El Cerro de antaño… y hogaño

Calzada de El Cerro

Calzada de El Cerro

 

 

JUNIO 4

 

“He aquí una escalera de mármol, cuyo comienzo no puedo descubrir, porque lo esconde la bruma. Hay un niño en ella, de pie frente a una puertecilla blanca de hierro,  y su gorra de marinero dice: Redoutable, en grandes letras de oro. En todo el universo no hay otro mundo que esta escalera de mármol y su niño.”

 Así comienza la Historia del daguerrotipo enemigo, una de las más bellas prosas del poeta Eliseo Diego. Desde que la leí, creo que a los doce o trece años, me obsesionó, porque yo atesoraba un recuerdo semejante e inconfesado, del que no hablaba con nadie, pero todavía me persigue. Yo veo en mis recuerdos lejanos —tan lejanos que solo fragmentos dispersos afloran a la memoria—, un enorme jardín medio salvaje, con estatuas blancas asomando entre montones de maleza verde empapada de lluvia, aquí y allá, desperdigadas como un pueblo fantasma que espiara a los vivos. Hay una línea del horizonte donde, tal vez, la vista alcance las torres de otras mansiones. Todo está lleno de bruma, o de lluvia espesa como una cortina de teatro que desdibuja el contorno de las cosas. Hay un sendero de grava flanqueado por grandes macetones con restos de flores muertas. Por el sendero avanza una niña con un vestido blanco, vaporoso, probablemente de gasa, de aquellos con encajes en el cuello y las mangas y la cintura ceñida con una banda de raso, zapatos de charol y medias blancas que cubren toda la pierna, y bucles ¿castaños…? La niña avanza despacio hacia la mansión, que tiene un soportal aprisionado entre columnas de órdenes antiguos. Sube una ancha escalinata de mármol cubierta de hojarasca. Todo transcurre como en un sueño, lenta, muy lentamente. El portón está abierto. La niña sigue avanzando y se detiene en el umbral. Ella quisiera ver qué hay adentro, pero la sombra es como una masa impenetrable. Lo último que puedo recordar es a la niña, detenida en el umbral sucio de tierra lanzada por la tormenta. Ahí termina siempre mi visión…,  ¿o era un recuerdo? Nunca he podido estar segura y ya no queda nadie a quien pueda preguntarle. Lo único que sé es que aquello era El Cerro.

 Mi familia no tuvo jamás, como la de Eliseo, una casa-quinta en ese barrio casi mítico, que dominó el imaginario de la ciudad durante décadas con el aura inquietante y magnífica de sus moradas suntuosas, sus títulos de nobleza y sus fortunas que parecían manar del mismo Cuerno de la Abundancia, pero al padre de mi madre lo encontró huérfano y perdido en el campo de batalla el general Boza, y lo adoptó como hijo propio. En algún lugar entre El Cerro y Santos Suárez tuvo una casa esta familia, y sospecho que pudo ser allí donde mi madre me llevaba a visitar a la anciana Lucrecia, última  sobreviviente de la prole tísica del General. ¿Es la casa de mi recuerdo la morada familiar de los Boza? Ya nunca lo sabré.

 El Cerro era justamente eso: un cerro desde cuya altura podía admirarse La Habana. Vamos, era un cerro pequeño, apenas una leve altura, pero bonito y agreste, y lo más importante: estaba lo suficientemente lejos de la urbe de entonces como para servir de lugar de retiro y veraneo, y lo suficientemente cerca como para regresar a ella prontamente si  así lo demandara alguna circunstancia, por lo que transportarse hasta allí en familia o en grupos de amigos no exigía demasiados esfuerzos por parte de una aristocracia y una alta burguesía criollas hechas a la molicie, los placeres de la comida, el baile y el amor, amantes de la naturaleza y con verdadero horror de las altas temperaturas que volvían desagradables las hacinadas construcciones del centro de la ciudad.

