Beatriz Maggi y el Premio Nacional de Literatura

La Dra. Beatriz Maggi y Gina Picart, en la casa de Miramar donde reside la gran intelectual cubana

La Dra. Beatriz Maggi y Gina Picart, en la casa de Miramar donde reside la gran intelectual cubana

Aún recuerdo la noche en que conocí a la Dra. Beatriz Maggi. Yo acababa de empezar el primer año en la Facultad de Filología en la Universidad de La Habana. Era un modesto curso para trabajadores y las clases duraban hasta muy tarde. Todos estábamos ya agotados cuando sonó el timbre que anunciaba el comienzo de un nuevo turno, y ella hizo su entrada en aquel local donde había más de cincuenta personas apiñadas, sedientas y muertas de calor. Vi a una mujer alta, estatuaria, de caderas poderosas, con un raro tocado que le envolvía el cabello, un vestuario sencillo que mi condiscípulo Miguel Sabater recuerda de color blanco, y yo, negro, y sandalias. Ya había escuchado su fama terrible de pisa cabezas; se decía que jamás daba un cinco ni en trabajitos de clase, que era adusta y muy severa. Que traumatizaba a los alumnos con sus conclusiones despiadadas sobre la falta de inteligencia y, más aún, sobre la falta de sensibilidad. Pero nada de eso me arredraba, porque yo solo quería volver a tener una profesora de Literatura como la otra Beatriz, aquella maestra mía del preuniversitario para alumnos de arte Amadeo Roldán, que tanto me ayudó en la comprensión del teatro de Shakespeare y me dio las primicias de los trágicos griegos.

 Y entonces ocurrió el milagro. Beatriz Maggi se recostó un poco sobre el escritorio, anunció que iba a impartir una conferencia sobre La Divina Comedia, al momento se olvidó de todos nosotros, su mirada se perdió en algún punto del espacio y ella se transformó en Beatriz Portinari, en Dante, Virgilio, Ugolino y Ruggiero… Nos introdujo en la Ciudad de Dis, en Malebolge, en el río de fuego donde se retuercen los condenados…

 ¿Con qué palabras podría yo resucitar en la pantalla de este ordenador la magia que aquella mujer desplegó para sus alumnos, con la generosidad absoluta de un profesor de auténtica raza de Maestros? Ella era más que una simple profesora universitaria: ella era la Literatura misma, el Verbo hecho carne. Aquella clase fue una epifanía, como todas las que nos dio después. Yo tuve el privilegio de ser su monitora, de reunirme con ella en ocasiones, ¡con ella sola!, y tener exclusivamente para mí el disfrute de su conversación, en torno siempre a la literatura y el arte. No puedo explicar, nunca he podido, la emoción que sentí, yo, lectora apasionada de Shakespeare desde los doce años, cuando supe que ella era la única especialista en Shakespeare que tiene Cuba, y una de las pocas de habla hispana. Comulgábamos en ese amor reverencial, y en nuestra común veneración por otros autores y libros.

 Una noche, mi inseparable amiga y compañera de aula Gretel Alfonso, a quien Beatriz también distinguía de un modo especial y cuya madre trabajaba en la biblioteca de Obispo, tuvo la idea de organizar un homenaje para nuestra maestra, de quien muy atrevidamente nos considerábamos discípulas. Paquita, su mamá, nos apoyó enseguida, se ocupó de todo y hasta consiguió un bufé modestísimo. Nosotras, si no recuerdo mal, aportamos una botella de ron para la concurrencia. Para mi horrible sorpresa, no asistieron ni diez personas, que en cuanto comieron hicieron mutis para siempre por esas callejuelas misteriosas del Casco Histórico donde se volatilizan los fantasmas. Y allí quedó Beatriz, sola, sentada en una pose muy digna frente a aquellas dos muchachas flacas y azoradas, su único público. Y entonces, ella tuvo aquel gesto heroico, de una grandeza ética y épica que, lamentablemente, solo a nosotras tuvo por testigos: nos impartió la más maravillosa conferencia sobre Fiodor Dostoievski, mientras se trasmutaba en el príncipe idiota, en Nastasia Filipovna, en Karamazov alzando el hacha asesina. Si me ha dolido siempre como una herida que nunca cicatriza el no haber podido estudiar en las antiguas universidades europeas, con sus tesoros infinitos y raros del conocimiento, lo único que ocurrió en mi vida de estudiante capaz de aliviar aquel dolor fue el extraordinario privilegio de haber sido alumna de Beatriz Maggi.

