Sobre algunos jóvenes escritores cubanos y el panel del Centro Loynaz

“El futuro es impenetrable, especialmente para los sabios; pues lo que en verdad tiene importancia permanece siempre oculto para los contemporáneos, y las semillas de lo que ha de ser germinan en la oscuridad en algún rincón olvidado, mientras todos están mirando a Stalin o Hitler o leyendo artículos ilustrados sobre Beveridge.”
Tolkien

DSCN4901-001Alguien me envió un mensaje colectivo con el texto que reproduzco a continuación. ¿Por qué lo reproduzco? Bueno, porque a pesar de su título negatorio es, justamente, una botella de Ciego Montero, pero adulterada, como esos refrescos falseados que a veces le vende a uno gente sin escrúpulos. Días atrás fui víctima de una de estas estafas, y le compré a mi hija, inocente de mí, un pepino de cola falso para llevárselo al hospital donde estaba ingresada. Al descubrir la superchería fui a la estación de Zapata y puse una denuncia. Pero como en este caso la botella es metafórica no procede ir con la policía. Por eso lo publico. Y publico también una respuesta genial del escritor Alberto Guerra, que acompaño de un comentario mío. Quienes me conocen saben que no me gusta ir por ahí sacando espadas, lanzas, ballestas y manguales, pero hay cada uno que acaba con la paciencia de un santo, es decir, con mi paciencia.

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Opinión
Esto no es una botella de Ciego Montero
Nico Cervantes | La Habana | 7 Oct 2013 –
¿Para qué publicar hoy en Cuba, donde no hay mercado y no hay crítica? Un panel celebrado en el Centro Dulce María Loynaz discutió el tema de los jóvenes escritores, el poder y la política.
“A mí sí me interesa el poder. Quiero tener influencias y quiero estar como jurado en los concursos, para ayudar a mis amigos y que ellos me ayuden a mí, porque entre nosotros tenemos que tirarnos el cabo.”
La frase corresponde a una persona menor de 40 años, que ya ha ganado algunos certámenes literarios de importancia. La escuché hace unos días, casualmente en paralelo con la realización de una “Mesa debate sobre las actuales tendencias de la joven literatura cubana”, que tuvo lugar el pasado jueves 19 de septiembre, en el Centro Cultural Dulce María Loynaz de La Habana.
El panel, moderado por Jesús David Curbelo, escritor y director del Centro Loynaz, estuvo integrado por los poetas Domingo Alfonso, Antonio Armenteros, Edel Morales, Yanelys Encinosa y Yansy Sánchez, así como el narrador y editor Rafael Grillo. Además, contó con la colaboración destacada, desde el público, del crítico y también poeta Victor Fowler.
Desde su convocatoria, el foro había despertado un morbo inusual en el adormilado mundillo literario habanero, y (ojo) había cambiado varias veces de panelistas. Tras el amable rótulo redactado para las carteleras culturales, en los días previos al encuentro fue vox pópuli que lo que estaba en el aire era mucho más que un intercambio de ideas entre generaciones literarias más o menos contiguas, y así lo evidenció Antonio Armenteros, al declararse “decepcionado por lo que se estaba leyendo y por lo que se estaba hablando en (otros espacios de) esta misma sala”, “indignado” por la “grosería y mediocridad” que alienta en la obra de no pocos autores jóvenes.
Con maneras de Jefe del Sector de la Poesía, nos ilustró Armenteros sobre cómo su generación trató de romper con esas actitudes de conversacionalismo y vulgaridad que ahora vuelven a observarse en estos nuevos escritores. De paso, nos ilustró Domingo Alfonso sobre cómo no se puede hacer poesía a propósito de una botella de agua Ciego Montero, y nos demostró (¿nos demostró?) Yoss, desde el público, que tal cosa sí es posible.
Los jóvenes escritores y la política
Distinto y doble signo contiene la suma decepción de Víctor Fowler, y encontró en la descalificación de los panelistas una lamentable vía de expresión. Por un lado, el autor de La obligación de expresar no vio colmadas sus expectativas, dado que sus peculiares mecanismos de interpretación equiparan descripción de un fenómeno a apología del mismo. Así, afirmó que defender la idea de la juventud como valor intrínseco para la creación literaria “es ridículo, no tiene ningún valor”.
Sin duda, pero es que nadie dijo eso. Las inferencias fowlerianas invitan a conferirle un estado de susceptibilidad semejante al de Armenteros, y solo se explican en aquello de “el que no está con nosotros, contra nosotros está”.
Por otra parte, Fowler declara inaceptable (¿también falaz?) la postura expuesta por Yanelys Encinosa al hablar del desinterés por la afiliación, la jerarquización y el poder político (en el campo literario), como marca distintiva de los nuevos escritores. Su lectura paranoica (missreading total, como la definió Rafael Grillo) encontró en las palabras de Encinosa una crítica a las generaciones anteriores, que sí estaban interesadas en estos temas, porque “de eso precisamente es de lo que se trata”.

