Piratas portugueses en El Caribe

Piratas portugueses

Piratas portugueses

 Son tantas las similitudes entre las islas de Cuba y Madeira… Por ejemplo, la propia condición insular; el que ambas desarrollaran una industria del azúcar basada en mano de obra esclava traída de África; ambas fueron colonizadas por metrópolis en expansión: Madeira por Portugal y Cuba por España; Colón vivió en las dos tierras… Sí, demasiadas coincidencias como para no preguntarse si los piratas portugueses no habrán merodeado también por nuestras costas. Y la respuesta resulta afirmativa. Únicamente los reyes de España y Portugal aparentaban tomarse en serio la célebre e infausta línea divisoria con que el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, globo terráqueo en mano, partió a su arbitrio el planeta en dos mitades, entregándole una a su amado hijo el romántico y caballeresco rey de Portugal, y la otra a sus obedientes y beligerantes hijos Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. Cuba cayó en el patrimonio de la pareja, mientras Madeira ya estaba antes en la red marinera de los reyes navegantes de Portugal, quienes la consideraban como parte de sus dominios desde que, ya conocida por los romanos, fuera redescubierta en 1418 y 1419 por los navegantes portugueses Tristão Vaz Teixeira y João Gonçalves Zarco. Los piratas cayeron en todas partes, con entusiasmo y sin escrúpulos, y los portugueses no fueron nada comedidos.

De las historias que existen sobre su laboreo por los mares del mundo se desprende que eran pillos, muy despiertos, intrépidos y libertarios en extremo. Tan es así, que cuando murió el rey don Sebastián, la corona portuguesa se unió a la española durante casi un siglo, alianza que no agradaba a los portugueses, pueblo muy defensor de su independencia nacional y personal. En represalia, se volvieron bandidos, salteadores, guerrilleros, y para no dejar vacío ningún frente desde el que pudieran sabotear a los españoles, intensificaron su extraordinario amor al mar y se volvieron piratas. Por todas partes acosaban a los peninsulares, y de todas las formas posibles agredían las actividades comerciales, por tierra y por mar, y hasta como veremos, en ciertos casos también por el aire.

Como joya de la Corona española, es fácil comprender que Cuba estuviera en la mira de los piratas portugueses, a quienes aparecen unidos nada menos que los piratas brasileños, tal vez porque la sangre llama, como dice el acerto. Las personalidades piratescas más célebres que nos visitaron fueron el portugués Bartolomeu, quien se cree provenía de Madeira, y el brasileño Roche.

Como suele suceder con los piratas, poco se conoce sobre sus vidas, pero en el caso de Bartolomeu, las primeras noticias que se tienen de él resultan, precisamente, sus andanzas en aguas cubanas. En 1662, con una docena de cofrades facinerosos, asaltó en el puerto de Manzanillo una embarcación de poco tonelaje y se hizo a la mar. En muy breve tiempo la equipó con cuatro cañones y comenzó a recorrer el litoral sur. Desde Manzanillo hasta Trinidad iba asaltando pequeñas aldeas de pescadores, quienes solían ser, al mismo tiempo, modestos contrabandistas de los escasos, pero muy codiciados productos que por entonces producía la isla. Cuando las cosas se le ponían difíciles, Bartolomeu se ocultaba en Isla de Pinos, ese paraíso de los lobos de mar, y hasta llegó a adentrarse en bosques de tierra firme, por entonces bastante impenetrables y muy seguros como refugio temporal. Según narra el cronista Esquemeling, especialista en piratas, Bartolomeu se movía entre Jamaica y Cabo Corrientes. En cierta ocasión encontró … un navío que venía de Maracaibo y Cartagena, destinado para La Habana, armado con veinte cañones y setenta hombres, entre pasajeros y marineros. Acometióle dicho portugués, pero el navío se defendió esforzadamente. El pirata escapó de los primeros encuentros, resolviendo el volverle a acometer. Lo hizo con renovada porfía, y después de un largo combate lo rindió. Perdió el portugués solo diez hombres y cuatro heridos. Dueño de una embarcación mucho más potente que la de su debut, Bartolomeu quiso regresar a la ruta de Jamaica, pero al tener el viento en contra el experto marino decidió poner proa al Cabo de San Antonio. Quiso la mala suerte que se topara con una escuadrilla española de tres navíos que viajaba de Nueva España a La Habana. No se sabe si Bartolomeu la agredió o si quiso evadirla; el caso es que fue vencido y en la contienda perdió sus barcos. Pero una tormenta dispersó a los españoles, cuyo navío principal, con Bartolomeu encadenado en sus bodegas, fue a parar al puerto de Campeche, en la misma Nueva España de donde habían venido. En esa zona Bartolomeu había causado estragos recientemente, por lo que la población se alegró de saberlo allí prisionero. Los españoles lo dejaron cautivo con sus hombres en el más fuerte de los navíos anclados en el puerto y le abrieron juicio en tierra, pero el preso era mucho portugués: se apoderó de dos vasijas vacías de vino que taponeó con cuidado, apuñaló salvajemente a su guardián y se lanzó al agua ayudándose de las vasijas como flotadores. Nadó hacia tierra y se ocultó tres días en el hueco de un árbol, en medio del bosque, y sobrevivió ese tiempo comiendo raíces y hierbas. Desde su refugio vio pasar muy cerca la tropa de Campeche que lo rastreaba, la cual regresó al fuerte del puerto con las manos vacías. Después, el prófugo Bartolomeu emprendió una marcha de quince días, y con ramas y troncos improvisó una balsa con la que navegó a remo hasta el cabo Triste, donde lo recogió un barco pirata procedente de Jamaica. No contento con haber sido rescatado por sus congéneres, les pidió una embarcación y veinte hombres, con los que regresó a Campeche, donde atacó de madrugada al desprevenido navío español que le había servido de cárcel. Fue un ataque muy cruel, y en brevísimo plazo la tripulación española, ya diezmada, tuvo que rendirse. Antes de que los españoles del fuerte pudieran reaccionar, el sagaz Bartolomeu saqueó las riquezas del galeón y a bordo del mismo levó ancla, desplegó velas y escapó tan fresco. Otra vez quiso volver a Jamaica, pero al bojear Isla de Pinos, una nueva tormenta arrojó su embarcación contra los arrecifes del archipiélago de Jardines de la Reina, donde se hizo pedazos como una cáscara de nuez, y solo Bartolomeu y unos pocos de los hombres que le seguían lograron sobrevivir. Se fabricaron una canoa y en un auténtico alarde de temeridad llegaron, por fin, a la ansiada Jamaica. Aunque su historia demuestra que fue un hombre bravo y capaz de soluciones rápidas y osadísimas, el portugués tuvo fama de ser perseguido por la mala suerte, y nada cierto se sabe sobre su fin.