 He hecho esta extensa introducción porque hoy tengo en mis manos un ejemplar de La palabra conducente, volumen en que ¡al fin! la editorial Letras Cubanas ha recogido íntegramente —en un gesto muy esclarecido— los cuatro libros de ensayos literarios publicados por Maggi a lo largo de su carrera intelectual: Panfleto y literatura, El cambio histórico en William Shakespeare, El pequeño drama de la lectura, La voz de la escritura, y otros ensayos tardíos no recogidos en libro.

 Muestran poco discernimiento, si no otras “pequeñas deficiencias del raciocinio”, quienes han insistido durante tantos años, y continúan insistiendo, en considerar a Beatriz Maggi solo en su faceta docente. Se han negado con sospechosa pertinacia a reconocer que la significación de esta mujer rebasa inconmensurablemente los marcos de la labor profesoral para instalarse de lleno, y por derecho propio, en las estancias de la Literatura. Todos los ensayos recogidos en esos cuatro libros que al menos dos generaciones de lectores y estudiantes no han podido conocer, son muy superiores en calidad formal, en profundidad psicológica, apreciación de la cultura y esclarecimiento de juicio a un largo rosario de volúmenes de ensayística publicados por nuestras editoriales, y que nada o muy poco han aportado a la formación de especialistas, estudiantes y lectores cubanos, aunque hayan cosechado premios y otros lauros no siempre merecidos. Que esos textos fueran concebidos por Beatriz como único recurso a su alcance para suplir la indigencia bibliográfica que siempre hemos padecido, no da derecho a nadie para tomar provecho de esa circunstancia con el mal propósito de continuar escamoteándole a Maggi su más que merecidísimo acceso al Premio Nacional de Literatura.

 Mis argumentos son tres, pero tienen tanto peso que solo se los podría desestimar si se tuvieran otros mejores para contraponerles o, en su defecto, haciendo uso de la muy útil habilidad para ignorar las verdades más obvias, capacidad de que han dado rica muestra muchos de nuestros más importantes  críticos y funcionarios, porque es la única factible cuando se carece de razones verdaderamente válidas y justas. En primer lugar, estos libros de ensayos de Beatriz Maggi, aunque hayan sido concebidos por ella para apoyar las necesidades de su labor como docente, son, en sí mismos y cada uno de ellos, auténticas joyas del ensayo literario, y para aquellos que son (o simulan ser) tardos de entendimiento, repito una vez más que la intención pedagógica no invalida la belleza linguoestilística, la perfección del plano formal y la profundidad de análisis de estas piezas magistrales, valores todos estrictamente pertenecientes al ámbito literario. Todos y cada uno de esos ensayos son literatura antes que cualquier otra cosa, y el Premio Nacional de Literatura corresponde también a los ensayistas, en especial a quienes escriben ensayo literario, y no solo a los narradores de ficción, porque en la clasificación de géneros ya lo dice el nombre: el ensayo literario es ensayo y es literatura, fórmula en equilibrio que solo quien aviesamente quiere ignorar, ignora.