Me recordó el ya patrimonial cuento del gato, pero aquí hay que agradecerle a Fowler que haya revelado las verdaderas claves del debate; lo que se recordará de esta discusión dentro de 10 o 15 años, porque es obvio que las preocupaciones morales del poeta Armenteros (y otros) eran solo el entrante o algo peor: la manera políticamente correcta de plantear el verdadero conflicto: el tema del poder, de la política, en el campo literario, y cómo se está dando ahora mismo esa lucha en Cuba.
¿Está establecido y es inmutable —como parece querer Victor Fowler—-, aquello de lo que hay que ocuparse, lo que hay que desear, cuando se es un escritor? ¿Realmente las nuevas generaciones no están interesadas en el poder político?
No sé en virtud de cuál Deber o Verdad Histórica (acaso la sospechosa cantaleta del rol del escritor en la cultura y la sociedad; acaso el romanticismo extremo del arte y el artista puros…), una generación literaria o un sujeto específico, puede atribuírse el papel de Sumo Dictaminador sobre las generaciones que le preceden. Está claro que, con el paso del tiempo, cambian las maneras de relación entre arte y artista. Los jóvenes escritores asumen, imaginan y practican el acto creativo de forma diferente. Y lo que al final me parece más importante: en alguna medida desean cosas diferentes, tienen otras expectativas, respecto de su arte.
Indudablemente, se trata también de mentalidades más pragmáticas (“generación desencantada”, le ha llamado Jorge Fornet), posiblemente más dadas a examinar la cuestión del poder en una lógica de coste-beneficio, que generaciones anteriores.
¿Es esto ilícito o reprochable? Para proseguir, yo voy a convenir que no. Aunque cada cual tendrá su propia opinión: teniendo menos de 40 años ¿Se puede desear hoy en Cuba el mismo poder político de la literatura que desearon nuestros antepasados? ¿Para qué ocupar un cargo de directivo en un centro cultural, una editorial, una revista estatales? ¿Para qué ser miembro de todos los jurados, de todos los paneles, todas las delegaciones culturales?
Respuestas posibles y que he observado en la realidad (supongo que habrá otras): para dejar de escribir por el mucho trabajo en condiciones de bombardeo. Para ir tirando mientra$ tanto. Para estar al frente de estructuras disfuncionales, obsoletas y controladas desde “arriba”.
(La pregunta todavía se puede radicalizar: ¿para qué publicar hoy en Cuba, donde no hay mercado y no hay crítica? ¿Por qué vender en 100 o 200 CUC la novela que has escrito de madrugada, a escondidas en la computadora de tu trabajo, en las horas libres que te deja el mostrador de la pizzería, el buró, el periodismo independiente, eso que haces para sobrevivir?)
Está claro que a algunos les basta y les “llena espiritualmente” (por ejemplo, al joven escritor que cité al principio) pero parece que a muchos otros no. En Cuba hoy los jóvenes (no solo escritores) por lo general rehuyen la escalada laboral y tienden a eternizarse en cargos de “especialistas” que les dejen tiempo para sus proyectos personales.
Entonces lo fácil, lo lógico-inercial, es no desear ese poder que está ahí, al alcance de la mano. No es que sean mejores personas, más democráticos, más puros y románticos. Tiene razón Victor Fowler cuando no se deja pasar gato por liebre, y afirma que la supuesta falta de vínculos interpersonales y de interés en la jerarquización, esos rasgos tantas veces enarbolados como marca de las últimas promociones de poetas y narradores, son más una consecuencia que una vocación: “No han tenido la posibilidad de hacer grupos. Ninguno ha podido hacer ni sostener una revista independiente (…). No les dieron espacios, no pudieron fundar una editorial”.