 El primer pueblo de la zona fue levantado en 1700 y se llamó San Salvador. Antes había allí unos almacenes donde se acopiaba madera para las construcciones navales del Arsenal de La Habana, y alrededor de ellos aparecieron las primeras casas. Ya a mediados del siglo XIX las familias acomodadas comenzaban la estación primaveral viajando a las mansiones que se habían hecho construir en aquellos terrenos, puestos de moda tras el deslucimiento de Centro Habana y sus grandes y lujosísimos palacios. Las residencias se correspondían con el estado financiero de sus dueños. Ya en 1846 existían cinco grandes casas-quintas, cuyos estilos arquitectónicos recordaban las villas italianas del célebre Palladio, y veintitrés lujosas residencias de recreo, rodeadas por más de  doscientas casas  “de tipo corriente —escribe el maestro Ciro Bianchi—, entre las cuales algunas eran de madera”. Me pregunto si solo algunas serían de madera, pues debe tenerse presente que El Cerro no era un lugar despoblado antes de convertirse en un residencial elegante; había allí potreros y haciendas y, como tal, casuchas de campesinos y esclavos libertos, que proliferaron después.

 Las casas pertenecientes a familias adineradas fueron las primeras en ser construidas a ambos lados de la Calzada de mismo nombre, que conectaba a la capital con Marianao y Vueltabajo; imperaba en ellas un cierto sello que con el tiempo llegó a caracterizar la arquitectura cerrense. El modelo podía alterar sus dimensiones, pero mantenía las líneas: “un amplio portal al frente rodeado de columnas delgadas, de hierro fundido ; la estructura simple, apenas sin ornamentación, con puertas de persianas a la española, muy propias para el clima, bellísimos medios puntos y copas sobre los pilares del ático, que rompen la monotonía de las líneas horizontales”. Eliseo Diego rememora una quinta en su infancia que poseía “una torrecilla alta y negra”, parques oscuros surcados por senderos de grava y macizos de flores, donde había pinos, cipreses, piedras y palomas.

 Hoy sabemos que, por el contrario de la vida en el centro de la ciudad, que coincidía con su corazón comercial y cultural, en El Cerro los vecinos se visitaban poco, las familias permanecían reunidas en sus casas, cada cual con sus amistades más allegadas, haciendo largas veladas de música en torno al infaltable piano de salón, y paseando por sus jardines quienes los tenían. Como ha sido tradición en la isla, no siempre las visitas se anunciaban y aparecían inesperadamente, por lo que en las grandes casas de economía sólida, entre las que se contaban nada más y nada menos que las de los marqueses de Santovenia y los condes de Fernandina, dos de los más ilustres apellidos de la sacarocracia nacional, había mesa abierta todo el tiempo, y quienes llegaban se consideraba invitados a compartir la colación. El buen gusto y refinamiento de las clases altas cubanas, antaño tan influenciadas por las maneras de Francia, también se ponía de manifiesto en el arte exquisito de servir la mesa. Las familias condales y ducales, y también ricos sin título que aspiraban a vivir como si lo tuvieran, poseían vajillas propias que heredaban de generación en generación y formaban un valioso patrimonio. Nobles extranjeros de paso por La Habana describieron en sus Memorias las finas vajillas de porcelana francesa adornadas con oro, los manteles de encaje bordado, la cubertería de oro y plata y los deliciosos manjares. Al contrario de ahora, los cubanos de aquel tiempo tenían por costumbre levantarse de la mesa al terminar de comer y pasar a otra habitación cercana al comedor, donde esperaban a que los criados levantaran los manteles y arreglaran de nuevo la mesa para servir los postres, El maestro Ciro Bianchi cita el testimonio de una marquesa española invitada a una de esas comidas, quien contó en un libro cómo le sirvieron de postre, en una mansión de millonarios sacarócratas de El Cerro, bocaditos de huevo, dulces de distintas clases, helados y frutas.

