¿PROHIBIDO PROHIBIR… REGUETÓN?

Voy a tratar de resumir los dos conflictos más importantes y negativos que a mi juicio comporta —y genera— el reguetón, e intentaré hacerlo claramente, sin tecnicismos ni metatranca, sin historiar ni dar para atrás a la moviola, para no caer en las mescolanzas tontas que he estado viendo en ciertos materiales que me han enviado hoy un grupo de amigos. Uno de esos conflictos es la destrucción sistemática de los valores civilizatorios. El otro, la imposición a la sociedad de una percepción  y praxis nocivas del mundo, que muy bien pueden merecer el calificativo de criminales.

 La palabra compartir implica aceptación de un fenómeno o cosa perteneciente a una persona o grupo de personas por parte de otra persona o personas. Pero solo se realiza la acción de compartir cuando hay un acuerdo tácito de intercambio entre dos o más partes, independientemente del número de integrantes de cada parte. Si tienes algo y quieres compartirlo conmigo, es necesario que yo acepte recibirlo, porque si no quiero y tú de todas formas te lanzas, no estamos compartiendo; tú me estás imponiendo tu objeto, asunto, idea, mercancía, etc.

Yo no quiero convivir (hacer mi vida cotidiana) conjuntamente (“revueltamente”) con personas con quienes tengo poco o NADA en común. La convivencia, para que sea entre exitosa y tolerable, tiene que basarse en la afinidad y el respeto mutuo; incluso puede no haber mucha afinidad, pero entonces tiene que haber aún más respeto. Por eso el mundo inventó las áreas residenciales, y por ahí hay barrios gay, condominios guardados por tipos con ametralladoras y cercas del tamaño del cielo, clubes cerrados, playas privadas y todo tipo de espacios para relacionarse socialmente con aquellas personas que se parecen a ti o no se diferencian significativamente, y para que las personas que no tienen nada que ver contigo no te puedan molestar. Las afinidades son E-L-E-C-T-I-V-A-S, y está perfecto que así sea. Desgraciadamente, el igualitarismo proletario barrió en Cuba con esta clase de demarcaciones, sin tener en cuenta que algunos sectores de la sociedad (como ocurre en cualquier sociedad) tienen recursos muy desaconsejables para incordiar a otros sectores y someterlos a toda clase de displacer.

 El arte es un espacio público, pero el más público de los espacios es la televisión. Lo que pones en la televisión entra en todos los hogares que tienen televisión. Si tú me quieres prestar un video de reguetón y yo quiero ponerlo en mi video, en mi casa, para verlo yo, no hay problema (igual con la pornografía o la publicidad de las sectas esotéricas). Pero si la televisión pone reguetón asqueroso en un horario familiar, me está obligando a ver algo que no me interesa (que me molesta y me disgusta) ver, a mí y a toda mi familia, incluyendo a mi niño de primaria. Y si todas las emisoras de radio difunden obsesivamente el reguetón y su sistema conductual, entonces hay acoso estatal al ciudadano, que no tiene dónde esconderse para huir de lo que no quiere ver ni oír, de aquello con lo que no quiere convivir.

 A mí me gusta la música que me gusta, y no se la impongo a nadie. Escucho mis discos en mi equipo a un nivel aceptable para oír los instrumentos sin invadir el espacio sonoro de los otros, que no me pertenece. Y si quiero oír mi música de noche, uso audífonos. Yo no quiero que me bombardeen el día entero con valores morales, sociales, ideológicos, religiosos y “filosóficos” que no son los míos y no me interesan, y tampoco quiero que bombardeen con eso a mis hijos, porque la educación que les doy va dirigida a que sean personas de bien y ciudadanos, no delincuentes. Quiero que respeten a sus semejantes, que detesten los malos modales, el abuso, la violencia, el crimen y la manipulación. Quiero que sean cultos y sepan disfrutar de las conquistas espirituales y estéticas de la civilización. No quiero que renieguen del patrimonio de la Humanidad simplemente porque no lo entienden y no saben valorarlo. No quiero que se me imponga el proselitismo reguetonero.

 La contracultura tiene tanto derecho a existir como la cultura que me gusta a mí, pero no hay que mezclar las cosas, porque yo debo ser libre de ver y oír lo que quiero, y no ver ni oír ni soportar lo que no quiero. Nadie tiene derecho a obligarme a hacer mías escalas de valores que me son ajenas y que en ninguna circunstancia adoptaría. Nadie tiene derecho a imponerme su percepción del mundo.

