La vivienda rural cubana: ¿bohío o barracón?

Vivienda rural en CubaRecientemente encontré en los anaqueles de la librería Fayad Jamás, emblemática en la calle del Obispo, un pequeño libro titulado Vivienda esclava rural en Cuba, bohíos y barracones. Sus autoras son la Licenciada Lissette Roura, arqueóloga del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad, y Silvia Angelbello, graduada de San Alejandro y Licenciada en Letras. La nota de contracubierta me resultó sumamente interesante:

La arqueología y la investigación histórica se concilian en el estudio de estas autoras, para defender la tesis predominante del bohío como vivienda esclava en las plantaciones cubanas. En concreta síntesis ofrecen una visión sobre la expansión de ingenios y cafetales a lo largo del país y la no tan extendida utilización de los llamados barracones, edificios de mampostería donde se alojaban las dotaciones. El barracón fue un edificio costoso cuya inversión no todos los hacendados estuvieron dispuestos a realizar. El bohío, por su parte, es el más palpable resultado del proceso de transculturación entre los tres pueblos que influyeron en la formación de la nación cubana […]

He reproducido textualmente la mayor parte de esta nota porque permite al lector hacerse una idea rápida y muy sintética del tema tratado, y porque de su lectura se deriva de inmediato una pregunta clave en el desmontaje de un sistema de mitos muy bien estructurado en torno a la esclavitud en Cuba, que han desvirtuado la historia de nuestro país y han impedido una apreciación certera y objetiva del fenómeno de la esclavitud de plantación en la Gran Antilla: Si en la Cuba colonial la gran mayoría de las dotaciones de cafetales y haciendas azucareras vivió en bohíos, una forma arquitectónica primitiva que no solo fue la de nuestros aborígenes, sino que continúa siendo, en una versión no muy diferente, la vivienda por excelencia en los pueblos y aldeas africanos de ahora mismo, entonces ¿qué hay de los odiosos barracones que eran cárceles de hombres, donde se vivía en hacinamiento perpetuo, insalubridad, abusos constantes; esos barracones donde los mayorales y contramayorales mantenían en cautiverio feroz a los esclavos cuando regresaban de los campos a golpes de látigo; esos antros dantescos tan bien descritos por nuestros novelistas del período romántico?

Ya una lectura atenta de los libros de viajeros europeos y norteamericanos de paso por Cuba, como Samuel Hazard y Fredrika Bremer, o el maravilloso libro de Roland T. Ely Cuando reinaba su majestad el azúcar, o El ingenio, de Moreno Fraginals, habían sembrado en nosotros la sospecha de que una inexactitud histórica se ha erigido en el lugar de la verdad, distorsionando la percepción sobre el fenómeno social, económico, histórico y cultural que sirvió de basamento a la edificación de la nación cubana. La arqueología ha venido a despejar definitivamente la duda y a echar por tierra el mito del barracón de esclavos, antesala del infierno, que fue, en realidad, el habitat de los esclavos en las haciendas de… Brasil.

Y no solo fue escaso en Cuba el barracón porque resultara una estructura de edificación costosa, que lo era, aunque los hubo sofisticadísimos, según muestran los grabados del muy famoso Libro de los ingenios, que en tres o cuatro generaciones muy pocos cubanos hemos tenido ocasión de ver. En sus páginas se puede apreciar el dibujo muy realista del barracón de esclavos del ingenio trinitario del célebre doctor Cantero, de arquitectura compleja, súper sofisticada, que comprendía también la casa de calderas, cocinas, viviendas de capataces y contramayorales, enfermería y otras instalaciones, y en la que compartieron el espacio vital con los esclavos negros los infelices culíes chinos, quienes en no pocas ocasiones sufrieron suplicios crueles y hasta exterminio por parte de sus nada amistosos vecinos de piel oscura.

