Presentan la antología Mambises en el siglo XXI en Feria del Libro de La Habana

mambisesenelsigloxxigrandeAunque quisiera escribir una reseña sobre esta nueva entrega de la casa editorial Abril, no podría hacerlo, puesto que una reseña tiene que ser un texto impersonal por requerimientos del género periodístico, y en esta ocasión no puedo excluirme, como acostumbro hacer, por la sencilla razón de que el tema me involucra de modo tal que no puedo mantenerme al margen de lo tratado.

 Entre las explicaciones existentes para la etimología del término mambí, Paula Guillarón y Alberto Guerra Naranjo, compiladores de esta antología presentada por el Doctor en Ciencias del Arte Enmanuel Tornés, apuestan por la más lúcida: “El término —asegura Guillarón en su prólogo — se relaciona con la figura de Juan Ethnnius (Eutimio Mambí), oficial negro desertor del ejército español en Santo Domingo, quien se convirtió en líder de la lucha contra la restauración española. […] Mambí es sinónimo de forajido, de criminal”. Después de la primera carga al machete que tuvo lugar en Cuba al comienzo de la Guerra de los Diez Años, la similitud entre las tácticas de lucha utilizadas por el Ejército Libertador y los rebeldes dominicanos hizo que los españoles comenzaran a llamar a los guerreros cubanos  “hombres de Mambí” o mambises.

 Nuestro mal conocimiento de la Historia nacional, unido al culto de veneración que aún se mantiene en las familias con ancestros mambises, ha tenido por consecuencia que la figura del mambí sea para los cubanos una especie de divinidad, adornada por tantas cualidades que ya ha perdido su dimensión humana, y recuperarla fue la motivación que indujo al escritor Alberto Guerra y a  la joven profesora universitaria Paula Guillarón a revisitar la tradición, mediante una exploración minuciosa de nuestra literatura en busca de textos que pudieran devolver  su  talla auténtica a uno de los más grandes iconos de la identidad cubana: el combatiente del Ejército Libertador, héroe indiscutido de nuestras Guerras de Independencia.

 Mambises en el siglo XXI reúne relatos de autores tanto clásicos como de reciente incursión en nuestras letras —no todos son textos pertenecientes a la ficción— agrupados por temáticas, lo que da al libro su estructura en tres partes: “En la manigua”, con historias que, como su nombre indica, se desenvuelven en los días de la guerra; “Miradas a Martí”, con diversos enfoques sobre el más grande cubano de todos los tiempos, quien rebasó, él sí, la dimensión humana para, sin dejar de ser hombre y mortal, acercarse a alturas donde los seres comunes no pueden llegar, como escribiera José Lezama Lima: “Martí fue de entre nosotros el único que logró entrar en la casa del alibi”. La tercera parte está dedicada al mambí en el siglo XX. Quienes descendemos de mambises  tenemos, probablemente, una memoria más certera que el resto de los cubanos de la lamentable condición a que se vieron reducidos los miembros del Ejército Libertador inmediatamente después de la guerra y en las décadas siguientes. Cuesta creer que una república que debió su nacimiento a aquellos hombres que lucharon como titanes, tuviera como uno de sus actos iniciales la deshonrosa disolución del Ejército Libertador y el Partido Revolucionario Cubano, fundado por Martí, y se negara con tanta mezquindad a pagar sus pensiones, obligándolos a vivir en denigrantes, y a veces trágicas, situaciones de miseria. Uno de estos mambises fue mi bisabuelo, capitán José Manuel Picart, ayudante de campo del General Calixto García, quien, por causa de estas medidas, vio morir de hambre en el plazo de un día y una noche a sus dos pequeños hijos y enloquecer de dolor a su esposa, Clara Ruiz-Lavín, joven poetisa matancera que mucho prometía a la literatura cubana, quien terminó suicidándose. Por eso, en este último grupo de relatos, para mí tiene especial significación En busca de piernas blancas, del escritor villaclareño Jorge Luis Rodríguez, cuya historia trata de un exmambí que intenta sobrevivir en San Isidro como matón del célebre chulo Alberto Yarini, viviendo bajo la angustia de ver perdida su antigua dignidad como soldado de la patria.

 Esta antología removió recuerdos dolorosos el día de su presentación, y no dudo que siga haciéndolo en ese tránsito que todo libro debe recorrer cuando sale de la imprenta y comienza su andadura imprevisible. Pero también hubo momentos hermosísimos, como cuando descubrimos, con euforia y orgullo legítimos, que entre los escritores y especialistas presentes en el panel había descendientes de la oficialidad mambisa: el escritor y guionista de audiovisuales Alberto Guerra, biznieto de un coronel; el narrador Rafael de Águila, de un brigadier, y yo de un capitán. Fue muy bueno comprobar que todos los escritores vivos que aparecen en esta antología nos conocemos, somos amigos y sentimos respeto mutuo, cosa difícil de lograr en el mundo literario de cualquier parte. Y que en nosotros se han conservado dos tradiciones del mambisado: la disposición para escribir, y la fidelidad a una ética que  colocó por encima de todas las virtudes el sentido del honor, el amor al concepto de virtud y la firmeza de las convicciones personales. Allí, en medio de aquella sala del Pabellón Cuba, nos reconocimos portadores de una sangre gloriosa, la mambisa, y nos sentimos parte de una especie de fraternidad cerrada y secreta, y a mí me invadió un orgullo como pocas veces he sentido en mi vida, entre otras cosas porque vi que el público mostraba una receptividad inusual ante nuestras palabras, y porque una mayoría de él estaba formada por cubanos de piel negra, y yo recordé que un ochenta por ciento de los mambises de filas, un catorce por ciento de los coroneles y un treinta por ciento de los generales del Ejército Libertador fueron afrocubanos.

