Grandeza y miseria de Gertrudis Gómez de Avellaneda

 La edición de sus obras completas en cinco volúmenes, recopiladas por ella misma, tuvoavellaneda escasa venta y pocos críticos se ocuparon de su aparición. Su teatro dejó de estrenarse. El romanticismo pasaba […] percibió la transformación. Habló con secreto despecho de los nuevos tiempos que se avecinaban, que ya surgían a su alrededor. Pero ella no cambió. Se mantuvo fiel a su iniciación, a su concepto de la literatura, a sus convicciones. Se negó a ser realista. Su pasión por embellecer la realidad no cejó […] declaró sin ambages su antipatía por lo feo, su orgulloso desprecio por las nacientes conquistas del realismo, su disgusto por la pintura de las “deformidades del hombre moral”, que ya veía dominar “en la mayor pare de las novelas modernas”. Siempre creyó en la pureza de ciertos afectos, en la grandeza de ciertos caracteres. “Poeta ante todo, yo amo lo bello, y aunque sepa, por desgracia, que no siempre es lo verdadero, siento repugnancia invencible por esas anatomías…”

 Este párrafo pertenece a Antón Arrufat, y lo escribió para su excelente prólogo a Espatolino, edición cubana de la novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda, autora nacida en el Camagüey el 23 de marzo de 1814 y muerta en Madrid en 1873, y para siempre inscrita en el panteón de la literatura cubana. La cita que hago de Arrufat contiene una cita de la propia Avellaneda, como una caja china dentro de otra caja china, y la traigo a colación porque constituye una declaración resumida de la estética de la gran escritora, quien vivió y creó total y absolutamente adscrita al movimiento literario conocido como Romanticismo.

 La Avellaneda ha pasado a la Historia de las Letras como una mujer de temperamento fuerte y apasionado, incomprendida por su propia familia, dos veces casada, con amantes, autora de Sab, la primera novela cubana donde una mujer blanca ama a un esclavo, además de ser un texto precursor también en otros aspectos. Irreverente para con la moral de su época, llevó una vida intelectual y social de plenitud, y fue reconocida, tanto en España como en Francia, como un talento deslumbrante, lo mismo que la condesa de Merlin. Conoció la gloria como poeta, novelista y dramaturga, y también como mujer, pues su belleza fue cantada y celebrada, y aunque la sociedad machista decimonónica cubanoespañola le negó el acceso a los supremos escalones de la fama, reservados a los intelectuales masculinos, no por eso dejó la Avellaneda de subir mucho más alto en la estimación de público y crítica que otras escritoras de su momento histórico.

 Admiradora de Rousseau y George Sand, trabajadora dedicada y sistemática que componía de noche sus páginas llenas de vehemencia, la Avellaneda solía crear dos o tres textos al mismo tiempo. Entre sus novelas se cuentan Sab, El artista barquero, Guatimozín y La baronesa de Joux; cientos de poemas, una veintena de obras de teatro, diversas narraciones y leyendas, artículos y prólogos. No sentó escuela, como casi todos los grandes escritores cubanos, que han sido fenómenos únicos en sí mismos, y afirmo esto pensando en Martí, Carpentier, Lezama, Dulce María, Eliseo Diego. Sus temas favoritos, hijos del romanticismo, fueron los amores difíciles, la dignidad del bandolero justiciero, las desigualdades sociales y la independencia de la mujer. Su insistencia en el arquetipo del hombre natural adornado con todas las virtudes propias del Romanticismo (generosidad, valor, bondad, pureza, sensaciones intensas, lealtad, etc.), se debe, sin duda, a la influencia que Rousseau ejerció sobre muchos de sus contemporáneos con su doctrina del buen salvaje. La Avellaneda vivió lo suficiente para asistir a su propio declive. Envejecida y diabética, luego de la muerte de su segundo esposo se retiró a un convento, y la Muerte la encontró seca de amor y de ímpetu artístico. Dicen que muy pocas personas asistieron a su entierro, y que un buen amigo lanzó sobre el ataúd una corona de laurel, única honra funeraria que se llevó en su tránsito a las tinieblas quien recibiera en vida tantos ramos florales como premio a su talento y su sensual hermosura.

 Se ha dicho que la Avellaneda pasó de moda porque su escritura envejeció, y porque conquistaron la arena literaria otros escritores que traían consigo la nueva estética del realismo, sobre todo Emile Solá. Es la eterna historia de una generación literaria barrida por su sucesora. Pero no me parece que una ideación tan simplista baste para explicar el fenómeno que Arrufat describe así:

 A la muerte de la Avellaneda, su obra sufrió un total eclipse. Entró en esa especie de silencio congelado que sigue al fallecimiento de un escritor, del cual pocos escapan. De cuando en cuando alguna edición aislada y como clandestina, algún comentario, la mención de su nombre…”.

