VIRGILIO PIÑERA EN PERSONA O EL TRÁNSITO IMPOSIBLE

Aún con ciertas zonas de silencio, resulta un libro apetecible.

Virgilio Piñera en persona, del ensayista e investigador cubano Carlos Espinosa, residente en Miami, es un texto escrito casi íntegramente en Cuba y publicado por la editorial UNIÓN, donde el lector hallará testimonios, cartas, poemas, fragmentos de un diario personal y otras fuentes, en un intento por mostrar la personalidad de quien hoy se admite y reconoce como el fundador del teatro moderno cubano, uno de los más importantes cuentistas de la Isla, poeta de envergadura, traductor de excelencia y, en resumen (categórico y definitivo), uno de los grandes intelectuales cubanos de todos los tiempos junto con Lezama, Carpentier, Dulce María Loynaz y Guillén, aunque él mismo, en un momento de inseguridad, escribiera en el poema que dedicó a la muerte del autor de Paradiso:

                                            Por un plazo que ya no puedo señalar
                                            me llevas la ventaja de tu muerte:
                                            lo mismo que en la vida, fue tu suerte
                                            llegar primero. Yo, en segundo lugar.       

Si una foto puede convertirse en elemento ilustrativo del destino, sin duda esta lo es: dos víctimas, pero con diferentes dimensiones en sus “espacios de respiración”.

 Piñera (Matanzas, 1912) escribió algunas de las obras más importantes de la dramaturgia cubana de todos los tiempos, entre ellas Aire frío, Electra Garrigó y Dos viejos pánicos. En 1952, publicó en Argentina su novela La carne de René. Jorge Luis Borges incluyó su relato En el insomnio, en la antología Cuentos breves y extraordinarios. Virgilio fue una de las principales figuras del staf de la revista Ciclón, y formó parte del grupo de autores nucleados alrededor del semanario Lunes de Revolución. Murió en La Habana, el 18 de octubre de 1979.

 Es demasiado fácil resumir una vida en unos cuantos párrafos para una reseña, pero a quienes gustan de las biografías queda claro que ni siquiera las mejores logran reconstruir fielmente el mapa de un alma. El presente libro, sin pretensiones de ser una biografía en el sentido literal de la palabra, tiene un singular valor testimonial porque su autor entrevistó a los familiares del escritor y a sus amigos más allegados. El lector encontrará en estas páginas junto a los nombres de hermanos y sobrinos de Virgilio, los de sus amigos “canasteros”, como él los llamaba, en cuya compañía pasó muchos días de su vida jugando canasta, puede que su pasatiempo preferido, y también apellidos de gente patricia como los descendientes de Juan Gualberto Gómez, de intelectuales destacados en la Cuba de hoy como Pablo Armando Fernández, Antón Arruffat, Abilio Estévez, David Camps y otros escritores, poetas y dramaturgos que tuvieron la suerte de pertenecer al círculo íntimo de Piñera, hombre a quien todos sus allegados coinciden en calificar como un carácter difícil y voluntariamente poco accesible, condición que, al parecer, le acompañó siempre, y se volvió más encarnizada y evidente en sus últimos años, durante los cuales, víctima de un pánico kafkiano, tuvo que sufrirr un ostracismo cultural que hoy, en especial a quienes tienen menos de treinta años, parecerá una historia que naufraga entre el fantástico, el absurdo, la crueldad y la ciencia ficción más alucinantes.

 Aquejado de cierta monotonía más o menos hasta la mitad, con cortes no siempre bien delimitados en los materiales que ofrece, y curiosamente expurgado en ciertos territorios del Ser que resultan viscerales para comprender los demonios interiores de un individuo —y más si es un creador—, Virgilio Piñera en persona se torna muy fuerte, realmente estremecedor cuando entran en escena los testimonios de Abilio Estévez y Eva Thoth, y algunos miembros de la familia Ibáñez Gómez, que manifiestan, todavía con cierta veladura —sorprendente a estas alturas— el conflicto terrible que Virgilio fue obligado a vivir por ser homosexual, única condición cierta entre todas las que le fueron imputadas, y por acusaciones de problemas ideológicos (comunes a casi toda la plantilla de Lunes) que al final nunca quedan esclarecidos, por lo menos para mí como lectora. No logro imaginarme que un hombre tan asustado como Virgilio Piñera pueda haber sido una amenaza política real para ningún gobierno ni sistema político en ningún momento de su vida, sino me parece, con mucha más nitidez, la víctima tristísima de una paranoia histórica por la que recién viene notándose en su caso cierto arrepentimiento culposo, como ya ha sucedido con Lezama y Dulce María, y de la que se libraron hábilmente, para felicidad suya —aunque no de su obra—, Guillén y Carpentier.