 En segundo lugar, se impone el reconocimiento que merece la influencia ejercida por Beatriz sobre la literatura cubana, pues de sus aulas, de su inspirado esfuerzo personal que siempre dejó atrás los meros programas metodológicos y estrechamente academicistas, han salido muchos de los nombres que hoy prestigian a las Letras de nuestro país, entre los cuales se cuenta hasta un Ministro de Cultura. Sus mejores alumnos están hoy entre los intelectuales cubanos con mejor y más sólida formación literaria, dentro y fuera de Cuba. Nuestra deuda con ella es impagable, pero la Literatura cubana aún le debe más. Probablemente, sin su ayuda, algunos de nosotros no habríamos hallado jamás el camino, o lo habríamos hallado demasiado tarde. Beatriz nos preparó para que hiciéramos obras de las que Cuba puede sentirse orgullosa, y gracias a su magisterio, que no fue otra cosa que la transmisión de su personal sensibilidad y amplitud de pensamiento, la estrechez de enfoque no nos hizo sucumbir jamás. Beatriz nos dio alas fuertes, y gracias a esas alas ninguno de sus discípulos ha militado jamás en las filas de los aldeanos vanidosos que creen que el mundo entero es su aldea. Ella contribuyó, no solo con su obra personal, sino a través de nosotros, a abrir para nuestras Letras una ventana hacia lo universal. Mucho hizo y sigue haciendo, aún, desde estas reediciones de su ensayística, para que los cubanos seamos cultos y capaces de discernimiento, y peleemos con tesón contra las falsificaciones del talento y en defensa de una literatura que está entre las más ricas y respetadas del ámbito hispanoamericano.

 Y mi tercer argumento: Beatriz Maggi es, con toda probabilidad, la única especialista en el teatro isabelino (y en otros territorios de la literatura y la poesía) que poseemos. Casi me atrevo a apostar que muy pocos, o tal vez nadie entre los miembros de la intelectualidad cubana, ostenta un título de Artium Magistrae, que no confiere, por cierto, ninguna de nuestras universidades nacionales. Muy probablemente ella, entre muy pocos, fue capaz de formar generaciones de intelectuales del modo en que lo hizo y con las herramientas de que se armó. Si una obra como la suya no merece el Premio Nacional de Literatura, entonces yo no sé quién lo merece. Y supongo que también se lo habrían negado a Mirta Aguirre alegando las mismas razones de desempeño académico, ¿o tal vez no…?

 Con Rufo Caballero —cuya sabiduría, apoyada por la extensa lista de títulos y honores que hicieron de él uno de nuestros más brillantes trabajadores de la cultura— comenté en varias ocasiones la tamaña y vergonzosa injusticia de haber negado a Maggi el Premio Nacional de Literatura, y los dos, en público y más de una vez, defendimos con firmeza su incuestionable derecho a ese galardón. Otros escritores, cineastas e historiadores también han manifestado su apoyo, aunque de manera más discreta a como lo hicimos Rufo y yo, que compartíamos, seguro, una mayor vehemencia del temperamento.

 No sé si quedan hoy intelectuales dispuestos a exigir que se haga justicia a esta mujer de noventa años, quien habiendo entregado a la literatura nacional algunos de los más valiosos y exquisitos ensayos literarios de Hispanoamérica, languidece en una neblina de olvido viendo pasar, año tras año, camino de ese reconocimiento supremo, incluso a figuras que mucho le deben, y a otras que no la igualan en calidad y prestigio, y muchísimo menos en trascendencia para la cultura cubana. Pero aún si yo fuera la única voz dispuesta a alzarse por la candidatura de Beatriz Maggi al Premio Nacional de Literatura, continuaré haciéndolo sin que me desanime clamar en el desierto. Nunca, ni por lo más valioso de este mundo, querría yo pertenecer a la hueste de mezquinos negadores que se interponen en la ruta de la auténtica grandeza.

