MUERE UN AMERICANO ILUMINADO

(Tomado de Cubarte, pero esta es la versión original)

 Yo no quería escribir sobre la muerte de Ray Bradbury, entre otras cosas porque estaba convencida de que había sucedido en 1982, y descubrir que lo ha hecho ahora me ha anonadado. No sé de dónde saqué esa información. Hoy me resulta alucinante saber que estuve conviviendo con él en el tiempo y nunca le dije lo importante que fue para mí. Saberlo no habría significado gran cosa para Bradbury, estoy segura, pero decírselo hubiera sido muy importante para Gina Picart. Otro grande que se va sin que yo pueda hablarle, como ya ocurrió con Dulce, Eliseo, Lezama y Carpentier.

      Yo crecí leyendo a este americano iluminado. Mis padres me regalaron la edición cubana de sus obras cuando cumplí ocho años. Era un libro grande, azul, con papel de poca calidad y la portada fea, fea, ¡pero era Bradbury!, y la poesía del Espacio manaba de aquellas páginas en oleadas grandes como del mar de Marte. Cuando terminaba de leer me iba para la escuela con aquellas historias susurrando en mi mente, y los adolescentes del solar 21, mis condiscípulos —violentos y brutales— de la primaria Rodolfo Días Alfonso, en Luyanó, se burlaban de mis composiciones donde yo copiaba a Bradbury; se reían de mis marcianos y me atormentaban con un largo repertorio de mortificaciones que iban desde catapultarme contra una pared hasta comerse cada día mi merienda, porque yo, decían, era un marciano que podía volar y atravesar paredes, y no necesitaba  alimentos. Lo habían aprendido en aquellas composiciones que me mandaba hacer la maestra Alejandrina Pulido (Historia, Español, Ortografía), donde yo copiaba a Bradbury y afirmaba ser una marciana que navegaba en una barca de oro por un inmenso mar inmóvil con horizontes de doble luna.

     Hay que pagar un precio enorme por soñar…

     Después, ya en la secundaria, cuando empecé a sospechar que me dedicaría a la literatura, seguía tratando de escribir como Bradbury, y también gané con creces el rechazo de mis nuevos condiscípulos, tan enfocados en el descubrimiento de la sexualidad, quienes entonces se reían porque mis marcianos no tenían genitales y amaban a través del espíritu.

      Fue Bradbury quien inspiró mismás hermosos sueños de aquella época, y me alentó a escribir los cuentos de mi primer libro, y único, de ciencia ficción,  La poza del ángel… Fueron Bradbury y Miguel Collazo quienes estuvieron junto a mí mientras creaba mi relato Caín en las entrañas de la noche…

      Debo decir que siempre encontré en la prosa de Bradbury una poesía absolutamente especial, aquella melancolía, aquella nostalgia afligida y doliente que podía, aún así, desplegar tanta belleza ante los ojos del mundo. Cuando era niña me parecía que leía a un santo muy semejante a Francisco de Asís. De joven lo sentía como un profeta asediado por la oscura belleza  de lo Extinto. Hoy me parece que fue un ser de gran elevación espiritual, asqueado del mundo, pero era tan fina su sensibilidad que nunca quiso confesarlo abiertamente, sino haciéndonos ver, con su tremenda compasión, toda nuestra miseria humana, nuestra menguada capacidad de amar y respetar, nuestra proverbial ceguera para reconocer lo trascendente allí donde se alza, y ese instinto tan vil que siempre nos arrastra a tratar de agigantarnos mermando la grandeza de otros.

      También debo decir que la música de la prosa de Bradbury no la posee nadie que yo haya leído, y muchas de sus imágenes solo tienen par en los remotos ciclos irlandeses de poesía. Sus marcianos de cuerpos luminosos que navegan en sus esquifes áureos haciendo música y componiendo himnos, son como los Sidhes del pueblo de los Tuatha, blancos como la luna, poetas y arpistas. Acabo de saber que Bradbury reconocía haber sido influido por Shakespeare y haber comenzado a leer y escribir a los tres años, lo que me recuerda a mí misma (me enorgullece tener algo en común con él). Ahora comprendo la procedencia de esa respiración telúrica que palpita en sus obras: Bradbury fue un Shakespeare vencido, un alma que ha visto la tragedia del mundo y la considera tan definitiva que ya no ofrece soluciones ni intenta impedir nada, pero en lugar de la violenta amargura del inglés solo deja escapar un suspiro. Un bardo tristísimo que se duele de la mezquindad de los hombres, pero sabe que no es posible detener la corrupción de la carne y el espíritu, porque ya estamos muertos. Lo mejor de Bradbury es que condena sin espada, solo con la fuerza de su pena, tal como dijera Martí: “Me vengaré llorando”.

 Bradbury es una figura heroica de la Literatura occidental, al mismo tiempo que uno de sus iconos sacros. Fue un escritor trascendente, y para mí, el ejemplo absoluto de lo que debe ser un autor de ciencia ficción, aunque él fue muchísimo más que eso. Rompió las barreras del género casi desde sus comienzos y dio a la Humanidad un mensaje de dimensiones infinitas que, como siempre, la Humanidad no puede escuchar porque es raza sorda. Fue héroe, poeta y santo, frase que acuñara Ramón Sender en su venerable novela Crónica del alba. Eso fue, es y será Ray Bradbury para la Eternidad, si es que tiene futuro, por no hablar en términos mayores, esta humanidad ambiciosa, ávida, frustrada en sus diminutísimos sueños, buscando siempre escapar de su propia condición a algún mundo virgen, que dejará de serlo en cuanto llegue el primer homo sapiens con su carnaval de odio y destrucción.

 Bradbury no vio futuro para nuestra especie, como tampoco lo veo yo. No sé si en todo lo que escribió durante su larga vida —que no terminó en 1982 como yo pensaba— habrá cambiado de opinión, pero si lo hizo, es evidente que las personas que aún creemos en conceptos tales como virtud, honor, nobleza, trascendencia y gloria, no recordamos haber leído esos libros, sino aquellos donde aparecen sus profecías tristes, que ya se han ido cumpliendo una por una: ya somos esclavos de las pantallas líquidas, de la familia virtual de facebook, ya hemos destrozado el planeta, ya anunciamos la muerte del libro de papel y su sustitución por artilugios digitales, ya nos matan los autos en la calle porque los audífonos incrustados en nuestras orejas nos impiden escuchar el claxon de advertencia, ya vendemos el aire embotellado…

 Rezo porque jamás encontremos el modo de escapar de La Tierra, y nuestra especie y su civilización se extingan aquí dentro, encerradas en Gaia, devorándose a sí mismas, reabsorbidas por el planeta que las creó, como merecen los matricidas. Pulvi eris et in pulvi reverteris. Quisiera con todas mis fuerzas que si en el universo existe un lugar puro donde haya oxígeno limpio y reinen la poesía y la belleza, nunca lleguemos a él, para que la grandeza de los marcianos de Bradbury siga existiendo en alguna parte a salvo de nosotros, porque creo en ella como no creo ya en la capacidad de los hombres para regenerarse. Quiero agradecer por siempre a Bradbury el Marte que nos dejó, un planeta muy superior a este, en cuya bondad se puede creer y donde prefiero habitar antes que entre los hombres.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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