 Me sumo al propósito de los compiladores y afirmo que es necesario revisitar con mirada objetiva la figura del mambí, a fin de recuperarla entera para la Historia, porque los héroes despojados de su faceta humana terminan siendo iconos muertos de quienes los pueblos se alejan sin darse cuenta. Quiero recordar a los cubanos que descendemos de una estirpe tan poética y sensual como violenta y feroz, de la cual  Carlos Manuel de Céspedes es, tal vez, el exponente más completo, aunque no el único. Los mambises tuvieron fama de ser los guerreros más letales de su época, y justo es decir que los periódicos estadounidenses fueron los principales divulgadores esta característica del mambisado. El investigador Oscar Ferrer, basándose en la papelería familiar legada por su bisabuelo Néstor Leonelo Carbonell, escribió la biografía de este oficial mambí amigo de Martí y creador del Club Revoluionario Ignacio Agramonte, que sirvió de plantilla al Apóstol para fundar en Tampa el Partido Revolucionario Cubano. El libro, titulado Néstor Leonelo Carbonell, como el grito del águila[1], reúne, entre otros materiales, un grupo de crónicas de la guerra escritas por Néstor Leonelo, y hay una, en particular, donde se muestra de un modo muy crudo hasta dónde los mambises, en medio del combate, podían ser poseídos por el  furor ancestral de los guerreros, tan mencionado en la tradición heroica de las naciones celtas, y cuya máxima expresión fueron los berserkir o guerreros de Odín, quienes en el fragor de la batalla sentían penetrar en sus cuerpos los espíritus temibles de los osos y los lobos. Quién sabe si aquel espíritu también señoreaba en las legendarias cargas al machete que cubrieron los campos de Cuba de cuerpos españoles mutilados, sembrando un pánico visceral entre los quintos cuando veían volar en el viento aquellos machetes que hacían el corte llamado chaleco, capaz de rebanar de un solo golpe la cabeza y los brazos de un enemigo a pie o montado. El mismo Néstor Leonelo, cuando todavía no era más que un joven discípulo del profesor y General mambí Honorato del Castillo, abatió en duelo mortal a un temible bandido que intentaba saquear la hacienda de su padre y profanar a sus hermanas. De hazañas de coraje y bravura está llena la historia del Ejército Libertador, pero esta, en particular, protagonizada por el general Ángel del Castillo, descendiente del antes mencionado Honorato —cuya muerte deseaba ansiosamente vengar— resulta muy ilustrativa:

 La victoria resonante que había obtenido en Júcaro el General Castillo fue seguida de otras, al reorganizarse sus fuerzas luego de dos meses inactivos. Empero, la tenacidad sin precedentes del heroico combatiente del Júcaro había de culminar pronto en su caída trágica.

 Castillo quería tomar a toda costa el fuerte de Lázaro López, a pesar de las observaciones que se le hicieran sobre las condiciones de inexpugnabilidad del citado fuerte defendido por tropas veteranas. El coronel José Payán, el más alto oficial de su Estado Mayor, militar insigne que ganó en Las Villas recias batallas, le indicó a Castillo, nada fácil a la reflexión, la imposibilidad de tomar ese fuerte. Nada pesó en el ánimo del General las observaciones del coronel Payán, y dispuesto a realizar sus propósitos marchó al asalto.

 La fusilería española hacía blanco en los pelotones cubanos, diezmándolos. Castillo, con sublime heroísmo y con siempre renovados arrestos, insistía. La caballería cubana pisoteaba los cadáveres. El General mandó a abrir frente al fuerte una enorme fosa, que rebosaba de hombres que minutos antes combatían como fieras frente a las trincheras. La caballería cubana se afirmaba sobre los cadáveres, ofreciendo un espectáculo macabro. Castillo rugía imprecaciones. Un episodio de aquella escena da la medida del paroxismo en que se encontraba.

 Soldado de los que disparaban en primera línea contra el fuerte era mi cuñado, el niño Malta, de dieciséis años solamente. El rifle con que disparaba se había paralizado. El General, con imperiosa voz, le interrogó la causa por la cual no disparaba.

 —Se me ha trabado el rifle, General—  arguyó Malta, a lo que el General, iracundo, respondió:

 —Las balas que vienen de allá son del enemigo y esta es de Dios, —a tiempo de dispararle un tiro que lo dejó sin vida instantáneamente.