Para servirme de él como prueba testimonial, he seleccionado, entre cuatro libros y más de cuarenta inspirados ensayos escritos por Beatriz Maggi, uno muy breve dedicado a Rimbaud, de igual título, y que difícilmente podría encerrarse en un formato de conferencia, no solo por su extraordinaria factura estilística, que hace de él un joyel cincelado no con mano de orfebre, sino de artista; pero, además, porque impresiona enseguida el tono reflexivo, casi íntimo, en torno a una cuestión puramente estética que excede abundosamente los requerimientos de una clase de Literatura impartida en un aula de Filología de la Universidad de La Habana. Se trata de un discurrir, en esa tesitura de veladura que matiza la voz cuando el Ser dialoga consigo mismo, o con un poder que lo trasciende y que podría tener la respuesta que inquieta al espíritu. Se trata, nada menos, que de un intento por desentrañar uno de los problemas capitales del Arte, en este caso, enfocado sobre un poemario de Arthur Rimbaud, Iluminaciones: ¿Por qué el poeta eligió para el modelado de su canto la prosa y no el verso? Me pregunto —y tanto me aterra la respuesta que ni siquiera me la concedo— cuántos escritores y poetas que comienzan estos días su andadura en el duro y solitario oficio de la escritura tienen conciencia de que es esta, la elección de la forma, del recipiente, de la vestimenta del significante la cuestión que se halla en el inicio, en la génesis misma del acto creador; que es esta, y no otra, la primera gran decisión que deben tomar un escritor o un poeta cuando se enfrentan a la palabra, su materia primordial. ¿Cuántos profesores eminentes, artistas consagrados, críticos respetables y funcionarios omnipotentes se convierten en estatuas de sal ante ese umbral donde el Todo y la Nada se disputan la consistencia salvífica y, por ende, el porvenir de una obra de arte? Después de la lectura de este ensayo, me pregunto quién, aún, podría mantenerse en la actitud de querer ver en él un texto escrito con el único propósito de apoyar la clase de un profesor universitario. Ni siquiera la falta de cultura, la arrogancia volitiva o la no pertenencia al gremio de los creadores que trabajan con el Verbo podría sostener tamaña distorsión del criterio, que simplemente no tiene dónde atrincherarse contra la absolutamente legítima candidatura de Maggi a ese Premio Nacional, que desde hace tanto se le debió entregar y, cada año, pasa brincando por su lado como un gnomo escurridizo que aterriza en jardines ajenos.

 RIMBAUD

 En el inventario de los seres humanos ocupa para mí uno de los primerísimos lugares la excepcionalidad del Genio creador, todos los Pigmaliones. Pero existe un segundo lugar, legítimo, genuino; una segunda manera del ser, auténtica también. Es ese destino de “polvo enamorado” que me ha cabido en suerte, el que explica mi presencia entre ustedes: el de rendir tributo.

 Precediendo la publicación de veinte poemas en prosa en 1862, Baudelaire coloca una “Dedicatoria” a Arsene Houssaye, de la cual extraigo unas frases que sirven a mi propósito:

 ¿Quién de nosotros no soñó, los días en que se siente ambicioso, con el milagro de una prosa poética, musical pero sin ritmo ni rima, suficientemente flexible y contrastada como para poder adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del sueño, a los sobresaltos de la conciencia?

 Este ideal obsesivo nace sobre todo cuando uno frecuenta las ciudades monstruosas y se sitúa en la encrucijada de sus múltiples contradicciones…

 El párrafo inicial de la “Dedicatoria” propone una imagen elocuente. Cito: “no tiene ni pies ni cabeza, ya que, por el contrario, todo en él hace las veces de pies y cabeza, alternativa y recíprocamente”. Y seguidamente: “Podemos cortar por donde queramos, yo mi soñar, usted el texto, el lector su lectura”… “Quite una vértebra, y las dos partes de esta tortuosa fantasía se podrán juntar sin dificultad. Córtela en fragmentos diminutos y verá que cada una puede tener experiencia propia”.

 Diez o doce años después Rimbaud repite la hazaña de Baudelaire, consagrándola. Convalidándola. Haciéndola necesaria, pero lo que en este es un deseo de mayor flexibilidad, en Rimbaud es perentoriedad. Yo, obsedida por la génesis de las formas, me he preguntado: “¿Por qué escogió Rimbaud el poema en prosa para las Iluminaciones? ¿Por qué lo experimenta como necesidad? ¿Por qué ineludible, dictada, impuesta por una voluntad superior y misteriosa, la forma de la prosa? ¿Por qué —yendo más lejos— no hubiera podido decirse aquello que allí se dice, en verso y estrofa? Creo que esa pregunta es fácil de responder para todo el que haya leído las Iluminaciones. Porque cualesquiera de estos textos en prosa se caracterizan por no tener un centro —temático o composicional, o estilístico— en torno al cual se movilizan los sentidos (significados); ni tampoco, de estrofa a estrofa —si fuera el caso—avanza el desarrollo hacia una conclusión, una síntesis que agrupara o exprimiera todo su valor a las frases precedentes. Con ello no estamos diciendo que las estrofas finales de muchos poemas no contengan, multitudes de veces, ecos o reminiscencias de los sentidos o los sonidos previamente expresados, pero siempre sirven para hacer avanzar aún más; el rejuego que se establece repercute sobre la última parte del texto poético, impeliéndole dinámica o morosamente hacia la conclusión del poema.