De tomar el poder

Al final, para lo que realmente importa a los instigadores de esta discusión, estuvieran o no en el panel de marras: qué más da si a los jóvenes escritores les interesa o no el tema del poder. Lo que importa es si lo toman o no, y esto no depende de ellos en última instancia: no tienen que escribir un manifiesto ni planear un asalto al cuartel de los ilustres para derrocar una dictadura de las letras:

a) En parte porque ella se derroca sola: se ha producido “un cansancio entre lectores y escritores, dado por el afianzamiento de una forma o canon en la literatura cubana, Edel Morales dixit. Y para Rafael Grillo, “los jóvenes escritores no han hecho otra cosa que tomar un espacio que otros han cedido”.

b) En parte porque el protagonismo literario le viene a los escritores por factores externos a ellos, dígase crítica, lectores y premios importantes (¿de qué viven, en lo simbólico y en lo concreto, los escritores?). En los últimos años, ese desplazamiento ha comenzado a hacerse cada vez más evidente. Para referirme nada más a los concursos literarios, con su carga de reconocimiento social (al interior del gremio al menos) y posibilidades editoriales: solamente en la narrativa, autores de la llamada Generación Cero como Orlando Luis Pardo Lazo, Raúl Flores, Dazra Novak, Ahmel Echevarría, Legna Rodríguez, Osdany Morales, Abel Fernández-Larrea… se han echado en el bolsillo los más suculentos dineros y prestigios que en la isla se mueven por la vía de los concursos: La Gaceta de Cuba, Julio Cortázar, Ítalo Calvino, los Premios UNEAC y Carpentier…
Entonces, en la práctica da igual si el asalto a los sitiales encumbrados de la literatura cubana es consciente o no. Lo que está en juego aquí es algo más que polémicas culturales: la supervivencia literaria, porque en una situación de extrema estrechez editorial y económica, de no-mercado y no-crítica, la coexistencia pacífica es más una utopía cuasi-comunista que una realidad plausible. Los “no muy jóvenes” escritores lo saben, y preocupadísimos, decepcionadísimos e indignadísimos, han salido a presentar batalla.

Creo que, bajo la apariencia de otras palabras y otras lealtades, de eso era de lo que se estaba hablando en el Centro Loynaz.

RESPUESTA DE ALBERTO GUERRA

SOBRE LA OBRA MAESTRA

por Alberto Guerra Naranjo

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Voy a comentar a través de este medio, queridos amigos, sobre el reciente debate acerca de Literatura Joven ocurrido en el Centro Dulce María Loynaz.

A veces suelo toparme, en la Unión de Escritores, con narradores de caminar casi inclinado, que marcan en la cola de Internet o se sientan en las mesas del Hurón Azul, a compartir un trago o un té en las bellas tardes de ese sitio, y a veces me da por reflexionar sobre la etapa de juventud de esos viejos escritores, sobre lo que pasó finalmente con sus obras, logradas o no, publicadas o no, y me hago una serie de preguntas:

¿En cuántos eventos polémicos no habrán participado?, ¿en cuántos comentarios de pasillos estuvieron envueltos sus nombres, en cuántos listados de oficina, actas y diplomas?, ¿en cuantas tertulias y debates no estuvieron a punto de caerse a puñetazos por defender la idea más justa para ellos en el momento justo?

Pero bueno, allí suelen estar, semi inclinados, con dolores en la cervical y en casi todos los huesos, con sus ojos perdidos en el vaso plástico y con la mente repleta de reuniones pasadas por las aguas del tiempo.

¿Y la obra qué?, ¿quién recuerda al premio UNEAC de 1978?, ¿o el premio David, o el Premio Cortázar de 2002, o los Casa de las Américas, o el de la Gaceta de 1997 o algún Premio Alejo Carpentier memorable de estos últimos años?

¿Quién recuerda cuándo tenían un cargo influyente en alguna institución o revista?, ¿quién recuerda cuándo viajaban tanto a las ferias del libro en otros países o cuándo eran jurados de casi todos los concursos nacionales?, ¿quién los recuerda comiendo con desafuero en recepciones y eventos, o en hoteles de provincia con los gastos pagados?

¿Existe la Literatura Joven con mayúsculas?, ¿puede ser joven la Literatura porque la escriben los jóvenes?, ¿no será mejor decir que la Literatura Joven es siempre aquella que está viva sea de quien sea?

