Para los monstruos que ha producido el sueño de la razón

 la muerte en pelotaPara los pequeños patanes necios sin nada que decir, pero que pregonan la literatura “como una guerra”, y por ser incapaces de encontrar un enemigo que quiera ocuparse de ellos embisten contra todo lo que se mueve…

 Para los soberbios que se autotitulan los más trabajadores de su generación porque no tienen valor para atribuirse públicamente méritos mayores que no les pertenecen…

 Para las señoras que manipulan con garra feudal los cogollitos de escritoras, y ni siquiera conocen  en propiedad la obra de aquellas a quienes dicen representar…

 Para los críticos infames —e infamados— que trafican influencias sin pudor y fabrican un canon literario que solo existe en la voracidad de su codicia, modelando escritores de un barro estéril donde no podría germinar  ni un huevo de pulga, como advirtiera Samuel Feijóo…

 Para los inescrupulosos, los vengativos, los envidiosos y los arrogantes que desde el banco de los jurados trabajan con tesón para hacer de la literatura cubana un pueblo fantasma…

 Para los cínicos que insisten en sentarse justo donde no cabe su anatomía…

 Para los diletantes que pujan por treparse al columpio de la Fama y sus dones…

 Para los periodistas que confunden el buen oficio del reportero con el arte del escritor, y cada día resultan burlados por sus espejos mientras superan en osadía a sus propios loros…

 Para quienes han decretado —y pretenden convencer al mundo—de que solo en la juventud vibran la fuerza creadora y el genio, y puntúan límites a la creación como si colocaran linderos de vacas…

 A todos esos especímenes de una fauna que prolifera entre nosotros cada día con más bríos, dedico estos párrafos que encontré en un libro escrito por un hombre realmente inteligente, un antropólogo. Para quienes no tengan claro de qué se ocupa la antropología ni a qué se dedican los antropólogos, les puedo recordar que es una ciencia que entrena a quienes la practican para mirar y descubrir todo, allí donde el resto de nuestra especie quisiera ocultar sus andrajos más míseros. No cito la fuente. Quienes la merezcan no necesitarán mi ayuda para identificarla:

 Para utilizar el concepto de fetichismo en el análisis cultural es preciso eliminar los prejuicios que se nutren de él cargándolo de aspectos terribles, y tomarlo tan solo como una anomalía caracterizada por la veneración exagerada de un ser u objeto que pasa a rodearse de atributos mágicos o es sometido a cierto proceso de sacralización. Y debe pensarse este fenómeno como algo que atañe a toda la sociedad humana, con especial incidencia en la occidental posmoderna, y no como algo ligado a lo que  Levi-Strauss llamara  el pensamiento salvaje, y antes que él, Levy-Brhul describiera como mentalidad prelógica.

 El fetichismo, en el análisis que proponemos, parte siempre del orden de valores concertado por la sociedad, pero no para ponerlo en práctica, sino con la intención de provocar en él un desequilibrio, por lo general, transitorio. Lo que se busca es manipular una jerarquía de valores para obtener un provecho personal (o institucional), más que obtener un nuevo paradigma que ocupe un lugar más alto en la valoración social. En este sentido es conservador, no renovador y esencialmente egoísta, ajeno o contrario al ethos comunitario. El proceso lleva a parcializar una realidad para luego reconstruirla de un modo artificial y precario. El poder que se genera mediante esta manipulación permitirá satisfacer una necesidad o un deseo, protegerse contra males temidos o agredir de modo indebido a una persona o grupo. Para concentrar la energía simbólica que se piensa liberar luego en una determinada dirección, es preciso sustraer significado a otros objetos del mismo nivel simbólico, o incluso vaciarlos de él para transferirlo al que se quiere potenciar simbólicamente, el que resultará en consecuencia sobresignificado en la misma medida en que los otros son devaluados. En el campo del arte estaríamos ante este fenómeno cuando, por ejemplo, entre diez obras igualmente valiosas, los críticos con poder mediático ensalzan una de ellas y omiten toda referencia a las otras. Esto se agrava cuando obras, no ya del mismo nivel, sino inferiores son catapultadas hacia lo más alto de la escala de valores, mecanismo hoy muy utilizado por la sociedad de consumo en su sostenido avance sobre la cultura. Podríamos hablar en estos casos de una migración externa del mana, al que se retira de un ser u objeto para concentrarlo en otro. Para entender mejor el alcance de estos mecanismos hay que partir de la hipótesis de que la energía simbólica, al igual que la física, es preexistente, mensurable y limitada, de modo que no se la puede concentrar en un punto sin retirarla de otro. La cultura establece el modo en que la energía se distribuye, y ciertos individuos (e instituciones) pujan por redistribuirla en función de su deseo y sus ambiciones, perjudicando así a otros y  corrompiendo el ethos social.

 […] desde el punto de vista estético, una obra no suele valer más o menos según el número de copias, por lo que estamos aquí ante una flagrante intervención de las leyes del mercado[…]

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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