 Yo creo en la educación y en el crecimiento y mejoramiento de la gente, creo en la necesidad de que así sea, de que la sociedad sea cada vez más sana, más asertiva, más funcional y segura. La rebelión asquerosa, lasciva, sucia, criminal y psicótica que promulga el reguetón no me interesa. No puedo acallar a miles de ciudadanos que quieren vivir el reguetón  no solo como música, sino también como modelo vital, pero me niego rotundamente a tener que convivir con una idiosincrasia que degrada al ser humano, a la mujer, a las personas normales, a los ancianos y discapacitados, y exalta toda clase de degeneración. Me molesta ver a toda hora jóvenes agitando la pelvis en las pantallas del televisor, en el cine, en un concierto donde entro por equivocación, en el teatro. Si los Otros invaden el espacio, invaden también mi espacio y me acorralan, y eso es ACOSO. En Cuba, la cultura falocéntrica tribal, en todas sus manifestaciones, arremete contra el ciudadano que quiere vivir de acuerdo con una ética civilizada.

 En cuanto a las comparaciones entre la prohibición del reguetón en la televisión cubana y las emisoras de radio, y otras prohibiciones que han tenido lugar en la Historia, llamo a la cordura y la lucidez para discriminar entre prohibiciones motivadas por conflictos estéticos, religiosos e ideológicos, y otras relacionadas con asuntos de moral. El reguetón promueve la bestialización de la condición humana, la criminalidad, la trasgresión lesiva del derecho ajeno, la promiscuidad sexual, la lascivia y la violencia sobre los débiles e indefensos. Hay discursos implícitos y discursos explícitos. El discurso del reguetón no puede ser más explícito: es un llamado desfachatado e impúdico a derribar todas las construcciones de índole moral, de principios, de ética que la sociedad ha demorado siglos en realizar. Es el himno del retroceso. Quienes quieran escucharlo, que lo escuchen, pero en privado, como mismo disfrutan el sexo. Yo no quiero, ¡millones de personas no queremos ser parte de eso!, y no queremos que irrumpa en nuestras vidas contra nuestra voluntad a través de los espacios públicos, que están para educar, no para degradar la condición humana.

 Tal vez no sea lo más lúcido pensar en términos de “prohibición”, sino de rescatar los espacios comunitarios y separarlos de los espacios privados, y dar a cada cual su perfil y sus derechos. Con los adelantos de la tecnología digital nadie necesita recurrir a la tele y la radio para ver o escuchar la música y los videos que prefiere. Cada cual para su casa o los conciertos a disfrutar de sus placeres personales. Los espacios públicos estatales demandan un cierto grado de neutralidad, necesario de acuerdo con la función que realizan. También podría abrirse un canal privado: usted paga una cuota mensual para ver lo que le dé la gana sin que nadie se lo cuestione. Usted lo pone en su casa, y yo en la mía no. Y todos contentos.

 Si se hiciera un estudio antropológico y sociológico serio del reguetón y lo que representa, probablemente saldría a la luz que no se trata de una contracultura, sino de una subcultura, ya que nació como género en zonas marginales, y criminal es el mundo que canta y promulga. Los reguetoneros no vindican ningún derecho social, sino la demolición de todos los límites y su apropiación absoluta de los espacios ajenos, su invasión de la vida de todos, su irrespeto total al derecho del Otro.

 No es bueno olvidar aquella amenaza tan directa como engañosamente primitiva e infantil: “Te voy a dar con un palo en la cabeza”. Eso es, exactamente, lo que el mundo del reguetón pretende hacer con usted, con el mundo de usted, de su familia y de las personas que como usted, no gustan del mundo que creó al reguetón, ni de sus pobladores ni de sus costumbres. El Estado tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos de cualquier amenaza. Entonces, en mi nombre y en el de todos los que creemos que el reguetón es nocivo y criminal, que el Estado lo saque de los espacios públicos. Así de sencillo. Si alguna vez el Estado nos protegióhasta de lo queno queríamos ser protegidos, como en el caso de los Beatles, por poner solo un ejemplo, que nos proteja ahora del odioso reguetón, ya que somos sus ciudadanos. Tenemos ese derecho.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a ¿PROHIBIDO PROHIBIR… REGUETÓN?

  1. Wilfredo A. Ramos dijo:

    El problema, querida amiga, va mas alla del derecho a escuchar o no ese tipo de manifestacion-no cultural, por cierto. El problema radica en la destruccion de los valores morales y eticos que ha sido la guia con la que se ha formado la sociedad cubana de hoy. La falta de valores morales en las casa y las escuelas; en los trabajos y las calles, es algo que ha sido implantado como modelo desde “arriba”, desde las capas dirigentes de la nacion. Todo comenzo con la eliminacion de las palabra senor y senora, por ser signos capitalistas; de ahi para aca ha sido la debacle.

    • ginapicart dijo:

      El problema va aún más lejos: no se puede extirpar un sistema axiológico del seno de una sociedad si no tienes nada que ofrecer en su lugar, porque el vacío se llena siempre con la materia más densa, de más baja vibración. Hay que tener muchísimo cuidado con las consecuencias de un atractor. Cierto conocido mío me dijo una vez: “He cometido un error, renuncié a lo que tenía pensando que no era suficientemente bueno para mí, pero… siempre se puede encontrar algo peor”.

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