¿Nos estarán pasando las cuentas los ejes mercantiles y de éxito fatuo donde lo único importante es ganar y ganar moneda libremente convertible, al precio que sea necesario?

En La tumba sin sosiego dice Cyril Connolly que ” cuanto más libros leemos, mejor advertimos que la función más genuina de un escritor es producir una obra maestra y que ninguna otra finalidad tiene la menor importancia”

No nos queda otra cosa que no sea construir nuestro cuento publicable, antologable, traducible, comentable, inolvidable, o nuestra novela insidiosa, provocadora y bien escrita. Después que se logra esa labor tan difícil, quizás se pueda perder un poco el tiempo en algún evento literario, o tal vez se pueda responder a ciertas ideas polémicas con otras ideas polémicas, pero preferiblemente desde el alto nivel estético, y con una obra donde nos estemos jugando la vida con cada palabra.

Estamos muy jodidos, y algo anda muy mal entre nosotros, si solo recordamos a nuestros escritores por los premios que obtienen, y no por los textos que hacen.

Ningún evento, por más polémico que sea, salva a nadie de la mediocridad.

Quienes critican a esos jóvenes que piensan que hacen Literatura Joven, deben mostrar primero sus obras maestras, su tiempo recobrado; y la misión de esos jóvenes deberá ser mostrarlas también; creo que ese es el único ejercicio que nos salva a todos, o nos veremos dentro de poco semi inclinados ante el vasito plástico de té, en las apacibles tardes del Hurón Azul de la Unión de Escritores, sin otro aliciente que la brisa.

Y AHORA OPINO YO

Supongo que toda una vida dedicada al ejercicio de la literatura sin que nadie pueda señalarme el más mínimo de los pecados al uso entre el gremio letrado (dormir con amigos y enemigos, chicharronear, lamer botas, arrastrar panza, hacer antesala, formar pandillas, fingir ser políticamente correcto de acuerdo con la dirección siempre variable de los tiros, sobornar jurados, intercambiar favores, mover el piso a otros, hacer acto de presencia en todas las actividades para que no me olviden, inventarme un personaje para actuarl o 24 por segundo, etc), me colocan en una posición libre de toda sospecha, libre de culpas, inmaculada, Virgen María de La Habana. No soy ambiciosa, nunca le he quitado algo a alguien si no era mío (y muchas veces ni siéndolo), apenas mando a concursos, solo he sido jurado de unos pocos premiecillos de ciencia ficción, solo he ganado el Carpentier una vez y ya ni siquiera escribo. A mí lo único que me interesan son el arte y, como dicen los portugueses, la cobranza. Creo que con toda la enumeración que acabo de hacer de mis virtudes celestiales es suficiente para que a nadie quede duda de que jamás me ha interesado el poder en ninguna de sus formas. A menos que alguien me encuentre culpable por haber salido de Cuba en funciones de trabajo unas cuatro o cinco veces mientras otros escritores jamás lo han hecho, no sé, sinceramente, de qué se me podría acusar. “Yo soy pura, soy pura”, como reza el mantram.

Creo que nadie se asombrará de que a alguien tan inocente de culpas como yo, tan indiferente con respecto al poder, tan retirada del mundanal ruido, le haya causado una sorpresa enorme descubrir que la mayor aspiración de nuestros escritores jóvenes, o al menos de los que hablaron en nombre de quienes estaban en esa “reunión”, sea convertirse en… ¡¡¡FUNCIONARIOS!!!. Que su preocupación mayor no sea adquirir una formación lo más completa posible como artistas, sino controlar las editoriales alamayorbrevedad; que no les preocupe agenciarse una cultura amplia y profunda, sino viajar; que, más que escribir, les apasione la posibilidad de integrar jurados para ayudar a sus amigos a ganar premios y ser luego ayudados por ellos con idéntico fin, en un remedo completamente impúdico de falange macedonia; que vean en la crítica y los críticos herramientas para vender su imagen pública en un mercado que no apuesta al talento; que flipen por el poder político (¡artistas y poder político, qué rara mezcolanza!). Que esas sean, en realidad, las tendencias de la joven literatura cubana. Y por lo que he leído, me parece que era de eso, exactamente, de lo que se estaba hablando en el Centro Loynaz.

