PICARDÍA A LA CUBANA O LA GUAYABA ONTOLÓGICA

 Me gusta sobremanera leer libros sobre historia y cultura de mi país. No siempre fue así, en mi infancia, adolescencia y juventud preferí otros complejos culturales digamos que con más lustre, acreditación y antigüedad, como Egipto, Grecia, el mundo celta, la Edad Media… Pero parece que la madurez inclina en muchos casos la mirada hacia el terruño natal. Ahora Cuba, o para ser más exacta, ciertos aspectos de lo que Cuba fue me resultan fascinantes, y solo lamento esa falta de sentido trágico unida a una implacable superficialidad de las emociones a las que tantos intelectuales, entre ellos sociólogos y filósofos, han señalado como característica matriz de la idiosincrasia cubiche. Lamento más todavía que con el paso del Tiempo histórico la tal característica haya ido robando terreno a todas las demás que pudieran conformar la imagen de nuestro perfil como nación, para quedar casi como único emblema de “lo cubano”. Todo lo anterior se puede resumir en que, tal vez, seamos una de las naciones más risorias del planeta, y el choteo, nuestra bandera de combate “contra todas las banderas”.

Seguramente nuestros taínos y siboneyes no conocieron el choteo, pues existen pruebas que harto documentan su seriedad, pero estoy convencida de que esa seriedad —que pudo ser ontológica para esta Isla tanto como lo son las guayabas— se extinguió con ellos, dejando el campo libre a un peculiar sentido de lo cómico, hermanito siamés del ridículo, cuyo ícono, la trompetilla, es el principal, pero no el único símbolo identitario que podemos esgrimir. Cuba fue, es y será, por su infinita capacidad para generar la risa que hace saltar todos los límites (incluso los que separan el Bien y el Mal) el infierno de Jorge de Burgos —el inmortal bibliotecario de la abadía de Casale, donde se ubica la historia de El nombre de la rosa, de Umberto Eco, personaje basado nada menos que en el escritor argentino Jorge Luis Borges—, quien, en un intento por salvar a los hombres de la degradación social que provoca la risa elevada a categoría de postura vital, se comió una por una las páginas previamente envenenadas del segundo libro de la Poética de Aristóteles dedicado a la comedia.

Teniendo todo lo anterior muy presente y en extrema consideración, no me sorprendió mucho, aunque sí me divirtió locamente, cierta circunstancia de nuestra historia nacional que he conocido tardíamente y gracias a un magnífico libro titulado Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902, de la investigadora Marial Iglesias Utset, en uno de cuyos capítulos se trata el tema de los cambios de nombre que sufrieron los comercios de la Isla tras la derrota de las tropas españolas y primeros vagidos de la República. Copio aquí la parrafada:

Ya en los días postreros a la dominación hispana, cuando pese a haberse firmado el armisticio, la capital aún permanecía en poder de las tropas españolas, comenzaron a aparecer los primeros rótulos nacionalistas en el frente de algunos establecimientos comerciales […] Existía en la Calzada de Monte, desde muchos años atrás, una tienda que se llamaba Las glorias de Pelayo. El dueño […] pensó sin duda en aquellos días que, una vez terminada en Cuba la soberanía española, era peligroso cobijarse bajo el nombre del primer rey de la Reconquista… cambió el título de su casa dejándole su misma estructura, alterando tan solo el nombre de la personalidad cuyas “glorias” eran, pero advirtiendo al final la transformación, para dejar un eco claro del antiguo título, para mantener su propia identidad comercial, para no perder el crédito adquirido ni la marchantería ya habituada; y en virtud de todas esas cosas, la tal tienda se llamó, durante cierto espacio de tiempo, de este modo extraordinario: “Las glorias de Maceo, antiguas de Pelayo”.

Pero este ejemplo que acabo de citar palidece, como poseedor de potencialidades para hacer convulsionar mandíbulas, ante este otro donde lo delirante alcanza cotas más allá de todo lo imaginable y queda muy bien retratada la picardía del cubano desde sus orígenes:

Esteban Borrero narra en las páginas de la misma publicación los avatares de una bodega que, fundada por un criollo en tiempos de la Colonia, llevó inicialmente el cubanísimo nombre de “El Aguacate”. Comprada más tarde por un español, comenzó a llamarse “El Aguacate Español”. Tiempo después, habiéndose iniciado la Guerra de Independencia, cambió su nombre por el de “El Aguacate Español en Campaña”. Una vez finalizada la dominación española, el nuevo propietario quiso ponerse a tono con los nuevos tiempos, sin perder a la vez su antigua clientela, y optó entonces por rebautizar el establecimiento como “El Aguacate de Martí Reformado”.

Nada, que parodiando al revés aquel célebre verso del poeta peruano César Vallejo, los cubanos podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismiticos, en todo lo que se refiera a ser pícaros y chuscos sin el más mínimo sentido de cosas tales como la ética y la compostura. Pero ¡¡¡OJO!!!, que también somos la prueba viviente de ese sabio refrán español que reza: “Lo que se hereda no se hurta”, o para decirlo con el vocabulario científico de la modernidad: “El genoma no se borra”. De casta (castiza) le viene al galgo.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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Una respuesta a PICARDÍA A LA CUBANA O LA GUAYABA ONTOLÓGICA

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