 Los adornos preferidos por los señores de El Cerro se dividían en dos grupos: los destinados para decoración de exteriores y los de interiores. Los jardines, de influencia árabe en su trazado, rebosaban de azucenas, rosas, diamelas, claveles, naranjos repletos de azahares, jazmín de El Cabo, marpacíficos, conchitas, coralillo y bugambilia; tenían verjas primorosamente labradas culminadas en lanzas de bronce, y muros altos de piedra, estatuas de motivos grecolatinos, fuentes, manantiales y fuentecillas, tinajones, macetones, terrazas y muebles finamente tallados para sentarse a contemplar puestas de sol, mientras se bebía en tazas finas ponche de frutas picadas y leche recién ordeñada enfriados con hielo. El portal de columnas —que en las moradas de abolengo aristocrático iba precedido por dos leones de piedra como símbolo de sangre azul— no se limitaba a preceder la fachada, sino que circunvalaba la mansión como franja turgente de flores olorosas. Los interiores, que conservaron la planta tradicional colonial, eran claros y penumbrosos a un tiempo, refrescados por las brisas del campo; se abrían salas enormes con pisos y  escaleras de mármol, seguidas de saletas repletas de sillas y mecedoras de patas finas, cómodas pesadas y amplias, espejos de marcos dorados recubiertos de pámpanos metálicos y fríos, pero no por ello menos gloriosos. Primaban las mamparas de madera labrada y vidrio pintado, auténticas obras de arte que hoy apenas sobreviven, aunque en ciertos edificios remodelados del Casco Histórico de La Habana comienzan a reaparecer en versiones nuevas, creadas por artesanos artistas que se inspiran en restos del pasado colonial. Los vitrales tradicionales, los frascos de porcelana y cristal traídos de Europa, los muebles para vajilla tallados en Flandes o construidos pieza a pieza por habilísimos carpinteros ebanistas, cubanos y españoles, que eran casi orfebres, maestros en una mueblería típicamente cubana de líneas casi etéreas y gran levedad, daban a las estancias una gracia especial; los óleos, las acuarelas, las flores bordadas en marcos, las figulinas, la crisoelefantina preciosa, hablaban al recién llegado del poderío de los propietarios del inmueble . Las cocinas y baños, las cocheras y las dependencias de la servidumbre se encontraban al final, separadas del cuerpo principal del edificio por un patio más pequeño. En algunos jardines se alzaba un pabellón muy íntimo, al estilo europeo, que guardaba en su interior una pileta para solaz de cuerpos ardidos por el trópico.

 En el Cerro, área arquitectónicamente más homogénea de la historia habanera, las casas son generalmente de una planta; entre ellas destaca el palacete de los condes de Santovenia, de dos pisos y estilo neoclásico italiano, con una fachada delantera de 40 metros de largo, y con una sala de recepciones con 16 metros de frente por 6 de fondo. En ese auténtico palacio se alojaron testas coronadas europeas, entre ellas el Archiduque Alejo, hijo del zar ruso Alejandro II, y dos príncipes de la Casa de Orleáns que más tarde ocuparon el trono de Francia. También destaca la casa del conde de Fernandina, cuya mujer pasó definitivamente a la Historia por su arrogantísima competencia en joyas, vestuario, caballos y carruajes nada menos que con la mismísima emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, y no se detuvo hasta causar la ruina del conde, un hombre rico sin duda, pero no tanto como un emperador. Esta Serafina Montalvo no es, sin embargo, la misma que, en fecha  semejante, dio en intentar competir con el príncipe de Gales recorriendo las calles de Londres en una carroza con un tiro de seis trotones blancos empenachados, mientras azuzaba a su cochero para que cerrara vía al aristócrata heredero del trono de Inglaterra. Mucho después, los Terry, otra de las grandes familias multimillonarias cubanas, tal vez la más poderosa, llevó su petulancia hasta comprar un castillo en el Loira (Juan Pedro Baró también regaló el minúsculo castillo de Santa Ana, en Francia, a su amada esposa Catalina Lasa), pero esto es solo un comentario al margen sobre las veleidades de los sacarócratas criollos, porque no me consta que los Terry hayan tenido casa propia en El Cerro. Otras familias dejaron también su huella: los condes de Peñalver, los de Caravajal, el conde de Lombillo, el Obispo Espada. La lista es amplia.

 Sin embargo, El Cerro permaneció mucho tiempo sin urbanizar, y a poco más de la mitad del XIX solo tenía tres calles (la hoy Calzada del Cerro, Tulipán y Buenos Aires). Mata y lodo invadían todo. En cuanto a la vecindad, solían verse junto a las deslumbrantes mansiones de condes y marqueses y algún que otro Grande de España, viviendas miserables y hasta prostíbulos de negras y mulatas y garitos de dados y barajas, con aguardiente barato refinado en los últimos ingenios de las cercanías, bebida de esclavos y hombres rudos que en nada se parecía al Oporto y el Jerez de las señoras, ni a los finos brandys de París que bebían los caballeros después de la cena remojando en las copas sus cigarros.

