Artículo de Miguel Sabater sobre Beatriz Maggi

NOTA: Me he tomado la atribución de publicar en este blog un artículo de mi compañero de estudios Miguel Sabater, que él escribió hace siempo como remembranza a nuestras noches universitarias pobladas por la presencia de Beatriz Maggi.

por Miguel Sabater

 BeatrizEn el número de enero-febrero de este año La gaceta de La Habana ha dedicado algunas de sus páginas a la profesora y ensayista Beatriz Maggi.

Leyendo las impresiones personales y valoraciones de Fina García Marruz, Denia García Ronda, Luis Álvarez Álvarez, Lina de Feria y Gina Picart sobre la doctora Maggi, recordé mis años de estudiante de Filología en la Universidad de La Habana, donde fui su alumno.

La profesora Maggi impartía entonces un programa de Literatura que contemplaba los estudios de Dante, Shakespeare, Rabelais, Voltaire, Stendhal y Balzac. Pero yo no tenía idea de aquella mujer cuyo nombre sonaba en cualquier ámbito de la Facultad de Filología.

Por fin apareció en el aula el primer día de clases –febrero de 1981– alta, vestida de blanco, con el cabello y el rostro sin afeites, una carpeta debajo del brazo y sobre unas sandalias que ya habían caminado medio mundo. Subió al estrado, escribió en la pizarra Literatura General II, se sentó al buró; y desde allí, con voz nasal y parsimoniosa, sin gesticulaciones, solo moviendo alguna que otra vez sus grandes manos, nos fue desgranando el programa de clases, el sistema evaluativo y otros detalles del curso.

Se me pulverizó la imagen de la persona que yo había imaginado. Esperaba encontrar a una de esas nerviosas profesoras de Literatura que dan paseítos por el aula. La Maggi no. Casi siempre sentada al buró; solo empleaba la pizarra para escribir ciertos términos o nombres de autores o títulos.

En sus conferencias usaba las palabras con el tiento que un escultor manipula su cincel sobre la piedra, apoyando sus ideas con imágenes y comparaciones. Su mirada volaba hablando de literatura. De pronto paseaba la vista entre nosotros como para escrutarnos, y si llegaba a mí yo sentía una mezcla de respeto y temor.

 

Al principio, en sus clases, yo trataba de copiar casi todo lo que la Maggi decía. Después comprendí –quizás por una misteriosa exigencia que imponía su peculiar magisterio– que a ella no solo había que escucharla, había que mirarla, pues a veces un gesto suyo sugería más que su lenguaje figurativo y cartesiano. Su rostro, que siempre me pareció afectado por una fatiga espiritual, a pesar de su humor inteligente, era muy expresivo; sobre todo la boca cuyos labios dibujaban la sonrisa cómplice de la suspicacia o la mueca de rechazo a lo desagradable y repelente.
Difícilmente alguien ha logrado enseñar como ella La Divina Comedia, todo Shakespeare, El Rojo y el Negro o Las ilusiones perdidas.
¿Cómo olvidar el día que nos comentó el modo como Dante, magistralmente sutil, colocó las almas de los amantes Francesca y Paolo a vivir condenados en el Infierno, pero juntos?
Ella no imponía criterios personales sobre las obras que debían estudiarse. Orientaba las lecturas y los seminarios llamando la atención sobre aspectos de la obra y su contexto para que, a partir de eso, el alumno se detuviera a analizar. Respetaba la libertad con que el estudiante sostenía sus opiniones; y si dos criterios opuestos sobre un mismo asunto eran razonablemente defendidos, los calificaba de buenos.
Se preocupaba sumamente por que sus alumnos tuvieran en cuenta las circunstancias históricas en que surgían las obras literarias y habían vivido sus autores, sin cuya comprensión era imposible entender la literatura o cualquiera de las manifestaciones artísticas.Cuando estudiábamos el drama Coriolano de Shakespeare, nos ordenó leer el capítulo 23 del primer tomo de El Capital para que pudiéramos comprender el contexto económico del teatro isabelino. Fui al examen sin leer El Capital y me suspendió. Luego revaloricé y volví a suspender. Entonces me puse muy incómodo y le pedí una entrevista. Le pregunté por qué me había suspendido si lo había respondido todo –como si ello garantizara el aprobado–. Y ella, dejando tranquilamente a un lado un grueso libro en francés que andaba leyendo en una butaca del Departamento de Literatura, se quitó con mucha calma los espejuelos y quedó mirándome como si acabara de regresar de un sitio remoto, y luego me dijo:— Usted no tiene la menor idea de lo que trata el capítulo 23 de El Capital.

No se le podía engañar.