Hubo en Cuba, sí, algunos hacendados lo suficientemente ricos o lo suficientemente asustados como para emprender la construcción de barracones en sus plantaciones y cafetales, sobre todo después de la rebelión de esclavos ocurrida en el año 1825 en el valle de Guamacaro. Fue uno de los levantamientos de esclavos más sangrientos que recuerda la isla de Cuba, siempre temerosa de un remake de la revolución haitiana. La revuelta abarcó veinticinco plantaciones, se alzaron más de cuatrocientos eslavos que masacraron un total de dieciséis hombres, mujeres y niños blancos, y dejaron un saldo de heridos y muchas instalaciones, viviendas y plantaciones arrasadas. Los barracones hicieron su aparición como una medida de seguridad de los hacendados blancos para mantener bajo control a sus dotaciones en horas de la madrugada. Pero como hemos dicho ya, los trabajos arqueológicos llevados a cabo por diferentes equipos especializados a lo largo de la isla demuestran que fueron pocos los hacendados que los construyeron en sus propiedades, y no solo por cuestiones de precio y costos, como dije antes, sino porque muchos de ellos eran personalmente contrarios a la idea de encerrar a los negros de ese modo. Por ejemplo, el hacendado don José Jacinto González Larrinaga escribió en carta a las autoridades españolas de la Isla: “Es conveniente y puesto en razón que vivan los negros con sus familias en sus bohíos mejor que en barracones cerrados”, mientras que el hacendado Rafael OFarrill afirmaba categóricamente que “los esclavos casados deben vivir en bohíos”, y la dotación del ingenio del conde de Fernandina lisa y llanamente se negó a dormir dentro del barracón recién construido, provocando una revuelta que dejó una secuela de muertos y heridos. Podemos afirmar que probablemente la mayoría de los hacendados cubanos propietarios de cafetales y plantaciones nunca vieron con buenos ojos el empleo del barracón.

Y aquí viene al caso una observación bastante significativa. Angerona, el más famoso y próspero de los cafetales cubanos, que ha pasado a la historia por los amores de su propietario alemán con una mujer haitiana, Úrsula Lambert, tema de la película Roble de olor, del director Sergio Giral, tuvo uno de los mejores barracones de esclavos de la isla, con comodidades, pero amurallado, y en las noches la entrada principal y única se cerraba con una enorme llave. Aunque existe la arraigada creencia de que Úrsula era una esclava haitiana emancipada, ella fue, en realidad, una dama de la alta sociedad mestiza de esa isla, que vino a Cuba huyendo de sus congéneres insurgentes; probablemente se trataba de la hija bastarda de un plantador francés con una esclava o una liberta. Madame Lambert recibió una educación totalmente francesa y fue quien instruyó a su amante en todo lo referente al montaje de Angerona y su manejo. Úrsula amaba a sus esclavos y los trataba de un modo maternal, pero de noche, sensatamente, los encerraba.

Ahora bien, ¿qué era exactamente un bohío? Veamos cómo lo describen Roura y Angelbello:

Era una estructura de tablas y guano, y en casos minoritarios, de embarrado y tejas. El piso solía ser de tierra apisonada, y en él se clavaban postes de madera redondeados, cuya función era soportar los entarimados que servían de camas. Los bastidores probablemente estuvieron amarrados con bejuco colorado, tejidos luego con bejucos de tortuga o tiras de majagua

Bohío cubano más o menos típico y no muy diferente del que aparece en el grabado de época que ilustra la portada del libro

Bohío cubano más o menos típico y no muy diferente del que aparece en el grabado de época que ilustra la portada del libro

 Los esclavos podían levantar su bohío en el área de la plantación que fuera de su preferencia, y casi siempre agrupaban sus viviendas al estilo de la aldea africana. Podían

Aldea africana con chozas de embarrado, estructura que también los esclavos  utilizaron en algunas ocasiones en Cuba

Aldea africana con chozas de embarrado, estructura que también los esclavos utilizaron en algunas ocasiones en Cuba

también criar animales y sembrar algunos cultivos para mejorar su alimentación. Les estaba permitido, fuera del horario de trabajo o en días festivos, visitar a los esclavos de otras plantaciones cercanas. En los bohíos de algunos esclavos se bebía y se jugaba, aunque era actividades que los amos no solían ver con buenos ojos y en ocasiones castigaban. Los esclavos también podían vender los animales que criaban y lo que cultivaban, y vendérselo a quien ellos desearan. Esta incipiente actividad mercantil permitió a muchos manumitirse.