 Vale decir que no solo los cubanos de fortuna tenían mansiones en El Cerro. También compraban o fabricaban allí sus ansiados retiros los altos miembros del personal diplomático extranjero destacado en La Habana: los cónsules de Inglaterra, Alemania y Rusia se sabe que habitaron allí, y también acaudalados comerciantes, banqueros y gente de empresa honró con el lustre de su dinero el terreno boscoso de la zona.

 Suponemos que entre las casas comunes debió haber muchas con techos de tejas francesas, y de ahí el nombre de la célebre Esquina de Tejas. Se conocen, al menos, dos edificaciones con ese nombre: El Bodegón de Tejas y El Globo de Tejas. Una segunda explicación responsabiliza por ello a un señor Felipe Tejas, propietario de algunas casas con esa característica ubicadas en la zona.

 La presencia de Dios es, sin embargo, muy antigua en El Cerro, pues la primera iglesia de la localidad fue construida en madera en 1807, y sustituida por un edificio de mampostería en 1843, bajo el patrocinio del marqués de Someruelos, por supuesto con casa en aquel idílico paraíso.

 Otro estilo arquitectónico, apareció tiempo después: las cercas de alambre, el césped cortado al ras, amplios portales de madera y vidrieras en las ventanas en vez de las criollas celosías, pisos de madera de pino cepillado y paredes cubiertas con pintura de aceite, sin cenefas ni azulejos, denotan la presencia de otros pobladores más pragmáticos: los norteamericanos.

 En una crónica de singular belleza, escrita poco después de 1900, el escritor y periodista cubano Ramón Mesa, autor de la célebre novela Mi tío el empleado, dejó una estampa que resuma nostalgia del pasado muerto:

 En aquellas espaciosas mansiones era frecuente ver representadas las generaciones desde el abuelo hasta el bisnieto, agrupados en mesas prolongadas donde el aroma del café, servido en grandes bandejas de plata por criollos color de ébano, dominaba en las gratas conversaciones de sobremesa los hálitos de los jardines. Veladas de carácter familiar donde la más exquisita cortesía, el más fino trato y hospitalidad eran sus encantos. Y el mayor de todos, el que se alzaba dominando con su belleza y con sus gracias los aromas y perfumes de jardines, las flores y las brisas, la mujer cubana en toda la  plenitud de sus alegres goces y de su hermosura. La música de los pianos dejaba oír, gratas e inolvidables, melodías de Bellini, Rossini y Donizetti, el bello vals de Arditi El beso. Y junto con los rezos de la hora de oraciones, imprimían actitud a estos numerosos grupos familiares, que así gozaban plenamente de los encantos puros del hogar y la amistad. Hoy quedan  en el vasto barrio de El Cerro las palmeras, las cercas, las celosías, los medios puntos de vidrio que el sol hiere y penetra de la misma manera que en otros días; los leones soñolientos, la arboleda y las fuentes; algunas flores y plantas, las más robustas; de todo esto queda algo, queda bastante, pero las numerosas familias que las llenaban se dispersaron, se subdividieron; son demasiado amplias, demasiado grandes aquellas antiguas mansiones señoriales, aquellos patios, jardines, cuadras, cuartos de nutrida servidumbre; tal parece que nada las llena y que no volverán a llenarse jamás.

 Cierta vez escuché un comentario acerca de una finca de la familia Loynaz, la mítica Belinda, donde se dice que Dulce María pasó su luna de miel con su primer esposo y primo, quien, se comenta, fue su verdadero y apasionado amor. También he escuchado que la propiedad donde crecieron los hermanos Loynaz, supuesto escenario de Jardín, se extendía desde los límites del Cerro con El Vedado hasta el mar, y Flor, cuyo esposo fue un arquitecto que trabajó en las obras de ampliación de la necrópolis de Colón, vendió gran parte de estos terrenos para dichos fines cuando la riqueza del clan comenzó a declinar. Pero no puedo dar fe de nada de esto, son solo rumores que han llegado a mí, y prueban, en el mejor de los casos, que El Cerro que conocemos, aunque ya guarde muy poca relación con el de antaño, sigue poblado por fantasmas.