 Mas ¿qué sucede en la prosa poética de las Iluminaciones? Cada poema es una detonación centrífuga, o, más bien, no hay centro; se da una reunión arbitraria y absolutamente contingente, de momentos, de espacios. El poema, también, a su vez, se constituye por una reunión de hitos fulminantes (vértebras, de un poema que a su vez es una vértebra), y fulminantemente bellos, de fuerza expansiva, insaciablemente absolutos y autosuficientes, tomados ya sea de la naturaleza, de la historia y el presente de la humanidad, y de la civilización. Cada uno de ellos contiene su ser entero, sin ser presupuesto de los contiguos, ni ser convocado por ellos; cada uno hiende nuestra imaginación para dejarnos yertos; cada imagen, llamarada ególatra que ni se ase ni da asidero a las demás; cada una lanzando la plomada hacia lo hondo (o hacia lo alto) de sí misma. Ninguna imagen retrotrae a la anterior; ninguna presagia la siguiente; todas constituyen puntos explosivos en una rapsodia de detonaciones. Ahora bien, el dinamismo innegable que es propio de estas imágenes (que, por otra parte, mantienen su capacidad de estallar cada vez que las leemos); dinamismo que va obligando a los ojos mentales del lector a moverse de aquí para allá caleidoscópicamente, resulta (contradicción evidente) en un cuadro de estatismo general formalmente hablando, esto es; pues es un todo simultáneo, fuera del tiempo (hablo, insisto, de forma, no de contenido), un todo que invita a contemplarle sincronizadamente, de un solo golpe de ojo, aunque NO unitariamente. El poema es un todo no cohesivo; la contingencia de cada imagen nos obliga a llamarle “todo no presidido por la capilaridad”. Una tenue e imponderable razón de ser las ha traído juntas, pero ellas, entre sí, se ofuscan unas a otras. “Después del diluvio”, “Ciudad”, “Mística”, “Alba”, “Flores”. En su dispersión, en la dinamia expansiva e ininterrumpida con que el ojo salta de una imagen para otra, se plasma una lámina —lienzo— cuyos numerosos centros de interés tienen un mismo énfasis, un mismo grado de interés y de pujanza (de éxtasis vivificante o letal) en el centro que en las esquinas, y que permite creer que el magma de ese cuadro —poema en prosa— rebase los cuatro lados del cuadro. Nuestro ojo salta paroxísticamente del astro al cieno, del asco a la estrella, de las ventiscas a los crímenes y a las flores, de París a milenios anteriores, en un espectáculo orgiástico en el que las partes danzan frenéticamente, mas el total, en su conjunto, es la sierpe, la sierpe de Baudelaire, solo que hipnotizada, y como no tiene principio, ni medio, ni fin, Aristóteles queda echado a tierra. Aunque Baudelaire haya añorado la flexibilidad de la prosa, sus poemas podrían haber alumbrado en estrofas, en versos. La cornucopia caótica de Rimbaud es forzoso que genere prosa. El poema de Rimbaud, lo mismo cuando ondula que si expresa movimientos convulsivos, o exhuma tras la combustión, nos entrega un lienzo plano que se contempla en un todo, pero que pudiera rebasar su marco; no viene confinado por la estructura de la composición. Para favorecer la simultaneidad de la contemplación, él retiene la condición romántica de la brevedad del texto, pero la intercambiabilidad de sus imágenes sugiere hipotéticamente un texto que podría ser más corto, o bien mucho más largo. ¿Debiera aquí hablar de estrategia y táctica del discurso poético?