 Poco después, en el colmo ya del ardor bélico, se lanzó al limpio, bajo una granizada de balas, desenvainando la espada, en marcha hacia el fuerte, exclamó:

 —¡Vengan a ver cómo muere un General cubano!

 Minutos después había cesado de latir aquel gran corazón heroico. Su muerte privó a  la revolución de uno de sus más excelsos paladines.

 Hecho cargo de las fuerzas, por sustitución reglamentaria, el coronel Payán ordenó la retirada, evitando así aquel inútil sacrificio de vidas.

 En otra de sus crónicas de guerra, Néstor Leonelo Carbonell nos legó un testimonio invaluable del espíritu de aquellas gestas:

 Fue aquella la verdadera época de la guerra a muerte. Los odios eran incontenibles. Una sed de venganza acicateaba las almas. A la crueldad se respondió con la crueldad. El camino de Júcaro quedó sembrado de cabezas que lucían satánicamente engarzadas en estacas clavadas a lo largo del camino […] Todavía cuando en las postrimerías del año 1869, bajé yo del cuartel general al territorio villaclareño, pude contemplar el cuadro sombrío mirando a uno y otro lado del camino las cabezas de los enemigos como fatídicos trofeos.

 Debo tocar, aún, otro aspecto de esta antología y del mambisado, o de las Guerras de Independencia, si se prefiere, y es el misticismo que acompañó a esta larga etapa de la historia de Cuba. Y no podía ser de otra manera, si se tiene en cuenta que estas campañas se desarrollaron en el campo y, mayormente, en el oriente de la Isla, lo cual quiere decir en territorios dominados por la naturaleza y entre población fundamentalmente campesina y negra, mucha de la cual era oriunda de Haití, de donde vino acompañando a los hacendados franceses que escapaban de la sangrienta rebelión de Makandall. No he leído aún todos los relatos, pero ya he visto que tanto La poza del ángel (mío), como el excelente, sorprendente y osadísimo Café con sangre, de Juan Pablo Noroña, abordan el costado sobrenatural de la Independencia de Cuba. El relato de Noroña resulta fiel a la trayectoria de su autor como escritor de ciencia ficción y fantasía: trata el tema de la presencia de vampiros en las guerras de Cuba. Conozco a Juanpa hace años y sé que ha estudiado el vampirismo en profundidad. Él y las artistas de la plástica y también narradoras Duchi Man Valderá y Yailín Pérez Zamora llegaron , incluso, a elaborar una teoría originalísima y muy interesante acerca de las posibles causas de esta anomalía.

 En cuanto a mi relato, yo tomé como modelo para mi negra Ma Dolores a un personaje real, a quien encontré entre los hallazgos antropológicos recopilados por Samuel Feijóo. Esa curandera negra existió en los campos de Cuba, y su historia, tal como la narro en el cuento, tiene pocos elementos de ficción. Creo que Feijóo no menciona al ángel cuando habla de Ma Dolores, pero he leído que el final de la mujer real estuvo envuelto en tan gran misterio, que dio origen a una leyenda con más de una variante. Yo misma tuve una antepasada, Magdalena Rieche, famosa entre las grandes curanderas cubanas, en cuya vida hay ciertos episodios oscuros acerca de los cuales ni la propia familia dispone de información. Mentiría si dijera que no tuve en mente los poderes sanadores de esta hermana de mi abuela materna cuando creé  a mi Ma Dolores. El cuento mismo, un relato de apenas seis cuartillas, tiene una génesis un poco rara: lo escribí una mañana en un estado alterado de conciencia, como si alguien hubiera tomado posesión de mi mente y me mostrara escenarios, me dictara palabras… Me senté ante mi Underwood y estuve tecleando durante no sé qué tiempo. Cuando puse el punto final, un amigo llamó a la puerta de mi cuarto para anunciarme que estaba ocurriendo una tormenta magnética en el Sol. No sé si existió concierto entre esa perturbación astronómica, cuyos efectos suelen hacerse sentir en la Tierra, y el nacimiento de mi relato, pero así fue y así lo cuento.

 Aunque he tenido en mi vida momentos de duda, después de haber asistido a la presentación de esta antología, me asiste la certeza de que la memoria del mambisado no está muerta para los cubanos; solo duerme entre las reiterativas e  inevitables (pero no por ello menos censurables) manipulaciones históricas y las vaharadas un poco cegadoras del entusiasmo filial, pero tiene suficiente vigor para despertar al más mínimo toque, y no necesariamente de vara mágica, aunque, como ya se sabe, la literatura  y el arte son en sí mismos la mejor de las magias. El acercamiento a este capítulo de la historia de Cuba, magno, espléndido y solar, ha demostrado que puede resultar particularmente vivo cuando se lleva a cabo desde los territorios del Arte. Mambises en el siglo XXI, podría ser, y así lo creo, el primer paso para una resurrección absolutamente necesaria en momentos de crisis de valores y pérdidas de fe; una resurrección que venga a recordarnos quiénes fuimos y somos, y nos ayude a trazar la dirección de los cubanos futuros.


[1] Obtuvo el premio de Biografía y Memorias de la editorial Ciencias Sociales 2004

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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