 Lamentablemente, si en tiempos de Meza aún quedaba “bastante” de los tiempos gloriosos de El Cerro, hoy de ninguna manera puede afirmarse algo semejante. ¿Qué mató a aquel emporio de distinción y oro a granel; a esa reserva de tradiciones y de pasado? Muchos afirman que por allí pasaba la Zanja Real, con sus aguas infectas que iban contaminando todo en su recorrido. Ello debe de haber jugado un papel muy importante lo mismo en el nacimiento como en la decadencia del lugar, pero fueron otras las razones que provocaron el debilitamiento de la clase que lo nutrió con sus principales pobladores y dio vida al esplendor de una de las más rutilantes leyendas habaneras. Entre tales razones estuvo, sin duda, el fin de la última Guerra de Independencia. Los generales mambises, devenidos ahora hombres públicos entregados a la política, comenzaron a construir sus casas más cerca del mar, y así nació El Vedado, que marca el fin de la era colonial y el arribo de una clase social de capitalistas y empresarios norteamericanos y nuevos ricos criollos, y algunos no tan nuevos pero que, como Juan Pedro Baró, dieron una nueva orientación a sus riquezas al deshacerse de sus centrales e ingenios azucareros para dedicarse a la banca u otros negocios más modernos y lucrativos, acordes con la novedad de los tiempos. Los aristócratas cubanos, muchos de ellos arruinados por las guerras de independencia, nada tenían para impresionar a la nación del Norte que sentaba sus reales en la isla ganada con sangre a la Corona española. Eran una clase condenada a la vida fósil, a la extinción en vitrina, como sus iguales europeos.

 Yo tengo un recuerdo muy personal de El Cerro. Era yo una niña de muy corta edad. Mi familia, adscrita al sistema español de clínicas mutualistas, pagaba dos pesos mensuales por cada uno de nosotros, y a cambio el cobrador nos entregaba un recibo, gracias al cual teníamos derecho a consultas con un médico elegido por la familia, tratamientos, medicamentos gratis, terapias, hospitalización, cirugía y no recuerdo cuántos servicios más. Pero no eran estos beneficios lo que me impresionaban, sino las visitas con mi abuela a aquel inmueble donde estaba instalada la quinta de Las Católicas Cubanas, genuino ejemplo de arquitectura cerrense, con su soportal inmenso de columnas que rodeaba la edificación, su patio central umbroso y fresco, el infaltable pozo de brocal en medio bajo una glorieta con la estatua de una virgen, no recuerdo cuál, rodeada de bancos de mármol. Cruzando ese patio se llegaba a la capilla, con olor a flores que no cesaba nunca, santos muy hermosos y un pilar de agua bendita. Me encantaba rezar allí con mi velo y mi misal de niña y mi rosario de pequeñas esmeraldas, arrodillada  sobre uno de los reclinatorios con cojines de terciopelo rojo. Muchos años después, cuando mi hija era, a su vez, una niña pequeña, la llevé al servicio de Urgencias (la clínica funcionaba entonces como un hospital pediátrico). Al terminar la desagradable consulta con la doctora que nos atendió, quise distraer a mi pequeña y la llevé al patio central para mostrárselo y contarle que yo había jugado allí. La estatua no estaba y creo que tampoco las flores. La llevé a la capilla, pero solo encontré un local de paredes encaladas y muchas hileras de bancos o butacas, ya no recuerdo. No quedaba nada de la antigua capilla, ahora era un local para reuniones de los trabajadores con murales repletos de recortes de periódicos, notas escritas a mano y cosas inidentificables. Todo el inmueble estaba muy deteriorado, y tan cambiada su estructura interior que me costó mucho orientarme, porque el lugar no correspondía con ninguno de mis viejos recuerdos. No había monjas ni enfermeras con delantales y tocas, ni doctores con largas batas blancas y corbatas negras, y aquellos bigotitos cubanísimos de los años cincuenta, finitos sobre el labio superior, sin guías, que ahora nos parecen tan ridículos. No había aquel silencio solemne que me impresionaba de niña, ni aquellos olores a desinfectantes y flores ricas… Nada.

 De cualquier modo, los lugares corren la misma suerte que las bellas: tienen su temporada, o como diría un célebre hacedor de apócrifos: se trata de la decadencia y caída de casi todo el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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Una respuesta a El Cerro de antaño… y hogaño

  1. Juan Pablo Noroña dijo:

    genial que has vuelto a postear. tan interesante como siempre.

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