora.
 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a ENTREVISTA A GINA PICART SOBRE LA CASA DEL ALIBI

  1. Desaix dijo:

    Que bella foto!!! Pareces una heroina pre-rafaelista… o la Miss Siddons…

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