 Si bien es cierto que este mecanismo diabólico suele abrumar la memoria de los escritores, en especial de aquellos que en vida gozaron en abundancia el reflector de la fama sobre sus cráneos, no es menos cierto que la Avellaneda no produjo ninguna obra literaria ni poética impregnada de ese fluido misterioso y sutil que confiere a un texto, por sí mismo, la Eternidad. Tenía un gran talento, el don del idioma y el oficio, pero ella se limitó como artista al aherrojarse en la jaula romántica con una fidelidad que terminó por volverla incapaz de expansión creadora. No basta con poseer perfección formal, que en ella, además, nunca tuvo la soltura de otros escritores románticos, sino, más bien, las armonías frías del neoclacisismo, aunque el juego de las pasiones disimulara esto último bajo un velo de ardores. Un escritor necesita visión holística, virtud a la que la Avellaneda renunció por voluntad propia. Y diré más: ni siquiera fue decisiva en su inversatilidad creadora su adhesión a la estética romántica, pues aun hoy leemos con placer las Memorias del joven Werther, por solo citar un ejemplo. Su verdadera limitación como artista fue su obstinada insistencia en negarse a admitir la complejidad del mundo y los seres humanos. Su admiración por los grandes caracteres y por la pureza de sentimientos iba acompañada por una resistencia casi patológica —pues tal vez fuera incapacidad para percibir y expresar—, ante los infinitos matices de los caracteres humanos y su arduo amoldamiento a las circunstancias no siempre transparentes y diáfanas de la existencia. Si no se tratara de la Avellaneda, a quien se respeta tanto en nuestro país, los cubanos usaríamos para clasificarla un término que nos es muy propio: diríamos que padeció ñoñería existencial. Ella se abroqueló, como escribe Arrufat, en los lineamientos de una estética, pero al mismo tiempo le faltó lo que sobró a otros escritores románticos: turbulencia y desgarramiento interior, demonio, de ese que promueve la trascendencia artística. Los cubanos la veneramos por el lugar cimero que ocupa en nuestra literatura nacional, pero proyectada sobre una panorámica de la literatura occidental de su tiempo, su figura palidece hasta la invisibilidad. ¿Quién soporta hoy la lectura de una de sus novelas de principio a fin? ¿Quién no encuentra algo sosa su poesía? Sin embargo, el mundo entero en sus dos hemisferios sigue leyendo a Shakespeare, las representaciones de sus obras aún repletan teatros en todas partes y hasta han invadido el cine, industria con la que el genial dramaturgo no pudo siquiera soñar.

 Es significativo que lo llamado por Arrufat el descongelamiento de la Avellaneda ocurra con el descubrimiento de su biografía —en la primera mitad del siglo pasado—, que ella dedicó al sevillano Ignacio de Cepeda, quien fuera, al parecer, su pasión más intensa. Ahí se muestra Gertrudis al natural, con el alma y la carne desnudas, sin la camisa de fuerza de las estéticas literarias ni de los postulados formales, solo el latir impetuoso de sus vísceras mal amadas y heridas, su desgarramiento de cuerpo y espíritu. Solo ahí brota la autenticidad de la vida, la espontaneidad, la sinceridad, incluso cuando miente e intenta manipular al amante indiferente y poco leal. Ella fue, al final, su mejor y más logrado personaje literario, el más auténtico, el más veraz, el mejor animado y, por tanto, su única creación inmortal.

 El caso de la Avellaneda podría servir para alertar a muchos escritores del peligro que corren cuando juegan todas sus bazas al sueño engañoso de obtener fama y posteridad envolviéndose en la bandera de una estética férrea, y obviando el hecho de que, para un artista, lo primero es atender al rostro múltiple de la Vida con sus mil expresiones, evidentes unas, indescifrables otras, y otras, aún, susceptibles de decodificación. La fama puede ser un premio espúreo, y la Posteridad, que olvida incluso a los grandes, suele ser temible en su castigo a los artistas que confunden la condición de escritor con un traje completamente armado que se viste a voluntad, cuando en realidad es una misión y un sacerdocio, o aún peor: un destino. La Avellaneda pecó como artista no por iniquidad ni cálculos mal hechos, sino por candidez y arrebatos del ansia insatisfecha, y por esa debilidad humana que consiste en confundir la parte con el todo, el fenómeno con sus formas externas, y quedó como discípula destacada de su época, pero nada más. La Posteridad la ha condenado a ser estatua venerada en su tierra natal, un símbolo nacional cuyas obras apenas soportan la lectura. El corrosivo Tiempo no logró su disolución, pero la momificó implacablemente.

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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2 respuestas a Grandeza y miseria de Gertrudis Gómez de Avellaneda

  1. Dra. Aliuska Fábregas. dijo:

    Es saludable desenpolvar personalidades cubanas que marcaron nuestra patria e intelectualidad. Gracias por tu artículo.

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