No sé de dónde han sacado algunos jóvenes escritores que son el ombligo del mundo y que los escritores adultos han hecho de acosarlos y envidiarlos el objetivo de sus vidas. Por mi parte, he vivido y escrito mi obra sin que jamás me haya importado ni un micrón la existencia del resto de los escritores cubanos, sea cual sea su grupo etáreo. No sé de dónde sacan los jóvenes escritores, o al menos el joven Nico, a quien no conozco, la teoría del terreno cedido. Yo he mantenido mi vida entera el único terreno que me ha interesado conservar: los dos metros cuadrados del cuarto donde escribí mis diez libros publicados (que nunca nadie me obstaculizó publicar), mis inéditos, mi periodismo y mis ensayos. Donde estudié mis tres carreras y técnicos medios, donde crié a mi hija, y donde he tenido siempre mi templo de estudio, mi cueva, de la que estoy muy satisfecha porque ha provisto todas mis necesidades, y no me ha hecho anhelar expandirme a costa de rapiñar lo que es de otros.

Comprendo perfectamente (no hay que ser muy inteligente para hacerlo) que la botella de Ciego Montero repleta de mierda que Nico acaba de arrojar al mar es una provocación —más abstrusa que insolente—, y que responder a ella es lo peor que puede hacer la especie de las personas sensatas. Pero ocurre que me desagradan las faltas de respeto, en especial cuando provienen de hormigas contra elefantes. No sé por qué los escritores serios hacen el juego a una camada de pretenciosos. Eso es un gran misterio para mí, pero no tengo tiempo para dedicarme a descifrar tales enigmas. Pudiera ser que en el fondo se tratara de un gran coqueteo de ambas partes. No lo sé, en verdad se me escapa el significado último de todo eso.

Pero hay unas cosas que yo sí sé, y las sé muy bien: Que la palabra puede crear la apariencia de realidad y hasta ocultar la realidad, lo sabemos todos los que trabajamos con el lenguaje, y yo lo sé doblemente, por escritora y por periodista. Pero la palabra no puede destruir la realidad. Y la realidad de un escritor es que para merecer ese título hay que trabajar durante muchos años, décadas, la vida entera, muy duramente, con más rigor y disciplina que placer. Que el arte es ara, no pedestal. Que convertirse en escritor requiere mucho más esfuerzo que pronunciar discursos idiotas y sin ningún fundamento. Que a un escritor lo hacen, en primer lugar, la sensibilidad y la habilidad para el dominio del lenguaje con que la naturaleza o el ADN lo hayan dotado. En segundo lugar, las renuncias constantes a la espuma de los días para bucear en las profundidades, que es donde está el conocimiento verdadero, que no es y no será nunca repetición altisonante de conceptos ajenos, sino percepción del mundo servida en el altar de la reflexión individual más íntima. Que la escritura no es cosa de gremios, sino oficio de soledad e introspección. Que el éxito del momento no será nunca la última palabra sobre la valía de un artista. Y que la juventud no garantiza más que una mayor inmadurez, arrogancia y necedad para interpretar lo que te rodea, sobre todo cuando falta seso y sobra lengua.

Parece haber en alguna parte una fábrica de donde están saliendo estos modelos de “jóvenes escritores” que quieren tragarse la isla de un bocado desde la silla del funcionario. Estos androides morosos que pretenden brillar como luceros en un cielo donde todas las demás luminarias hayan sido convenientemente apagadas para asegurar su advenimiento como amos y señores de La Fuerza. Pienso, sinceramente, que ya no puede postergarse por más tiempo el desmontar ese tinglado de marionetas ridículas que se dedican a irrespetar a todo el mundo y a retar a diestra y siniestra, arrojando guantes que aún huelen a biberón.

Esta ralea produce hartura. Son, como dijo Sinuhé en aquella frase memorable,”como un zumbido de moscas a mis oídos”. Una pena que las sabias crecidas del Nilo no lleguen a Cuba.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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4 respuestas a Sobre algunos jóvenes escritores cubanos y el panel del Centro Loynaz

  1. DR.MARRERO dijo:

    SEÑORA INTELECTUAL,MADRE HEROÌNA,MAESTRA DEL IDIOMA CERVANTINO…QUIERO,DEBO SER SINTÈTICO….COMO SIEMPRE…UD.SENSACIONAL…NO LA FELICITO,LAS FELICITACIONES SON PASAJERAS Y SE USAN EN LA BUENA EDUCACIÒN…YO LA ADMIRO,LA ADMIRACIÒN SE LLEVA Y NO SE BORRA,ADEMÀS DE ALIMENTARSE CONSTANTEMENTE….LE RUEGO A DIOS,LE DE,LE OTORGUE COMO CREADOR MUCHA SALUD PARA UD. Y SU HIJA..Y SOBRE TODO A USTED,LE MANTENGA ESA SOBERBIA SALUD INTELECTUAL Y ESPIRITUAL….MIS RESPETOS.
    DR.MARRERO..
    MIAMI.FL.