Roche el brasileño, o Roc Braziliano, como se le conocía, era en realidad un pirata de Neerlandia, como era llamada entonces la actual Holanda. Descendiente de familia judía holandesa expulsada por alguna persecución religiosa de las muy comunes en la época, nació alrededor de 1630, y esto es mucho más de lo que se sabe sobre los piratas más célebres. Aún niño, sus padres lo llevaron a la franja brasileña que los holandeses habían logrado arrebatar a Portugal. Cuando los portugueses recuperaron esas tierras, la familia huyó a Jamaica, que fue, tal vez, pionera caribeña de los actuales paraísos fiscales donde todo está permitido. Muy joven, Roche, o Roc, como ha pasado a la historia de la piratería, comenzó como simple marinero. Poco después robó un barco a otros piratas y fue nombrado capitán del mismo por sus compañeros. Fue corsario y bucanero, y ganó fama de cruel entre gente que se caracterizaban por serlo mucho. Borracho y depravado, Braziliano amenazaba con disparar a cualquiera que no bebiese con él. Quemó vivos a dos granjeros españoles, empalándolos porque se negaron a entregarle sus cerdos. Trataba a sus prisioneros españoles brutalmente, siendo típico arrancarles sus miembros o abrasándoles vivos al fuego. Realizó su primera aventura de importancia cuando se apoderó, frente al litoral septentrional de Cuba, de un enorme navío que desde Nueva España llevaba riquísimo cargamento de barras de plata hacia España. Como se ve, fueron los suyos pininos aventajadísimos, pues semejante presa constituía para cualquier pirata un verdadero golpe de mano equivalente a una iniciación en la salvaje cofradía de los hombres del mar. Fue este uno de los botines más ricos capturados en aquella época, y cuando Roc llegó a Port Royal, capital mundial de la piratería, iba cargado con un prestigio sumamente envidiable que no correspondía a sus pocos años, y seguramente despertó no poca envidia, ni muy sana. Como a Bartolomeu, también un mal día le capturaron los españoles, quienes le llevaron preso a Campeche, donde el gobernador de la ciudad decretó su ejecución, pero el hábil Roc falsificó una carta del Gobernador General de Nueva España, donde se ordenaba que no le ejecutaran. Entonces, el gobernador de Campeche le envió a España bajo juramento de no volver a ejercer la piratería. Pero en cuanto llegó a la Península rompió su promesa y regresó al Caribe, donde compró un nuevo barco, nada menos que al Olonés. También, como Bartolomeu, se dedicó a atacar de nuevo los barcos españoles en venganza por su cautiverio. Estuvo navegando más tarde en compañía de Henry Morgan y de otros amigos piratas. No se sabe qué fue de él, tal vez se retirara de su «oficio», olvidado por todos, o le capturaran y ejecutaran o hundieran su nave. En las crónicas de la piratería no existen testimonios al respecto.

Como fantasmas o alucinaciones del mar, los piratas solían aparecer en la historia de manera más bien rutilante, cual estrellas fugaces, y desaparecer como cometas que se apagan. Un buen día no volvían a ser vistos ni ellos ni sus navíos. Los fabulosos tesoros que la leyenda les atribuye, siempre enterrados u ocultos en cuevas del mar Caribe, nunca han aparecido, y si no fueron desenterrados en secreto por quienes conocían su emplazamiento, será porque, simplemente, no existieron jamás. Los piratas, sociópatas desmesurados y dominados por los más bajos instintos, gastaban el fruto de su trabajo en bebida y mujeres, y pocos debieron pensar que sus días fueran largos, pues la Muerte convivía con ellos, perseguidos y acosados como animales salvajes, a quienes en mucho se parecían, pues tanto en hábitos como en intensiones fueron predadores paradigmáticos difícilmente superados por los bandidos de tierra firme. Estoy segura de que muy pocos de ellos se preocuparon por su vejez. Los mapas de tesoros, que han generado tantas búsquedas y tantas novelas de aventuras, terminaron arrastrando a muchos ambiciosos y aventureros a un trágico fin, y si algo han dejado para la Historia ha sido una abundante cosecha de osamentas regadas por las playas del Caribe.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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4 respuestas a Piratas portugueses en El Caribe

  1. Denixe Hernández dijo:

    Señora, me encantan sus textos! Como puedo contactarla? Quisiera proponerle que escriba para la revista Variopinto. Le gustaría?

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