 BUENO, ¿Y QUÉ? ¿Eso le hace poeta? ¿Le hace gran poeta? ¿Le hace poeta divino? No. Él es poeta y divino, ADEMÁS. Pero la historia de la literatura ha realizado una proeza: ha producido el encuentro de la literatura y la pintura. La preocupación de Lessing. El dictum de Lessing de que la literatura se desarrolla en el tiempo, como la pintura se despliega en el espacio, resulta aniquilado. Verdad que una palabra sigue a otra en el tiempo, lo mismo al hablar que en la escritura; verdad que esto difiere de la pintura, en que una imagen coexiste con otra en la contigüidad de los espacios. Pero si la determinación del ser de la palabra transcurre en el tiempo, los poemas en prosa de Rimbaud se despliegan en el espacio; la esencia temporal de la palabra queda sobrepujada o superada; su limitación sobreseída. Rimbaud alcanza y plasma la instantaneidad, y su poesía ES pintura, no solo por su intenso cromatismo, ni por su nítida geometría, ni por su lisura —apenas impresionan sus imágenes como tridimensionales; son lanceoladas; las ha laminado o aplanado—, tersura de lienzo. Sino que gracias a la vertiginosidad, simultaneidad e incomunicabilidad de las imágenes, el poema en su conjunto se da en un presente atemporal. A ello contribuyen, por supuesto, la ausencia de morbo, de todo erotismo, el desdén por los volúmenes —que aleja de la vida—, así que sobreviene un notable nivel de abstracción. Pero sobre todo, a hacer pintura con palabras, no en un sentido narrativo —a lo Homero—, sino a sublimar y transgredir las limitaciones de la palabra y hacer poesía en el espacio, contribuye el hecho de que haya Rimbaud, con intuición genial, desechado el verso y la estrofa, y elegido la planicie de la prosa. El verso camina; la estrofa camina. El instinto, en ambos, es avanzar, ansían llegar. Las líneas de Rimbaud no ansían llegar a ninguna parte; están ahí, autosuficientes.

Quiero añadir que, aunque ello monte sobre otro tema, y aunque no me sienta autorizada para ello, aunque comprendo lo que todos los críticos que he leído han expresado sobre la trascendencia vacua, sobre el odio a la realidad, sobre el ímpetu hacia lo desconocido y demás determinaciones hacia el milagro Rimbaud, yo, como lectora, caigo en esta paradoja: nunca he sentido más poderosamente la riqueza, la variedad infinita, el diapasón gigantesco (de demonio a ángel, de pasado milenario a presente, de la América al Oriente, pasando por la Europa que él desprecia, pero desde la cual escribe, con todo su equipaje cultural, con todo su vicio y horror, con todo su refinamiento y elegancia), que leyendo a Rimbaud. Es como para reflexionar que con frecuencia mencione vientos y tempestades —fenómenos de nuestra atmósfera—, pero apenas le sentimos nostalgia por los espacios siderales. A veces pienso que quizá, más que destruir los objetos —a los que sin duda enrarece— destruye sus relaciones y el orden convencional establecido entre ellos.

NOTA BENE:

Por si acaso alguien tuviera la impresión de que mis afirmaciones acerca de su estatura como ensayista en lengua española y su importancia como especialista en Shakespeare, pudieran ser un tanto excesivas, reproduzco a seguidas de este artículo el texto que le dedica la Wikipedia, y empeño absolutamente mi palabra de que no estuve involucrada en su redacción:

Beatriz Maggi (Chaparra, Santiago de Cuba, Cuba, 1924). Ensayista, profesora y crítica. Considerada como una de las shakespeareólogas más importantes en lengua española del siglo XX.

De padre venezolano y madre española, contó desde temprana edad en el hogar con un ambiente cultural y de lectura propicio para el estudio y las artes. Uno de sus hermanos fue el destacado pintor y diseñador cubano Horacio Maggi Betancourt.