  2. Hola amiga! Ese fenomeno de los jovenes contra lis viejos se esta viendo entre los dramaturgos de la isla tambien. Cada vez que voy a Cuba compro muchos libros, sobre todo de teatro, y me quedo frio de los textos que leo: vulgares, faltos de tecnica dramatica…..en fin!. Las propias instituciones culturales cubanas establecen esas divisiones como los nuevos, los novisimos y otros disparates. En paises en crisis, todo estara en crisis. Un abrazo…….y muy de acuerdo con tus ideas!!! Wilfredo.

    Date: Thu, 10 Oct 2013 03:32:42 +0000 To: wilfredoramos_16@hotmail.com

    • ginapicart dijo:

      Querido, yo nunca olvido esto: en los años en que yo era una estudiantica de la ENIA (Escuela Nacional de Instructores de Arte), Norberto Codina apareció por allí buscando talentos jóvenes. Pepe Prats (José Prats Sariol, jefe de la especialidad de Literatura) le presentó a su equipo estrella. Nosotros lo analizamos en el albergue, estuvimos valorando varios días, y al final llegamos a la conclusión de que no estábamos preparados, y creo que nadie llegó a ir. La poeta Cira Andrés, el pintor Arturo Cuenca, el filósofo Marcos Soneira (el mejor de nosotros, que murió pronto), Eugenio Rivero (hoy reside en Brasil), no recuerdo si ya estaba con nosotros Rafael León de la Hoz (supongo que no), y yo. Y cuando el mismo grupo recibió de Armando Hart becas para la UNAM, nos moríamos todos de dicha y de pánico, nos mataba la inseguridad, el miedo de no estar a la altura. Y cuando nos despojaron de ellas de aquel modo tan oscuro y arbitrario que tanto he querido borrar de mi memoria, ni siquiera nos permitieron protestar, y nadie se lo pensó dos veces para intimidar descaradamente a aquellos “jóvenes escritores” de los cuales el mayor no tenía más de 24 años. Yo tenía 20, creo. Yo esperé diez años antes de atreverme a presentar en el David mi primer libro. También Cira esperó, se dio su tiempo, y Arturo rompía sus dibujos, disolvía sus pinturas, porque nunca se sentía conforme. En la nómina de aquella escuela estaban el escritor Atilio Caballero, el guitarrista Eduardo Martín, la dramaturga Sara Mas, y otras personas que hoy son figuras importantes de la cultura cubana. Ya nadie se acuerda de aquella escuela, solo quienes la amamos y le debemos tanto. El día que me entregaban el David, estaba yo a las cinco de la tarde en plena trifulca con una estafadora que me había vendido para mi hijita una lavadora fantasma y se quería llevar el único dinero que yo poseía en aquel momento sobre la tierra. Cuando me estaban entregando el premio en medio de los flashes y los aplausos yo pensaba en aquella pelea de horas antes, miraba mi modesto vestidito de ocasión, miraba el diploma, y pensaba, sencillamente, que el mundo es una reverenda porquería. Hoy lo sigo pensando. ¿Debí sentirme grande aquella noche, debí sentirme triunfadora, dueña del futuro, una gran escritora, etc? Puede ser, pero si hay algo que no he sido nunca, es megalómana. Se lo agradezco a aquella estafadora, que me dio una de las lecciones más grandes de mi vida y que más agradezco, justo en el momento en que despegaba mi carrera de escritora. Yo no puedo entender a esta gente tan soberbia, engreída, agresiva y con pies de barro, demandantes que nada ofrecen y exigen todo, litigantes, provocadores. Yo me formé entre jóvenes que de verdad tenían talla de gigantes, y ninguno lo sabía. Me formé en la modestia, la discreción y la humildad. Lo que veo ahora me da asco, no lo puedo evitar.

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