No parece que, con respecto a la arquitectura y condiciones de la vivienda, hubiera una diferencia capital entre las formas de vida de los africanos en su tierra natal y las que desarrollaron en las plantaciones y cafetales cubanos, de lo que puede deducirse que, en lo que se refiere a este tópico en particular, el proceso de aclimatación no debió significar un cambio devastador para el africano en Cuba.

Aunque la venta de esclavos era legal y los amos vendían y compraban cuando se les antojaba, la tendencia general era a mantener unidas a las familias, porque con esa política se obtenía una docilidad mayor por parte de los negros, y se aseguraba, además, una mayor fecundidad, lo que suponía para el hacendado no tener que desembolsar su dinero para comprar nuevas “piezas”. Los hacendados contrataban médicos, o en su defecto, barberos (en dependencia de sus posibilidades pecuniarias), para que atendieran la salud de las dotaciones en enfermerías que no tenían las comodidades de un hospital rudimentario, pero aún está por realizar un estudio exhaustivo de las condiciones de atención médica de que disponía el campesinado cubano y la población pobre de las ciudades. Una comparación entre estos grupos y los esclavos en cuanto al tema en cuestión arrojaría, tal vez, resultados sorprendentes.

El bohío como forma de vivienda del esclavo en Cuba obedeció a un proceso absolutamente comprensible, tanto de transculturación como económico. Un repaso a los más elementales manuales de arqueología y antropología mostraría que, en sus características generales, el bohío es una forma arquitectónica propia de pueblos en estadios evolutivos  primitivos. Cuatro horcones, techo de fibra vegetal, tablas o embarrado, lo encontramos desde los pueblos neolíticos hasta nuestros días, y en zonas que, por muy raro que pueda parecer, se encuentran hoy hasta en el seno de las urbes más pobladas del mundo occidental, por ejemplo en las favelas  de Brasil y en las comunidades indígenas que rodean el Distrito Federal de México.

Nada de lo anteriormente expuesto pretende erigirse en argumentación que justifique o intente la más mínima dignificación de la esclavitud, y no solo de la esclavitud de plantación, la forma que con preferencia se desarrolló en el Caribe, sino de cualquier tipo de esclavitud humana, de la cual la que conocieron las Antillas no fue la primera, sino la última de una larga historia de crímenes contra el género humano que data de la prehistoria. Sin embargo, la Historia es lo que es y no lo que los hombres quieren que sea. Los cubanos deben conocer a fondo una institución tan estrechamente ligada a la existencia de nuestro país y a su formación como nación. Corrijamos nosotros mismos nuestros conceptos erróneos, ya que no hay ninguna razón para mantenernos en la ignorancia de nuestro propio pasado histórico, mucho menos cuando ciertas formas de desconocimiento pueden servir de instrmento a quienes pretenden alimentar el odio de razas.

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a La vivienda rural cubana: ¿bohío o barracón?

  1. Lisette Roura dijo:

    Recién hoy es descubierto esta comentario sobre nuestro libro, muchas gracias.

    • ginapicart dijo:

      Soy yo quien agradece por un libro tan tremendamente útil. Soy yo quien está en deuda. Ha significado mucho para mí leer esa investigación, porque me ha confirmado en un pensamiento que tengo desde hace mucho, y es que la historia de Cuba hay que volverla a escribir, y desde una perspectiva no muy cercana a la que hemos conocido hasta ahora. Hace poco leí un trabajo de una especialista mexicana sobre la esclavitud, y afirmaba rotundamente que en Cuba el modelo habitacional del esclavo fue el barracón.

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