 Virgilio Piñera en persona tiene momentos que me conmovieron profundamente. Siento que se debe admirar a un hombre que puso su condición de intelectual por encima de todo, que la vivió desde una ética que nada ni nadie fue capaz de hacerle traicionar, y concibió la entrega a la literatura como un sacerdocio, porque esta es una imagen  modélica de intelectual que, observada desde la perspectiva de ahora mismo, se me antoja muy distante en el tiempo, y algo aún peor: casi imposible de alcanzar. Hay en el libro un testimonio perteneciente a Luis Carbonell, particularmente incisivo por su lucidez, donde el Maestro se refiere a Virgilio en estos términos:

Virgilio como conversador era ameno, brillante, fluido, de una precisión de imágenes notable. En sus opiniones artísticas fue extremadamente austero, pero muy acerado en sus criterios. Y sin fantasear ni dar rodeos, muy franco: al vino lo llamaba vino y al agua la llamaba agua […]

Yo no creo que fuera alegre. Era un hombre demasiado concentrado en su obra para serlo. Con tal cúmulo de cosas que decir no resulta fácil ser alegre. Desde luego, su ironía, su mordacidad y su sutileza podían hacer reír, pero no era alegre […]

 Esta imagen de franqueza y falta de alegría genuina, que me resulta extrañamente familiar, no consigo, sin embargo, adjudicársela a nadie vivo que conozca. Abilio Estévez dice en uno de sus testimonios colocado ya casi al final del libro:

 Esa visión de la literatura como razón de ser, no solo de uno mismo, sino incluso del mundo […] fue el primer descubrimiento que hice con él. Sí, para Virgilio todo era profanable menos la literatura. En eso tuvo una moral intachable […] Él me enseñó una ética del escritor, me enseñó lo importante que era escribir bien y no medrar (en sentido económico o político). Demostró lo inevitable que resulta para un escritor la libertad, y que esa libertad quería decir, ante todo, fidelidad a un mismo.

 Entre los muchos pensamientos que este libro inspira, destaca una dolorosa inquietud sobre la que se reflexiona con detenimiento aunque se trate de un tópico harto especulativo. ¿Cómo habría sido la producción literaria, poética y teatral de Virgilio en la última década de su vida, si no se hubiera visto apartado del mundo cultural del país? ¿Pueden sus escritos de esta época dar una idea fiel de los derroteros que habrían seguido su espíritu y su mente creadora de haber podido continuar tranquilamente su existencia como un escritor más en La Habana, ejerciendo un profesorado universitario tal vez, ofreciendo conferencias, recibiendo el Premio Nacional de Literatura, viviendo, en fin, una vida sin interferencias exteriores de Lo Fatal? Quienes no hayan sido protagonistas o testigos  históricos directos de esa época sombría, pueden hacerse una idea de lo que implicó para Virgilio Piñera la instalación forzosa —que no elegida— dentro de la versión más parecida a una tragedia griega, donde el Deux ex machina se abate sobre un mortal y no le deja, como el propio Virgilio solía decir, “ni un huequito para respirar”. Una vez más parecen de obligada recurrencia estas esclarecidas deducciones de Abilio Estévez:

“¿Qué es un espíritu? —preguntó Sthepen Dedalus. Uno que se ha desecho en impalpabilidad por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres”. Su mundo había desaparecido y no pudo entrar del todo en el otro.

“Virgilio poseía una visión de la literatura que se correspondía con el triste mundo cubano anterior a 1959, y me doy cuenta […] de que alguna oscura intuición se lo hacía ver. Para él la literatura era una forma de la rebeldía, una mueca, un grito de protesta, un tratado de moral. Al triunfar la Revolución comenzaron a desaparecer los supuestos contra los cuales su literatura reaccionaba, y sospecho que Virgilio entró en crisis consigo mismo. Se dio cuenta de que ya no podía entender la literatura de otro modo. En repetidas ocasiones recalcaba: “Yo soy un personaje de otra época”. Se sentía anacrónico, y prueba de ello es que la mayoría de sus proyectos de la última etapa se refieren a hombres convertidos en fantasmas que deambulan por una ciudad de seres vivientes, sin que los demás adviertan su presencia. Es significativo el epígrafe que tenía para una novela que planeaba escribir. Pertenece al Ulyses de Joyce, una frase dicha por Sthepen Dedalus: “¿Qué es un espíritu? —preguntó Sthepen Dedalus. Uno que se ha desecho en impalpabilidad por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres”. Su mundo había desaparecido y no pudo entrar del todo en el otro.”

 Estas disquisiciones de Abilio resultan sumamente inquietantes, y no es el único en haber rozado de un modo tan demoledor la respuesta a una de las peores preguntas que puede hacerse un artista: “¿Estoy descontinuado? ¿No encajo ya en este tiempo? ¿Mi obra ha envejecido? ¿Ya no está nadie interesado en lo que tengo que decir?” La cuestión solo puede plantearse (y resolverse) de dos modos: UNO: El artista, voluntariamente, enmudece, como hizo Dulce María Loynaz, a quien nunca he creído su aseveración de que ya no podía escribir porque su inspiración la hubiera abandonado. DOS: El artista decide montarse en el carro del tiempo nuevo y proseguir imperturbable su labor, como hizo Alejo Carpentier, cuya obra posterior a 1959, totalmente comprometida con el proceso revolucionario, es considerada por críticos, especialistas y estudiosos muy inferior a los anteriores cuatro grandes monumentos de su narrativa: El reino de este mundo, Los pasos perdidos, El acoso y El siglo de las luces, y tampoco he creído jamás que este declive del genio carpenteriano haya coincidido con un deterioro de sus potencialidades creadoras causado por la edad. Pero en ambos casos se trató de decisiones personales que los individuos ejercieron en plena posesión de sus facultades mentales y, por tanto, deben ser respetadas cualesquiera hayan sido sus consecuencias para la literatura cubana. Pero el caso de Virgilio es totalmente diferente, porque Virgilio no enmudeció ni se retiró por su propia voluntad del ejercicio de las letras, sino que continuó escribiendo hasta pocas horas antes de morir.

