RECORDANDO AL POETA LUIS MARRÉ

Marre Luis Marré murió el 31 de Octubre de este año, pero no sé por qué, ha sido anoche que he estado mucho tiempo recordándolo. Él y Harold Gramatges han sido las dos figuras “largas” más icónicas de nuestra cultura en las últimas décadas. Leptosómicos, delgados hasta la escualidez, sus sombras se pasean por los jardines de la UNEAC, y también, de un modo muy especial, por los huertos de la memoria de quienes les quisimos y admiramos.

Marré y mi padre fueron grandes amigos, y tenían en común mucho más que la ahusada figura de Quijotes sin cabalgadura. Mientras mi papá era un hidalgo fiero que fulminaba con el brillo de sus ojos azules, el buen Marré era apacible y bondadoso. Los dos fueron cándidos, pero Marré se dedicó a la poesía, donde el precio a pagar por la candidez no suele ser demasiado sangriento, mientras mi padre eligió un destino más agitado. Marré quería a mi papá y guardaba de él la imagen buena que se conserva de un amigo querido. Se conocieron en el INRA o en la Pesca, ya no recuerdo. Marré me contaba anécdotas de aquellos tiempos y su rostro resplandecía con luz lejana de juventud. Nunca me confesó que vivía atormentado por la culpa, eso lo he sabido después, en una entrevista que concedió a los jóvenes investigadores Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal para su libro sobre Guilermo Cabrera Infante Buscando a Caín. Les contó que se sentía —como ocurrió a muchos intelectuales en los primeros años de la Revolución— culpable por no haber estado en la Sierra con los rebeldes. Entonces, se fue a la Siénaga a paliar su “pecado de omisión”, y allí sufrió por tres años una afección digestiva que le dejó para siempre esa imposible absorción de las grasas que condena a las carnes a ser magras. La Siénaga le legó para la Eternidad esos huesos de santo con que aparece en las fotografías.

Marré fue un caso notorio de bondad personal, no el único de su tiempo, pero sí uno de los pocos sobrevivientes que llegaron al siglo XXI con el alma incontaminada por los suplicios de la avidez y la envidia. Estuvo siempre presto a reconocer el mérito en los demás. Se esforzó en aunar a los intelectuales de diferentes generaciones y tendencias artísticas, objetivo que le posibilitó brillar en el periodismo cultural. Nunca creyó merecer privilegios a cambio de su don poético. Ni de ninguna de sus acciones. Marré nunca esperó nada especial de la vida. Jamás lo escuché ufanarse de haber formado parte de los más prestigiosos proyectos culturales de su tiempo. Su participación en las grandes revistas de entonces la supe por otras personas. Marré era conversador, pero la sustancia de sus pláticas tenía como motivo recurrente la rememoración de episodios de su vida donde la amistad había sido protagonista.

Poeta, novelista y periodista, Luis Marré nació en La Habana, en el antiguo poblado indígena de Guanabacoa, el 22 de agosto de 1929. Graduado de Contador en la Escuela Profesional de Comercio y Licenciado en Periodismo por la Universidad de La Habana, antes de incorporarse al mundo literario tuvo que laborar como mandadero, jardinero, obrero textil, cobrador y tenedor de libros. Formó parte de la llamada Generación de los Cincuenta, y esos fueron sus comienzos en las letras. Junto a Nicolás Guillén fundó la revista La Gaceta de Cuba y fue colaborador en publicaciones como Orígenes, Ciclón, Lunes de Revolución y Unión. Todo un currículo, del que jamás presumía. Su poesía, que ahora que ha muerto muchos cuestionan, se caracterizó por un refinamiento intimista y por una aparente sencillez. Entre sus obras pueden mencionarse Nadie me vio partir, A quien conmigo va, Hojas de ruta, Crónica de tres días y Techo a cuatro aguas. Su labor le hizo merecedor del Premio Nacional de Literatura. Murió en su ciudad natal el 31 de octubre de 2013.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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