Para los exámenes de Maggi había que estudiar lo que se dice de verdad; pero no mediante guías ni interpretaciones de la crítica, aunque esa crítica fuera con la que ella simpatizara. La clave del aprobado consistía en haber leído y razonado las obras, porque sus preguntas –a lo sumo dos o raramente tres– no buscaban respuestas panfletarias ni regodeos por la obra, sino interpretaciones. Además de medir el conocimiento, lo que en rigor Maggi evaluaba era el calado del razonamiento, y si esa intelección era personal y fundamentada, mucho mejor. Por lo tanto yo estaba muy embarcado con ella, porque nunca pude escucharla con la actitud de un estudiante, sino con la romántica avidez de un joven de 20 años que soñaba y moría por ser escritor. Me parecía comprenderla mejor con el corazón que con la cabeza, y este tipo de inteligencia, académicamente con la Maggi , podía ser fatal.

De modo que estuvo dándome la misma nota desde el primer examen del curso hasta el final. Yo escribía Miguel Sabater en la parte superior de la prueba, y ella así al ladito del nombre me ponía el 3. Quedaba así: Miguel Sabater 3, como un segundo apellido.

Había tres o cuatro alumnos muy empeñados que lograban sacarle 5, pero nadie respondía tan al gusto de la Maggi sus exámenes como Gina Picart, que por entonces no era una escritora conocida pero tenía una notable sensibilidad y formación literaria, y sentía por la Maggi una auténtica veneración.

Fue, francamente, una suerte y ni qué decir que un privilegio, haber tenido a Beatriz Maggi como profesora. Sé que es una expresión común, que lo ha dicho mucha gente, pero ¿hay otro modo mejor de agradecerle?

Podía Maggi alguna vez tener un mal momento y dar ciertas respuestas con las que uno quedaba con la cabeza en el piso y los pies hacia arriba –a mí nunca me las dio–, pero eso no empaña su grata memoria. Por el contrario, es parte del aura que acompaña a la leyenda de los grandes.

Después de tantos años y de yo haber sido un alumno poco notable en su clase, Maggi –como yo con respecto al capítulo 23 de El Capital , que nunca leí– no tendrá la más mínima idea de mí. Pero eso no es lo importante.

Doy gracias a Dios por su vida y porque ella haya consagrado esa vida al magisterio, su Magisterio, tan singular como el de Camila Henríquez Ureña, Vicentina Antuña, Elena Calduch o Mirta Aguirre…

Aunque quizás no le guste este tipo de comparaciones por ese modo tan suyo de ser, y sabemos que no la deslumbran medallas ni homenajes y mucho menos los discursos laudatorios, así es como la valoramos hoy, la evocamos en el tiempo y siempre la recordaremos sus alumnos.

Ella nos dio más que la satisfacción de una nota brillante: nos dejó el encanto de sus clases, una singular sabiduría sobre el mundo y el hombre, el respeto sagrado por el idioma y la literatura, y el paradigma de su Magisterio, inolvidable.

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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4 respuestas a Artículo de Miguel Sabater sobre Beatriz Maggi

  1. Magnifica valoracion sobre la Dra. Beatriz Maggi!!!!!! Otra experiencia totalmente diferente tuve yo con Fernandez Retamar, del cual me declare enemigo acerrimo mientraa pretendio darme clases. Tambien me suspendio, le pedi revision de examen y al revisar mi trabajo, este estaba todo subrayado en rojo. yo sabia que lo contestado por mi era correcto, por lo que le pregunte que el habia hecho. entonces sarcasticamente me contesto: ” ….ssu examen es de 4 o hasta de 5, pero a mi no me agrada su manera de escribir, de redactor….”, a lo que yo con mucha sangre fria le conteste: “…sabe, siempre, desde la primaria he sido monitos de Espanol y Literatura, he participado en diversos concursos a traves de mi vida de estudiante, leo endemoniadamente y he llegado al ultimo ano de la Carrera y ningun professor me ha hecho nunca algun senalamiento al respecto. Esta seguro que usted que usted entiende lo que yo escribo?”. con la misma le di la espalda y me fui del departamento pensando que me botarian de la Escuela de Letras. El resultado fue que a partir de ese dia me dio 5 en todos los examines. No lo resisitia, sus clases eran solo para hablar de cuando estaba en tal pais hablando con fulano de tal y asi. Yo me levantaba y me retiraba de la clase sin pedir permiso. En fin siempre he sido muy fuerte de character. un abrazo!!!! Date: Mon, 31 Mar 2014 04:34:40 +0000 To: wilfredoramos_16@hotmail.com

    • ginapicart dijo:

      Dejaré aquí este comentario sin editar. Me resulta realmente curioso, cuando lo leí pensé de inmediato en aquella teoría de Jung de la simpatía universal. ¿Recuerdas que estaba en su consulta y tenía acostada en su diván a una señora que le contaba que había soñado con un escarabajo, y en ese mismo instante, uno de esos escarabajos que los chinos llaman de oro, apareció en la ventana de la consulta y comenzó a raspar el cristal con sus élitros…? Sí, voy a dejar este comentario tal cual, querido. Y de paso te reuerdo aquel parlamento de Casablanca, cuando alquien pregunta: ¿Y quiénes son los sospechosos?”. Y alguien le responde: “Los sospechosos son los de siempre…”.

  2. Disculpa los errores…meto el dedo a la carrera…..Un abrazo!

  3. Pingback: Beatriz Maggi o la sombra cubana de Shakespeare

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