Si se le hubiera permitido, ¿se habría montado él también en el carro de los tiempos nuevos?, y, de haberlo hecho, ¿qué clase de obra habría escrito después? No lo hizo, y es terrible aceptar que el entronizamiento de un proceso sociológico es perfectamente capaz de liquidar el genio de un artista, y hacer de él un fantasma “por cambio de costumbres” y todo lo que esta frase implica. No se puede decir de Virgilio lo que de otros escritores cubanos: que el exilio geográfico lo secó, porque Virgilio nunca emigró. De Virgilio hay que admitir que si el exilio endógeno lo borró del mapa, y el “inxilio” interior lo volvió ectoplasma, ninguno de los dos le pudo arrebatar el fermento creador que siempre lo habitó ni despojarlo de sus demonios demiurgos, y tampoco lo derrotó la vejez. Pero a Virgilio Piñera le cupo en suerte el más grande y al mismo tiempo el menos disfrutable de los destinos con que debe lidiar un artista: el agigantamiento en los salones de la Muerte, cuando ya sus antiguos rivales y enemigos han dejado de temer a su sombra, porque la Sombra de una sombra ya no reclama nada, sino que otorga luz a quien se ocupa de ella.

 Cuando asistamos a un desfile de trapo y lentejuela el Día del Orgullo Gay, y veamos flamear la bandera arcoiris por esas mismas calles donde Virgilio solía emprender sus disimuladas cacerías de amantes circunstanciales; cuando leamos obras de escritores  jóvenes que escriben (y a quienes se les publica) cualquier cosa que se les pasa por la cabeza y “denuncian” hasta lo que nunca ocurrió, y emborronan páginas interminables abiertamente pornográficas, procaces, que saturan la literatura cubana de bodrios lamentables, tendremos siempre que pensar en Virgilio Piñera, en lo inútil e innecesario de su destrucción, y en que, a lo mejor, si su obra no hubiera sido secuestrada durante décadas y hubiera podido ejercer de modo natural una influencia saludable sobre generaciones posteriores de narradores, dramaturgos y poetas, tendríamos ahora una literatura nacional menos permeada por la mediocridad inoperante que puebla las librerías de libros que nadie compra, e inunda las cabezas con la temible, demoledora y arrogante presencia del Vacío.  

Cuando se compara este texto con la  desgarradora,  brutal sinceridad del Yo, Publio, de Raúl Martínez, es muy posible que el primero deje cierta insatisfacción en el lector, por circunvalar, como ya dije al principio, las zonas más sensibles e íntimas de la vida del hombre flaco de la jaba, el silenciado autor de Electra Garrigó, que son, sospecho, las viscerales. Pero aún con estas ausencias resulta un libro apetecible y muy revelador.

 Virgilio Piñera en persona no menciona nombres de acosadores  ni  de culpables, y me pregunto hasta qué punto la elegancia debe rendir tributo al silencio. Como casi siempre ocurre, las vestales implacables (y falsas) de la moral pública y la pureza ideológica, arropadas en  impune impunidad, se hundieron —y aún se hunden— en la cortés disolución de olvido que suplanta al castigo justiciero, mientras Virgilio ha legado a la posteridad una obra liberada de mordazas que quedará por siempre como testimonio absurdo y cruel de la tragedia personal de un genio.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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3 respuestas a VIRGILIO PIÑERA EN PERSONA O EL TRÁNSITO IMPOSIBLE

  1. Yoshie dijo:

    Wow that was odd. I just wrote an really long comment but after I clicked submit my comment didn’t show up. Grrrr… well I’m not writing all that over again. Anyhow, just wanted to say superb blog!

  2. piracetam dijo:

    En su narrataiva, Piñera nos entrega una obra altamente creadora que lo sitúa como el mayor representante en la literatura cubana de lo fantástico y lo extraordinario, con una imaginación que convierte sus textos en verdaderos paradigmas clásicos de las letras hispanoamericanas.

    • ginapicart dijo:

      No me parece que a Virgilio le hubiera agradado verse clasificado así. Son criterios reduccionistas. Virgilio tiene un lugar en las letras hispanoamericanas, no solo cubanas, eso es verdad, pero el marco de lo fantástico y lo extraordinario le queda como que apretado, como una camisa de menos talla que la suya. Virgilio fue más que eso.Mucho más.

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