En 1946 se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. En 1948 obtuvo una Maestría en Literatura inglesa y norteamericana en Wellesley College, Massachusetts, Estados Unidos. En 1976 recibió su doctorado en Ciencias Filológicas en La Habana. Su profundo conocimiento de la literatura y la lengua inglesa la convirtieron en una traductura especial de autores fundamentales como William Shakespeare, Emily Dickinson…

Comenzó a trabajar como docente en el Instituto Preuniversitario Raúl Cepero Bonilla, de La Habana. Impartió clases en la Universidad de Santiago de Cuba y de ahí pasó a la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, donde desempeñó la cátedra de Literatura Universal hasta su retiro en 1993.

Maestra de varias generaciones de intelectuales cubanos, se convirtió en una especie de mito de la enseñanza en Cuba. Una de las figuras de mayor calado intelectual y de mayor influencia en el pensamiento alternativo en la Isla. Por su temperamento y por su profundo respeto por el conocimiento, se negó durante años a publicar libros y en toda su carrera docente apenas aceptó dirigir tres tesis de licenciatura.

Especialista en literatura y lengua inglesa y norteamericana, apasionada, gran conocedora y estudiosa del teatro, impartió conferencias en universidades norteamericanas y países del antiguo campo socialista (URSS y Polonia).

Fue jurado de diversos certámenes, como “Casa de las Américas” y “13 de Marzo”.

Recibió en varias ocasiones el Premio Nacional de la Crítica, máximo galardón que se entrega en Cuba para reconocer el éxito editorial, así como otras condecoraciones como la medalla “Rafael María de Mendive”, a la excelencia pedagógica.

Beatriz Maggi ha prologado en Cuba numerosas ediciones de autores como Dostoiesvki, Shakespeare, O’Neill, entre otros. Sus colaboraciones aparecieron en revistas como Universidad de La Habana, Tablas, Revolución y Cultura, La Gaceta de Cuba y muchas más. Tras la publicación en España del libro De la Corte a la taberna, y tras diez años de olvido editorial, el Instituto Cubano del Libro reaccionó publicando una recopilación de sus textos bajo el título Antología de ensayos (2008).

 

 

 

 

 

 

 

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Acerca de Gina Picart

Soy escritora, periodista especializada en La Habana de la colonia y la república, investigadora, crítica literaria, guionista de cine, radio y televisión
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3 respuestas a Beatriz Maggi y el Premio Nacional de Literatura

  1. Gina, estoy muy de acuerdo contigo. La Dra. Beatriz Maggi merece ser reconocida con el Premio Nacional de Literatura. Sin duda, su obra como ensayista es de tremenda importancia para la literatura cubana e hispanoamericana. Como bien dices su labor como pedagoga no le quita ni un apice de rigor en su labor de escritora. No tuve la suerte de tenerla como profesora de literature, tuve entre otros a un grande tambien: al Dr.Mario Rodriguez Aleman. Aunque no disfrute de sus clases, si pude disfrutar de cierto grado de Amistad, el que me permitio visitarla en lagunas pocas ocasiones debido a mi relacion de trabajo con el president de la Fundacion Shakespeare de Espana, el senor Manuel Angel Conejero, del cual fui su asistente en Cuba. cada vez que voy a la Habana y paso frente a su casa en algun vehiculo, pienso en ella. Si hiciera falta recolectar firmas para hacer su nominacion, cuenta con la mia y con la de otros colegas de por aca, que se estarian dispuestos a darle su apoyo. Para ti un abrazo fuerte….haber si en algun momento que ande por aca te llamo. Wilfredo. Date: Mon, 31 Mar 2014 03:47:26 +0000 To: wilfredoramos_16@hotmail.com

    • ginapicart dijo:

      Hay que pelear no solo por el Premio Naciona de Literatura de Beatriz, sino por su membresía en la Academia de la Lengua. Me parece que se está reditando el caso de Dulce María Loynaz afrijolada entre Guillén y Carpentier, salvando las distancias, desde luego, pero no entre Beatriz y Dulce precisamente…

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